Metáfora: El poeta es un ruiseñor
La transacción entre poeta y lector, esas dos instancias de una realidad, depende del lenguaje figurativo: figuras retóricas, figuras de pensamiento. La poesía evoca un lenguaje que va más allá de lo literal y, en consecuencia, un modo de pensar que va más allá de lo literal. "Hay muchas cosas que he dicho sobre la poesía", confiesa Robert Frost en El símbolo constante, "pero la más importante de ellas es qué es una metáfora, lo que dice una cosa y significa otra; dice una cosa en términos de otra; es el placer de la mayoría". La poesía está hecha de metáforas. Es una colisión, una colusión, una compresión de dos cosas diferentes: A es B.
El término metáfora proviene del latín metaphora, que a su vez deriva del griego metapherein, que significa "transferir", y de hecho, una metáfora transfiere las connotaciones o elementos de una cosa (o idea) a otra. Es una transferencia de energías, un modo de interpenetración, una cuestión de identidad y diferencia. Cada una de estas proposiciones acerca del poema depende de una metáfora: el poema es una cápsula donde envolvemos nuestros secretos punibles (William Carlos Williams). Un poema es un urna bien elaborada (Cleanth Brooks), un icono verbal (W. K. Wimsatt). Un poema es un paseo (A. R. Amones); un poema es un meteorito (Wallace Stevens). Un poema podría llamarse pseudo-persona. Como una persona, es algo único y se dirige hacia la personalidad del lector (W.H. Auden). El poema es una mano, un anzuelo, una oración. Es un alma en acción.
Cuando Paul Celan escribió: "Un poema... puede ser un mensaje dentro de una botella", no pensó de modo tan literal que dejaría caer sus poemas en el Sena (aunque estaba escribiéndolos desde París), y, que alguien, podría encontrarlos flotando en la orilla del río Chicago (aunque yo vivía en Chicago cuando lo leí por primera vez). ¿Qué quiso decir entonces? Este libro trata de burlarse de las implicaciones.
El lenguaje de la poesía, afirma Shelly en su libro Una defensa de la poesía, “es vitalmente metafórico; es decir, marca las relaciones de las cosas que, con anterioridad, no han sido percibidas, y perpetúa su percepción”. Shelly sugiere que el poeta es quien crea relaciones entre las cosas que antes no se reconocían, y que las nuevas metáforas crean nuevos pensamientos, revitalizando así el lenguaje. En su excelente libro Dicción poética, Owen Barfiel señala que le gustaría cambiar un detalle en la frase de Shelley, “relaciones de las cosas que, con anterioridad, no han sido percibidas” por “relaciones olvidadas”. Esto debido a que la poesía devuelve un conocimiento arcaico, una forma de pensar antigua y, vitalmente, metafórica, que hoy en gran parte está pérdida. El poeta, al crear de nuevo, es probable que también esté “restaurando lo viejo”.
La poesía inglesa más antigua, por ejemplo (el anglosajón Beowulf y poemas escritos en otras lenguas germánicas antiguas), tiene una serie de tropos poéticos que permiten al poeta describir las cosas en un ángulo, sin nombrarlas, invitando al oyente a construirlas de manera imaginativa. Los más extendidos se conocen como Kennings; estos ocurren en compuestos como lo es llamar al mar swanrad, que es la combinación de las palabras “swan” y “road” en inglés, traducido como “cisne” y “camino”, o winegeard (“hogar de los vientos”). La palabra ken significa “saber”, todavía se usa en dialectos escoceses, y de hecho tal lenguaje figurativo es una forma de conocimiento.
Lo que, en particular, me preocupa aquí, es cómo el lector participa de manera activa en la creación de significado a través de la metáfora, al pensar a través de la relación de cosas diferentes. ¿Cómo aprehendemos estas relaciones previamente no aprehendidas u olvidadas: en tensión irónica, en cortejo exacto, en fusión? El significado surge como parte de una colaboración entre escritor y lector. De este proceso interactivo viene la determinación, hasta qué punto un poema puede ser un mensaje en una botella, o una maquina hecha de palabras (Williams), o un desorden de los sentidos (Rimbaud); hasta qué punto un “libro es una pieza cúbica de presencia ardiente, humeante consciencia — y nada más” (Boris Pasternak); hasta qué medida, cómo Shelley escribió,
Un poeta ruiseñor, que se sienta en oscuridad y canta a su propia soledad con dulces sonidos; sus auditores son como hombres fascinados por la melodía de un músico no visto, que sienten que están conmovidos y ablandados, pero no saben de qué parte o por qué.
El canto de un ruiseñor se convierte en una metáfora para escribir poesía aquí, y escuchar a ese pájaro (esa música natural) se convierte en una metáfora para leerlo. Una de las premisas de la metáfora de Shelley es que el poeta “canta” en “soledad” sin ninguna consideración hacia una audiencia y, que la audiencia, en este caso “sus auditores”, responde al trabajo de un “músico no visto”. Ellos en realidad no pueden verlo porque están físicamente alejados el uno del otro. Y, sin embargo, son llevados a una relación misteriosa (visionaria).
El filósofo Ted Cohen sugiere que uno de los principales puntos de la metáfora es “el logro de la intimidad”. Cohen argumenta en La metáfora y el cultivo de la intimidad que el creador y el apreciador de una metáfora son llevados a una relación más profunda entre sí. Esto es porque el orador emite una invitación oculta, a través de una metáfora, donde el oyente hace un esfuerzo especial para aceptar e interpretar. Tal “transacción constituye el reconocimiento de una comunidad”. Esta noción hace una descripción perfecta de cómo el poeta recluta la participación intelectual y emocional al lector y cómo el lector participa de manera activa en la creación de significado en la poesía. A través de este intercambio dinámico y creativo, el poema, finalmente, nos involucra en algo más profundo que el intelecto y la emoción. Y, a través de este proceso continuo, el lector inicia, más profundo, en los misterios sagrados de la poesía.