Es estudiante en la maestría de Teoría crítica en 17 Instituto de Estudios Críticos, es psicólogo por parte de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Ha participado en distintos certificados sobre Metodología de la Investigación cualitativa, Escritura Científica, Escritura de textos críticos y ensayos.
Ha publicado en distintas revistas académicas tales como en la Gaceta UNAM, Revista Esquizia. Publicaciones en libros de Ciencia y Reflexión como “La vida en tiempos del coronavirus (UNAM)”, “Educación y nuevas emergencias” y “Sociedad y Desarrollo”. Es autor del libro “Algunas olas nítidas para un autorretrato”.
Actualmente es investigador en el Centro de Investigación e Innovación para la Enseñanza y el Aprendizaje (CIIEA) y sus líneas de interés giran en torno a la reflexión de la Violencia y cultura de paz en escuelas ubicadas en contextos agresivos. Además está interesado en los procesos de escritura y creación literaria.
Poemas de Algunas olas nítidas para un autorretrato
1
Otra vez su recuerdo me toma en pantallas,
que si pongo la vela con el sonido añejado
para traer su imagen,
que si ahogo mi noche en su carne,
quizá porque siempre me estuvo mordiendo
los oídos,
porque sigo despierto en el sueño del duelo,
en las bestias dolidas por las patas laceradas,
aún quemadas por el trigo,
las punzadas metálicas que persisten con el
sueño y su imagen,
zozobras que rozan con látigos mi todo pecho
para ahogarse,
porque es en la voz querida
que no suena más,
en su llamado oriundo terrestre,
en la lápida que lleva mi nombre
y tu voz no deja de morderme,
que ya no estás y no habitas tus canas,
en tus recorridos de día,
en tus pasajes de noche,
que ya no hay tortillas para la cena
del niño que necesita comer,
me das café y sigo tu paso,
el dolor marca tu paso,
y tus sitios donde todo llega
con el entronque perfecto
de la triada perfecta,
de la divina triada que lleva tu nombre,
marca tu paso,
porque ya no estás,
y no está el niño que comía,
ni el olor ni el día en el que te marchaste
y dejaste a todos en la espera perfecta,
del camino hasta donde no llegamos.
Ya no está y ya no soy el niño que comía
tortillas,
pero te esperé a las tres noches,
a las tres de la mañana
que tu triada de nombre perfecto,
de estancia fría
marcó mi paso.
2
Hoy somos quienes del café escriben,
dentro del nombre que se arrebata,
queda sepultado por lo mucho que involucran
las paredes,
en el tiempo donde las alas agitan su alma
cristalina,
donde quedan las nutrias sumergidas
y se escabullen en las orillas canosas,
mares, almas y fuegos, es ahí donde se vierte
la espuma,
en donde el tiempo hace aparición por la brisa
de tu cara.
3
Heme aquí, ante las fraguas de corazones
soldando su pútrida estancia,
en los arrebatos compuestos por canciones
calurosas,
de pasajes perdidos y paisajes ajenos al metal,
donde el eco de animales no es más
que una memoria salvaje ante el espejo.
En el otro conocimos lo destructivo de las
manos.
Incinera las certezas mutilando los silencios
arrojados al aturdimiento omnipresente del
nombre,
donde todos somos ajenos ante los cristales,
excesiva razón bestial embriagada de
espasmos,
sueños que envejecen la carne,
desgarran la garganta con letras palpitantes.
Los cadáveres concretos, con sus ojos
cristalinos,
sus huesos metálicos que oxidan la boca.
Esta, nuestra morada,
reflejo de lo que guardamos en los bolsillos,
pensando que llegó el día genuino,
del deseo cumplido y el trabajo anhelado,
la ceguera de nuestro delirio paliativo
edifica los cuadros que la ciudad permite,
encima de los pastos y cuerpos carbonizados,
encima de los días no despertados,
la ciudad es un sepulcro del arte indecente.
Y si sonreímos por lo oscuro,
es por el proyecto que apacigua ansiedades,
mito citadino de la vida perfecta
con gases incrustados al torso,
prostituida en la rutina ciudadana
el gesto obeso que se regula en gimnasios,
el maquillaje que oculta el sempiterno
aburrimiento,
imperfección del gesto suicida
que se disimula en ritmos unísonos
en antros catárticos de la sangre,
circundada por paraísos que congestionan
el último reducto de cordura,
demagogia que nos juega los huesos.
Casas, edificios, fraccionamientos y centros
de alta especialidad,
esos ataúdes modernos que encaminan los
sueños,
guarda a los fríos en cajas de corazones.
Queda sepultado el eco de la memoria
que asoma como una criatura por la
ventana,
tal vez esta indisposición de la resaca
fisura la baldosa amnesia
y reanuda su impronta a los ojos.
4
Quizá el ropaje que nos adormecía en la yerba
era más genuino,
quizá las guturaciones primigenias eran el
canto de la ternura
de aquella palabra que se oía en el aire,
aquella, que no se pudo enunciar,
agitado cansancio toca las mañanas
desde que esa voz se empezó a incinerar por
lo cercano,
cada día debe ser igual,
el último destello del sueño destinado al olvido,
la única serenidad que debe estar presente en
lo nutrido del asfalto,
cordura mediocre que se impone en cada calle,
delirio, es lo que posibilita un nombre de
salida
a cada acontecimiento del soberano;
la caída, sí, también la bebida,
morfina, desesperación, ataque, trastorno,
asalto,
todo eso es el nombre del hedor de la ciudad.
Poema inédito
Digo portar tus alas y no es el aire el que incinera mi camino, solo las hojas que caen como una memoria de otoño gritando al mediodía su falta de luz, esperando que el sol derrame sus lamentaciones y podamos beber del néctar tristísimo del fuego.
Las noches dejan su idilio con las manecillas, esas en las que pasábamos a ser un instante en el diluvio nostálgico, y volvíamos hasta arriba, siendo gotas hostiles entre las grietas del alma: otra vez lluvia, otra vez torrente y otra vez nos inundamos entre ambos.
Digámoslo así, sin tanta nostalgia: ¡aquel anciano que vigilaba las golondrinas olvidó nuestra historia! ya no canta en su morada el misterio frágil que nos unía, dejó nuestros nombres náufragos de su voz
-son como los demonios jugando que son niños- decía,
mientras hundía su hamaca entre el silencio del calor, aun conservando la última cordura que tienen los hombres a punto de zarpar al fondo de sí mismos.
Pero sigamos firmes en el estanque de las melancolías; era yo contra la brisa del fuego, eras tú que no me portabas en tus alas de niebla, mientras aquel anciano volaba hasta su tumba, como embelesado por el baño de los ojos en la sal de su nostalgia.




