Nueva poesía mexicana: Citlali Santos



Leemos nueva poesía mexicana. Leemos algunos textos de Citlalli Santos, (Oaxaca, 2000). Estudia Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Sus poemas se encuentran publicados en: Versas y Diversas muestra de poesía lésbica contemporánea, Viejas brujas 3: memorias futuras, Estrépito, Periódico poético y Punto de partida UNAM.

 

 

 

No

 

No me ames como amarías a tu esposo.
No quiero que tu risa se refrene al volumen adecuado
 para no interrumpir un partido de fútbol.
Ni que la carne asada sea el descanso de tus viernes.
No quiero que nuestros hijos se vuelvan tuyos cada que comienzan a llorar.
No quiero que me toques ni me pienses
 cual miembro sacudido
 sostenido con la furia del ahogo.
Que tu placer se limite a sentir el de otro.
Que no grites porque es de putas.
Y tú eres casada.
Mujer buena.
Esposa.
No deseo ser deseada como deseas al hombre.
Ni te deseo como el hombre te desea.
No te salvaré del destino infatigable que nos persigue a todos.
De ti misma.
Me desentiendo de ese amor.
No quiero promesas, idealizaciones.
Tibiezas. Horarios de atención.
Me gusta el vigor del ser
que no esconde el miedo
entre los puños.
Yo sé tender la cama, servirme de comer, lavar el plato.
Sé ocupar las manos, sostener con ellas, dar placer sin culpa.
No me ames como amarías a tu esposo.
Al borde del suicidio.
Pensando en servir, en ser puntual a sus necesidades.
En pagar sus caricias y atenciones con tu tiempo.
Sin cuestionar si quiera,
que eso más que amor,
se llama trabajo.

 

 

 

 

Calicanto

 

Magullada la flor deja de ser perfecta.
Entre el calicanto

me bautizó el río
como mar y poza.
Desde entonces traigo en el cuerpo
marcados todos los golpes de las piedras.

 

 

 

 

Origen

 

Desgajé el vientre de mi madre
con el crecimiento de los huesos tiernos.

Ocupé su cuerpo a mi entero placer
deshaciendo su entraña para crear la mía.
Comí de su carne.
Bebí de su sangre.
Y al llegar a los nueve meses
sus tripas, llenas de hartazgo y hambre
abrazaron mi cuello verde.
Entonces fue necesaria la herida.
Durmieron a mi madre (Eso la haría olvidar)
y entre la blanquitud enferma nombraron su dolor, su mutilación, mi nacimiento.
Fue el pellejo quien aprendió a mirar la rajada con amor.
Ha sido mi madre, sobreviviente
la que ha tenido que reconocer
a esta criatura voraz y dolorosa, como su hija.

 

 

 

 

 

De gritos, el gallo

 

El hastío me anuda la garganta
y me crecen, en las tripas, los cardos.
Explotando del cuerpo mis sueños,
 liendres entre dos uñas.
El ruido me ha dejado sobre el cerro
por allá, caminando.
No encontrando calma
en mi ruina, hoguerra.
Ando por la vida (cuando fue)
sin misiles.
Sobreviviendo por costumbre a la derrota de esta áspera existencia perra.

 

 

 

 

 

Donde orinan las vacas

 

Hoy me declaro desierta
(y no desierto)
Existe zanja entre una cosa y otra.
Desierta lo mismo que níveo.
Nada entre la nada.
Porque yo que escribo como milagro,
mero accidente o tragedia.
Yo que escribo a falta de ti
frente a ventanas nunca conocidas por tu reflejo.
-Te imaginas-
yo, que escribo de rodillas.
Apretando la panza para no dejar salir el cebo.
Yo, tratando de encontrar palabras no existentes.
Yo, esa.
La que intenta.
Otra yo, que no es la misma.
Yo escribiendo tantas veces tu nombre,
que no me llamo.
Esta, que todavía no sabe decir nada:
Sospecha en sus huesos el frío de tu lápida.