Leemos una reseña de Ronaldo González Valdés sobre el libro Nosología imaginaria de Iván Rocha Rodelo (1996), libro publicado por la Universidad Autónoma de Sinaloa en su colección “Perseo vencido” en 2024. Ronaldo González Valdés. Culiacán, Sinaloa (1960). Sociólogo, historiador y ensayista. Entre sus libros publicados, George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021), Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023) y Tiempo y perspectiva: El Guacho Félix, misionero secular (Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa, 2024).
Nosología imaginaria, nosología de lo inefable
Nosología es un término que designa una disciplina médica encargada de clasificar y dar cuenta de las enfermedades. Que la poesía haga suyos algunos términos de la ciencia y hasta de la tecnología no es algo infrecuente, como tampoco, y tal vez con más reiteración, lo contrario. Hipócrates hablaba de los “humores”, esos fluidos cuyo equilibrio o desequilibrio permitían entender la salud o la enfermedad; Newton de la “atracción” de los cuerpos; la astronomía contemporánea de las “enanas blancas”; las ciencias de la comunicación de “nativos” o “migrantes” digitales. La sociología, la historiografía y la ciencia política han importado vocablos de la lógica como el de “identidades”, o de la astronomía como el de “revoluciones”. Y la poesía, desde luego, ha hecho lo propio con términos provenientes de la ciencia: títulos como “La materia de las estrellas” (de Marion Dane Bauer), “El método científico” (de Roald Hoffmann) o el “Homenaje a la línea recta” (de nuestro David Huerta en colaboración con Gunther Gerzso) son sólo algunos ejemplos. Y todavía más, hay quien, como el físico Juan Luis Rubio, se hace llamar, en su faceta lírica, “el poeta cuántico”.
Lo que nos vuelve, acaso de improviso, a la venerable pregunta acerca de la validez, o mejor, de la verdad del conocimiento. ¿Es el conocimiento científico, y por lo tanto su lenguaje, el único válido o verdadero? ¿O se trata, más bien, de las miradas que interrogan al mundo y que nos hacen interrogarnos a nosotros mismos de diferentes maneras? Habrá que pensar, entonces, con todos los asegunes del caso, que existe la verdad científica, pero también la verdad filosófica o la verdad literaria. Hay, sin duda, una dimensión de la realidad vedada a la ciencia (el sentido de la vida y, sí, de la muerte, la trascendencia, le dur désir de durer de Éluard, eso que Wittgenstein, en su Tractatus, llamaba lo místico, aquello frente a lo cual no queda más que tirar la escalera del lenguaje tramado en proposiciones lógicas). Ejemplos celebres de personajes que cultivaron ambos jardines —el de la ciencia y el de la poesía—, son, en Occidente, Goethe, que tan pronto estudiaba los colores desde la óptica, como escribía narrativa o poesía; y, en Oriente, Omar Khayyam, el matemático y astrónomo persa que nos legó sus siempre inactuales Rubayat.
Ningún libro de patología, como ningún ensayo de Mircea Eliade o ningún tratado de Michel Foucault, en sus abordajes clínicos y antropológicos de la enfermedad, nos ofrece, como escribe Francisco Meza Sánchez, “un retablo coral del padecimiento” que nos diga tanto, que nos llegue como nos llegan los poemas de Iván Rocha Rodelo en su Nosología imaginaria (México, Universidad Autónoma de Sinaloa, 2024). ¿Quién no ha sentido esa impotencia al momento de responder a la inevitable pregunta del médico: ¿cómo siente el dolor?, o simplemente ¿qué siente? Y entonces echamos mano de metáforas de aquí y allá, de analogías como “sordo”, “agudo”, “revuelto”: siento un dolor sordo o un dolor agudo o punzante o siento el estómago revuelto. Ante la falta de palabras precisas, construimos nuestra propia nosología como Iván Rocha Rodelo crea la suya desde el primer poema, llamado “El médico”:
Sobre el silencio
caminan mis palabras
Hay siempre un silencio que, a propósito de analogías, vertebra el diálogo con el paciente; porque, en estricto sentido, lo que se le pide es imposible de decir, es inefable. De ahí la hermenéutica del médico que, ciertamente, es un intérprete de síntomas puntuales, de silencios y de tropos metafóricos. Esta es una composición, por cierto, dedicada a sus padres, sí, médicos ambos, de cuya experiencia se nutre, seguramente, el poeta que desde niño entendió, en tanto testigo de más de una consulta, que, en esa búsqueda de comprensión, el facultativo sabe que:
Alguien reconstruirá los puentes
y devolverá esta gota al cauce.
Y ese alguien es el médico mismo, ese hermeneuta de la fisiología y del habla.
Por cierto, la enfermedad no es sólo orgánica, es también social y tiene que ver con la afectación de la psique, como ocurrió en el prolongado confinamiento obligado por la reciente pandemia mundial. En el poema titulado “Cuarentena”, Rocha Rodelo dice:
Amabas el viento
y la primera letra de su nombre
porque formaba en tu boca
un minúsculo huracán.
Ese “minúsculo huracán” formado en la exposición al viento libre, al ambiente de la calle y la vereda, se convertirá, durante el encierro, en el riesgo de transmisión del virus a través del amenazante aliento de los demás; es decir, como nos acostumbramos a escuchar en las martilleantes prescripciones de entonces, la amenaza flotando, oportunista, en el inevitable aerosol que transporta las palabras.
Son geniales varias de las entradas que abren cada uno de los poemas, como el rotulado “Diarrea”, recreador de una curiosa escatología dialéctica:
Diarrea
(Enfermedad que puede signarse,
bajo los ecos de Heráclito, como un fluir
que nunca es el mismo).
Paul Celan decía que a Heidegger no lo estrangularon sus opiniones, sino sus omisiones. Sus omisiones éticas y poéticas (subrayadamente su silencio en relación con el holocausto). Es el mismo Celan que, contra el dictum de Adorno, escribió poesía después de Auschwitz, restituyó, ese sobreviviente de la Shoá, la esperanza, como en su “Epitafio para François”:
Las dos puertas del mundo
están abiertas:
abiertas por ti
en la doble noche.
Las oímos golpear y golpear
y llevamos lo incierto,
llevamos el verdor a tu siempre.
Sí, desde tiempos de Safo de Lesbos, hay en la poesía esa brega contra la inefabilidad del horror, del amor, de la muerte, de la enfermedad, del dolor padecido en la escala de la persona y en la escala de lo social. Dice Iván Rocha Rodelo en “Traumatismo”:
La violencia
es un signo de interrogación
lanzado al aire,
aloja su pregunta en tu cuerpo.
Una pregunta sin respuesta, pues el mundo, si bien no necesariamente descorazonador, es descorazonado: como el traumatismo sufrido por accidente o perpetrado por una voluntad ajena, el mundo —decía Nietzsche— no tiene corazón.
Como lo prueba la obra de Iván Rocha Rodelo, lo que tiene de característico la poesía es que subvierte, va siempre más allá o más acá de la ciencia, de las convenciones y del lenguaje ordinario. Subvierte desde el momento mismo en que se propone decir, sí, lo indecible. De ahí su proscripción en la sociedad ideal del Platón de La República, porque mengua o, en el extremo, hasta desquicia (como la música órfica) la razón necesaria para el buen ejercicio de la política, la preocupación por los asuntos de la gregariedad, o sea, de la idealizada polis. Aunque sí, es también Platón quien, sin embargo, relata en La apología cómo Sócrates, antes de morir, hizo de lado el discurso sensato y lógicamente argumentado, y prefirió la lírica, el recuerdo del canto del cisne, la remisión al sentimiento, a la lengua que avanza cuesta arriba como el salmón, bogando contra la corriente de lo inefable.
En su primera carta a un joven poeta, Rilke escribe: “Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices”. Aunque no soy, ni remotamente, aquel cadete Kappus al que iban dirigidas sus recomendaciones, tendré que rendirme a la autoridad del gran Rainer Maria para dejar que cada quien diga, es decir, interprete su enfermedad con la lectura de la poesía de Iván Rocha Rodelo.




