Poesía mexicana: David Alejandro Pimentel Quezada



Presentamos un poema de David Alejandro Pimentel Quezada (Chetumal, Quintana Roo, 1994). Es ganador del Concurso de Creación Literaria Jonathan Delgado Martínez (2018). Ha sido acreedor de la Beca de Literatura del Festival Cultural Interfaz, Mérida en el 2018. Sus textos han sido publicados en revistas como “Materia Escrita”, “Gata que ladra”,  “Sumergente”, “Cracken Fanzine”, así como  en la revista internacional Papierówka-zine de Polonia. Ha sido parte de la antología Historia de Cartapacios, Jóvenes Escritores Quintanarroenses y de la antología hispanoamericana Vérsame Mucho.

 

 

Para que no ladren los tiempos tu memoria

I

A la tristeza intransferible que me nombra
no sé decir palabras sin nombrarte sin hacer del signo la violencia.
No sé decir el rayo sin quemarme, sin  irme tan solo como el viento.

Al cántaro roto del corazón,
aprende a irte: agua, somnolencia de mis precipitadas manos huecas
sin asir el viento ni la tierra.

Retrocedidas luces varadas,
grises suspensiones de otros tiempos
dicen nuestro nombre en alguna ínsula
en ardientes voces del insomnio.

 

 

II

Algo en mí se va muriendo en otros.
Somos tanto fuego para nadie, tanto fuego que se apaga,
tanta intermitencia palpitante en simulacro,
lejanía.

Aquí me digo con los siglos: cuánto de mar le cabe a nuestras bocas
de cada paso al tropezar al fondo.

Practico el hermetismo en el silencio.
Practico la pregunta en el silencio.

 

 

III

Duele abrir los ojos desde el centro, roer el borde de las cosas lejanas,
apartar los huesos de la imagen final de lo que queda.
Basta escribir con fuego: ciudad en que morimos.
Odio eterno del silencio que pudre nuestro llanto,
germen ígneo de las palabras
que nos faltan para nombrarnos.

 

 

IV

Con este nombre eterno llamado nadie,
con albas palabras flechan el silencio,
vorágine exacta, lenguaje de tiempos y ausencias relamidas
es este arduo epitafio de la carne.
El pulso asfixia  la sorda intermitencia del estruendo,
numen de esquirlas siempre pétreo.
Que tanta amarga existencia se torne muerte
para que no ladren los tiempos tu memoria.

 

 

V

Un antiguo abecedario deletrea el corazón
al vuelo de los pájaros ya ausentes.

El  fuego arranca el canto de la piedra que se rompe.

El cielo es vasto y vacío, un ardor de siluetas
que se esconde tras la carne.

¿Qué es este llanto entre la oscura
faz de mi delirio, evocado ya
en mi alma y para siempre?

 

 

VI

El fondo repite nombres lejanos, trasparencias de un vaivén
que golpean a los pies de la roca.

Un segundo de alto vuelo es a lo que no se podrá aspirar ya nunca.

Morir es otro juego sin nosotros,
y no lo sabemos. No lo sabemos.

 

 

VII

Toda trasparencia invoca al poema, se yergue a solas invertebrado.

La mirada abre el cristal
donde naufraga el habitante y su herida.

Entre mi voz pérdida  alzo con las manos el trazo de mi sombra.

Sólo fantasmas pueblan el recuerdo.
Sólo el tajo herido de la noche dice los nombres,
si la voz sepulta la memoria.

 

 

VIII

En el silencio que la luz implora
está la imagen final de lo que queda.

La retórica del tiempo desatado marchita nuestros cuerpos
como una antigua fruta carcomida.

Este inventario de tiempo y polvo es el oscuro vuelo oscuro de la trampa
de callar anclado a lo inmóvil.

Lo que está infinitamente oscuro,  hondamente repetido entre los ojos.

Ante este tosco crujir de niebla
quiero decir que encontré el llanto.