Poesía guatemalteca: Julio Cúmez



Leemos poesía guatemalteca de expresión kaqchikel. Leemos a Julio Cúmez (Chixot, San Juan Comalapa, Guatemala 1995). Es Diseñador Gráfico. Estudiante de Antropología (USAC). Ha publicado el libro de poesía Oyonïk (2017 Catafixia editorial). Desde el 2017 trabaja en la escritura de su poética El Fuego En El Que Ardemos. Sus textos también se encuentran en antologías, blogs y revistas electrónicas y demás medios. 

 

 

 

 

 

 

El Fuego En El Que Ardemos

 

Estamos aquí
con las mismas palabras
con los mismos incendios
con las mismas voces que nos repiten que estamos aquí
y que de nuevo no sabemos reconocer de dónde vienen.

Atrás quedaron las señales de los días como frutos vencidos
                                                                                                   sobre la mesa
atrás quedaron las certezas como rostros que se desvanecen
                                                en las ventanas de un bus en movimiento
(Mientras agitamos las manos, y vemos como en el acto
la noche nos crece como un incendio).

¿Qué es lo que queda del sueño, o de las palabras que usamos
                                                                                  para describir al sueño
cuando el soñador que se ve al espejo no reconoce las palabras
                                                                                             que lo nombran?

Escribo como escriben los que nunca han sabido nombrar
a la memoria
a las marcas en los cuerpos
a las tardes ardiendo de pronto.

 

 

 

 

 

 

 
He soplado en las manos de la muerte palabras que desconocía
le he puesto nombres a los días que habrán de consumirme
y he visto como en la blancura de las palabras
me he convertido en una casa
en donde la tarde siempre llega a arrastrar los ojos.

Y aquí estoy
sentado sobre el dolor de seres de pasados inciertos
viendo como la vara pasa sobre el fuego
viendo como la tarde me busca en el interior de una casa
para poder decirme:

-En tus ojos
el sol se pierde
entre el cielo y el mar
de todo lo que cae-.

Y aquí estoy                                                                sentado
viendo como la luz se cuela entre las ramas de mi pecho
y da contra el árbol de mis huesos
viendo como las preguntas se van anidando a mi alrededor
mientras no hay nada en mí que sepa nombrar lo que sucede
porque aquí no hay un movimiento de la vara sobre el fuego
que me advierta del crujir de estos días
o una luz a la cual le pueda dar una raíz.

Solo están mis manos como edificios
y esta extraña sensación de caída en el pecho.

Solo está mi voz
que anochece en todo lo que nombra
mientras tú me preguntas:

¿Habrán días que entiendan el peso de todo lo que cae?

 

 

 

 

 

 
El deliro levanta la cabeza y me mira
Yo también lo miro

Ambos creemos encontrar en nuestras miradas una respuesta
Y esperamos una palabra que nos nombre

Ambos nos imaginamos ser como un abedul agitándose en el tiempo

(O como un cetáceo que surcando cruza el silencio)

Ambos desdibujamos nuestro reflejo en el agua
y vemos
cómo todo tiembla

 

 

 

 
Si fuera un fuego
te diría que soy más
como un sueño.

 

 

 

 

Sí.
Esa es la señal que esperábamos
para dejar ir a este fuego
que ya dio su palabra y que ahora
solo es humo sumergiéndose en la noche
(en las voces que se escuchan debajo de estas voces).

Así que no tengas miedo, acércate
y usa esta espalda como un puente
para ver los otros rostros de cada palabra.

 

 

 

 

 

Öj sachnäq

Pan aq’a’

Pan awaqän

 

Köjakuchu’ rikin ri chaj ri k’o pa achi’
Pan ri ramaj toq xkojapon
Wi’ tatzija’ ri q’aq pan runaq’ nuwäch
Wi’ tamuqu’ re jun muxu’x pan a ch’ab’an

 

 
Estamos perdidos
en tus manos
en tus pies

 

Cúbrenos con la ceniza de tus labios
A la hora de nuestra llegada
Y préndele fuego a estos ojos
Y entierra este ombligo en tu voz.