Sobre Ejercicio de escritura de Harold Alva. Texto de Jorge Contreras.

Jorge Contreras escribe sobre el nuevo libro del poeta peruano Harold Alva (1979), Ejercicios de escritura, publicado en México por El Golem Editores. Alva fue recientemente distinguido en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco con el Juchimán de Plata.

 

 

 

 

Harold Alva y la​​ poética naguálica o del instinto​​ 

En Ejercicios de escritura, Harold Alva entrega un libro que no se conforma con describir el dolor: lo encarna. Desde sus primeras páginas, queda claro que esta obra pertenece a esa tradición latinoamericana donde la poesía se vuelve un campo de conflicto entre la memoria íntima y la violencia del mundo. Lejos de tratarse de un cuaderno de apuntes o de un laboratorio formal, el libro es una cartografía emocional del límite, un espacio donde el poeta realiza su propio levantamiento de cadáveres: los del tiempo, los de la historia, los de la familia.

La voz de Alva —tensa, fragmentada, a ratos visionaria— avanza como un animal que tantea la noche. La fauna es, en efecto, uno de los ejes centrales de la obra: jaguares, cuervos, lobos, pelícanos, serpientes. En estos animales no hay símbolo decorativo, sino una retórica del instinto, una gramática para nombrar aquello que el lenguaje humano ya no alcanza. Basta leer el “Breve estudio del abismo” para advertirlo: “Una tormenta cae sobre la piel del jaguar, / pero el jaguar duerme” 

El animal resiste lo que al hombre lo desgarra; o quizás duerme para soñar una forma de sobrevivencia.

La otra columna vertebral del libro es la memoria filial. En “Nieve”, el poema más intenso de la colección, Alva reconstruye la relación con su padre desde la distancia ritual de un parque que funciona como altar y como herida. El yo​​ poético observa la figura paterna, imagina el relevo, calcula el instante en que deberá contar él mismo las historias heredadas. Pero el calendario —tramposo, feroz— irrumpe antes de tiempo: “Jamás advertí / que el calendario me haría trampa / y que a los cuarenta y cuatro / la nieve caería en mis palabras” 


Lo que sigue es una inversión que duele: el hijo ya no sucede al padre, sino que lo extraña desde una banca vacía, acompañado únicamente por el fantasma que lo mira “a prudente distancia” 


La poesía se vuelve, entonces, un acto de duelo interminable.

El libro se desplaza también hacia la violencia histórica. En “Ucrania”, la guerra entra en la página con la misma crudeza con la que entra en la vida: “La noche retorna / con su arquitectura de fusil apuntándole a mis manos” 

​​ Alva no describe la guerra: la padece, la incorpora como eco de las pérdidas privadas. La frontera entre lo personal y lo global se vuelve porosa; toda desgracia del mundo es también una desgracia del cuerpo.

El cierre del volumen —y especialmente la sección de sonetos— revela a un poeta que no teme dialogar con la tradición, pero que la enfrenta con una voz propia, marcada por la intemperie emocional. El cuervo reaparece en la forma clásica, el insomnio se vuelve música quebrada, y el lenguaje, como en “Lenguaje”, se transforma en una ventana que se cierra justo cuando se intenta acceder a ella. 

La voz poética se reconoce como animal herido en Monólogo del sobreviviente:


también soy un animal,
un gallinazo que otea… un puma… un lobo… un alacrán escribiéndose

 

Ese “alacrán escribiéndose” es una de las imagenes más poderosas del libro:
el poeta que se escribe mientras se hiere.

Ejercicios de escritura confirma a Harold Alva como una de las voces más singulares de la poesía latinoamericana contemporánea. Su libro no ofrece consuelo ni respuestas: ofrece verdad, ese material áspero con el que se escriben los poemas que permanecen.

 

 

 

 

 

 

 

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