Poesía guatemalteca: Javier Payeras



Leemos la poesía de Javier Payeras (Guatemala, 1974). Narrador, poeta y ensayista. Ha publicado: La región más invisible (ensayo, 2018), Volumen de islas (poesía, 2017), Esta es la historia azul cobalto (diarios, 2017), Slogan para una bala expansiva (poesía, 2015), Fondo para disco de John Zorn (diarios 2013), Imágenes para un View-Master (antología de relatos 2013), Déjate caer (poesía 2012),  Limbo (novela 2011), La resignación y la asfixia (poesía 2011), Post-its de luz sucia (poesía 2009), Días Amarillos (novela 2009) Lecturas Menores (ensayo 2007), Afuera (novela 2006), Ruido de Fondo (novela 2003 segunda edición en 2006), Soledadbrother (poesía 2003, segunda edición 2011, tercera edición 2012, cuarta edición 2013, quinta edición 2018), Raktas (poesía 2001, segunda edición 2013) (…) y Once Relatos Breves (cuento 2000, reeditado 2008 y tercera edición 2012) y la antología Microfé: poesía guatemalteca contemporánea (editorial Catafixia 2012). Su trabajo ha sido incluido en diversas antologías en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos y su obra–completa o parcialmente- ha sido traducida al inglés, alemán, francés, italiano, portugués y bengalí.

 

 

 

 

 

 

EL RUIDO

 

No te puedo dedicar estas líneas, sólo puedo abrir los brazos hasta alcanzar las paredes. Aprendo a estrangular la sintaxis y retorcer las palabras para que ni siquiera tú me entiendas. Pero sabes que cuando hablo de amor, hablo de ti.
A través de lo que siento crece el abismo que puedo intuir —la frontera con la muerte— de esa música real: sangrando, doliendo, viendo neuróticamente…
La música agitando mi angustia. Calmando mi angustia. Agitando la luz.
Luz que regala ojos a las palabras.

El universo dentro de un vaso de luz.
Ruidos y entrañas que saltan y se sacuden y no contestan.
Cada vez que pienso en escribir pienso en semillas, en dibujos, en grabados de William Blake, en himnos, en el Popol Vuh y en aves migratorias.
Y lo hago para sujetarme de algo, quizá de la razón, pero la razón no lo es todo, quizá no sea ni siquiera algo.
Desde la niñez hasta la muerte, improvisar un futuro. Solo caminar sin rumbo.
Las cortinas en el pensamiento. La bitácora de sus puntos muertos.
No planeo nada. Todo es ajeno. Repito lo perdido con gravedad. Sólo me pertenece lo que voy robando.
Arde vivir el ruido cuando deja de transcurrir el amor.
Este es un trabajo continuo de renuncias muy complejas. Yo no hago poemas, yo escribo fotos.
Describo lentamente las batallas que pierdo.
Mi vida ha sido un pequeño bosque de espectáculos fugaces.
La última consecuencia del ruido sobre el dolor.
Porque conozco el paraíso perdido conozco la escritura.

 

 

 

 

 

 

ESCRITO PARA UN CUERPO

 

La escritura es un boceto. Una calle abajo-adentro-afuera de ciudades tatuadas. Una mano sobre el destino.
Un sueño sacudido entre cielos manchados y paredes sucias. La eternidad es ese fondo del mar bajo el sol. O quizá esas cicatrices que deja la impotencia luego de la muerte o del dolor o del tiempo. ¿Qué rumbo tomará todo ese ruido que te invade? Tu sinfonía es dibujar en cuadernos tu visión de lo inexpresable. Tus notas y tus cuentas por pagar. Así vas por la vida caminando descalzo sobre los escombros que deja la realidad del mundo en tu interior.

 

 

 

 

 

UNO

 

A veces las hojas se cansan y se dejan arrastrar por el viento, atraviesan el verano seco y los aguaceros. Ese rendirse guarda una belleza que nos ha sido destinada también a nosotros, un destino donde no existen privilegios ni pausas ni divinidades con quienes razonar. Uno no lo sabe, pero cada día vive menos y el rastro que queda es una nostalgia insobornable.
Uno se vuelve loco de tan triste. Uno deambula entre deseos. Uno finaliza el día pensando en los que ama y que lleva tiempo sin ver. Uno busca consuelo, pero no es fácil. Nada es fácil. Uno cruza puertas que nos llevan a puertas y habitaciones que nos llevan puertas y puertas que nos llevan a habitaciones, hasta el último segundo.
Uno se queda sin quien nos abandone. Uno piensa y piensa mientras las personas más hermosas se van. Uno evidencia su fragilidad y se hace niño. Uno es imperativo y se rodea de gente con veneno. Uno termina leyendo a solas y escribiendo para nadie.
Pero uno puede salvarse tarde, pero salvarse. Uno puede tocar un cuerpo sin retenerlo. Uno puede dejar que las flores crezcan sin jarrones. Uno puede ser lluvia y no granizo. Uno puede ser asombro que roza lentamente el oído de quienes aún no existen. Uno puede ser sendero o casa o cielo despejado.

 

 

 

 

 

ANOCHE SOÑÉ UN OBSERVATORIO

 
No todos los ídolos tienen pies de barro.
Algunos tienen raíces y cadenas.
Sus ojos rodean la superficie de la tierra
como a una manzana.
Son colosos tan tiernos que parecen santos
no tiranos confeccionados por ideologías terapéuticas
dentro de este ruidoso siglo.

De lejos veo moverse los colores,
cada quien haciendo su guerrilla,
máscara anti gas y camisetas de diseño.
Todo se muere demasiado pronto.

Hay señales para quedarse callado y sin opinión,
hoy estamos peor que en aquellos tiempos de Vigilar y Castigar
hoy somos Normalizar y Comprar,
hoy somos Ubicar y Financiar,
hoy somos  oprimidos optimistas.
Todos saben nuestros nombres,
algorítmos y fotografías y programas efectivos:
aprender francés,  adelgazar o ser emprendedores.
Hay señales de peligro en el camino pero
pensamos que son vestigios de aquellos viejos kamikazes
que nos heredaron este mundo de mierda,
con sus paranoias y guerras interminables,
sus urgencias de sexo sin teléfono móvil
y su inmoral saliva recorriendo sin rendir cuentas a nadie.

Hoy que he recorrido veinte años de este siglo y veinte del anterior,
puedo decir que todas las palabras se parecen.
Yo entré en un largo túnel con todas ellas,
desde la sombra del pasillo uno se olvida de las historias,
de los finales y de la utilidad de nombrar las cosas.
Uno se olvida, nada más.

Quizá me equivoque en la comparación,
creo que me quedé viendo un muro inmenso,
que se adentra en el mar y desde dentro una voz me dice
“Entra, aquí está la única forma de botar al ídolo con tus palabras”.
Se entiende que la sombra del coloso sobrepasa
el alto del muro y lo hace ver tan pequeño…
Así que no me queda más que este reclamo,
roto en líneas que parecen versos,
para tener un legendario control de las formas que aprendí,
sin usar ninguna estrategia de mercadeo
ni esgrima de fotografías naif de narciso saludable.
Emprendo este oficio para quedarme solo
solo  por fin entre las adversidades juntas:
escribir a mano y borrar mi nombre de los ordenadores.
Mi avatar es una sombra celeste y algunos datos
sin ninguna relevancia (porque la relevancia instantánea es lo profundo hoy en día)
y así descubrí ese otro lado del jardín,
este ruinoso cuarto de herramientas viejas que aguardan
al achacoso Ford setenta y cuatro que derrapó
tantas veces por la carretera y fueron tantas las vergüenzas
que nos dio un símbolo de lo útil que es olvidar.

Durante los días de siesta y de insomnio,
trato de leer libros en otros idiomas
para captar el ritmo de su gramática.
Pero he perdido grandes tramos de mi vista
y me estoy quedando sordo de tanto resguardarme
del mundo con mis audífonos por la calle.
Aquí es tanta la histeria,
porque  es la histeria la que arma las ciudades,
son sus rabias y sus esquemas de parques,
esos monumentos tibios de la democracia,
que nos frenan de pronto, porque ante cada idea incluida
nos zampan un nuevo centro comercial,
porque ante cada vocablo aceptado,
nos mandan mil fábricas para que la trabajen niños esclavos
y por cada actor que participa de protagónico,
saliendo de estas mismas calles que recorro, directo
a las enormes producciones de los canales streaming
son horas de mensajes a favor de la usura o del blanco
de los cuellos de las camisas
o de las inmejorables posibilidades del combustible fósil.

Así o más rebelde puede ser el arete en la nariz
o el sincopado brote electrónico del low fi del meth
(las drogas del inicio son ahora para las gerencias),
mejor salir el sábado a cazar pastillas y traer algunas
personas al automóvil, así es mejor
darle batalla al nuevo mundo mientras la fiesta sigue
y podemos retratarnos al momento de la salida del sol.
Acomodarse a un sexo circunstanciado y amenazante
el consenso que da recordarse al día siguiente si hubo
o no  consenso, por no rebotar nuestro nombre destrozado
por los pedregales mayores de las redes sociales.
Puede quedar también la siempre prosaica pornografía
en la que se compromete una vagina a deglutir
miembros sanchos y enormes, imposibles de llegar en la
centrimétrica ubicuidad humana.
O ser el muchacho machacado y quemado con cigarrillos
o el viejo lascivo que funge de violador de adolescentes.
Así el triste abismo en el que el amor llegó por estos años
a doblar, regresar por el viejo camino,
el menos virtuoso, el inacabado e imperfecto amor
lleno de dobleces y cursilerías, paniqueado por desastres nucleares
y luchas ambientales llenas de policías antidisturbios
que golpeaban a muchachos carnívoros y obreros,
que no se arrojaban al piso ante los ataques donde reconocían
que el policía que lo estaba golpeando era el  vecino de su casa.

Hoy convivo con una panadería libre de gluten,
un supermercado de tantos de una cadena de tantas
y un Starbucks donde no saben ni de broma lo que es un sindicato.
Soy lo feo dentro de lo gentrificado,
no me muevo de mi vieja casa, la casa de mi madre
porque dicen que es un barrio renovado y
yo, ellos lo dicen, soy pintor o poeta o no sé qué chingados.
Día con día hablo con los muchachos que van a la universidad,
me actualizan el software pirata de mi computadora
y me hacen reír con los chistes que le hacen a los políticos
en esas guasas que llaman memes y que no del todo entiendo.
Ahorro más porque la vida me gusta menos,
no me gusta comprar nada, colecciono cedés y esos ya casi los regalan
en los almacenes, los cuatro chicos con que hablo
no conocen Sonic Youth ni mucho menos a Herbie Hanckok,
uno que otro se las lleva de cultureta y vuelve con la lección aprendida.
Son agradables y me recuerdan que hace  veintisiete años yo
tenía veinte años cumplidos con el cabello largo,
iba con mis libros a la facultad de Humanidades,
fumaba mariguana mezclada con cocaína y bebía
vino de caja como es la divina costumbre.
Pero se me ha roto en el piso la ilusión de ser joven,
hoy siento que la libertad que les aguarda es la del miedo,
nadie se abraza luego del Covid o de las respetuosas distancias,
hacen largas filas para rayar monumentos en cada manifestación,
vuelven a sus cabinas de call center,
celebran alguna funa o a un ídolo caído
y se tropiezan una u otra vez con su infancia dolida,
vacíos de padres o vacíos de libros o vacíos de campos abiertos.
Nadie les advirtió que este mundo sin su alegría auténtica
estaba a punto de morirse y tampoco les advirtieron
que sus batallas ya tendrían una marca de jeans asignada
o una aplicación que encendiera más el fuego,
porque ese fuego que viene desde hace miles de años
ya está en lo más alto del mercado,
porque uno no puede sentirse libre si existe
un satélite allá arriba, listo y asignado para seguirnos,
allí arriba donde saben lo que hablas con tu pareja o si ya la dejaste
allí arriba donde ven con misericordia a la cuarentona que gana libras,
allí arriba donde encuentran al violador de jovencitas,
allí arriba donde hay un desodorante especializado para cada edad,
allí arriba donde saben que estás desempleado desde hace un año,
allí arriba donde tus gustos musicales se llevan bien con millones de melómanos,
allí arriba donde saben  cuántas  veces te masturbas y luego lloras,
allí arriba donde los ángeles no son nada más que otra ciudad superpoblada,
allí arriba donde te ubican porque le diste laik a un poema de Ferlinghetti,
allí arriba donde sí conservan la memoria y leyeron muy bien a Marx o a Gramsci o a Foucault,
allí arriba donde te dirigen como si fueras el candidato de Manchuria o el síndrome de Estocolmo…
Ahora que se parte en dos el mar, no cruzamos a través sino que surfeamos sus olas separadas.
hago este manifiesto en la tarde calurosa de un jueves de marzo del marchito veinte veintiuno.
No sonrío más a la sombra de este acantilado,
no me atengo a los microsismos de una felicidad antagónica.
Soy el que viene del pasado y del futuro, estoy alerta
el peligro de este simulador de vida que hoy me rodea
como una isla rodeada de tierra,
náufrago de todo tipo de constancia,
en la soledad de mi pensar o no pensar,
en esta lista desovillada de juramentos,
parto de las cicatrices que dejaron los golpes
que me di contra las banquetas,
las rabias del amor separándose,
los ojos del niño que creció y que ya no veo,
las ruinas que atestiguo cada mañana en el espejo.

Doy este dolor al mundo porque anoche,
anoche soñé un observatorio,
pero estaba cerrado a la gente,
arriba alguien vigilaba, agriamente, nuestras pequeñas esperanzas.
Poeta civil y sin trabajo,
consultando que en mi cuenta aún subsistan los billetes
que deben abrigarme hasta agosto,
porque es duro no tener labor, aunque uno sea artista
y los artistas supuestamente siempre están desempleados.
Al calor de esta inutilidad me encuentro
viviendo como cuando era niño y no sabía nadar,
aferrándome a la orilla de la piscina,
aprendiendo a estar en calma aunque sepa
que si me suelto caigo hasta el fondo
y que mi cuerpo solo podrá salir flotando sin alma.

 

 

 

 

 

 

ALGO DE MAR SIN LUZ Y NARANJA AMARGO

 
Lo que fueron amigos y vino, tan fugaces que ni tiempo dio de llorarles.
Vine tarde a la vanidad y su dolor elegante, abrí algunos libros y los mordí con los ojos. Hoy encuentro cerrado el maletín de cuero lleno de dibujos y palabras.

Ojalá bajen tarde los dos soles de este martes.
Sueño una piedra enorme frente a un lago. Pero tengo las aceras debajo de los pies como la piel de mi camino.
Demasiado viejo el tallo no se dobla más, su muerte es silenciosa hasta que el viento lo parte.

Los ladrones me han dejado en medio de la tempestad.
Soy torpe desde el inicio y creo ciegamente en los errores de mi vida.

Más humana que nadie mi madre finge que no se preocupa
La escucho orar en las madrugadas, llora y suena el espíritu de la casa.
Al amanecer, yo, que me vuelvo viejo, soy de nuevo pequeño.
Me ha llegado el rumor que no solo existe este encierro de huesos en circunstancia.

Suena una canción francesa, viene luego ella que me piensa cuando apenas son las tres de la madrugada.
Su mirada tranquila deja quieto este péndulo añadido por tanto deseo en vidrio roto, tanta rabia en las ortigas
Hoy ese cuadro de luz intensa entra a mi cuarto.

Comiendo las migas se cruzan los tiempos sumergidos.
Un blíster de pastillas para aplazar el amanecer. La noche puede ser un remolino de pensamientos.

Finjo que el miedo no se acerca.
Pero ese león frente al látigo se acostumbra a regresar a su jaula: alimento y agua, pero al salir lo destruye todo y el mismo decide regresar a su cárcel, es mejor el encierro y no hacerle mal a nadie.

Pasa a la vena la heroína y cierro el pulso. Me bota el beso al escribir. Vuelvo por más y es porque todo lo he soñado.
Borracho en el timón, los amigos ríen y no pienso en la crisis que amanecerá si es que amanece mañana.

Gloria máxima es mirar en el mar de letras una palabra mía.
Lo mío y lo tuyo se equilibran en todo lo secreto.
No escribo para que me mires, escribo para que no veas la noche.

Tropiezo en una obra menor.
Tan pequeño el sonido que hace un triángulo en la sinfonía.
Es peña en el mar.
El remoto color de lejos es la sombra. La distancia acompleja la grandeza.

Amargo seca el aire la ropa en los minutos amargos llenos de gente amarga que cae de boca frente al sol amargo que tienen de corazón.
Amarga alegría de un eco entre la vasta soledad amarga que deja su cara entre las caras. Amargo silencio de quitarme los lentes y no quedarme en la imagen amarga de gente apaleada por la constancia de las razones amargas. La música dulce no es la inteligencia amarga, porque lo amargo es una ausencia más en los muros.
Amargo es desear y obtener y perder. Amargo es vigilar sin descanso la alegría.

El niño herido hace escarcha y se le ve andar dormido.
Sin rumbo cruza los precipicios desde abajo.
Al fondo una alacena con pan caliente y vino. La risa se enciende y su corazón entra en el libro.
Construye un árbol y se dibuja con buen semblante.

Son las horas del niño.Mi madre en su infancia vio el rostro de una niña al fondo de un pozo.
Mi madre con extrañeza me dice “Ella cayó al fondo, se me aparecía porque quería jugar conmigo, pero como era un fantasma no podía salir a la superficie”.

No viajo por las carreteras, se han ido los vehículos veloces. Beber y manejar de noche. Esa libertad de antes se quedó ocupada por la rutina.
Hoy los caminos están abiertos, pero me siento cansado.
De esta orilla hice mi hogar.

Hago bocetos y no sé cómo dibujar la crisis de un mar sin luz y la naranja amarga que es apenas una rueda hecha con lápiz sobre el papel. Pintar el agua hirviendo, por ejemplo.

Quedan dos puntos helados, pienso en continuar ese camino de frentes inconstantes o ángulos opuestos a las esquinas donde se cierra el paraíso. Es revolucionario aceptar el mundo en su tristeza.