Poemas de Saúl Ibargoyen



Recordamos a Saúl Ibargoyen (Montevideo, 1930 – Ciudad de México, 2019) y leemos algunos de sus poemas. Vivió en México durante varias décadas y, en 2001, se le otorgó la nacionalidad mexicana. Comenzó a publicar en 1954. Escribió poesía, cuento, novela, teatro infantil, testimonio y ensayo, en Uruguay, México, Cuba, Canadá, Venezuela y EUA. Su poemario El escriba de pie mereció el Premio Nacional “Carlos Pellicer” 2002.

 

 

 

 

LA NUEVA MUERTE

                        (para Emil Verhaeren)

Un poeta de Bélgica hace más de un siglo
habló de una hombruna Muerte
echándose algún trago
con sus pies de ella cerca del fuego.
Y aquella Muerte mayusculada
se levantó después para entrarse
en todas las direcciones de la dolida Tierra.
Hubo gente que le dio más vino
más carne tomada de infantes no nacidos
más sangre de adulteradas doncellas
más esqueletos de repetidos óbitos
por efecto causa y resonancia
de hambrunas sin fondo
de pútridas verbalizaciones
y pestes desesperadas
de horcas florecidas y frescos misiles
y divanes electrizados y átomos incendiarios
y edictos brutales y hachas infatigables.
¿Quién pudo ver
el vestido de esa Muerte?
¿Quién pudo tocar
lo oscuro de su forma?
¿Quién pudo oler
el ácido vapor de sus sobacos?
¿Quién pudo escuchar
los susurradps silbidos
de su mensaje implacable?
¿Quién pudo platicar
con esa Muerte?:
¿en cuál cerrada oreja puso
oraciones amenazas conjuros
rogativas alabanzas
como huevos torpemente infecundos?
La mentada Muerte de seguro anda desnuda
no empuja carretones crujientes
no carga ataúdes ni instrumentos
no ríe ni habla
ni gusta del ajedrez o la baraja.
Si es la misma la que clava
sus iguales leyes en las dimensiones
de un planeta aterrado y solitario
cuando exija su trago le serviremos
un poco de este cántico
en una copa de aire.

 

 

 

 

ROSTROS

Tal vez fueran rostros
monedas carnales y blancas
albores de moléculas lastimándose
en medio de tercas sustancias
planetas nacientes rompiendo
la opresión rigurosa de sus órbitas:
Rostros quizá malnutriéndose
de visiones cotidianas
de sangrazas y sulfúricas muertes recogidas
en pantallas y voces de tenaz suciedad:
Rostros sí haciéndose a sí mismos tal vez
desde cremas de luz
desde natas fulgentes
desde tallos de leche con su raíz
de traslúcida sombra:
Rostros moviendo su vibración
entre usuales soliloquios
y diálogos voraces
entre páginas que alguien para sí organiza
incendiando sin apuro sus máscaras.
Un llegar y un irse de rostros:
bocas huyentes tocadas por un pesado pan
cabellos mezclándose con su propio pelo
labios que esperan atados a la piel
ojos con su niebla iluminante entrecerrada
mejillas que se abren hacia claras salivas:
Rostros como una patria de sangre esplendente
cuyo nombre también es dolor
y se escribe en la piedra.

¿UNA MANO?

Una mano deshuesada contra el primero sol
sin riquezas ni pingües carnes
ni metales resonantes:
Una mano liberada de los polvazales terrícolas
agarrándose a fibras enrojecidas de aire y de fuego:
Una mano sin su piel anversa
tocada por filos de bronce
y astillas de secas campanas:
Una mano sin tendones ni uñas
de ninguna mano otra que con caliente ungüento
la capture o la envuelva:
Una mano masticada por la coa tempranera
o el lápiz congelándose
que los iniciales inviernos imponen:
Una mano espejeando
entre rasgadas plumas de insólitos insectos
esas moscas que fallecen en aplastamientos
o en revuelos que garrotes de papel
o astrales vientos determinan:
Una mano despellejándose contra el segundo sol
que el veloz amanecer desprendió
como un huevo de la tortuga primordial
que ha dado ocasión a estos cinco dedos
de alzarse sobre el contemplado mundo:
Una mano apegándose a su piel reversa enjuagada
por el propio suero que hierve
con letras y tintas y posibles sonidos
y fulgurantes sustancias:
Una mano que regresa despojándose
de guantes como cáscaras de cristal
de sombras caídas desde una mariposa blanca:
Una mano que vuelve a su brazo
que se ajusta a su cuerpo temblador
que empieza y reempieza a rascar a lavar
a tocar a cortar a quebrar a manchar a planchar
a cocinar a secar a borrar a empacar a cerrar
a trapear a deletrear a apalabrar a resonar a gritar
antes de que el tercero sol
se clave entre el pasto
con sus monedas negras.