Jennifer Quiroz (Rivas, 2003). Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN, Managua. Obtuvo mención de honor en el concurso universitario de poesía “Joaquín Pasos”. Actualmente es profesora de Inglés y Español.
SOLA FRENTE AL MAR mis ojos se pierden
en su extensa piel azulada,
el ruido de las aves atrae mis oídos,
la arena cubre mis pies en un lento vaivén delicioso,
estrías de sol encienden el agua
tomo un puñado de luz y me sumerjo.
El mar moja mis tobillos, se aleja,
se estrella con fuerza entre mis muslos,
me rodea
y me adormece a cada paso que doy.
Mi cuerpo se aliviana,
ha dejado el peso de la vida en la orilla.
Ahora soy solo yo y el suave batir del agua.
Entonces me hundo, me entrego,
me purifico entre sus olas.
TE LEVANTAS del sueño en las mañanas,
con el cabello enmarañado te diriges al espejo
y te observas:
tu imagen nace en el leve inicio del día
la transparencia de tus pezones
anuncia el descubrimiento de tus pechos
tras la fina tela de la blusa.
La silueta de tu cuerpo se dilata,
la pálida luz del sol
le da vida a tu vientre que poco a poco
se dibuja frente a tus ojos.
Pasas las manos por tu ombligo
en un suave vaivén circular.
Alzas levemente las piernas,
la línea delgada del short
deja ver el inicio de tus nalgas
que aún guardan la caricia
de las sábanas en las que dormiste.
Entonces, dejas escapar una mano,
que se funde y vive al ofrecimiento
de la mañana.
Son ahora las seis,
la luz diluye la imagen por hoy,
pero mañana regresará
y su encuentro te saciará una vez más.
UN RAYO DE SOL abraza la cáscara madura
de la naranja que cuelga de la rama más alta.
Yo la observo
el estruendo de otras naranjas
que se estrellan en el suelo me sobresalta
y despoja del letargo matutino.
El extraño retorno me enfrenta
a paredes con telarañas,
vigas viejas y polvo
de la gastada estructura de una casa.
En la cocina, el humo delata la vida
que se esconde tras esas paredes.
La conversación impaciente de dos viejos
se derrama en el aire,
mientras la risa escandalosa de los niños
irrumpe en la sonoridad del tiempo.
Todos están en sus mundos,
todos viven a prisa,
encadenados
a un espacio que se diluye.
Yo, sembrada en la hierba
sostengo mis piernas
con los brazos cruzados,
observo:
el picoteo incesante
de zancudos y el presente
me desperezo nuevamente
y me levanto.
Contemplo el amplio paisaje…
¿Cuántos secretos escondes, añeja vida?
¿Cuántos secretos de pena y dolor?
PALABRAS, SOLO PALABRAS
I
Tendida sobre la tierra
Cierro los ojos y el mundo muere1
II
La brisa de enero me nubla la vista.
Los pasos de mi madre invaden la casa.
Mi padre no existe.
Mi uniforme cuelga al filo del espejo,
sobre la tierra están mis zapatos
¿Quién usó mis zapatos ayer?
El olor a café recorre la casa.
Mi abuela apresurada pregunta
¿Dónde está la niña?
Despierto.
Estoy en la cama.
Una lágrima me quema los ojos.
III
Hay una luz ¿La puedes ver?
El patio y el cielo se abren
¡Silencio,
silencio!
INSOMNIO
La noche cae
con sus largos brazos frente a mis ojos.
Una moneda gira en el centro de la tierra,
la tierra que es mi cuerpo,
el cuerpo que es mi ojo,
gira lentamente y sin caer.
Todo gira.
Mi cuerpo cuelga de un hilo,
como las estrellas levita en el aire,
no se crea nada en la nada.
El viento se ha llevado mi cuerpo de plumas.
Un puñado de luz bajo la almohada
Esta luz ¿la puedes tocar?
Viene de tus ojos
(De tu cuerpo aún dormido)
Palpo tu piel con mis dedos,
Dibujo círculos en tu espalda
Tus lunares forman una extraña constelación
La recorro lentamente
Hasta llegar a tus nalgas
¿Sientes las hormigas de mis dedos?
Mis ojos nadan sobre tu cuerpo
La brisa que se cuela por la ventana
Provoca que gires levemente en la cama
Mi lengua palpa tu abdomen
Y sube despacio hasta tu boca
No hay distancia entre tus labios y los míos
No hay tregua entre mi urgencia y la tuya
Me recuesto sobre vos
Me abismo en tu pecho
Nada me queda de este momento
solo tu serena respiración.
Nada me queda de este instante
solo un puñado de luz bajo la almohada.
UNA APROXIMACIÓN DE LA MUERTE
Las arenas han de cubrirme algún hoy.
Luis Cernuda
Si yo pudiera pedir un deseo y me fuese concedido
Pediría que todo estuviera inmóvil
que cese el ruido de los autos que transitan por la avenida,
que se estanque el movimiento de sus ruedas.
Pediría que los transeúntes se conviertan en estatuas,
entonces me acercaría a ellos y vería en sus rostros
soledades, alegrías y perturbaciones
que silenciosamente arrastran.
Yo sería la única movilidad del mundo
correría a brazos abiertos
sosteniendo el viento entre mi carne,
gritaría poemas con la riqueza de escuchar mi eco repetido.
Me tendería en la hierba húmeda,
el cielo sería lo único visible a mis ojos.
Entonces, si pudiera pedir otro deseo,
pediría ser inmóvil yo también
y esperaría que la tierra me devore.
DESPIERTO
la oscuridad me invade,
una cortina dibuja sombras en las sombras.
El aire del cuarto hiela los huesos,
las sábanas no me cubren,
están tiradas en el piso simulando
un trozo de cielo caído.
Pienso dos sílabas, una palabra…
Hundo la cabeza entre la almohada
y la espesura de mi pelo,
entonces palpo unos cabellos que no son míos
giro lentamente en el colchón
y tu cuerpo de espaldas me recibe.
Pienso dos sílabas,
dos palabras,
dos versos…
La serenidad de tu cuerpo dormido
me llena de paz,
cuelgo mis brazos y me abrazo a vos.
Despierto y despertás, me observás,
enlazás tus labios a mis labios
en un beso impaciente.
La oscuridad ya no invade nada.
Pienso dos sílabas,
dos palabras,
dos versos,
un poema.
OBSERVO TU CUERPO:
leves respiraciones lo mueven,
lo agitan como un barco que se une a las olas,
lo acomodan, lo arrullan.
Descanso la mirada en tus labios
emanan un leve estallido.
Tu lengua es una niña curiosa que se asoma,
La observo y sonríe.
Me dirijo a tus manos nerviosas,
La derecha cuelga al filo de la cama
rozada apenas por la fina caricia del viento.
Mientras la izquierda reposa en tu estómago
que se hunde y llena con cada respiración
la muevo, el opaco brillo de nuestro espacio
se ensancha y se revela el espectáculo de tu cuerpo.
Te veo ahí, tan frágil, tan dócil, tan mío…
Deslizo mis dedos en vos y una pequeña descarga
te estremece: sonríes, pero no despertás.
De par en par tus brazos se abren, me llaman,
me buscan, entonces me abandono,
te huelo, cierro los ojos y me sumerjo en el sueño.
HE REGRESADO A LA CASA:
Los mismos rostros
Los mismos pasos,
Los mismos llantos.
La pintura roja del viejo barandal
El orden de los muebles
El tejado de láminas huecas
Todo intacto
Nada ha cambiado
más que el quiebre en las paredes de mi cuarto
donde antes leía por las noches tirada sobre el piso.
Ahora el ruido de las voces se confunde
con la lluvia que entra en los costados.
He regresado a la casa:
La misma angustia,
La misma alegría.
He de irme y regresar muchas veces,
quizá con hijos
quizá sin ellos,
para pisar el polvo que entierra
las piedras en el patio.
Verso de Silvia Plath




