The Best American Poetry 2022



Leemos una muestra de la antología de la mejor poesía estadounidense del 2022 (The Best American Poetry 2022). La selección fue hecha por el poeta, editor y catedrático, Matthew Zapruder, recipiente del premio William Carlos Williams. La temática es variada y habla tanto de acontecimientos de impacto mundial como internos del país norteamericano, pero que no dejan de ser ajenos a las vivencias particulares de los individuos en cualquier otro país del mundo. Esta muestra arranca con el gran poeta serbio-estadounidense, recién fallecido, Charles Simic, quien nos cuenta cómo escapa de la locura durante el encierro. Louise Glück conecta la poderosa imaginación de la niñez con un encuentro familiar muy cotidiano. Jericho Brown quien nos entrega un poema escrito para el acto inaugural de la toma de posesión. Y continúa con poemas de Diane Seuss, Ocean Vuong, Dean Young, entre otros. La siguiente muestra y versiones en español fueron hechas por el traductor y poeta nicaragüense Alain Pallais.

 

 

 

Charles Simic

 

Durante el encierro

 

Me habría vuelto loco,
sin la ayuda de la Soledad,
esa gran dama acostumbrada a su destino
desde hace mucho tiempo

y ansiosa por consolarme
en el fondo de los vertederos
con relatos de hombres y mujeres
que en algún momento de la historia

se alejaron del mundo
y sobrevivieron años de aislamiento
y las oscuras noches del alma
antes de encontrar la paz interior

en algún hueco de la pared mientras
meditando aquel consejo:
“Ve a tu cuarto y, en silencio, siéntate.
Él te lo revelará todo.”

 

 

 

In the Lockdown

 

I might’ve gone stir crazy,
If not for Solitude,
That grand dame long
Accustomed to her fate

And eager to console me
Down in the dumps
With stories of men and women
Throughout the ages

Who withdrew from the world
And endured years of seclusion
And dark nights of the soul
Before they found inner peace

In some hole in the wall
Mulling over someone advice:
“Go sit quietly in your room
Will teach you everything.”

publicado en: Salmagundi

 

 

 

Louise Glück

 

Segundo aliento

 

Pienso que este es mi segundo aliento,
dijo mi hermana. Tan
parecido al primero,
pero aquel se acabó, lo recuerdo bien. ¡Oh,
qué aliento! tan poderoso fue
que las hojas de los árboles caían.
No lo creo,
dije. Bueno, estaban
en el suelo, dijo mi hermana. ¿Recuerdas
cuando correteábamos en el parque de Cedarhurst
y saltábamos sobre montículos de hojas destruyéndolos?
Nunca saltaron, dijo mi madre.
Eran buenas chicas; se quedaban donde las pusiera.
No era así en nuestras mentes,
dijo mi hermana. Le di
un abrazo cariñoso. ¡Qué
valiente eres, hermana!
le dije.

 

 

Second Wind

I think this is my second wind,
my sister said. Very
like the first, but that
ended, I remember. Oh
what a wind it was, so powerful
the leaves fell off the trees.
I don’t think so,
I said. Well, they were
on the ground, my sister said. Remember
running around the park in Cedarhurst,
jumping on the piles, destroying them?
You never jumped, my mother said.
You were good girls; you stayed where I put you.
Not in our heads,
my sister said. I put
my arms around her. What
a brave sister you are,
I said.

publicado en: The Threepenny Review

 

 

 

 

Jericho Brown

Discurso inaugural

Nos dijeron que es un peligro tocar.
Sin embargo, viajamos hasta este sitio,
donde lo que creemos se une a lo que se debe hacer.
Deseas ver mi rostro, aunque lleve máscara.

En tiempos de enfermedad imaginamos
a nuestras abuelas intactas. Soñamos
con un Estados Unidos imposible
y nos llamamos tontos uno al otro por hacerlo.

¿No puedes percibirlo?
El problema conmigo es que soy igual a ti.
Renuncio a cualquier esperanza
si es que debo ser ingenuo.

Me he inclinado tanto sobre hambruna
que mi cabello ya ha estado dentro de la sopa
y al hablar lo hago por debajo de mi halo autoimpuesto.
Me perdonarás si puedes perdonarte a ti mismo.
Te perdono mientras construyes un museo de armas

que pronto visitaremos solo para contemplar
lo que una vez fuimos. Perdono nuestras deudas.
Nos dijeron que despertáramos agradecidos,
así que intentamos conciliar el sueño de esa manera.

¿Entonces, dónde debemos poner nuestros dolores
cuando decidamos descansar? No llevo ningún cuchillo,
pero entiendo la desesperación de los que lo hacen,
por eso recuento los hechos con tanta calma.

Es un nuevo año y pretendemos usar nuestra imaginación.
Uno de nosotros quiere resucitar a George Stinney
de entre los muertos. Otro quiere un frasquito del sudor
que quedó en la diadema de Sylvia Rivera.

Algunos desean crear música mágica
con el tartamudeo de Bill Withers.
Otros vienen con mapas y lupas y lápices de grafito
para encontrar un sitio junto a la razón

donde no seamos patrullados, vigilados, acorralados
o encadenados. Yo, en particular, he venido
a reclamar los dientes de George Washington
para plantarlos en los patios traseros
de esas casas enormes que no están a mi nombre.

Mis primos prefieren tan solo una paca del algodón
que nuestras madres cortaron cuando eran niñas.
Yo prefiero vivir en un país donde pueda envejecer.
Por lo demás estamos fácilmente satisfechos.

¿Dónde podríamos comprar mandarinas baratas?
¿Se puede llegar en metro hasta ese lugar?
¿Qué tan picante es la salsa de chocolate con chipotle
del hada de fuego? ¿Y, me juzgarías si la pruebo?

Hoy, sacrificamos el hambre por el tiempo
que toma venir a reconciliarnos con la tierra
porque es santa, con el agua
porque tragó a nuestros ancestros,

con el aire porque somos lo suficientemente tontos
para decidirnos por algo tan complicado como el amor.
Si castigar a nadie nos lleva a la salvación,
entonces la rendición de cuentas es lo que aguarda

para que las naciones hagan las paces y avancen.
Queda en nosotros demostrarlo.
Debemos ser testigos de esa hazaña.
Es el único punto de la agenda

leído en braille o a simple vista,
la tinta secándose como sangre derramada
en este momento estadounidense
de nuestras vidas.

 

 

 

Inaugural

 

We were told that it is dangerous to touch
And yet we journeyed here, where what we believe
Meets what must be done. You want to see, in spite
Of my mask, my face. We imagine, in time

Of disease, our grandmothers
Whole. We imagine an impossible
America and call one another
A fool for doing so. Can’t you feel it? The trouble

With me is I’m just like you. I don’t want
To be hopeful if it means I’ve got to be
Naïve. I’ve bent so low in my hunger,

My hair’s already been in the soup,

And when I speak it’s just beneath my self-
Imposed halo. You’ll forgive me if you can
Forgive yourself. I forgive you as you build

A museum of weapons we soon visit

Just to see what we once were. I forgive us
Our debts. We were told to wake up grateful,
So we try to fall asleep that way. Where, then,

Shall we put our pains when we want rest?

I don’t carry a knife, but I understand
The desperation of those who do,
Which is why I am recounting the facts

As calmly as I can. The year is new,

And we mean to use our imaginations.
One of us wants to raise George Stinney
From the dead. One of us wants a small vial

Of the sweat left on Sylvia Rivera’s

Headband. Some want to be the music made
Magical by Bill Withers’s stutter.
Others come with maps and magnifying

Glasses and graphite pencils to find

Locations beside the mind where we are not
Patrolled or surveilled or corralled or chained.
I, myself, have come to reclaim the teeth

In George Washington’s mouth and plant them

In the backyards of big houses that are not
In my name. My cousins want to share
A single bale of the cotton our mothers

Picked as children. I would love to live

In a country that lets me grow old.
We are otherwise
Easily satisfied. Where do we get

Tangerines for cheap? Can we make it

There on the Metro? How hot is the fire
Fairy blister of chocolate chipotle sauce,
And will you judge me if I taste it? Today,

We’ve put our hunger down for the time it takes

To come and reconcile ourselves to the land
Because it is holy, to the water
Because it swallowed our ancestors,

To the air because we are dumb enough

To decide on something as difficult
As love. If no one’s punishment leads to
Salvation, accountability must be

What waits to mend and move nations.

That’s for us to prove. That’s the deed

to witness. That’s the single item on the agenda
Read in Braille or by eye, ink drying like blood

Spilled this American hour of our lives.

publicado en: The New York Times Magazine

 

 

Camille T. Dungy

 

Permíteme

 

Estados Unidos, permíteme decirte esto último:
nunca dejaré de soñar contigo.
Una vez tuve un amante. Si pudiera llamársele así.
Conduje hasta su apartamento en un pueblo lejano.
Anduve como aquella osa perdida
que llegó hasta nuestro cul-de-sac
ese verano que el humo de la montaña en llamas
cambió el entorno. No sé qué fue de ella.
Durante el día conduje por diferentes apartamentos.
Estados Unidos, esto es realmente lo último.
Para el fin de semana que pasaríamos juntos
se abasteció con comida que sabía me encantaría:
Pad Thai vegetariano, algo de chili
de frijoles negros y camote, helado de coco,
una bolsa de palomitas de maíz con caramelo.
Montones de Malbec. Quería hacerme feliz,
pero bebió tanto que habría sido una tonta
para no temor. Yo también había bebido mucho.
Demasiado tarde para conducir hasta un sitio seguro.
Lo vi acariciar un ladrillo como queriendo
arrojármelo a la cabeza. Quizás sea una metáfora.
Quizás eso es lo que pasó. Estados Unidos,
a veces es difícil establecer la diferencia contigo.
Lo único que pude hacer fue encerrarme
en su pequeña habitación. Coloqué un cofre
contra la puerta y luego escuché como la embestía.
Escuchaba y al mismo tiempo hacía pedazos
la almohada que una vez cosí para él.
Había sido bueno conmigo, pero todo esto fue
como esperar a que las paredes se incendiaran.
¿Sabes de qué hablo, Estados Unidos? En una tormenta ígnea,
la mayoría de las casas se queman de adentro hacia afuera.
Una brasa se filtra por alguna rendija de los aleros y se enciende
al tocar el material de aislamiento, luego el marco,
hasta que todo en la casa sucumbe al fuego.
Por la mañana, lo encontré en el sofá: sus alargadas piernas,
los brazos derramados sobre la alfombra,
los nudillos magullados que le dieron
la forma del agujero en la pared. Las botellas de vino
sin una gota. Todos los recipientes de comida vacíos,
abiertos o destruidos. “No quería que lo comieras”,
susurró. Como no pudo devorar mi cuerpo,
se desquitó con la comida que me había ofrecido.
¿Has visto alguna vez a una persona
caminar entre las ruinas de una casa consumida por el fuego?
Estados Unidos, por favor, créeme,
no estoy tomando a la ligera tal sufrimiento.
Quizás el sueño que aún no puedo superar
es que, hasta hoy, he logrado salir con vida.

 

 

 

Let Me

Let me tell you, America, this one last thing.
I will never be finished dreaming about you.
I had a lover once. If you could call him that.
I drove to his apartment in a faraway town,
like the lost bear who wandered to our cul-de-sac
that summer smoke from the burning mountain
altered our air. I don’t know what became of her.
I drove to so many apartments in the day.
America, this is really the very last thing.
He’d stocked up, for our weekend together,
on food he knew I would like. Vegetarian
pad Thai, some black-bean-and-sweet-potato chili,
coconut ice cream, a bag of caramel popcorn.
Loads of Malbec. He wanted to make me happy,
but he drank until I would have been a fool
not to be afraid. I’d been drinking plenty, too.
It was too late to drive myself anywhere safe.
I watched him finger a brick as if to throw it
at my head. Maybe that’s a metaphor. Maybe
that’s what happened. America, sometimes it’s hard
to tell the difference with you. All I could do
was lock myself inside his small bedroom. I pushed
a chest against the door and listened as he threw
his body at the wood. Listened as he tore apart
the pillow I had sewn him. He’d been good to me,
but this was like waiting for the walls to ignite.
You’ve heard that, America? In a firestorm
some houses burn from the inside out. An ember
caught in the eaves, wormed through the chinking, will flare up
in the insulation, on the frame, until everything
in the house succumbs to the blaze. In the morning,
I found him on the couch. Legs too long, arms spilling
to the carpet, knuckles bruised in the same pattern
as a hole in the drywall. Every wine bottle
empty. Each container of food opened, eaten,
or destroyed. “I didn’t want you to have this,”
he whispered. If he could not consume my body,
the food he’d given me to eat would have to do.
Have you ever seen a person walk through the ruins
of a burnt-out home? Please believe me, I am not
making light of such suffering, America.
Maybe the dream I still can’t get over is that,
so far, I have made it out alive.

publicado en: The New Yorker.

 

 

 

Diane Seuss

 

Poesía Moderna

 

Era lo que había estado esperando toda mi vida,
aunque no estaba lista para la poesía. No contaba
con las herramientas. Roethke,
supe apreciar sus poemas de invernadero,

y décadas más tarde vi su cama, el baño, su piano
de pared en aquel pueblo desolado donde creció,
no tan distinto al pueblo desolado donde crecí.
No hay invernaderos en mi pueblo, pero tenemos

la fábrica de Green Giant, donde los hongos crecían
en el estiércol de vaca. Wallace Stevens, escribí un artículo
sobre “La soledad en la ciudad de Jersey”, sin saber con certeza
lo que querías decir con “el ciervo y el perro salchicha son solo uno”

y, aun así, obtuve un diez por pretender que sabía.
El profesor nos obligó a leer “Mañana de domingo”,
el cual me impactó por mucho tiempo.
Me costaba concentrarme, tenía dieciocho años.

Un poema que se opone al cielo, nos dijo. “¿Será que no hay
cambio de muerte en el Paraíso? ¿Acaso jamás cae la fruta madura?”
Aquello podía entenderlo, pues ya había probado algunas ciruelas
y percibido el olor adorablemente asqueroso a ratón muerto.

Gerard Manley Hopkins, nada modernista per se,
sin embargo, mi profesor lo consideraba uno de los primeros,
entonces, ¿qué se entendía por poesía moderna?
quizás algo claramente jodido, como seguro estaba Hopkins,

hecho un trabalenguas, deprimido, jesuita, quizás bipolar.
Observé su fotografía, nariz larga y hendidura en la barbilla,
incluso noté que en “Nada peor, no hay ninguno”
tenía los medios para poner las tildes

y así educarnos en cómo escuchar el asunto. Y WCW.
Williams. Mi compañero de cuarto y yo lo llamábamos
Billy C. Billygoat. Yo sabía de carretillas, ancianas y,
como dije, de ciruelas, pero el profesor nos explicó

lo complicado que era todo, el asunto de “sin ideas
pero en las cosas”, las rimas aproximadas, depends y chickens
y red, una vez más repito, todavía era incapaz
de ser inteligente y me preguntaba si alguna vez lo sería,

aunque continuaba sacando diez en los exámenes,
quizás porque el profesor me tenía lástima, y no lo digo
en bromas. La última poeta modernista fue Sylvia Plath,
una mujer rubia, y no confiaba en las rubias, inteligente,

enojada, enojada con los hombres, me dijeron, deprimida,
traicionada, muerta. La imaginé con nosotros dentro
de la Poesía Moderna, limpiando pisos, con su mente avanzada,
sus sonidos de uh y ah, su tesis, “El espejo mágico”,

sobre el doble en Dostoievski. La imaginé llamándome
charlatana, como lo hizo Gaylord en el salón de clases.
A ella la llamó psicópata charlatana, y a mí sólo charlatana
por defenderla. Al llegar a mi dormitorio tuve que buscar

la palabra “charlatán” en el diccionario. Un fraude,
definía el diccionario. Una impostora, sí, lo era,
aunque también lo era Gaylord. ¿Quién no lo es a los 18?
Quería adorar a Sylvia, aunque esto fuera como

amar a alguien que me habría odiado.
Pasaron algunos años, después que dejé la universidad,
hasta que llevé una clase llamada Literatura Femenina
en la universidad pública, colina abajo, con una profesora

de nombre Stephanie quien se parecía mucho a Françoise Sagan,
autora adolescente de Bonjour Tristesse, pero mayor y coronada
de canas. Margaret Atwood. Toni Morrison. Adrienne Rich.
Charlotte Perkins Gilman. Plath. Sexton. Lorde.

Kate Chopin. Alice Walker. Djuna Barnes. Comenzaba a entender,
a duras penas, para hacer, de vez en cuando, preguntas pertinentes
como ¿dónde diablos quedaba Langston Hughes en la Poesía Moderna?
¿Dickinson, en la literatura estadounidense del siglo XIX?

Si Hopkins era modernista, ¿dónde situamos a Dickinson,
con sus extrañas rimas y eso que Galway Kinnell llamó
“ritmo interno, deslizante, sincopado, parecido al discurso”,
un contrapunto a sus versos yámbicos? Un caballo tirando

del freno hacia el verso libre. Una mujer que conducía
una motocicleta a la clase de Literatura Femenina,
vestía una chaqueta negra de cuero con flecos y trabajaba
en el aeropuerto de Kalamazoo, en el cubículo donde
se paga el estacionamiento fue asesinada a tiros allí mismo

por su exnovio. A partir de entonces la clase ya no
fue la misma. Stephanie nos llevó a su casa,
un lugar húmedo en el bosque. Rostizó una cabra
y nos la sirvió, desmenuzada, en platos azules.

Los libros se habían vuelto más y menos importantes.
Hablábamos de ellos, sentados en suelo, acurrucados
junto al fuego. Lo que mejor recuerdo son aquellas cestas
llenas de manzanas y uvas para vino, atrayendo moscas.

No me estoy quejando. Todo esto fue más de lo
que me merecía. La cabra. El invernadero.
La rubia ruda y liberada en su motocicleta. Sula. Salir a flote.
Mañana de domingo. Ciruelas maduras. Mi educación.

 

 

 

Modern Poetry

It was what I’d been waiting for my whole life,
but I wasn’t ready for poetry. I didn’t have
the tools. Roethke,
I appreciated the greenhouse poems,

and decades later saw his bed, toilet, upright
piano in that desolate town where he was raised,
not unlike the desolate town where I was raised.
No greenhouse in my town, but the Green Giant

factory, where mushrooms grew on cow shit.
Wallace Stevens, I wrote a paper on “Loneliness
in Jersey City” having no clue
what he meant by “the deer and the dachshund are one”

and got an A anyway by faking it.
The professor made us read
“Sunday Morning,” which struck me
as long. I couldn’t focus yet, I was 18. A poem

against heaven, he told us. “Is there no change of death
in paradise? Does ripe fruit never fall?” That I could
understand, having known some plums,
and that icky-sweet smell of a dead mouse in the wall.

Gerard Manley Hopkins, not modern per se
but my professor said, one of the first modernists,
so what did modern poetry really mean, maybe
just fucked up, as Hopkins was for sure, and tongue

twistery, and depressed, Jesuit, maybe bipolar.
I stared at his photograph, the long nose and cleft
in his chin, noticed that even in “No worst, there is none”
he had the wherewithal to put in the accent marks

to school us as to how to hear the thing. And WCW.
Williams. My roommate and I called him Billy C. Billygoat.
I knew something of wheelbarrows, old women,
and as I said, plums, but the prof showed us

how complicated it all really was, the whole “no ideas
but in things” thing, the near-rhymes,
depends and chickens and red, again, I was not yet
capable of being smart and wondered if I ever would be,

though I kept getting A’s on the papers, maybe
because the professor felt sorry for me, and I’m not just
saying that. The final modern poet was Sylvia Plath,
a woman, blonde, and I didn’t trust blondes,

smart, angry, angry at men, I was told, depressed, cheated
on, dead. I imagined her being in Modern Poetry with us,
mopping the floor with us, with her developed
mind, her ooh and ahh sounds, her thesis, “The Magic Mirror,”


on the double in Dostoevsky. I pictured her calling me
a charlatan, like Gaylord did in class the week we studied her.
He called her a charlatan psychopath, and me a charlatan
for sticking up for her. I had to go back

to the dorm and look up “charlatan” in the dictionary.
A fraud, the dictionary said. A quack, which yes, I was,
though so was Gaylord. Who isn’t a quack at 18?
I wanted to love Sylvia, but to love her would mean

loving someone who would have hated me.
It would be a few years, after I flunked out
of college, until I took a class called Women’s Literature
at the public university down the hill with a teacher

named Stephanie who looked a lot like Françoise Sagan,
teenage author of Bonjour Tristesse, but older and with a cap
of gray hair. Margaret Atwood. Toni Morrison. Adrienne Rich.
Charlotte Perkins Gilman. Plath. Sexton. Lorde.

Kate Chopin. Alice Walker. Djuna Barnes. I was beginning
to understand, but barely. To ask a pertinent question
now and then, like where the hell was Langston Hughes
in Modern Poetry? Dickinson, in 19th Century American Lit?

If Hopkins was a Modernist, how about Dickinson,
with her weird rhymes and what Galway Kinnell called
her “inner, speech-like, sliding, syncopated rhythm,”
a counterpoint to her iambic lines. A horse straining at the bit

in the direction of free verse. A woman who drove
a motorcycle to Women’s Literature, wore a fringed
black leather jacket, and worked at the Kalamazoo airport
in the cubicle where people pay for parking was shot and killed there

by her ex-boyfriend. From then on the class became
something else. Stephanie had us over to her house,
a damp place in the woods. She roasted a goat
and served it to us, shredded, on blue plates.

The books had become more, and less, important.
We spoke of them, huddled on the floor by the fire.
I remember most of all the bushel baskets
of apples and grapes for winemaking, drawing fruit flies.

I’m not complaining. It was all more than I deserved,
The goat. The greenhouse. The liberated blonde badass
on her motorcycle. Sula. Surfacing. Sunday Morning.
Ripe plums. My education. 

publicado en: The Adirondack Review

 

 

 

Ocean Vuong

 

Razones para quedarse

 

Las hojas de octubre caen, como obedeciendo un llamado.

La niebla matutina va por los centenos silvestres más allá de las vías del tren.

Cigarrillo. Suéter de calidad. En un porche hundido. Mientras la familia duerme.

Que desperté de la nada y al halcón, allá en lo alto, nunca le molestaron sus alas.

Que me escapé por una página mientras los guardias estaban elevados con codeína.

Que leía mis libros a la luz del fuego de los motines.

Que mis mejores palabras llegaron desde más allá de lo que soy y es asombroso.

Que puedes inflar a un hombre y tu voz habla a través de la suya.

Como Jonás a través de la ballena.

Porque una brizna de centeno, al multiplicarse, pinta la campiña de púrpura.

Porque este caos que creé lo hice con amor.

Porque llegaron a mi vida, mis hermanos, como algo derramado.

Porque llorar, lo creas o no, ha hecho maravillas.

Porque mi tío no se suicidó — sino que sencillamente falleció a propósito.

Porque hice una promesa.

Que era suficiente con observar el arco de McDonald, a las 2 am, desde la ventana del centro de rehabilitación en Chestnut.

Que la misericordia es pequeña pero la tierra es aún más pequeña.

Lluvia veraniega golpeando los hombros desnudos de Peter.

Su ptptptptptptpt.

Porque dejé de disculparme por la capacidad de ver.

Porque este cuerpo es mi última morada.

Porque ahora mismo, justo antes del amanecer, gobierna el azul sangre y el terror.

Porque el ruido de los rayos de las bicicletas que regresan a casa al amanecer era insoportable.

Porque las colinas siguen ardiendo en California.

A través del humo rojo, un canto. A través del canto, un escape.

Porque solo la música rima con la música.

Frases que me quedan por usar: hierba de Timothy, pino de Jeffrey, violoncello, arrogante, lujurioso leve, verde medianoche, amable, ralo como el agua, señor (como verbo), rojizo, peltre, lobotomía.

El precio de la noche de polvo en su labio superior.

Barnjoy en el umbral del invierno.

El piano roto que suena como pisadas al tocarlo debajo del puente en Windsor.

El cartel afuera de la casa embargada:

SE BUSCA NOVIO PARA GATA. POR FAVOR GOLPEE Y PREGUNTE POR KAYLA.

El silbato del tren atraviesa una ventana abierta y alguien lo escucha después de haber tenido una pesadilla.

Mi madre, de pie frente al espejo, se pone colorete antes de ir a su quimio.

Dormir en el asiento trasero, dejar intacto el pueblo que me hizo pedazos.

La nieve temprana cae desde un cielo despejado y sonrojado.

Como obedeciendo un llamado.

 

 

 

Reasons for Staying

The October leaves coming down, as if called.

Morning fog through the wild rye beyond the train tracks.

A cigarette. A good sweater. On the sagging porch. While the family sleeps.

That I woke at all & the hawk up there thought nothing of its wings.

That I snuck onto the page while the guards were shit-faced on codeine.

That I read my books by the light of riot fire.

That my best words came farthest from myself & it’s awesome.

That you can blow a man & your voice speaks through his voice.

Like Jonah through the whale.

Because a blade of brown rye, multiplied by thousands, makes a purple field.

Because this mess I made I made with love.

Because they came into my life, my brothers, like something poured.

Because crying, believe it or not, did wonders.

Because my uncle never killed himself—but simply died, on purpose.

Because I made a promise.

That the McDonald’s arch, glimpsed from the 2 am rehab window off Chestnut, was enough.

That mercy is small but the earth is smaller.

Summer rain hitting Peter’s bare shoulders.

Because I stopped apologizing myself toward visibility.

Because this body is my last address.

The moment just before morning, like right now, when it’s blood-blue & the terror incumbent.

Because the sound of bike spokes heading home at dawn is unbearable.

Because the hills keep burning in California.

Through red smoke, singing. Through the singing, an exit.

Because only music rhymes with music.

The words I’ve yet to use: Timothy grass, Jeffrey pine, celloing, cocksure, light-lusty,     

      midnight- green, gentled, water-thin, lord (as verb), russet, pewter, lobotomy.

The night’s worth of dust on his upper lip.

Barnjoy on the cusp of winter.

The broken piano under a bridge in Windsor that sounds like footsteps when you play it.

The Sharpied sign outside the foreclosed house:

SEEKING CAT FRIEND. PLEASE KNOCK FOR KAYLA.

The train whistle heard through an open window after a nightmare.

My mother, standing at the mirror, putting on blush before heading to chemo.

Sleeping in the back seat, leaving the town that broke me, intact.

Early snow falling from a clear, blushed sky.

As if called.

publicado en: Harper’s

 

 

 

Dean Young

 

Teoría de la chispa

Las cosas fluyen de una hacia la otra,
Un carro fúnebre frena y se queda detenido.
Una lámina de madera contrachapada que pía.
Las figuras oscuras en el umbral son evitables.
La escasez de electricidad no nos debe preocupar,
las cosas simplemente rebotan en las calles.
El carro fúnebre luce amarillo por el polen.
El carro fúnebre cubierto de nieve casi por completo.
Este flujo es permanente, los botes de remos,
los matrimonios, los arcoíris invertidos
producto de la gasolina derramada.
Ahí viene un cartero desconocido,
ahora un chihuahua masticando una liga.
Ahí viene la otredad luciendo un vestido ligero.
Un ave vuela hacia la mata de algodón,
una carta de amor embutida en la cabeza de un maniquí,
lo que ella expresó aquel día junto al agua
creando arabescos con las cenizas.
Sin estar aquí y al mismo tiempo
en ninguna otra parte, oportunidades
para evaporarse, aromas de la instancia incinerada,
un hombre extraído de su casa hecha pedazos.
Como un arpa.

 

 

 

Spark Theory

 

Things flow one thing to another,
A hearse pulls up and idles.
Some plywood makes a peep.
Dark shapes in the doorway can’t be helped.
It’s not an insufficiency of electricity
that we need worry about, the stuff’s
just bouncing off the streets.
The hearse is yellow with pollen.
The hearse almost covered with snow.
There is always this flow, rowboats,
marriages, upside down rainbows
of spilled gasoline. Here comes
a strange mailman, here comes
a chihuahua chewing a rubber band.
Here comes otherness in a flimsy dress.
A bird flies into a cotton tree,
a love letter crammed in a mannikin’s head,
what she said that day by the water
with the ashes making their arabesques.
Simultaneously not being here yet
being nowhere else, occasions
for evaporation, perfumes of
the incinerated instance, a man carried
from his own house in pieces.
Like a harp.

publicado en: Conduit.

 

 

 

Brionne Janae

 

Capitalismo

 

lo mejor que puedo hacer por mi mamá es mantenerme alejado de su bolsillo
esto se vuelve más evidente a medida que envejezco pues ha sido cierto
que al llegar a la caja de la tienda me chupo los dientes y maldigo diciendo
qué diablos he comprado con voz casi tan aguda como la de mi madre
y la excepción de que todo lo que hay en el carrito es para mí
levanto mi orgullo y me abro paso entre su sombra
donde aún revisa el recibo buscando un error
doble escaneo   algún descuento pasado por alto   siempre que me preguntan
en secundaria qué voy a ser cuando crezca respondo no morirme de hambre
y lo digo en serio   no fantaseo con abundancias ni con ser obrero
mi mamá trabaja duro su papá trabajó duro todos mis antepasados
​​trabajaron duro   en boston la maestra blanca en la escuela blanca
en el vecindario blanco donde las mujeres negras sostienen las manitas blancas
de los niños rubios de ojos luminosos como si fueran visas
de trabajo me mira fijamente a la cara y me dice que su abuelo
trabajó duro y por eso en las fotos de su boda están en una casa
en martha’s vineyard ella sonriendo con su vestido de marfil
su novio de marfil y los pilares blancos de la casa blanca
de su abuelo se elevan para enmarcarlos

 

 

Capitalism

 

the best thing I can do for my momma is stay out her pocket
this gets truer the older I get but it’s been true since I got here
at the grocery store check out I suck my teeth and curse the air
what the hell did I buy my voice almost as sharp as my mother’s
except everything in this cart’s for me   I pick up my privilege
and push past her shadow where she still stands scouring the receipt for error
double scan   a missed discount   the usual trickery
in high school when they ask what I want to do when I grow up
I say not starve and mean it    I don’t dream of excess or labor
my momma works hard her daddy worked hard
all my ancestors were worked hard     in boston the white teacher
at the white school in the white neighborhood where the black women hold
the little white hands of bright eyed blonde children like work visas
looks dead in my face and says her grandfather worked hard
and that’s why we have that house on martha’s vineyard
in her wedding photos she smiles in her ivory dress
with her ivory beaux and the white pillars
of her grandfathers white house rise up to frame them

publicado en: The Rumpus