Poesía ecuatoriana: Dancizo Toro-Rivadeneira



Con la orientación de Xavier Oquendo, leemos poesía ecuatoriana. Leemos a Dancizo Toro-Rivadeneira (Quito 1985). Es biólogo (CAECE Buenos Aires, 2010). Magíster en Biología de la Conservación (PUCE Quito, 2012); Epistemología de las Ciencias Naturales y Sociales (UCM Madrid, 2014) y Biología Evolutiva (UCM Madrid, 2016). Doctorado en Filosofía (UCM Madrid, depósito 2021) e investigador predoctoral en Biología Evolutiva (CSIC-MNCN, desde 2018). Poemarios publicados: Litotelergia, o sobre el ímpetu de los cantos fugaces (Ed. Vinciguerra. Buenos Aires, 2008); Recusaciones (Ed. El mono armado. Buenos Aires, 2009) y La esputación de los alienados (Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana. Quito, 2012).

 

 

 

 

Arribo y defaunación del fuego

 

Arribo

 

I

 
Nos ha llegado el tiempo
de la roca absoluta,
el clima es ahora
la perpetua saciedad.

El Abismo que mira,
potencia primordial
donde antaño manaban
luciérnagas fecundas

en nuestro torvo tiempo
es la Ceguedad abismal;
la reluciente farsa
de la materia plena.

¿Cómo podrá entonces
el viento dar su fe
entre anegados juncos
y herbáceas liras?

¿Cómo podrá el ave
dar justicia al momento
de la errancia y del nido
en este día eterno?

¿Cómo podremos cantar
y qué diríamos si
el desbrozado espacio
no muestra ya más tierra?

¡Oh defaunados dioses!
¡Oh cercenadas flamas!
A vosotros, númenes,
encomiendo mis versos.

 

 

 

II

 
Por fuera del viviente
la extensión rezuma
en coagulada sombra
nuestro abismo bautismal.

Como un cristal de sangre
que al perder el pulso
concreta su estructura
rodeando al que desangra.

Así cuaja nuestro ser,
sin terrenal morada
en esta intemperie
en la que nada dura.

¿De qué criatura pulsátil
se vertió esta sangre
—materia derramada—
que lo congela todo?

De las tempranas selvas,
¿cuál fue la defaunada
en original crimen
por la incipiente lanza?

En el pensar humano
hay algo que, así mismo,
se derrama y espesa
sobre aquello que crece.

Elementales raíces
de entre vosotras Madres,
¿quién fue la profanada
por el temprano verbo?

 

 

 

III

 
Como todo es sólido
número, o palabra,
y el espacio un dios
mísero que no siembra

más que nutricio ruido
en su esquilmada vera,
más que bramante humo
en su cielo escandido,

hemos de investigar
con los labios prudentes
del bullicio, su origen,
para acendrar el canto

que, al enristrar la lira
del vagabundo numen,
trocamos en la vara
para contar sus cosas.

En la altura celestial
que la humareda alcanza
con calmados párpados
hemos de sondear el aire

por la enterrada causa
del primordial incendio
que defaunó la flama
originando el humo,

hemos de escudriñar
con prístinos pulmones
el ser que nos esconde
a ojos del asombro.

 

 

 

IV

 
Y quisiéramos forjar
un instrumento, pero
el crisol de la tierra
está lleno de escoria.

Quisiéramos sostener
el presente de la flor,
pero nuestros labios
rompen en añoranzas.

Nuestra imagen del orbe
coincide con su costra;
lleno de consumación
está el árbol del mundo.

Ateridos, los peces
reclaman nuestra espalda;
los calcinados buitres
abaten nuestros puños.

¿Quién ha vuelto inútil
a la fragua materna
que nos promovió desde
el gélido gusano?

¡Oh tremendo arrecife!
¿Podrá nuestro canto ser
una lluvia de líquenes
que empiece nueva tierra?

¡Oh cadáver vegetal!
¿Podrá nuestro silencio
fundar la nueva vida
en tu fósil corteza?

 

 

 

V

 
El espacio es el cuándo
donde ya nada mora;
solo entonces, un allí,
y un punto de partida.

Tal es la franca ausencia
de lo que, moviéndose,
no crece ni circula
y, estando, no dura.

No es en el pasado
donde la raíz anida
ni es en la sima donde
se abre el magma del volcán,

sino en el dócil humus
de la presente tierra,
donde la encepadura
crece, brama y se nutre.

¿Podríamos quizás
abrigar nuestros bordes
con el recuerdo frágil
de la extinta hoguera?

¿No es acaso en el lecho
de la viviente flama
donde el calor anuncia
su caro advenimiento?

Desde que defaunamos
nuestro sagrado fuego,
todo lo encona y pudre
su desatado humo.

 

 

 

VI

 
El omnímodo vientre
de la naturaleza
da a luz sus criaturas
en delicado celo.

Aureola con su pulso
los placentarios velos
que habrán de disolverse
ante la consumación.

En su escindido pálpito
los vivientes sobrellevan
la cantada advertencia
del circular camino.

Esa apertura no es
la de un reciente párpado
que se corva, incierto,
hacia el envés del ojo

ni la de una cigarra
que se zambulle en tierra
como animal semilla;
sino un pez que salta.

Esa apertura es como
la del relámpago:
El abrirse redondo
del ser hacia su fuga.

El omnímodo vientre
de tornadizo fuego,
con lo mismo que alumbra,
su plenitud asombra.

 

 

 

VII

 
Como el nuestro hay muchos
lenguajes circulares.
Mas en el habla, también,
piensa el ser parabólico.

La arrojadiza lanza
y del cañón, la bala,
figuran el derrotero
la gravedad marina.

Entonces se nos piensa
desde el tensado arco,
vocablo a vocablo
se nos habla desde fuera.

Una red que en el aire
trampeará los peces,
un fórceps que en el cielo
ensanchará su lampo.

Con el pelaje invernal
de las comadrejas
los pinceles de oriente
hartarán nuestra historia.

¿Qué es lo que nos habla?
¿Qué diáfanos nos abre
para alumbrar el eco
de la increpación propia?

Los instrumentos son
el habla que llama al habla,
la bala que nos mueve
a caer sobre un pecho.