Poesía mexicana: Gustavo Osorio de Ita



Proponemos la lectura de dos poemas de Gustavo Osorio de Ita (Puebla, 1986). Doctor en Letras Hispanoamericanas. Es autor del poemario Bonapartes (2013). Ha traducido en Círculo de Poesía / Valparaíso México Lunch con Pancho Villa. Poemas escogidos 1968-1998 de Paul Muldoon, Vuelo y otros poemas de Kwame Dawes y en Círculo de Poesía Ediciones, Otros vislumbres. Poesía actual de la IndiaEsta semana, Gustavo Osorio estará leyendo su poesía en el festival Poesía en Paralelo Cero de Ecuador.

 

 

 

 

 

BARBARIE

 
Todo documento histórico
Es un documento de barbarie

 
Miro el piso tallado por años
                                La casa grande de la abuela materna
                                Cerca del centro de la ciudad
El rojo del piso es el color también
Del rojo de la sangre seca
Un ejército zapatista que decía la abuela
                                 Pasó por aquí en 1911
Escondieron a las mujeres jóvenes
Los hombres de la casa muertos en el patio
Colgaron al bisabuelo de una viga
Reemplazada en los años 70
                                     Por rieles de tren
Ese tren fue fundido vuelto quizás cubiertos

Abro la gaveta y hay cuchillos delgados
Tallados con presagio y tequesquite
                                                          Por años
Finas láminas de metal
Demasiado frágiles como para usarse
          Para abrir la carne
          Para quitarse la vida

Los pisos están limpios y gastados

Me dice mi madre que los tallaban de rodillas
Horas y horas gastadas
Pensando en trenes que iba a otra parte
Donde se podía ser feliz donde
                              Nadie se esconde donde las vigas se rompen
Ante el peso donde se abren los cajones
Y las hojas son rígidas y suficientes
                              Cuando necesarias

En algún momento todo es historia y toda historia
Es barbarie

 

 

 

 

PLEGARIA DEL RENCOR

 
Tú que llevas las orejas de fuera,
fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.

Juan Rulfo

 

 
Hijo, que cuando tengas a Dios ante ti y su gloria
resplandezca frente a tus ojos, el despampanante brillo,
lo quieto de su rostro, su estar tan en paz ahí,
porque ahí, yo bien lo sé, tú serás ahí porque sé que fuiste gente buena,
no mataste, a ti te mataron, que le digas. Cuando llegues
con él, cuéntale que estamos esperando y cuando dude
de las llagas en tu cuerpo –te quemaron hijo,
y que pinche dolor decirte ahora que dicen que aún gritabas
cuando te quemaron– cuando veas que una sombra
tan fría de duda se le pasee por el rostro pídele
que hunda su dedo en la llaga de tu ijar para que crea,
para que sienta –aunque qué chingados va a saber él del dolor.

Pero por nada vayas a acallar tu voz de muerto y nómbrale, señala
uno por uno a los que te hicieron esto,
dile quiénes arrejuntaron el fuego en tu cuerpo, quiénes
cargaron el hambre en tu cuerpo, los nombres
de los que llevaron por la tierra tu cuerpo
y dile que pusieron la sangre
en tu rostro que yo tuve que ver
tan de cerca para acordarme que eras tú
y que no volvías.

Para que entienda dile que fueron muchas lanzas
–porque él desde hace tanto no nos oye–
afiladas puntas de plomo, para que nos crea, dile
y muéstrale cuántas con los dedos –como hacías
cuando eras chico– dile que no querían que ni Él mismo
te encontrara, que hicieron arder tus brazos y piernas
que no quisieron subirte a una cruz pues era de día
y siempre alguien –nunca Él– está mirando.
Cuántas balas pusieron en tu cara
pues no querías morirte y un barranco hondo
pues no querían que te encontrara. Tus gritos
me llegaron como en sueño y salí a buscarte entre los perros
y la noche me olía a rencor y sangre y te encontré. Ya te dije
que tuve que verte bien de cerca para estar seguro de la tristeza.

Te encontré aquí abajo donde voy a quedarme a repetirte
a tu oído muerto que te digo que le digas desde lo profundo,
no alto, no arriba, dile desde aquí que somos, te pido hijo que le digas
que seguimos acá esperando, que hay sed
como de cárcel, como de herrumbre, sed ancha
como el río que es tantas veces la vida
–y tu te ahogaste por que para ti es honda–;
así con la prisa misma del agua en la garganta ve y dile hay tanta
sed y profunda como el barranco, como el río casi seco ya
y como oscuro fue bajar en la noche
al barranco y postrarme frente a tu cuerpo
–como sé que tú ahora estás postrado delante de él.
Levántate ahora hijo mío.
Levántate y dile con voz alta como subiendo,
como voz que se desborda, reclámale
como yo a gritos que reclamo que no fuera tu sangre
la que se llevó otro río,
la que cubría los últimos aspavientos de tu nombre.

Bajé con la duda chispéandome en la mano,
con el corazón martajado por el miedo,
los riñones hechos sangre, derrengado el lomo
y muy dentro mío oía los perros, repetían:

 
Si el dolor tuviera cuerpo, el miedo
tendría que ser su rostro.
Si el miedo tuviera cuerpo, sería el mío
que tiembla como un perro
que huele sangre, que como nadie anda buscando
tu rostro.

 
Así te digo que bajé a este pozo casi hecho agua oscura,
este pozo que se ha vuelto el mundo desde donde dile que estamos
esperando. Y gritamos fuerte pero hace mucho
nadie nos oye, como si el agua misma que es tanto
sangre y noche revueltas y arremolinadas, se llevara el ruido
y volviera la voz aire leve de ese que no importa al cuerpo.
Te pido le digas todavía estamos esperando, pero la calma
arde como ardió tu cuerpo y empieza a volverse brasa turbia.
Así que dile que nosotros, no,
esto se te lo quiero decir yo sólo,
haz por oír, que te reclamo, que te exijo,
que te estoy gritando a Tu manso rostro que estoy cansado
de atragantarme de cenizas
de andar buscando con los ojos tierra fértil,
de acarrear el agua con las manos,
te digo me cansé del peso y andar el mundo
donde oigo y soy todos los perros que recorren la noche.

Hijo vuelvo a ti.
Dile que me cansé de arrastrarme hasta ser el muerto,
que aquí uno sólo aguanta algo de muerte pero tú no,
tú nunca, tú no te me podías morir, a mí, ni un poco
sin que fuera ya eso demasiado así que mejor, hijo,
mejor dile que ya no baje.

Y que tampoco piense que voy a subir a verlo.
Porque lo que a ti te hicieron.
Porque con lo que yo voy a hacer con los que a ti te hicieron.
Porque hay tiempos y tierras, perros y noches como donde nos apeamos
bien lejos de la historia y de Su mano y donde el perdón
no existe.

Lo que encabrona es
que con lo que yo tengo que hacer, hijo,
creo que ya nunca vamos a vernos.
Eso dile.
También dile que ya somos más los que menos o nada esperan.
También dile que ya somos los que esperan nada.