NADA HAY QUE CANTE BAJO EL AGUA,
UNA VISIÓN DESDE LA TRAGEDIA
Por César Pérez González
¿A qué se enfrenta el ser humano ante una tragedia? ¿Cómo reacciona a ella? ¿A qué se aferra cuando la desolación es inminente? Son algunas de las preguntas que se responden con la lectura de Nada hay que cante bajo el agua —del poeta que nos convoca esta noche—, Sergio H. García, obra ganadora del XLVII Premio Anual de Poesía Trapichillo 2024, que entrega la Universidad Autónoma de Nayarit.
Y es que de inmediato Nada hay que cante bajo el agua pone al lector en medio del desastre provocado por una inundación; la fuerza del cauce que arrasa con todo, el desamparo, la identidad humana que parece hundirse con las historias y el pasado de quienes —víctimas— se quedaron al paso de la salvación.
Para ello, la obra funciona como unidad discursiva, es decir, una crónica que establece lo que bien puede denominarse “ser y estar”: acto de escritura que transita mediante sus propias reglas, escenarios, denominaciones y recursos poéticos en tres momentos que el autor identifica y nombra con los niveles de un río: curso alto, curso medio y curso bajo, cada uno con su propio sustantivo en común.
“Curso alto” es el primer nivel que se presenta en Nada hay que cante bajo el agua, y el desastre es latente; se lee, se respira. El lector entiende que justo en medio de esa tragedia que va encontrando, el lodo es todo lo que resta. ¿Cómo será escuchar los pasos crujiendo sobre el agua, enterrándose y tratar, a fuerza del coraje, sacarlos del río y la tierra? En eso ahonda el poeta.
En cada una de las impresiones que enfrentan esa voz y esas voces —in situ— al oler la muerte, escuchar el llanto ajeno —¿sufrir el respiro propio?— y tocar los cuerpos que ya no responden ni gritan ser salvados porque en la perdición apenas afloran “los cinco dedos de la mano izquierda”.
Justo en este punto se encuentra el poema medular —“Afonía”—, pues no sólo está el verso que le da título a la obra, sino establece todos los efectos que producen ese nudo en la garganta: el miedo en su forma cruda, la quietud de un río aplastante que sepulta al silencio y la esperanza se aferra a no ser un lugar común.
En cuanto a “curso medio”, el discurso poético transita al plano de los restos, es decir, las víctimas: la manera en que es vista la pérdida humana como saldo del acto de morir; esa violencia que “entra por la boca y arrasa consigo lodo y río”, dice el poeta. No se trata que los cuerpos asuman una voz, sino mediante reconocerlos como personas, con historias implícitas y con objetos de la vida diaria, les devuelve dignidad al interior del verso.
Sin embargo, llama la atención en medio de este ambiente que propone Nada hay que cante bajo el agua, el poema “Letanía”. ¿Qué justifica la referencia a las Letanía de la Virgen —“ruega por él”— tras señalar objetos, agua y cuerpos? La fe misma. No es un acto de ironía, ni debe leerse como un discurso religioso. Al contrario: la ausencia de vida, la catástrofe, dejan mella y menoscaban el espíritu; el poema lo entiende y, entonces, sólo queda la fe, sujetarse a ella con lo inmediato, con lo que está a la mano, hasta la “boca triste”.
No es casual que “Letanía” sea el poema que cierra esta parte y dé continuidad a “curso bajo”, donde la tragedia asume el semblante de iniciar nuevamente; levantarse, seguir viviendo con la desesperación a cuestas, enfrentar la escasez, el hambre: el sol endureciendo la tierra y cosechando muerte.
Queda claro que en este ambiente propuesto por Nada hay que cante bajo el agua, Dios no existe y su evocación inmediata yace en bocados de alimento sobre el piso o aromas que se encargan de nutrir la desesperación. Por eso destaca nuevamente el sentido de la fe como impulso a contracorriente; el significado que el mismo discurso pone al trabajo, al sudor que los vivos ofrecen por ellos y la colectividad. Sólo así puede entenderse que una tempestad así modifique de fondo la esperanza y resurja como el dolor que vulnera dos veces.
En suma, si Nada hay que cante bajo el agua lleva al lector a escenarios crudos y enfrentar al desaliento de la tragedia colectiva, no menos importante es considerar cómo actúa el símbolo del agua; se trata, en este caso, del medio que arrasa, asfixia y aplasta a través de la unión fatal con la tierra: el lodo —¿trinidad, tres veces tres?—
Por último y desde la colectividad, también es factible aproximarse al discurso poético como una declaración de hechos, donde el uso de la primera persona funciona desde el nosotros y viceversa, es decir, estos cambios de perspectiva logran un efecto que envuelve al lector y lo hace partícipe de ese agradecer “no estar bajo el agua”.
DOMINGO
Bajo nuestros pies
un mundo lleno
de formas microscópicas de selva
nos hablan de enfermedad
y último paradero
alcantarilla
mueca
de nuestros presentes
Pero esto es un error
Ningún frío en el mundo nace
sin su contraparte de fuego
En domingos familiares
de asador y lentes oscuros
siempre hay un Sol
más hondo y luminoso
que este río
RESURRECCIÓN
Les han devuelto el nombre
el que siempre fue suyo
y forró los huesos bajo la piel
y les amarró a la tierra
y se acostó
mirada hacia arriba
a ver cómo el mundo oscuro de la noche
guiñaba sus ojos de luz
Ese nombre que también
se llamó casa
comedor y estufa
el que se congeló junto a las fotos
y se convirtió en recuerdo
arrastrado por el agua
hasta ser cauce
interminable
y profundo
que no se detiene
y ahora es piedra
lodo
sonido incompleto
SUSPIRO
Nadie puede cruzar dos veces
el mismo río
ninguno será el mismo
ninguno conservará
los mismos ahogos
ni el mismo nombre
Pero esto no importa
les han devuelto
el nombre
ese que antes
se ahogaba
hoy respira
AFONÍA
Se respiran fotografías perdidas
habitaciones estranguladas
por las manos del cauce
apretando en todas las direcciones
y muebles con edemas
surgidos de la fiebre
transformada en viento
del agua
Un miedo negro y afónico
de carnes residuales
del río que no se mueve
y crece
y rompe
y nos tiñe
hasta las pieles de la tráquea
dejando negro lo antes rojo
lo antes blanco
lo antes después
Un silencio ahogado
en su grito
en sus recuerdos
Después del diluvio
la quietud pesa
porque nada hay que cante bajo el agua
ni aroma que distinga
a los muertos
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César Pérez González (Puebla, 1984). Cuenta con estudios de Lingüística y Literatura Hispánica, y Literatura Hispanoamericana (BUAP). Ha sido redactor de la columna cultural “Rúbrica Legible”, corrector de estilo, editor, jefe y gerente de información en medios de comunicación de Puebla y Tlaxcala. Actualmente es editor en el PUIC-UNAM.




