VIGILIA DEL PADRE
No entiendo lo que dice la noche.
Ha olvidado la lengua de los abuelos,
raigambre de voces estériles
sin huerto.
Ante este murmullo
estiro los ojos,
aguzo el oído,
me encuentro dispuesto
y busco allá fuera
lo que llevo dentro.
En el patio,
mi olivo se lleva de la mano al tiempo.
En su copa hay un nido de palomas,
en su tronco, la savia del recuerdo.
Al filo de su sombra marchan los condenados
Y suben las escalas,
navegan los esteros,
duermen en los infolios,
y yacen con los muertos.
Y viajan por las torres
que guardan las campanas,
y empeñan en altares
su sacrificio hueco.
Y vienen golpeando en su tambor profético,
un ritmo que conozco, pero que no comprendo.
Si solo me encontrara,
si no buscara el temploque guarda la custodia
no miraría dentro,
al borde de una llama,
a donde están durmiendo:
son tres, visten mi sangre como un sayal de anhelos
y tejen mis palabras y sueñan con mis sueños.
Afuera,
la noche que me habla
en un idioma nuevo,
ha olvidado la lengua de los viejos;
ha olvidado el huerto, la fuente,
la fe de los espejos.
Y yo, que busco afuera
lo que quema dentro;
que subí las torres,
profané los templos,
y bebí del vaso,
de los otros tiempos.
Yo mismo un condenado que vaga sin consuelo.
Ante ellas callo,
ante ellas tiemblo,
porque llevan fuera
lo que mata dentro.
RIMA BARANSI BAILANDO EN TRIESTE
El aire llevaba
del violín las notas,
como si estuviera
buscando tus pasos.
Tu oído temblaba
abierto al llamado,
y en rítmico instante
te colmó el misterio.
Trazando la esfera, tus brazos abrieron
el telón del aire.
Despertaron tus muslos y tu cintura;
y un rumor de mariposas hilanderas
tejió en tu falda el misterio de tus piernas.
Tú bailaste y frente a todos, tú ya no eras.
Eras un secreto
que, en el oído, se posa estremecido;
un beso de niña,
un lirio que pasa,
la plutónica senda de hoy y de ayer.
Hurí refractada,
tú te transformaste
y la música volaba entre tus ropas.
Te fundiste en la música y en ella fueron,
dos en carne una.
Tus pies eran timbre, tu vientre era ritmo,
tu boca era un sí bemol acompasado.
En místico vuelo, tu falda girando,
enganchó en su espiral al universo.
Los paseantes, los tenderos, y yo mismo,
heliotropos de limo, transfigurados,
suspendimos nuestro tránsito celeste
gravitándote como astros en la acera.
Más nada es eterno,
aunque el tiempo se refracte en las farolas.
Calló el violín y con él quedó latiendo,
en el filo cósmico de la banqueta.
tu piel como un eco
y el orden sideral.
TRAGEDIA DEL HOMBRE CÓSMICO
Hay una voz antigua que me nombra,
la oigo vibrar con inquietud secreta,
como si un salmo latiera en el cosmos,
su constante contradicción de asceta:
una clepsidra de piedra que soy
y ha nacido para la vida eterna.
Me dice que los zócalos celestes,
(un tramado demente de distancias)
en los que explotan solitarios soles,
en los que bullen dos billones de galaxias,
encuentran en mí su sensible centro,
que en mi carne es su causa transmutada.
Me dice que soy espejo de cielo;
del Demiurgo hecho a semejanza,
que hay ocho mil millones de cristos
vistiendo de trabajos la rutina,
combatientes sordos de antesala;
durmiendo su miseria de nombre,
al fondo de una cloaca.
Y la voz, en salmódico mandato:
¡son prójimos de arena iluminada!
Y yo, que soy un prisma de voces,
una casa de barro esculpida,
Quiero escuchar y ensancho la puerta,
quiero mirar y reviento los goznes.
Es un mensaje de luz,
mas me alcanza en la penumbra.
PUENTES
Mientras el camino estira
y en medio parte los cerros
y el secreto la luz borra
de la sucesión de pueblos
donde siempre vive un niño
descalzo y un perro viejo.
Cuando el viento ruge afuera,
herido por el acero,
el silencio adentro reina,
y te busco en el espejo.
Eres, con tus quince años,
una muralla de sueños,
una esfinge de alabastro
que calla sobre el asiento,
y traza signos de vaho
en el cristal hecho lienzo.
Si hay desdén en tu semblante,
es constructo de mí mismo.
¡Cómo puede ser mi carne
el reflejo de un abismo!
Frente al muro, derrotado,
vuelvo al camino, a los versos,
a las nostalgias sin nombre,
a mis castillos de miedo.
Y tú, que eres mi reflejo
que de mis atardeceres
fabricaste tu velero.
Te desdoblas y en la radio
encuentras un canto viejo:
reverbera y nos inunda
desplazando el silencio.
“Mama, just killed a man,
put a gun against his head…”
EN LA FILA
En la hora sexta solo existo yo,
y el sol que muerde la punta de las horas.
Paciente, en la entraña del asiento,
recito la plegaria de la espera.
He de alzar, prudente, la mirada
y mirar, de reojo, en el espejo,
que hay otras, como yo, que igual esperan,
disfrazando, de paciencia, su silencio.
Y esperamos, detrás de nuestras gafas
tan oscuras, que ocultan la miseria.
Y llevamos impuestas las sonrisas,
como pose en ciudades extranjeras.
Suena el timbre y, juntas, avanzamos:
una hidra en letárgica condena,
que reptando el asfalto sofocado,
va olvidando el suplicio de la espera.
Luego salen, son legión y uniformadas,
cascabeles de picante ligereza,
letanías de sonrisa inacabadas;
solo cargan la mochila tras las trenzas.
Juan Carlos Zepeda Barragán (1981) es abogado por la Escuela Libre de Derecho y profesor universitario de Derecho Constitucional. Ha publicado ensayos en Esprit (Francia) y Nexos (México). Fue seleccionado en el Certamen Internacional de Siglema 575 (Puerto Rico), y su trabajo aparece en la antología Di lo que quieres decir 2025 (Scriba NYC, 2025). Forma parte de la Asociación Propulsora del Arte (Sahuayo, Michoacán) y es correspondiente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Actualmente reparte sus días entre la práctica jurídica, la docencia y la paternidad, mientras trabaja en su primer poemario.




