4 poemas de Variaciones sobre bidones para la lluvia de Jan Wagner
Jan Wagner (Hamburgo, 1971) vive actualmente en Berlín. Es poeta, ensayista y traductor. Su primer libro de poemas, Probebohrung im Himmel, apareció en el año 2001. A este le siguieron los poemarios Guerickes Sperling (2004), Achtzehn Pasteten (2007), Australien (2010), Die Eulenhasser in den Hallenhäusern (2012), Die Life Butterfly Show (2018) o el reciente Steine & Erde (2023). Con su obra Regentonnenvariationen (2014), ganó el Premio de la Feria del Libro de Leipzig de 2015, y dos años más tardes, tras la publicación de su antología Selbstporträt mit Bienenschwarm (2016), le fue concedido el prestigioso Premio Georg-Büchner. También ha publicado diversos libros de ensayo. Variaciones sobre bidones para la lluvia (Regentonnenvariationen) (Pre-Textos, 2024) es su primer libro de poemas publicado en español.
***
koalas
tanto sueño en un solo árbol,
tantas bolas de pelos
en cada horcadura, una bohemia
de pereza que agarra y agarra en las copas
con garras como dos crampones,
alpinistas pioneros, nunca loados
en las terrazas silbantes de selvas
tropicales, estoicos despeinados,
budas piojosos, más perseverantes
que el veneno que crece en las hojas,
con sus orejas de algodón, a salvo
de estímulos en un rincón del mundo:
nada de waterloos, ni de paseos
a canossa. contémplalos bien, antes
que sea tarde: ese rostro suave
de tacaño, la mueca de un ciclista
que va a ganar la etapa, separado
del suelo, pero cerca de la mano;
míralos antes que bostece alguno
y se hunda en un sueño de eucalipto.
sábanas
al abuelo lo embalsamaron
y transportaron en la suya,
y yo lo descubrí un año después,
cuando vestíamos las camas de limpio,
mustio como una avispa, diminuto
faraón de un verano muy remoto.
así se doblan las sábanas: brazos
bien abiertos, que puedas reflejarte
sobre la superficie totalmente
tensa, luego el foxtrot de la colada,
menguando paso a paso el rectángulo,
hasta casi rozarse las narices.
todo podía esconderse
en su interior de nieve: un recipiente
vacío de un perfume misterioso,
un poco de espliego o de flores
silvestres, un penique o un nido
de bolitas de naftalina.
pero ahora descansaban mudas
y blancas en sus cómodas, montones
de ellas, maceradas en perfume,
almidonadas, satinadas, lisas
y plegadas igual que paracaídas
ante un salto del todo inesperado.
lázaro
después de cuatro días regresó
ciego como un topo y con moho
en barba y pelo, salió arrastrándose
del féretro, una madre de madera,
y olía incluso con el viento en contra.
cuando estaba sentado, comprobaba
si aún tenía pulso; los chiquillos
se escondían tras las faldas al verlo
doblar la esquina, andando como si
desconfiara del suelo y de su andar
a tientas. su mujer con ojos rojos.
ambos dormían ahora los tres juntos.
cuatro semanas hasta olvidar
que había sabor a tierra en el jamón,
a barro en el agua o en el vino;
cuatro meses, y todo más difuso,
misterioso y ya casi olvidado.
de pronto aparece ahí, el último
en la cola del pan, y se oye otra
vez en los callejones esa voz
de muelle roto, como si algo dentro
de él estuviera suelto, que le dice:
«buen día, lázaro», o «hace buen tiempo»,
le ofrece la mano y aguanta el aire.
ensayo sobre mosquitos
como si todas las letras del diario
se hubieran despegado a la vez
formando un enjambre en el aire;
forman enjambres en el aire,
pero no traen noticias tristes,
musas pobres, escuálidos pegasos,
zumbándose a sí mismos al oído;
hijos del último hilo de humo
cuando la vela se apagó, tan leves
que es difícil afirmar que existen,
como sombras que alguien proyectara
en nuestro mundo desde otro mundo;
danzan, delgados como extremidades
dibujadas a lápiz;
diminutas esfinges;
la piedra de rosetta, sin la piedra.




