Poesía norteamericana: Rose McLarney

Leemos, en versión de Jeremy Paden, algunos textos de la poeta norteamericana Rose McLarney (Carolina del Norte, 1982). Es poeta y profesora en la Universidad de Auburn en el estado de Alabama. Es autora de cuatro poemarios, Colorfast y Forage siendo los dos más recientes. Co-dirige la revista literaria The Southern Humanities Review.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cosecha

 

Algunas​​ primaveras los manzanos florecen​​ muy​​ pronto.

Estos árboles​​ se han cultivado​​ aquí por cien años, y todavía​​ son muy rápidos​​ 

para creer que ya​​ las heladas​​ no vendrán.​​ Algunas​​ primaveras,

los pétalos rosados se tornan negros.​​ En​​ aquellos​​ veranos, los huertos están vacíos

y quietos. No​​ hay​​ por qué​​ las abejas vengan.

 

Otros​​ veranos,​​ las​​ manzanas rojas​​ laten​​ campechanas​​ en los árboles,​​ las​​ doradas

brillan​​ en su piel traslucida.​​ Su peso rompe las ramas,

el suelo​​ se forra de manzanas, y te​​ hundes en​​ fruta.

 

Podrías decir,​​ He sido un tonto.​​ Podrías decir,​​ Me han tomado por un tonto.

Podrías decir,​​ Hay años cuando hay manzanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pastoral

El ganado es un peso negro sobre​​ la​​ curvatura​​ de la tierra que antaño
fue pradera.​​ El​​ viento la​​ jala, deseoso;​​ parece mantenerla en su lugar.

 

Aunque fue el ganado que consumió todo el pasto nativo.
Quizá​​ el impacto​​ es​​ pintoresco porque los cuellos están doblados

 

con​​ es esa​​ moción​​ hacia​​ abajo del​​ comer.​​ Yo podría decir​​ que los pozos​​ petroleros

también​​ comen,​​ con grandes picoteos aviarios.

​​ 

O​​ que cabecean​​ con​​ su consentimiento.​​ Sí, sí, se nos permite​​ 
tanto, tanto.​​ Demos otro golpe,​​ la pose​​ de la abundancia.

 

 

 

 

 

 

 

Mascota

La manera en que el gato caminaba,
al acecho—Cada paso

 

una extracción de sí mismo,
de la grama,​​ inmóvil.

 

Por cuánto tiempo lo miré,
cuánto amaba

 

mirar,​​ y cuánto quise
construirle una pequeña casa.

 

Pero​​ lo que se quiere quiere
largarse​​ a otro sitio, sí o sí.

 

Cuando estaba contento,
estaba al acecho.

 

Estaba acechando
la​​ excepción a su silencio—

 

eso es lo que quería comer.
Mataría

 

hasta​​ volver​​ a su soledad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ambiciones

 

Ruskin alaba​​ los​​ valles​​ estrechos,
los​​ bosques​​ de poca extensión,​​ por ser
de Inglaterra,​​ su madre patria.

 

La niña amuebla la casa de muñecas
con​​ una​​ mesa de carrete, taburetes de corcho,
una​​ lata de​​ sardinas y sus posibilidades como tina,
el contenido de su propia construcción.
 

 

 

               §

 


Bachelard​​ avanza la teoría
de​​ que cualquier meta parece ser​​ 
una​​ miniatura, alejado en el horizonte.

 

La​​ niña​​ continúa, construyendo un armario
al​​ amontonar​​ cajas de cerrillos
como gavetas,​​ con una ambición
ya cercana​​ al ardor.
 

 

 

               §

 

 


Y los​​ días​​ en que​​ no​​ 
se​​ ha escrito​​ nada,​​ quién sabrá
si​​ no fueran dignos de mención,

 

o​​ si la mujer haya entrado en su
gloria al​​ ocuparse de​​ la necesidad​​ 
de meter servilletas en aros, nutrir
floreros con sus flores de tallos delgados.

 

 

 

 

 

 

 

Caqui americano

 

He intentado llevar un caqui a casa,
para​​ compartir​​ la​​ fruta.​​ Pasé el árbol​​ corriendo,

 

una actividad que no permite​​ bolsas​​ ni​​ bolsillos.
No necesita de equipamiento. Ni​​ cuadrilla.

 

Me encontraba a kilómetros de​​ casa,
y no pude cerrar el puño.

 

Me dije, ten las manos como los hombres buenos

cada​​ vez que​​ escogen​​ no

 

hacer uso de su fuerza.
Pero un buen caqui

 

ya está a medio camino​​ de​​ la​​ ruina.
Un fruto maduro cae,

 

arrugado y negro.
Demasiado​​ frágil​​ para​​ aguantar​​ el​​ darse​​ con​​ la tierra,

 

se revienta.​​ Demasiado frágil para aguantar el tacto,
la piel del fruto que coseché

 

se deslizó de​​ la carne.​​ La pulpa​​ evadió
las mejores intenciones de mis nudillos.

 

Los hombres pueden​​ pasar por​​ buenos
debido a lo que no hacen.​​ Por lo tanto, ¿cuál

 

es la parte más​​ mínima​​ de un acto​​ que la​​ podría​​ 
redimir? Intenté otra vez,​​ otro día,

 

depositando​​ un caqui en el​​ vacío
entre mis senos.

 

En casa,​​ desnuda,
solo quedaba una mancha sudorosa

 

que​​ a​​ ningún hombre​​ le​​ pareciera​​ ser sensual.
Hay cosas que son mejores

 

gozar a solas.​​ Hay cosas que solo se pueden
gozar​​ a solas.

 

Por eso, esta mañana, me lo como allí​​ mismo​​ 

al borde del camino,​​ sacando​​ la gravilla de​​ la blanda pulpa.

 

Al otro lado de la ciudad,​​ mi marido​​ duerme.
Alrededor del mundo, los hambrientos y los desvelados.

 

Aquí, mis​​ manos​​ tan azucaradas
que​​ no basta​​ chuparme​​ los​​ dedos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Práctica

 

Cuéntaselo​​ a los frutales cuando​​ el​​ dueño muera,
aconseja la​​ 
sabiduría​​ ancestral.

 

         El ir a mirar en​​ las ramas, poderosas​​ 
         y​​ sostenedoras,

 

         o donde han sido rotas, marcadas
         por cicatrices en forma de ojos—

 

         El​​ enfrentarse a su​​ ausencia​​ be boca e intentar
         de​​ hacer trabajar​​ tus​​ fauces,

 

         con las que deberías
         poder contarle a los demás las noticias—

 

         Y luego resolver cómo querrás continuar
         tu​​ respirar—

 

Esta práctica
no se hace por el bien de los árboles.

 

 

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