Poesía argentina: Silvio Mattoni

Leemos poesía argentina. Leemos algunos textos de Silvio Mattoni (Córdoba, 1969) en Poemas sentimentales, libro que está reeditando Caleta Olivia. Además de poeta, Mattoni es ensayista y traductor. Ha merecido distinciones como el Primer Premio de Ensayo del FNA y la Beca Guggenheim.

 

 

 

 

 

autobiografía

 

Nací en los suburbios de Córdoba,

a la noche, en un hospital de locos,

cabeza abajo y pataleando al cielo.​​ 

El aire del murciélago ya era

para mí una fábrica de espanto.

Me llamo Silvio, y naturalmente

no elegí la ciudad ni el adjetivo

paradójico. Un día me atraparon

con unos libros y llegué sin pausas

a la universidad. Algunas chicas,

como suele ocurrir, no me miraron...

Después encontré una y me casé.

Casi tengo tres hijas, cuando aplico

mi invierno a estos versitos, sus demandas

me tiran boca arriba y me retuerzo

de muda risa. ¿Me habré muerto afuera

de tanto ver el cielo que se torna

cada vez más hermoso?

 

 

 

 

 

 

 

¿quién es?

 

Soy el que habló. Antes de serlo,

fui una mosca, un ratón, una lombriz

esperando que algo me apresara.

De noche, mientras leo me distrae

una araña en el techo. Veo sus patas

asomadas en el borde de plástico,

esperando. Una polilla da vueltas

alrededor de la lámpara. Mi frase

pensada se interrumpe: ahí está

enteramente negra, caminando

a una velocidad espantosa. Quieta,

la noche muda se tragó el zumbido

que acompañó mi libro. No le ruego

a nada, pero pido ser un pájaro

que llegue hasta allá arriba donde ella

chupa jugo de insecto. Salir, huir

de la pieza. ¿Cómo podré apagar

la luz, dormir cuando sus pasos suaves

golpeen al revés lo que me cubre?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

incipit idyllium

 

No, no es la puerta que crucé al nacer,

ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy

entre el polvillo flotante del invierno

bailando con el sol de la mañana?

¿Cómo llegaron hasta mí esta niña,

su llanto persistente que me dice:

“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo

me empujó a hablarte en esa construcción

de plástico y cemento, donde sufríamos

vos, ella, yo, vagas ambigüedades

por infringir las reglas de concordancia?

Nuestros paraguas descansaban juntos

y algo nos distraía del pudor

que en vano desplegaba su habitual

manto sobre la clase de gramática.

Al poco tiempo, un día me llevaste

hasta mi casa, con tu piloto beige,

tus manos pequeñitas manejando

y tu certidumbre de niña

que ha crecido hacia adentro, y pregunté:​​ 

“¿A vos te gusta coger? Para mí

es apenas un limbo que permite

hablar mejor.” Hablar como ya entonces

sin habernos tocado yo te hablaba.

“No es lo más importante”, contestaste,

con una risa oculta. ¿Percibiste

que no habría sorpresas, sólo gracias,

descubrimientos de mí en vos,​​ 

de vos en mí? Y aunque queríamos

gozar de la belleza, conocernos,

pusimos el deseo en las palabras.

Y cuando las dijimos siguió el tiempo.

Bajo el arco del cielo fuimos flechas.

Tenemos una pieza, estamos solos.

Nos sacamos la ropa, los dos vemos

un cuerpo más hermoso que el ansiado,

el adivinado. Besos de bajo

bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste,

a esa vida pasada que se iba?​​ 

La suave crema del futuro unta

nuestros sexos cansados, insensibles

por un instante. Nunca supe

por qué lloraste esa noche, después,

acostada, desnuda y revisando

la pulcritud del techo. ¿Fue placer,

fue pena o despedida de otro cuerpo

que ya no volvería? ¿O la emoción

vacía que altera todos los líquidos

internos y extraños? Era imposible

que sospecháramos en cada lágrima

tuya, en cristal nocturno, una

nena, tras otra, tras otra, y vos

eras su madre y la mitad del padre

cuando sonó tu llanto en el deleite,

cuando miré en tus ojos el silencio,

espléndida como aire que relumbra.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

el cuerpo

 

¿Te castigo, te ciego, oscuro cuerpo

que percutís la tarde con tu ritmo

sensible? En cada pausa, una necesidad:

comer, intoxicarse y en la noche

ser el rayo que parte en dos el tiempo

en donde burbujeaba la cabeza

y su electricidad intermitente.

¿Sos la causa del miedo o el auxilio?

¿Tenés la idea de la muerte infusa

en la sangre escarlata, en los pulmones

turbios, en el estómago irritado

por las simulaciones del pensamiento?

Ahora vendrá la noche y dormirán

todos, incluso yo, tendrás de nuevo

la seda de tu guante, el cuerpo claro

para tocar y en el último instante

no habrá partes ni órganos, ni vos,

nadie en el plasma intenso de la noche.

 

 

 

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