Poesía argentina: Luis Benítez

Leemos poesía argentina. Leemos algunos textos de Luis Benítez (1956). Ha recibido distinciones como el Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Premio de Poesía de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); el Primo Premio Tuscolorum di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2007), etc.

 

 

 

Luis Benítez (Buenos Aires,​​ 1956) es autor de 45 libros de poesía, ensayo y narrativa publicados en Argenti­na, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay. Según la londinense​​ Ars Notoria Magazine​​ es una de las voces más destacadas de la poesía argentina contemporánea y referente del género a nivel latinoamericano.​​ Recibió numerosos premios literarios en América Latina, Europa y Asia.​​ 

 

 

 

 

Lo que para estar, no está

 

Poesía no eres tú,

No lo es nadie.

Lo que el verso

Atrapa de lo inefable

Apenas sombra es,

Asomo, rasguño, aire.

No está aquí, sin duda,

Ni lo estará cuando

Estos trazos envejezcan,

Porque el tiempo no agrega,

Sólo quita lo que el presente

Creyó que era inmutable.

No se puede decir poesía

Porque es lo impronunciable:

Su lengua balbucea, a veces,

En la sospecha de una frase

Que, al volver, buscándola,

Resulta inencontrable.

Última frontera, confín

De un mundo que no conoce

Las palabras, pero que gusta

De montarse en ellas

Y pasar al nuestro

Por hacer fulgurar, sólo un instante,

Su relámpago en la mano,​​ 

Mientras su rayo lo descarga lejos

Y de aquel trueno, en el papel,​​ 

Burlón, apenas su silencio queda.

 

 

 

 

 

 

 

Sombra terrible cada tiempo

 

Siempre Aquiles debe morir

Para ser Aquiles y no el otro

Que en sus talones anduvo postergado.

Siempre los griegos vencer en Salamina,

A su pesar los persas donar en las Termópilas

La gloria a los bravos de Leónidas:

Época alguna piensa en lo que dice

Ni dice cuanto piensa.

 

A fin de cuentas

Lo demuestra el siglo:

Civilización y barbarie

Son lo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

Papiros en la orilla

 

Alto, muy alto en esos ya pocos matorrales

Que hoy el descuido arranca o el remo abate

Sólo para abrirse camino hasta la calle,

Él y yo nos encontramos por primera vez.

Yo, un resultado de su gracia;

Él, humilde benefactor entre sus fibras.

De ese tallo sereno y seguro de sí mismo

Surgieron balbuceos, gritos y sentencias,

El decir insistente de los muertos

Dedos de los dos Plinios, la obsesión

De Aristóteles por todos y cada uno​​ 

De los seres y las cosas, la certeza inmortal

Que una y otra vez vio cambiar Heródoto,

La sorna de Aristófanes, cuanto quedó​​ 

De los sucesivos Homeros y mucho más

Que el fuego, el odio y la ira consumieron.

Cuántos matorrales han ardido por su solo

Pecado, el de ser bibliotecas.

En mi mano temblaba entre sus páginas

Su también delicado descendiente,

Ignorante de la presencia de su ancestro

Pero también a sabiendas de su origen verde

Y convencido de pervivir, como el papiro antiguo.

Como la memoria es frágil, como la memoria eterna.

 

 

 

 

 

 

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