Poesía argentina actual: Lautaro Rivara

Presentamos una significativa muestra poética del docente, periodista y poeta argentino Lautaro Rivara (Mar del Plata, 1991).

 

 

ALTAR GEDE

 

Nuestros muertos nos aguardan en el altar. 

Y a la mesa se sientan. 

Y a los niños cuidan.

Y el aguardiente escancian.

Porque la muerte tiene las comisuras secas.

 

Nuestros muertos nos aguardan en el altar. 

Y a las sombras le ladran.

Y la memoria espabilan.

Y a los vivos amarran.

Porque toda paz empieza y termina en los cementerios.

 

Nuestros muertos nos aguardan en el altar.

Y a los tallos los soban y hasta la luz los alzan.

Y la vida custodian.

Y bajo la hierba de Guinea descansan.

Porque la muerte es un barco negrero que zarpa.

 

Con una ristra de ajo en el cuello, 

una vela en las manos, 

y dos monedas cerrándoles los ojos...

Nuestros muertos nos guardan.

Nuestros muertos aguardan.

 

 

 

CÁNTAROS

 

Si es el mismo amor, 

¿por qué me obligan a depositarlo 

en dos cántaros distintos? 

Un cántaro no tardará 

en volcarse contra el otro 

y hacerlo añicos 

y escurrir todo este amor desperdiciado.

 

 

 

CANTAN

 

Siempre están cantando.

Cantan para comer. Cantan para amar.

Cantan para luchar. Cantan para dormir.

Cantan para creer. Cantan para morir.

Cantan para parir. Cantan.

Siempre cantan.

 

Los niños, naciendo, también cantan.

Cantan en la siembra.

En la cosecha cantan.

Cantan para mecer las cunas y también las barcas.

Cantando ven crecer los platanares.

Cuando sorben el café cantan.

Cantan los católicos, cantan los evangélicos,

cantan los escépticos, en el vudú cantan.

 

Cantan los negros, cantan los mulatos,

cantan los rojos, los azules también cantan.

Cantan en las bienvenidas, en las partidas cantan.

Cantan los niños, los animales cantan.

No cantan los muertos,

solo por respeto a los que cantan.

 

Cantando desgranan el maíz

y limpiando el arroz cantan.

Cantando levantan casas

y para desbrozar los campos cantan.

Cantan en la cuaresma

y comiendo carne cantan.

Cantan, siempre cantan.

 

Porque todo pasa,

pero el canto queda flotando

como una mota de polvo bajo un sol 

que también canta.

 

 

 

 

CUANDO MUERA, ME IRÉ A DORMIR

 

Pretendí serlo todo

y me fui, como las plantas, en vicio.

La cabeza llena de ruido, 

los pies enrevesados.

Diletante, disperso, inacabado.

Y como nadie más lo hará, 

aquí otra tarea asumo

y a mí mismo me vindico.

 

Siempre odié a los buenos especialistas, 

a los contadores de una sola rúbrica, 

a los viajeros de alforja impar, 

a los de poco asunto

y escueta batalla.

 

Prefiero entrar al mar siendo un mal curioso

que un versado en versos cortos.

Y al sumergirme abarco el agua

con los brazos en jarra, 

pero claro,

no logro apretarla. 

 

 

 

¿QUÉ IMPORTA?

 

¿Qué importa si somos carbón pulido, 

ébano, grafito,

wengué​​ o cobalto?


Mientras se talle, 

mientras se escriba,

mientras se queme, 

¿qué importa?


¿Qué importa si somos trigo,

arroz, leche, 

ron o azúcar? 


Mientras se siembre, 

mientras se riegue,

mientras se coma, 

¿qué importa?

 

 

 

 

LUTO VERDE ENTRE LOS PLATANARES

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Son del monte, son del llano, son de arriba, son de abajo.

¡Qué importa!

Campesinos son.

Infelices son.

Desterrados.

La hoja del banano no alcanza a cubrir

sus cuerpos enormes.

Ahora están arando el mar,

porque el mar es tan extenso y blando.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Hay en esta isla tanta piedra apilada

y tan poco humus extendido.

Esta no es la pulpa negra de la pampa

que se repliega al mero grito,

que se parte como un pan ante el requerimiento de la azada.

¡Si supieran lo que cuesta abrir un buraco entre la roca

con los filos mordidos del machete!

Polvo y roca,

aguardiente y sol,

metal y callos.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Hartos estaban de morder las duras galletas de arcilla,

de engullir con dientes podridos bananas que nunca maduran,

de chupar caña robada hasta dejarla seca,

de cocer lagartijas sin sustancia.

El que tiene hambre de veras

hasta con la muerte se sacia.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Un grupo de niños vigila el horizonte

y a la comunidad protege con sus aperos,

con sus armas gastadas, ridículas.

Son nuestros amigos.

Pero no por eso eran enemigos aquellos que sus pequeñas manos mataron.

No fue hecha para matar la herramienta que siembra.

No fue hecha para sembrar el arma que mata.

¿No somos acaso todos hijos de Dessalines?

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

No han conquistado el bohío por el que pelearon,

no dormirán su siesta bajo los gordos flamboyanes.

Pero, por favor, cúbranlos de tierra.

Por respeto a​​ Papa Ogou,

por respeto a los​​ bòkò,

por respeto a los padres fundadores.

A ningún muerto por la tierra muerto

se le ha de negar su lugar entre los platanares.

 

 

 

 

Lautaro Rivara​​ nació en Mar del Plata, Argentina, en 1991. Vivió en Haití entre 2018 y 2020 y actualmente reside en México. Sociólogo, Doctor en Historia y postdoctorante en la UNAM. Investigador, docente, periodista, editor y poeta. Autor de los poemarios «Lo feo también ama» (2012), «La sarna de los justos» (Malisia, 2016) y «Ayibobo!» (Abisinia, 2024). Galardonado en 2009 con el segundo premio del XXXVI Certamen Literario de Cheste (España) y en 2025 con el primer lugar del Premio Internacional de Poesía Mahmud Darwish (Colombia). Miembro del World Poetry Movement.

 

Librería

También puedes leer