Poesía y sentido de mundo. Leer poesía francesa del siglo XX



Queremos entender la poesía francesa del siglo XX. Lo hacemos de la mano de Christine Andreucci, que ha publicado La poésie française contemporaine: enjeux et pratiques. Ahora leemos un fragmento dedicado al interés que llama “Poesía y sentido de mundo”, especialmente de las formulaciones de Bonnefoy en torno a la “ontofanía” y “la presencia del mundo”. La traducción es de Jorge Suárez Panohaya.

 

 

 

 

 

Poesía y sentido de mundo 

 

Afrontar esta corriente textual, otra gran corriente de la poesía contemporánea, puede ser más conocida, encarnada por grandes voces, la de una poesía ontológica, es decir, apoyada sobre una meditación metafísica de quien concibe la poesía no como una forma sino como una función salvadora: dar o revelar el significado que el mundo toma a los ojos del poeta y a través de su obra. Precedentes en este camino son dos grandes figuras poéticas de la pos-guerra: René Char y Saint John Perse. Los poetas parecen tomar el control de una filosofía que se aleja de cuestiones metafísicas y ontológicas, es decir, sobre el ser de las cosas, lo que en esencia escapa a nuestra inteligencia y medidas objetivas. Debido a esto, sienten la tarea de meditar sobre la parte oscura de la experiencia humana. El poeta tiene la función de interrogarse sobre los sentidos de la existencia y darle de alguna manera un fundamento espiritual. Una generación de poetas, nacidos en los años veinte, puede ser reunida por su búsqueda común de un lugar y de la presencia, así como una fuerte insistencia con lo elemental. Todos se diferencian del surrealismo triunfante en sus inicios. Rechazan la escritura automática, la exaltación de la imaginación, todo lo que puede ser ideológico y romántico en el surrealismo. Yves Bonnefoy cuestiona lo que él llama la presencia del mundo, es decir, qué hace valer a la cosa presente, aquí y ahora, frente a mí, y este valor es también el signo de su precariedad, de su próxima desaparición; está en los momentos donde los elementos que rodean a uno mismo toman la forma de una intensidad de vida bajo el signo de la finitud. Es lo que Yves Bonnefoy llama presencia y que la poesía parece tener por vocación de iluminar: una parte son las realidades exteriores a la consciencia que solicitan la atención del poeta, frecuentemente bajo la forma de elemento natural: “Reconocí la primacía de estar sobre el escrito, siempre desde afuera en mi lengua demasiado cerrada” [2]. “El objeto sensible es presencia (…) En la medida en que desaparece, impone, crea su presencia (…)” [3]. Este provoca una “epifanía”[4] a la vez iluminadora y cuestionadora, iluminadora porque el objeto se impone en evidencia, cuestionadora porque hay un llamado que va más allá de la mera percepción:

 

No se trata (…) de la simple apariencia, de la textura del mundo, sino de lo que, por el contrario, escapa a la percepción, aunque a su vez le confiera su intensidad, su seriedad. Con gusto diré la presencia, el universo en agrado de la presencia. Esto es, en un sentido, una experiencia del instante, de su plenitud sin memoria. [5]

 

Los “grandes aspectos simples del mundo terrestre”, como dice Bonnefoy, están muy presentes en sus poemas.

 

Objetos misteriosos, que a veces se encuentran en una iglesia, un museo, que me hacen detenerme como en una encrucijada. Hermosos y graves como son, lleno lo que he visto de la tierra: pero es por un impulso que la despoja cada vez… Es verdad, basta con que algo me toque — y puede ser lo más humilde, una cuchara de estaño, una caja de hierro oxidado en sus imágenes de otro siglo, un jardín percibido a través de un seto, un rastrillo reposando en un muro, el canto de la sirvienta en otra habitación — para que el ser y su luz se evidencien, y que yo esté en el exilio.[6]

 

Su colección más famosa, que data de 1953 Del Movimiento Y De La Inmovilidad De Douve[7], es también la más compleja y hermética. Su escritura, siempre versificada, pero en verso libre, va a la mayor simplicidad y para ilustrar esta presencia de cosas iluminadas por su fragilidad citaré un poema de Comienzo y fin de la nieve[8]:

 

            Tengo este copo

            Que sobre mi mano se posa, deseo

            Asegurar lo eterno

            Haciendo de mi vida, de mi calor,

            De mi pasado, estos días del presente

            Un instante simplemente: este momento, sin límites.

            Pero ya no es más

            Que un poco de agua, que se pierde

            En la bruma de cuerpos que van en la nieve

           

Junto a Yves Bonnefoy, debemos mencionar a Philippe Jaccottet puesto que también no deja de responder una pregunta que el mundo hace: mirar sobre lo visible sugiere una realidad detrás de las apariencias, una armonía perdida que el poeta tendría por tarea restaurar: evoca lo “imperceptible”, lo “ilimitado” porque “lo visible a veces parece contener, a veces esconder, rechazar o revelar”[9] y se basa en “instantes inesperados” que sugieren una “plenitud en asir”. Pero después de la maravilla delante de, por ejemplo, un huerto de flores, se impone la pregunta: “¿Qué nace al reunirse el cielo y los ojos?”[10]. En Cahier de verdure (Gallimard, 1990), es a partir de la visión de un cerezo que el autor reformula su doble cuestionamiento sobre el motor del poema y sobre el misterio de la belleza del mundo.

 

Pienso a veces que, si todavía escribo, es (…) para reunir los fragmentos, más o menos luminosos y convincentes de una alegría que estaríamos tentados a creer que estalló un día (…) y esparció su polvo en nosotros.[11]

 

La poesía será “como una atención a lo que parece una palabra dicha por el mundo y la búsqueda de la traducción más exacta de esta palabra”[12], el poeta debe luchar contra su singular visión con voluntad de no dejar que el “yo”[13] y sus interpretaciones involuntarias interfieran. Entonces, no queda más que recurrir a un simple nombramiento como el método más corto para escapar de la trampa de lo imaginario, de las palabras, que tiende a un desarrollo puramente descriptivo — porque “estamos casi de inmediato entrenando para hacer malabares con las palabras”[14]: “senecio, berce, chicorium[15]

Philippe Jaccottet formula el deseo de una lengua transparente. Así sueña una poesía sin imagen que sería sólo la denotación del objeto y cuyo modelo ve en el Haikú. “Finalmente, una poesía sin imagen. A pesar de lo valioso que puede ser el papel de la imagen, he dicho aquí, más de una vez, cuan terrible me parece (…)”, escribe después de su maravilloso descubrimiento de la antología inglesa del Haikú por M. R. H. Blyth. El Haikú es, ante todo, un lenguaje feliz, sin culpa, que aparentemente sabe nombrar la inmediatez de las cosas sin tener la necesidad de reducirlas a un principio que les daría sentido. Este corto poema dice al universo sin perspectiva antropocentrista, “no llamo a la naturaleza” “desplegando de nuevo, por todos lados, la enigmática belleza del origen”: “La forma antropomórfica de la tierra se sustituye en el Haikú, privado de sentido, vacío de sentido, de lo que la precedió y seguirá en el mundo”[16]. El éxito ejemplar de esta acogida del mundo, cuando las fantasías y deseos del hombre se alejan, ayuda a Jaccottet a redefinir un arte poético ideal.

 

No pobreza, discreción, supresión sino abolición de la persona (…), rechazo de la inteligencia pura, no a favor de la imprecisión de los sentimientos, de lo tenebroso del inconsciente o de cualquier primitivismo, sino para alcanzar una clarividencia superior. Tales son algunos elementos del estado para que esta poesía, llena de claridad, se haga evidente.[17]

 

Menos conocido, creo, para ustedes, y cuya notoriedad en Francia se afirma en los últimos años es Lorand Gaspar que expresa también su asombro ante la belleza del mundo, rara vez lo elogia, más bien lo interroga como en “Epifanía”. Como en Jaccottet, la inspiración viene de lugares reales, geográficos, portadores de historia. La obra se arraiga fuera de la plataforma de una cuestión metafísica sobre el orden del mundo y el lugar del hombre. Con esta idea no es posible obtener una respuesta:

 

Noches del desierto donde te duermes con los ojos abiertos, fascinado por la soledad de una magnitud que no se rompe, donde escuchas a la nada entrar en los latidos de su corazón. Y el pensamiento corre, verifica y no entiende nada.[18]

 

Otro poeta, Salah Stétié, define la posición del hombre y del poeta así: “El hombre, frente al universo, se encuentra en una situación interrogativa. ¿Qué quiere de él y por qué este nido de maravillas y este nido de víboras?”[19]. Si las religiones ofrecen las respuestas, la poesía “vacila en el umbral de todas las respuestas posibles”.

En el equilibrio precario entre la duda sobre la palabra y el elogio del mundo, se desarrolla, a diferencia de obras de aquellos gloriosos antecesores que fueron Char o St John Perse, una poesía vacilante. Si la primera corriente textualista denuncia sin cesar la instalación de una forma asegurada y las pretensiones poéticas, especialmente aquella que da sentido al mundo y que esta tendencia al contrario desarrolla, los poetas del sentido se desafían no en la poesía sino en su palabra siempre sentida como inadecuada e insuficiente.

Lorand Gaspar dedica su ensayo Approche de la parole a tratar de definir el fenómeno poético. A pesar de la agudeza de la experiencia y la innegable necesidad de la escritura, consigna sus faltas: “¿Ineficacia de la palabra?”, se interroga[20]. El descuido del lenguaje contamina al poema mismo; en Egée, el autor evoca a los “hombres de palabra vacía, sacadas del silencio, aquí y allá, inextirpable”, y experimenta el imposible acuerdo entre las palabras y los actos:

 

                        He aquí, me dijo, el mortal rodeado de todas partes

                        encerrado en los hilos de su lengua, su perdición

                        Escucho su música discrepante, la papilla sonora de su boca.

 

Veo cuán insensato es su decir, en obvio desacuerdo con el sentido de su hacer, el destino es quien lo dirige. Y Jacottet dice:

Quemar en la mente, todos esos libros, todas esas palabras, todos esos innombrables, sutiles, profundos, mortales pensamientos. Para abrirse a la lluvia que cae, travesía de moscas e insectos en este país gris y verde.

 

 

Notas

[1] En La poésie française contemporaine: enjeux et pratiques

[2] Y. Bonnefoy – Entretiens sur la poésie, Paris, Mercure de France, 1980, p. 56.

[3] Y. Bonnefoy – L’improbable, Paris, Gallimard, 1980, p. 24.

[4] Este es el subtítulo de la primera sección de Egée de Lorand Gaspar, que parte de una visión del mar bajo el sol.

[5] En el original: Il ne s’agit pas (…) de la simple apparence, de la texture du monde, mais de ce qui au con – traire échappe à la perception, quitte à lui conférer en retour son intensité, son sérieux. Plus volontiers dirais-je aujourd’hui la présence, l’univers au degré de la présence. Et c’est, en un sens, (…) une expérience de l’instant, de sa plénitude sans mémoire. Y. Bonnefoy – Entretiens sur la poésie, op. cit., p. 58.

[6] Y. Bonnefoy – L’arrière-pays, Paris, Poésie/Gallimard, pp. 23-24.

[7] Título original: Du mouvement et de l’immobilité de Douve

[8] Título original: Début et fin de la neige

[9] “Entendemos mejor (…)  de qué clase de realismo es este en la poesía moderna: no sólo de un minucioso inventario de lo visible, pero de una atención profunda a los visible que necesariamente acaba chocando con sus límites, a la ilimitación que lo visible a veces parece contener, a veces esconder, rechazar o revelar.”

[10] Philippe Jaccottet – À travers un verger, Montpellier, Fata Morgana, 1975, p. 49.

[11] En el texto original: Je pense quelquefois que si j’écris encore, c’est (…) pour rassembler les fragments, plus ou moins lumineux et probants, d’une joie dont on serait tenté de croire qu’elle a explosé un jour (…) et répandu sa poussière en nous.

[12] Philippe Jaccottet – Cahier, op.cit., p. 25.

[13] Las comillas son mías.

[14] Philippe Jaccottet – La semaison (carnets, 1971, nouv. éd. revue et augmentée), 1984, p. 156.

[15] En el texto original: séneçon, berce, chicorée. Philippe Jaccottet – Cahier,op.cit., p. 50.

[16] Cf. Y. Bonnefoy en el prefacio a la edición de Haiku por Roger Munier, 1978.

[17] En el texto original: Pauvreté, discrétion, effacement sinon abolition de la personne (…), refus aussi de l’intelli – gence pure, non au profit de l’imprécision des sentiments, des ténèbres de l’inconscient ou d’un quelconque primitivisme, mais pour aboutir à une clairvoyance supérieure, tels sont quelquesuns des éléments de l’état à partir duquel cette poésie, comble de limpidité, devient concevable. Idem, p. 130.

[18] “Noches de invierno transparentes en el desierto de Judea, de una densidad, de una compacidad difícil de explicar. Sentimientos táctiles, auscultar las pulsaciones de un cuerpo que ningún exterior viene a limitar”, Lorand Gaspar – Feuilles d’Observation, Paris, Gallimard, 1986, p.13.

[19] L’interdit, Paris, Corti, 1996, p. 7.

[20] Lorand Gaspar – Approche de la parole, Paris, Gallimard,1978, p. 130.