Poesía mexicana: Guadalupe Ángeles



Presentamos un poema de la poeta Guadalupe Ángeles (Pachuca, Hidalgo, 1962). Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993); Sobre objetos de madera (1994); Suite de la duda (1995); Devastación (2000); La elección de los fantasmas (2002); Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en diferentes revista y suplementos como La Jornada Semanal; Soberbia, Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, Al margen, Argos, Babab, Espéculo.

 

 

Alfonsina Rivera Cosme

 

Zarpar del barco materno
emerger como enemigo en potencia
y en claroscuros, aun chorreando sangre,
desprenderse del absurdo de la nada…

Y esta es la historia
diríase
no completamente cierta
no totalmente falsa:
microscópicos duendes fallaron al desear iluminar
eran demasiadas luces
(no pensemos en navidades muertas)
–todos estamos muertos de algún modo–.
Alfonsina se comió todos los duendes
  si entre ellos estaba su padre
        una lástima.

Se largó al mar
  como sucede siempre al final de las malas películas
porque tuvo el capricho de ser Meche Carreño
¿Llegar por lo vulgar a lo trascendente?
Sí, como comerse la mierda
  explotar la capacidad de autoescarnio.
 Pero ella se dedicó a ver el mar
  como en las buenas películas mudas
     que sólo existen en su mente
      (la locura como posibilidad).

¿Quién es ella, más bien qué?
Un hermoso mueble de madera antigua,
  sí, amiga de Juana de Arco
¿por qué no fuimos juntas a la hoguera?

Ven Alfonsina
(se decía en tardes de lluvia)
quemaba en el centro de su vida
todos los papeles, todos los guiones
para moverse por la vida.

Yo es…
Más bien no es…

Ella salió corriendo de la bodega en llamas
Ella asesinó con toda conciencia al atacante
  Ella se rompió una pierna
      se comió su propio hueso en la fractura expuesta:
y era tan sabroso saberse así,
carne de su carne,
sangre de su propia sangre,
como si de veras hubiera nacido de un árbol.
Alfonsina es un chayote,
el que creció más alto en la enredadera,
a ella nadie se la come,
Alfonsina se pudre a gusto donde nadie la vea.
Su padre es el sopor de la tarde
 Su madre es un delfín que se ahogó muy temprano.

Delicias de la soledad vomita,
   dulces postres de la posteridad rechaza
nada quiere porque tiene todo:
    un futuro perfecto: la muerte (es decir la nada)
      y un pasado feroz, asesino.

Alfonsina posa su torso sobre el barandal
y así transita del primero al segundo piso y viceversa
si le gana el peso y el sonido de calabaza hueca que hace su cuerpo al caer
   es sólo un mal sueño.
Despierta de la pesadilla y se pone el pantalón,
 sale corriendo de sí misma
va hacia el mar y bracea hasta sentirse eco,
   apenas un sonido que bombea en su respiración
       y lucha
       y bracea
                     y vuelve.

Sí vuela, puede hacerlo
los millones de monedas tragadas por la fuente de los deseos se lo permiten
       ya sus hermanos lo desearon demasiado,
ella es ellos en su cuerpo sin sexo
   toda sexuada se anuda en su vuelo,
    se desenvuelve en su saliva y sale
¿ella es un sueño?
Si Alfonsina es Alfonso y también el hondo hueco de la nada
  por eso vuela y se derrite en setecientos nombres
    su vida permite la mía,
no sólo es el tambor que toco
llamando a las deidades de cientos de brazos
para que me acaricien.

Ella no desiste
Nunca desistimos
Amordazadas lanzamos tarascadas.

Hambre es mi tercer nombre
   yo la abrazo y me fundo en sus convicciones
      transformándolas en certezas.

Ella camina y vende lo que tiene:
  su tiempo
  sus recuerdos
   la ficción de su existencia
y balbucea súplicas y discursos concretos,
ata con ellos el correr de sus días.
Sueña y canta como corresponde a los animales de su especie:
      vulnerables, vertebrados por casualidad,
       dueños de alas inmensas y recuerdos feroces, asesinos.

Alfonsina en los bares barre prejuicios de otros
   besa bocas para siempre ajenas
     se roba miradas profundas y fugaces.
Ella nació para matarse a sí misma en cada acto cotidiano,
  lava ventanas hacia ninguna parte,
    su cuerpo es la orografía de todo desastre.
Amamanta al silencio
    y abre la puerta a los animales profundos de la nostalgia,
       juega con ellos Scrable,
así asesina nostalgias incoloras e insaboras
    así respalda (como archivos)
sus vidas posibles.

Alfonsina se cansa como Neruda de ser hombre
  y repta hacia la que no es,
ésa que pronuncia su nombre como un mantra hasta el orgasmo.

Alfonso o Alfonsa o Alfonsina se viste de hombre y de camino y de desierto, pero el disfraz que más le gusta es el de nube sobre cielos claros.

Ella no llora porque no tiene tiempo ni le interesa.
Ella grita, ella abre sus alas como un abanico y se larga,
 ella, como todos,
se está yendo todo el tiempo: en los sonidos, en la narración de sus sueños,
  en el silencio que se hace cuando besa,
      ella se pierde en el bosque de su propio pelo,
        ella se apropia de su calvicie y de su locura, ella se hace su casa de abismos,
de asesinatos posibles.

Ella sabe que no es poema
   y no le importa
Alfonsina o Alfonso o Alfonsa no se toma en serio,
 no tiene tiempo para perderlo en prosas desdentadas
     que no saben morder,
porque ella inocula sus venenos de otras formas:
      Adivina de sí
      Falsa memoria.

Nació cuando se le dió la gana
     al pie de un Asno Desnombrado, 
       rompió a su madre desde el principio
                                                                    su voraz repetición
(vida con vida)
    labrando encierros, deslumbramientos.
Una velocidad distinta la acomete:
  ella sostiene muros con sus manos.
Alfonsina o Alfonso o Alfonsa
  se ríe por lo bajo y a grito pelado:
de hierros ardientes, de fierros desgastados
porque corre con un tropel de fantasmas
   y se amiga con ellos
hacen fiestas secretas donde intercambian
   pieles y nombres
    certezas y sogas
    maneras de quemarse con hogueras y abismos
    de mojarse con lágrimas y cascadas,
        saliva y lumbre.
No tiene límites
  usa el cielo como un sueter
     se limpia de sí en el mar y en la oficina.
Grita o sonríe
Alfonsa, o Alfonso o Alfonsina
   tiene un gran hoyo en el pecho y no le importa
      carga en su caja torácica juguetes viejos.

Alfonsina o Alfonso o Alfonsa,
Ernestina o Ernesto u Óscar
  abren los ojos, no se toman de las manos
      pero sus miradas son una al contemplar
        el cuerpo en que despiertan.

Van a lo hondo del instante
  vienen con sed de ahí
    van e ignoran distancias, miedos, fríos.

Alfonsina o Alfonso, Alonsa y Démeter, Lucía y cientos y cientos
   son comidas por un rostro: (el mío) que las subdivide y nombra
       para desnombrarse.

Escasos centímetros separan universos
      por obra y gracia de palabras léperas o insignes
        que hacen su castillo en estos cuerpos
                                                                      Sin nombre Alfonsina o Alfonsa, Óscar, Lucía o Lucrecia se me duermen en los brazos y despiertan y se ríen en mi cara que es la suya,
  luego volamos.