Inmersión. Con un ojo de aire y otro de vidrio. Sobre la ensayística de Citlaly Aguilar



Lina Quezada escribe una reseña sobre Dentro del aire de vidrio (IMAC, 2021), texto de Citlaly Aguilar que mereció, en la categoría de ensayo, una Mención Honorífica en el Premio Dolores Castro 2021. Lina Quezada fue ganadora del Premio Dolores Castro 2021 en ensayo.

 

 

 

Inmersión. Con un ojo de aire y otro de vidrio

 

 

(…) Nadar es lo más parecido a volar; somos como pequeños pájaros negros sobre el agua, suspendidos sobre esta cristalinidad, y aunque jaula, también es un espacio de libertad, para vivir o morir, para respirar o ahogarse.”

-Citlaly Aguilar Sánchez, Dentro del aire de vidrio.

 

Andamos sumergidos en la cotidiana velocidad de los días. Andamos y vamos, deteniéndonos para aspirar bocanadas sucias de humo, esperando que nuestros pulmones continúen expandiendo de a poco la vida que nos queda. Así andaba jugueteando con mis manos, atrapadas entre la ansiedad y la desesperada agonía de quien no encuentra cómo aceptar que se asfixia. Un fin de semana, caluroso como el infierno, me senté derrotada bajo la cortina lluvia que deja caer el cuadro de la regadera. En medio de grietas y espejismos, escuché voces viniendo de los finos huecos, “delicada música de burbujas que se escurre sin que nada se pueda hacer.” (p.147), como escribe Citlaly Aguilar Sánchez. Sucedió, me inundé.

Dentro del aire de vidrio se hizo su espacio en mis lecturas a finales de octubre del 2021. Hasta ese momento, había pasado por una racha emocional bastante estable y calmada, sentía que andaba por la vida en una especie de nube muy blanca. Cuando nos encontramos por primera vez, no estaba lo suficiente asfixiada de expectativas para atreverme a dar el salto a las profundas aguas que se vislumbran con los primeros pases de páginas. Seis meses después, siendo inevitable que lo inconstante se mueva, nos reencontramos, y entonces me desbordé en sus orillas. ¿Es la voz ensayística un hilo de agua tan fino que, ante el tacto descuidado, corta? La escritura de Citlaly lo es, una varita de cristal pulida que se agita franca, directa y, en su liquidez interna, brillante.

Es inusual pensar que una pluma tan fluida como agua de río provenga de una ciudad semidesértica. No es propio de la adaptabilidad al espacio reflejar el comportamiento natural de elementos con los que no se convive a diario, a menos de que esa sea la determinación.  Citlaly Aguilar Sánchez, nadadora de letras y originaria de Valparaíso, Zacatecas, ha recorrido el camino de la escritura forjando con tenacidad y constancia su propia voz, posicionándose como ávida ensayista y escritora de obras como La literatura zacatecana en el siglo XXI y La fabulosa historia de Anémona y Durazno. Con ojos grandes como estrellas, fue ganadora en el Certamen de Ensayo Literario “Erradumbre”, de Mantis Editores, así como de otras celebraciones en torno al ensayo literario mexicano. Su obra Dentro del aire de vidrio le correspondió con Mención Honorífica en el Premio Nacional Dolores Castro 2021 en la categoría de ensayo. Actualmente, Aguilar Sánchez es un ave que flota entre la edición y la escritura propia.

Dentro del aire de vidrio es una obra ensayística de voz confesional conformada por tres ensayos literarios, que, fluyendo como mareas triangulares, una tras otra, van descubriendo de a poco su temática, o más bien, su motivo. Una escritura sobre nadar en la nada. Sobre el miedo a la soledad, al fracaso, a los duros juicios que construimos y sostenemos para nosotras mismas. Un ensayo sobre aprender, reaprender. Sobre sanarse el corazón hasta andar por la vida con calma aceptando que en la nada se encuentran todas las posibilidades: “Quizá realmente la vida no se trata de los grandes logros, quizá es esto, una serie interminable de nada.” (p. 139).

Decisivamente creativa, la autora construye un carril de reflexiones en torno al reaprendizaje de cruzar la línea del miedo a través de una primera metáfora: la alberca de entrenamiento transformada en el abstracto y cúbico espacio para afrontar la vida misma. Los primeros dos ensayos se distienden en líneas de introspección con las que poco a poco vamos sumergiéndonos en el espacio mental y emocional de la voz ensayística. La travesía por los detalles de los espacios y objetos físicos como la alberca, los artículos de entrenamiento, la casa, son imprescindibles para establecer un pacto de verosimilitud con el lector, mismo que afianzado en la intimidad, pasará a ser un almanaque extrasensorial enfocado a la reflexión, halado con fuerza a las cristalinas aguas de vidrio: el juego de la transformación de cada tacto o espacio físico en guiños de lenguaje poético, en personificaciones de lo abstracto. Pasamos de mirar una toalla que quiere ser tirada, a convertirnos en ella misma, húmeda y cansada. A sentir la derrota, la franqueza, la amargura de asumirnos como seres capaces de perder, morir, temer, de habitar la vulnerabilidad en nuestro propio cuerpo. El último ensayo rescata el trabajo poético “Nocturno en que nada se oye” de los Nocturnos de Xavier Villaurrutia, con el que nuestra autora desenreda los cabellos de las aguas que nos aplastan. Este último ensayo es dividido en seis apartados, en los cuales se absorben los pensares vislumbrados en las primeras dos partes, convirtiéndolos en casi una poética personal que propone asumirse como un ave en medio de una jaula de cristal, de suspender la respiración para no ahogarse al cruzar las capas del miedo, la decepción, la soledad y, sobre todo, la muerte. Del dejar de ser para ser. Dentro del aire de vidrio nos transforma en elementos naturales, convierte nuestra sangre y nuestros pensamientos primero en músculos tensos, después en agua turbia y finalmente, en mantos de aire fresco, ligeros y flotantes.

La relación entre el agua y la escritura son los primeros pulsos que incitan a realizar la lectura de la obra desde el alejamiento de la lógica, se activan las metáforas y los símiles conforme se avanza entre la espesa agua. El texto es un lenguaje lirico de agua contenida en un espacio de sentires concretos, la voz ensayística se adapta al espacio que la sujeta, la ficticia – ¿o real? – página dividida entre realidades que solo la literatura activa. La alberca, el espacio de la vida; limitado contenedor en el que nos movemos en colectivo. La alberca además como el propio cuerpo que se nos inunda de percepciones sin nombre. Un espacio lleno de aire donde el cuerpo se congela o se impulsa a patear con más fuerza. Dentro de la alberca hay paredes, hay límites y con ellos pequeñas islas de difuminadas esperanzas haciéndoles compañía. Tablas y flotadores que ayudan a sostenerse, pero que tarde o temprano nos hunden.

La autora hace de un escenario cotidiano, del ejercicio habitual de la natación una exploración a los terrenos del ámbito lírico, un planeta de anillos desconocidos. La imagen se transforma, se vivifica y humaniza, convirtiendo cada elemento en un ser activo. ¿Qué le da vida al flotador, a la tabla de natación, a la línea del carril en la piscina? El agua. El agua palpita, abre sus manos para tocar el piano, abre sus dientes para morder, abre sus ojos para atrapar. Tienta, seduce, abraza. En un proceso de sutil y brillante prosopopeya, el agua pasa de ser mística mujer a espacio de calma. En ese momento de lectura, el pulso vuelve al cuerpo y damos una gran bocanada de agua. Nos convertimos en aves que se hunden, que vuelan al fondo para salir de la inmersión a la inversa suscitada ante nuestros ojos: de la alberca al cuerpo, del cuerpo a la mente, de la mente a sanar el corazón. Todo lleno de agua, todo flotando como majestuoso Saturno. El motivo y la metáfora de la obra cobra sentido: “Dentro del aire de vidrio se es libre y cautivo, se está y no, se vuela y se cae interminablemente, se nada y se ahoga en la falta de aire.” (p. 149)

El ejercicio intelectual de transformar la materia y lo cotidiano en imágenes vivas de sentir abstracto muestran la versatilidad, agilidad y contundente destreza que la autora posee. Un ejercicio de escritura que además de sincero, brilla como ondas de luz reflejadas en cualquier espacio de agua. Citlaly muestra con el corazón y la voz la indivisible vulnerabilidad de estar viva. El valor de asumirla, transformarla y respirarla con franqueza.

Horas después de andar y tomar la necesaria ducha, en medio del silencio, se desborda el agua que tenía atorada en el centro de mi pecho. Tomo esta lectura en mis manos, me resulta bella, sincera, libre. Me sonrió ingeniosa, creativa, escuchando ahora la voz acuosa con el tono de esas risas que se tienen con la amiga íntima después de soltar la bruma. Como dice Citlaly: “Una de mis herramientas de curación siempre ha sido el llanto. Yo me ahogo en el llanto cuando siento que no puedo con algo. Todas las cosas difíciles en mi vida tienen que ver con agua afuera o dentro de mí.”  (p. 138). Entonces me desinundo, con un ojo de aire y con otro de vidrio. Andamos en medio de la nada, ahogándonos un poco entre los amplios cristales de esta piscina ficticia, llena de agua. He de dar un respiro, ya no una bocanada desesperada, solo un suave respiro.