Poesía contemporánea en español: Daniel Calabrese



En esta nueva entrega de Poesía contemporánea en español presentamos una muestra de Daniel Calabrese, poeta argentino nacido en Dolores y residente en Santiago de Chile. Su primer libro obtuvo el Premio Alfonsina Storni en Argentina. Le siguieron Futura Ceniza (Barcelona), Escritura en un ladrillo (Kyoto, español-japonés), Singladuras (Fairfield, español-inglés) y Oxidario, que ganó un premio del Fondo Nacional de las Artes en Buenos Aires. Su libro Ruta Dos fue editado en Chile (2013) por ed. Aguilar y en España (2017) por ed. Visor, con prólogo de Raúl Zurita, con amplia repercusión crítica. La versión en italiano aparecida en Roma (2015) fue nominada al Premio Camaiore Internazionale entre las cinco mejores obras extranjeras. Obtuvo el Premio Revista de Libros de El Mercurio en Chile. Se publicaron antologías de su poesía en seis países. Parte de su obra está traducida al italiano, inglés, francés, portugués, búlgaro, chino y japonés. Es fundador y director de Ærea. Revista Hispanoamericana de Poesía.

 

 

 

 

 

 

El primer déjà vu

 

Un caballo sobre la pampa y un árbol.

Un caballo que se mece
con la ternura de un barco.

Un caballo de miel
y dos riendas duras.

Qué. ¿No viste la muerte,
cómo cabalgaba?

Un caballo de madera
y un árbol partido vagando
por tierras inútiles.

Y recordé cómo fui:
ausente, mecido, triste, líquido.

Qué. ¿No viste la muerte,
cómo cabalgaba?

 

 

Río de cuchillos

a Raúl Zurita

 

Te voy a contar un secreto, amigo mío:
hace muchos años, en los años del óxido
y de los colores del óxido,
me enseñaron a odiar tus países.
O me pareció.

Yo no sabía qué clase de amor era el odio.

La herrumbre del puerto cegaba tus ojos,
ahí donde se enredan los ríos chilenos
con los barcos sudamericanos.

Los milicos argentinos traían
cuchillos muertos, de esos que nadan
en el plasma oscuro de las arterias
como peces desafilados.

El que no corre es un río,
pensé que decían en las llanuras tediosas.
O me pareció.
Y me molían a patadas por culpa de tus países.
Sentí asco, te digo, alguna especie de asco.

Vos escribías como los ríos
que bajan de la cordillera a los saltos
y se llevan de a poco el color de los cerros.

Los milicos chilenos venían
con sobredosis de una tierra confusa
porque esas montañas se mueven, amigo,
y la gente presiente que moverse
es una tradición del agua.

Entonces los ríos, el idioma
de la tierra cuando le habla al mar,
empezaron a correr por nuestras venas.
Eran ríos circulares y rojos
como las fronteras de dos países
que giran y se friccionan,
heridas con la forma de Chile,
manchas de humedad que parecen islas
en un mapa argentino.

Corrían y corrían los sedimentos
de aquella memoria que arde
y nos quema la piel
cuando adoptamos la forma de los poderosos.

Solamente esos ríos pueden correr
sin que los persiga una milicia de sombras
y muchos animales creen que son demonios,
ellos también tienen la costumbre
de pisarte los talones.

Te digo que nadie nos quería
y el desamor, amigo mío,
hace desaguar a los ríos en cualquier parte.

Ojalá nos persiguieran sombras o animales
antes que esos demonios.

En los torrentes de la sangre
nadie se atreve a nadar
por miedo a la mordedura de un pez oxidado
o que te rocen esos cuchillos,
pero no falta el que cierra los ojos y se mete,
y los demás repiten, repiten.
Hasta puede resultarles dulce,
fácil de flotar, gelatinoso,
tibio como los perros amarillos de la calle
que siempre miran hacia atrás
a ver si los persigue un país de milicos.
O dos.

Vamos, que si te odian los odiados
no es amor, es matemática.
Y rezamos para que no se repita.

Los milicos me enseñaron a odiar tus países.
Por suerte no aprendí.
Aunque me persiguieron, no aprendí.

Y eso que muy pocas veces tuve suerte rezando.

 

 

Las diferencias entre mi padre y Kerouac

 

Mi padre nació un año después,
muy lejos, casi a la orilla de esta ruta.

Kerouac no tuvo, a su vez, un padre
nacido en altamar, como mi abuelo.

Y para qué iba a escribir poesía, mi padre.
En cambio Kerouac, entre católico y budista,
excedía todas las fronteras.

Papá tenía una bicicleta roja: eso es viajar.

Uf, ambos detestaron el comunismo.
Creo que si un cruce misterioso
los hubiese reunido en la mesa de algún bar
se habrían reído mucho.

Pero mi padre, que era peronista, se emborrachó
una sola vez en toda su vida.

 

 

Profundo y espurio

 

Me pregunto si ya estaré muerto.
Salvo que el tiempo arregle todas las cosas,
como dicen por ahí,
en estas alfombras de mugre
donde cabalgan los mal nacidos
y el pasto crece cada vez más duro y amarillo,
salvo que el tiempo arregle las cosas,
como te digo,
por el momento soy un desacierto,
un tiro sinuoso de mi fusil torcido,
un bastardo,
apenas uno de los errores del dios.
De los más pequeños, eso sí.

 

 

 Contarle la foto a un ciego

 

Cuadrada.
Si la amplían demasiado
es como echarle un puñado de arena.
En el centro se ve una mujer de labios húmedos,
y un poco más atrás hay un dios.
¿Un dios?
Sí, en el último plano.
Antes aparece una colina helada.
La nieve está sucia, como la luna,
porque han pasado hombres y mujeres,
se nota en las huellas que dejaron
las ruedas y los caballos.
Un charco de orín humea todavía como un géiser
justo ahí donde el sol va insistir
hasta hacerle un agujero.
Esa foto incluye a dos muchachos
que se ríen sin rostros.
El reflejo en el blanco los desintegró.
¿Se entiende?
La escena que no ves es la muerte,
pero también la eternidad de ese instante
en el que el dios, bien al fondo,
aparece borroso.

 

 

Allá a lo lejos

 

El sol me golpea y siento que pasa
la calle dura bajo mis pies, a toda prisa.

No comprendo si soy el indeciso
que avanza y camina
o la sombra misma que va pegada al animal,
ese tractor que me arrastra como a una pesada
capa mojada por la lluvia.

Este animal en el que voy metido,
en sus ratos libres escribe poemas
y después dice: soñé.

O soy la negación de la luz
que me sigue a todas partes,
la materia blanca, roja, húmeda,
porosa y deficiente, que la acompaña.

Este animal me lleva por el mundo
haciendo lo que sabe: lo que puede.

Ve a otros animales
que se despedazan entre ellos.
Se acerca para comprobar si el río ya está muerto:
todavía se mueve, entonces toma
un poco de agua y se recuesta.

Esa tarde conocí a uno que tallaba letreros
en madera de ciprés.
Se lo veía cansado,
es el polvo de las obras, dijo,
que me viene comiendo los pulmones desde chico.

La tristeza puede ser interminable
para el que aprende a conocer a los demás.

Escuchando canciones italianas
recordé a mi madre a la salida del cine:
habíamos llorado, habíamos reído,
y uno piensa que momentos como ese
mueven a los ríos y detienen las guerras
para siempre.

Un día el animal siente que esa helada
bajo la que durmió cuando era un cachorro
en las estepas del Sur
ahora está llegando adentro de sus huesos.
Siente que las imágenes
empiezan a saltarse el control de su mirada.

Es hora de organizar la resistencia.
Sabe que la guerra tendrá
siempre el mismo resultado: ganará
la muerte, quién más.
La belleza está en las armas,
la lucidez en la estrategia.

En medio de tanto manoseo,
aunque no lo parezca,
hasta desesperarse puede ser un alivio.

Este animal en el que voy metido
a veces se queda mirando
y no me doy cuenta bien qué cosa ve,
pero es algo lejano,
muy lejano.

Este animal, que en sus ratos libres
escribe poemas y después dice: soñé.

 

  

El exactor

 

Alguien caminó sobre mi tumba.

Detrás de la puerta, yo tenía un abismo
del que se sube por una cuerda interminable.

¿Podría ser esta casa un lugar
para los descarnados?

¿Podría ser esta casa un lugar
para los abastecedores de lujos?

Son las preguntas del recaudador,
el cobrador de tributos
que me sigue por el hilo del tiempo.

Ésta es la idea,
una idea con números, nada más,
y dura sólo un momento.

Pero se repite y se repite
hasta el cansancio.

 

 

Apogeo

 

Fundaría Roma.
Fundaría Nínive en la Mesopotamia
que encierran sus piernas.

Ella y un eclipse
que oscurecerá su espalda
               de un momento a otro.

Ella y la lejana Antares
               brillando en el Pacífico.

Su dolor es un sueño antiguo
donde viven las aves que cruzaron la guerra.

Ella una promesa de rocas,
               el rumor de un cielo sordo.
Bajo la luz de su lámpara
soñamos con las peores tormentas del sol.

A Ella no
Ya no la veré
Ya no la veré
                    con su alegría reconstituida/ más.

 

 

El rastro

 

Viajo de noche
envuelto en su recuerdo
con la marcha de la cacería.

Ella no aguanta más el olor de la pólvora
ni el ruido de jinetes que llevan
el sudor pegado a la piel
cuando la niebla se llena de víctimas.

No soporta ver a la carne blanca,
nudosa, debatiéndose,
ni a los ojos del cuerpo
cerrarse en convicciones dolorosas.
Ni al vacío lleno de leones vacíos.

Ni a su cuerda de gritar
encadenada
por el óxido circular de la moral/ no.

 

 

Los olores del pueblo

 

El olor del perro mojado por la lluvia.
El olor a sopa en la casa del herrero.
El olor y el peso de la ropa húmeda.
El olor a pasto recién cortado.
El olor a kerosén del Bram Metal.

El olor de la grasa en los fierros del tren.
El olor a jazmín de esas noches calientes.
El olor del cielo, que cae.
El olor a encierro que sale de mi pieza oscura.

El olor del auto nuevo.
El olor de la marcha indecisa por la ruta.
El olor de la escala moral.
El olor a té de tilo.

El olor del agotamiento espiritual.
El olor de la botellita de cognac.

El olor a basura en el sifón del lavaplatos.

El olor a Dios,
cuando se empieza a descomponer y no para.

El olor del vacío.