Poesía mexicana: Roberto René Velásquez García

Leemos poesía mexicana de Roberto René Velásquez García (Tabasco). Poeta e investigador en el Centro de Investigación e Innovación para la Enseñanza y el Aprendizaje (CIIEA)

 

Es estudiante en la maestría de Teoría crítica en 17 Instituto de Estudios Críticos, es psicólogo por parte de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Ha participado en distintos certificados sobre Metodología de la Investigación cualitativa, Escritura Científica, Escritura de textos críticos y ensayos.​​ 

Ha publicado en distintas revistas académicas tales como en la Gaceta UNAM, Revista Esquizia. Publicaciones en libros de Ciencia y Reflexión como “La vida en tiempos del coronavirus (UNAM)”, “Educación y nuevas emergencias” y “Sociedad y Desarrollo”. Es autor del libro​​ “Algunas olas nítidas para un autorretrato”.​​ 

Actualmente es investigador en el Centro de Investigación e Innovación para la Enseñanza y el Aprendizaje (CIIEA) y sus líneas de interés giran en torno a la reflexión de la Violencia y cultura de paz en escuelas ubicadas en contextos agresivos. Además está interesado en los procesos de escritura y creación literaria.

 

 

 

Poemas de Algunas olas nítidas para un autorretrato

1

Otra vez su recuerdo me toma en pantallas,

que si pongo la vela con el sonido añejado

para traer su imagen,

que si ahogo mi noche en su carne,

quizá porque siempre me estuvo mordiendo

los oídos,

porque sigo despierto en el sueño del duelo,

en las bestias dolidas por las patas laceradas,

aún quemadas por el trigo,

las punzadas metálicas que persisten con el

sueño y su imagen,

zozobras que rozan con látigos mi todo pecho

para ahogarse,

porque es en la voz querida

que no suena más,

en su llamado oriundo terrestre,

en la lápida que lleva mi nombre

y tu voz no deja de morderme,

que ya no estás y no habitas tus canas,

en tus recorridos de día,

en tus pasajes de noche,

que ya no hay tortillas para la cena

del niño que necesita comer,

me das café y sigo tu paso,

el dolor marca tu paso,

y tus sitios donde todo llega

con el entronque perfecto

de la triada perfecta,

de la divina triada que lleva tu nombre,

marca tu paso,

porque ya no estás,

y no está el niño que comía,

ni el olor ni el día en el que te marchaste

y dejaste a todos en la espera perfecta,

del camino hasta donde no llegamos.

Ya no está y ya no soy el niño que comía

tortillas,

pero te esperé a las tres noches,

a las tres de la mañana

que tu triada de nombre perfecto,

de estancia fría

marcó mi paso.

 

 

2

Hoy somos quienes del café escriben,

dentro del nombre que se arrebata,

queda sepultado por lo mucho que involucran

las paredes,

en el tiempo donde las alas agitan su alma

cristalina,

donde quedan las nutrias sumergidas

y se escabullen en las orillas canosas,

mares, almas y fuegos, es ahí donde se vierte

la espuma,

en donde el tiempo hace aparición por la brisa

de tu cara.

 

 

3

Heme aquí, ante las fraguas de corazones

soldando su pútrida estancia,

en los arrebatos compuestos por canciones

calurosas,

de pasajes perdidos y paisajes ajenos al metal,

donde el eco de animales no es más

que una memoria salvaje ante el espejo.

En el otro conocimos lo destructivo de las

manos.

Incinera las certezas mutilando los silencios

arrojados al aturdimiento omnipresente del

nombre,

donde todos somos ajenos ante los cristales,

excesiva razón bestial embriagada de

espasmos,

sueños que envejecen la carne,

desgarran la garganta con letras palpitantes.

Los cadáveres concretos, con sus ojos

cristalinos,

sus huesos metálicos que oxidan la boca.

Esta, nuestra morada,

reflejo de lo que guardamos en los bolsillos,

pensando que llegó el día genuino,

del deseo cumplido y el trabajo anhelado,

la ceguera de nuestro delirio paliativo

edifica los cuadros que la ciudad permite,

encima de los pastos y cuerpos carbonizados,

encima de los días no despertados,

la ciudad es un sepulcro del arte indecente.

Y si sonreímos por lo oscuro,

es por el proyecto que apacigua ansiedades,

mito citadino de la vida perfecta

con gases incrustados al torso,

prostituida en la rutina ciudadana

el gesto obeso que se regula en gimnasios,

el maquillaje que oculta el sempiterno

aburrimiento,

imperfección del gesto suicida

que se disimula en ritmos unísonos

en antros catárticos de la sangre,

circundada por paraísos que congestionan

el último reducto de cordura,

demagogia que nos juega los huesos.

Casas, edificios, fraccionamientos y centros

de alta especialidad,

esos ataúdes modernos que encaminan los

sueños,

guarda a los fríos en cajas de corazones.

Queda sepultado el eco de la memoria

que asoma como una criatura por la

ventana,

tal vez esta indisposición de la resaca

fisura la baldosa amnesia

y reanuda su impronta a los ojos.

 

 

4

Quizá el ropaje que nos adormecía en la yerba

era más genuino,

quizá las guturaciones primigenias eran el

canto de la ternura

de aquella palabra que se oía en el aire,

aquella, que no se pudo enunciar,

agitado cansancio toca las mañanas

desde que esa voz se empezó a incinerar por

lo cercano,

cada día debe ser igual,

el último destello del sueño destinado al olvido,

la única serenidad que debe estar presente en

lo nutrido del asfalto,

cordura mediocre que se impone en cada calle,

delirio, es lo que posibilita un nombre de

salida

a cada acontecimiento del soberano;

la caída, sí, también la bebida,

morfina, desesperación, ataque, trastorno,

asalto,

todo eso es el nombre del hedor de la ciudad.

 

Poema inédito

Digo portar tus alas y no es el aire el que incinera mi camino, solo las hojas que caen como una memoria de otoño gritando al mediodía su falta de luz, esperando que el sol derrame sus lamentaciones y podamos beber del néctar tristísimo del fuego.​​ 

Las noches dejan su idilio con las manecillas, esas en las que pasábamos a ser un instante en el diluvio nostálgico, y volvíamos hasta arriba, siendo gotas hostiles entre las grietas del alma: otra vez lluvia, otra vez torrente y otra vez nos inundamos entre ambos.​​ 

Digámoslo así, sin tanta nostalgia: ¡aquel anciano que vigilaba las golondrinas olvidó nuestra historia! ya no canta en su morada el misterio frágil que nos unía, dejó nuestros nombres náufragos de su voz​​ 

-son como los demonios jugando que son niños- decía,​​ 

mientras hundía su hamaca entre el silencio del calor, aun conservando la última cordura que tienen los hombres a punto de zarpar al fondo de sí mismos.

Pero sigamos firmes en el estanque de las melancolías; era yo contra la brisa del fuego, eras tú que no me portabas en tus alas de niebla, mientras aquel anciano volaba hasta su tumba, como embelesado por el baño de los ojos en la sal de su nostalgia.

 

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