¿Dónde está el mar?
Derek Walcott escribió
que el mar es la historia.
Que las islas existen
si amamos en ellas.
Y yo no estoy en la isla.
A veces no salgo
porque no quiero hablar,
quizá porque falta
la lengua de la infancia,
esa que sabe nombrar el agua
sin miedo a perderla.
En mis costillas
se ha quedado un alce:
sus ramas duras,
muerden mi alfabeto.
El sur es la casa,
la brújula
cuando estoy perdida,
cuando no hay Waze
ni Google Maps
para volver.
¿A dónde mira esta gente
cuando no sabe llegar?
Busco el mar
la historia rodeada por el desierto.
Aquí no hay sur:
hay vacío,
hay sed.
Una se cansa
de mirar el fondo.
Una se pierde
acumulando presentes
que no se enraízan.
¿A dónde mira la gente
cuando está perdida
y no hay mar?
Pienso: en esa mancha azul
que es la capital,
esa grieta luminosa
que siempre anunciaba
el camino a casa.
Pienso.
La memoria vive
debajo del oleaje y el mar guarda
lo que no sabemos decir.
Aquí solo queda
el insomnio del águila,
un tren que resopla
sus clarines
cuando intento dormir.
Todo lo que flota
es una barca
con la que intento
volver al sur.
Pero el desierto
se burla de mi lancha:
atascada,
quieta,
sin orilla.
Y sin embargo,
el amor se sienta
en una piedra
en el fondo del mar
y nosotros,
en el fondo del bote,
cerramos los ojos
para sobrevivir
a la tempestad.
Me atraviesa la tristeza como un río
Reducida
a la página
de un asiento de carro
en
movimiento.
Estacionado
en la pendiente
de la ventana que difumina el día,
ese cilindro turbio
donde las brochas reposan
como huesos mojados,
remolino de colores
que transmuta el agua
y expía
pinceles.
Carne
fuera de su cuerpo;
mucho antes de ser carne
de saber que es cuerpo,
que teje trenzas de venas
que se amarran al cuello
para besar la vida
y suspender
la muerte.
Un instante
que se columpia
en la eternidad.
Un silencio
fecundado;
antes de ser voz,
de saber que existe.
Palabras
inyectadas
in vitro,
en el vacío de la mente,
abriéndome la boca
llena de estrellas
para prometerte
una galaxia.
Y en la calle
un carro
que se mueve,
un río
que salta,
el vaso del pintor
que tiembla,
atraviesa.
Imán de aire
Cuando muera el mundo quedará la música,
caerá como moneda sobre la tiniebla
junto a las gotas que traslade un meteorito.
Será canto de rocas
golpe de tambor sobre la piel de un río.
Habrá quedado polen, polvo de estrella,
como costra,
como mancha: puntitos amarillos,
en la mano pintada de un niño
que colgaba de la nevera
volverá al arte rupestre:
manito y huellas dactilares
calcadas con los colores del colegio.
Y será ese niño el último
el último habitante conocido de la tierra
de la tierra de gente que camina rápido
con ojos fijos en sus manos de zombie.
Lugar de llanto de los ríos secos,
de la música y las bocinas de los carros,
de la Coca-Cola Zero y la dieta paleo,
sociedad de cristal resquebrajada
que baila en el filo de la mesa
y que vende todo lo que hay en ella.
La tierra donde todo el mundo te quiere…
Vender.
Meterse en tu cabeza para bailar en el ruido.
Para morderte la mano y hacerte zombie.
Para que aprietes el dedo en GO,
On,
Next,
Play.
Para que no te apagues nunca.
¡Shhh!
Tiene la enfermera y la bibliotecaria
el dedo vertical entre la nariz y la boca.
Y este es el momento perfecto que puedo darte,
detenida en el cosmos,
mirando la manita amarilla
que se descolgó del magneto de la nevera.
La tomo para salir corriendo,
porque he visto un zombie
lejos de mi cueva.
Ya empiezan a caer pedazos de estrellas,
veo los puntitos de polen que viajan pegados en el magneto del aire,
oigo caer las monedas en la tiniebla,
para formar el nuevo río y se escucha:
¡Shhh!
Me quedo callada,
desnuda mujer de caverna
que construye una canoa
con una voz que le grita al oído:
¡Remo!
¡Remo!
¡Remo!
Para que atraviese la línea infinita,
sin calendario,
ni relojes,
solo clavar el remo en la negrura
con los pechos al aire y los ojos en las lentejuelas del cielo
remar en los ríos sin cauce.
¡Silencio!
Y la nada canta una canción de cuna que me despeina.
¡Remo, remo, remo!
Siglos y siglos,
quebrando la música del silencio.
Me ha nacido un poema
Ha salido de aquí…
lo he detectado en una costilla.
Lo siento atravesado
como si me creciera en la garganta.
Un fruto maduro se desprende:
es un poema enorme.
Sus ramas se enredan en mi tubo digestivo,
pequeñas hojas pintan mi cielo.
Río.
A carcajadas río.
Sin pausa, río.
Me ha nacido un poema grande.
Lo tengo en la boca del estómago.
Se baña desnudo en mis ácidos.
Es un poema agresivo,
un dragón oriental
que dispara fuego y hechizos.
Es un poema grande… y ahora duele.
Allí.
Acá.
En todas partes.
Es un poema malvado.
Quiere salir.
Quiere hacerme daño.
Me hace reír.
Sufro de la risa.
Me ha nacido un poema grande
y ahora quiere salir a jugar.
Y me gusta lo que siento.
El poema ha nacido
y se divierte.
Y a mí,
me gusta hablar ese idioma
que hablan las rocas en el río,
esa lengua que pinta una línea púrpura,
que rasga en dos la frontera
entre la noche y el amanecer,
y luego envuelve las ramas
de trinos, de barrigas amarillas
que se tragan el cielo
lleno de Venus.
Y en un idioma inventado
escupen abejas las flores,
para retozar el aire
temblorosas.
Me gusta hablar
ese lenguaje salado de las brumas,
deletrear el alfabeto
que expulsa la tierra,
el que crepita en los dedos
de Prometeo,
y transforma sus pulgares orugas
en mariposas que se besan la espalda.
Me ha nacido un poema.
Crece.
Me invade.
Me enreda.
No se piensa ir.
Y aunque me habite y me desgarre,
lo dejo correr como un río desbordado.
El poema no es mío,
se abre en bandada de pájaros ardientes,
y mientras vuela,
es una herida convertida en luz.
Amor o el gusano come carne
(…) las costillas,un poco amarillentas, con jirones
de carne pútrida, negruzca, un hervidero de gusanos,
porque aún queda bastante por devorar.
Pierre Lamaitre
Me enamoré una vez.
La contundencia del golpe
enterró mis carnes,
se comió mis huesos.
¿Cómo puede una amar de nuevo
si ha quedado inhumada?
Exangüe
con el pellejo del alma en una fosa.
De un amor así no se regresa
jamás.
Ni viva
ni muerta.
Pende la gota de rocío del alma
camina errante e hipnotizada
al precipicio del acantilado.
Una Remedios, la Bella, envuelta en sábanas blancas,
levanta las manos
y abraza los golpes del aire
para crucificarse en una nube hueca.
Remedios,
ya no es bella,
está perdida;
en vez de transmutarse en gota evaporada que vuelve al cielo; cae.
Desparramada
como torrente
como diluvio
y en vez del cielo, cae al agua de Alfonsina Storni.
Y ese pétalo que sostenía esa gota
queda solo con la tierra
y sobre la tierra desfilan hormigas
que sacan sus espadas y banderas.
Y abajo,
en la fosa,
inician una guerra los gusanos
avisados del funeral
para iniciar el sepelio y su banquete.
Se comen mis carnes.
No queda vida en los huesos,
tampoco amor
queda un jarro vacío
y el saco de huesos.
¿Cómo puede una recomponerse
cuando las carnes alimentan los gusanos?
Me enamoré una vez
y la contundencia del golpe
abrió una zanja
en forma de cruz
y vino por mí el escudero de la Muerte
y me dejó consciente
mas no viva.
Ese golpe me arrojó a la fosa
y me devoró un gusano,
soldado de la Muerte,
mientras los demás se arrastraban
a leer mi epitafio.
***
Otros poetas dominicanos en el dossier son:
Jordan Manuel Hernández / Ronny Ramírez / Indhira Itsuki Roca / thaís espaillat ureña / Heidy Lorenzo / Manuel Bidó Mateo /



