Poesía peruana: Tulio Mora



Leemos un poema de Tulio Mora (1948-2019). Se trata de “Túpac Amaru”, texto que leemos en clave biográfica y a la luz del monólogo dramático. Mora perteneció a la Generación del 70 y fue clave en el Movimiento Hora Zero. Según Ricardo González Vigil, “el designio horazeriano de un poema integral  encuentra en él su realización más cabal en tanto logro de un texto que funcione, a la vez, como poema (de vibraciones líricas), relato (crónica o testimonio de sustrato cosmogónico, épico o historiográfico) y ensayo (dimensión reflexiva crítica; triple textura que él domina mejor que nadie”.

 

 

 

 

 

 

Túpac Amaru
(1740- 1781)

 

Todavía hablan de mí situándome en el centro
de la imagen -las cuerdas, los caballos,
mi cuerpo que defiende la unidad intacta
de sus miembros-, y remordidos
prefieren mantenerme ingrávido en el aire.
Se llenan de frases elegantes al citarme:
Aquí no hay más culpables que tú y yo,
tú por someter a mi pueblo,
yo por pretender liberarlo.
Y hasta el horror se les antoja recurrente

al indagar en los folios del castigo
lo barroco de mi queja: Onze coronas
de hierro con puntas muy agudas,
que le han de poner en la cabeza…
…Por la parte del cerebro se le introducirán
tres puntas de hierro ardiendo
que le saldrán por la boca…

Qué decir de sus sospechas,
siempre irreprochables, al implicar
en la forma torturada
una metáfora de culpas nacionales
(el equilibrio entre mi cuerpo indivisible
y el verdugo que quiere fragmentarlo,
¿no evoca al equilibrio suicida del Perú,
su imposible armonía?).
Y se escudan en los mitos y obsequiosos
de palabras fermentan en mis miembros mutilados
(por los que yo sufro
mientras ellos investigan)
inconcretables utopías: Cuando su cabeza,
que escondieron debajo de palacio de gobierno,
se encuentre con sus extremidades,
volverá el tiempo de Inkarrí.
                Y esperan que otra vez Areche me coloque

entre los potros del tormento,
y el hacha, ya no los animales,
en las diestras manos del verdugo
separe mis huesos de sus goznes
para encontrar sentido a sus asertos.
Inútil recordarles a los muertos precedentes:
que mi esposa Micaela caminó hasta el cadalso
sin bajar la vista (y eso que llevaba
la lengua hecha un guiñapo y salpicaba sangre
en las finas ropas de Matalinares);
que Tomasa Titu se rió de los cuchillos;
que el negro Oblitas derramó dos lágrimas,
no por la inminencia de su muerte,
sino por lo enojoso de las despedidas;
que, en fin, mis hijos aguardaron con paciencia
que uno a uno los fueran destroncando.
Prescindible es el dolor para tan eruditas
reflexiones: ¿abjuré del rey y sus impuestos?
¿Sobreestimé las condiciones subjetivas
y el carácter de masas de la insurrección?
¿No fui un novato en estrategia?
Pero al cabo generosos
exaltan mis virtudes
caras al siglo de las luces:
era un noble arriero que vestía
de negro terciopelo y cabalgaba un potro blanco
y se sabía de memoria a Garcilaso
y montaba el drama del Ollantay
antes de entrar en la batalla.
Un look para el consumo: los cabellos largos

coronados por un sombrero con el pico rombo
y el ala tiesa y circular -ideal
para levantar turistas en el Cusco.
Una tentación de los arcanos astrológicos:
Huáscar versus Atahualpa,
Manco Inca versus Paullu,
Túpac Amaru versus Pumacahua,
los pares fratricidas -Géminis, sin duda.
Una extravagancia de genealogistas:
rastrear sangre de mi estirpe
en las cortes de Polonia y Portugal.
Un recurso del poder:
citar un verso del poema vigoroso de Romualdo
(querrán matarlo y no podrán matarlo)
cuando la mancha india se arrebata.
Nada más oportuno para todo
que el agonista prometeico,
el que muere porque no muere.
Si tanto saben de mi vida y de mi gesta
¿por que no revierten mis fracasos
y después me echan en tierra a descansar mi muerte?