Misael Ruiz (Bruselas,1960) es poeta, editor y traductor de poesía. Ha publicado El hueco de las cosas (Trea, 2010), Todo es real (Pretextos, 2017, premio Antonio Oliver Belmás), Una idea de mundo (Animal Sospechoso, 2022), La rama vacía (Animal Sospechoso, 2025). Ha traducido a R.S. Thomas (Trea, 2008), Clive Wilmer (Vaso Roto, 2011), George Herbert (Animal Sospechoso, 2014, premio de Traducción Ángel Crespo, con Santiago Sanz), Catherine Pozzi (Animal Sospechoso, 2018), Lala Blay (Animal Sospechoso, 2022) y George Santayana (Animal Sospechoso, 2022, con Santiago Sanz). Coordina la revista de poesía mecanismos.org Actualmente reside en Barcelona.
Como un cambio de luz
En la rama crece el fruto. En el vacío arraiga lo disponible. Y el poema asume lo que de disponible tiene el fruto. Pero, para eso, el poema ha de ser capaz de abrirse como un espacio y un tiempo de alguna forma nuevos, receptivos ante (y desde) lo que aún no ha tenido lugar, y tampoco nadie puede asegurar que llegue a tenerlo. La poesía no tiene fácil provocar la necesidad de una atención inesperada; convocarla. Pero justamente la poesía si existe es para eso. Para aparecer y desaparecer a la manera de lo que es decisivo cómo se entrevé, cómo cruza un mundo, por mínimo que sea, volviéndolo otro. Como una señal sin código. Como un cambio de luz.
Así pues, puede que titular un poemario La rama vacía no sea un gesto tan inocente como al principio parece. Las cosas ya no pueden seguir siendo las mismas después de un título como éste. La apelación a la nada, al silencio, a las pausas o intervalos… va haciendo así posible un trayecto que poco antes habría parecido del todo imposible. Y es que el riesgo es mayor de lo que resulta pensable: que la escritura (y la lectura con ella) aprenda a avanzar por un momento a tientas, entre luz y luz, por un momento sostenida solamente por la pasión de no saber lo que ocurre, lo que ha pasado, lo que vendrá después. La supuesta realidad reconocible, visible de una manera presuntamente obvia o evidente, deja de ser como era en virtud de una suspensión del sentido que acoge su propia irresolución.
Sí, el efecto quizá más inmediato de esta indeterminación del significado (de la realidad) es un desvanecimiento o fade del sujeto que mira, que está ahí, aunque su estar se convierta ahora en un estar disolviéndose sin saber lo que esto es, lo que esto representa. De hecho, no hay re-presentación posible de lo que no es del todo presencia, ni mucho menos esencia o ente. En un plano filosófico, el enclave poético recuerda aquí la crítica que hiciera Heidegger del olvido del ser por el ente, así como el cuestionamiento que más tarde, sobre esa base, haría Derrida del pensamiento idealista occidental como metafísica de la presencia. La rama vacía, en fin, se/nos orienta hacia una dimensión de lo vivo que no es lo que se piensa, que no se reconoce como se piensa. ¿Cómo reconocer algo, o a alguien, que no se termina de presentar, que no se deja mostrar como figura?
Desde luego, la táctica lírica de Misael Ruiz entronca con fuentes de la cultura oriental que desafían la arrogancia de las ideas de Yo (Sujeto) o de Realidad (Objeto) establecidas por la arrogancia de la civilización occidental. Escribía ya Bai Juyi: «No hace falta que yo toque las cuerdas. El viento las alcanza y suenan solas». Y mucho más tarde Natsume Soseki: «Deja el yo, busca el cielo». Lo que interviene aquí es precisamente un hacer sitio, un espaciamiento o espacio libre de los condicionamientos de una subjetividad sobre la que ha recaído el excesivo y prepotente protagonismo de ser nada menos que el núcleo expresivo de lo poético. Es como ocurre en la pintura de paisaje en la tradición china antigua, o en la manera desconcertantemente pausada de sonar que tienen las cuerdas del gu qin. Es así como estos poemas abren el aire de un modo indefinible. Entre los textos que perviven como referencia para el taoísmo primitivo, sin ir más lejos, destaca el anónimo titulado El libro de la perfecta vacuidad. En uno de sus pasajes se lee: «Al actuar la forma, no surge una forma, sino una sombra; al actuar el sonido, no surge otro sonido, sino un eco; al actuar el vacío, no surge vacío, sino el ser». Y aquí es donde, de nuevo, se hace necesario comprender que este ser no es lo que pensamos (o esperamos o entendemos) desde una concepción inercial o conformista del mundo real.
De entrada, y al llegar a este punto, lo real únicamente deja huella como si fuera espectral, es decir, un «tacto transparente», un lugar donde «todo es viento». Así, cielo, nubes, viento, niebla, estrellas… remueven el texto no como un escenario más o menos identificable sino, antes bien, como un puente hacia la alteridad, hacia la irrupción tan improbable como irresistible de lo(s) otro(s). «Otro» es precisamente la última palabra del último poema de los que componen La rama vacía… Cualquier voz entonces es más bien «aliento de otra boca», y se puede por fin «sentir el aire entre las nubes: / olvidar que la carne es nuestra». Lo real es traspasado, nos traspasa, como si las cosas se ofrecieran en un sitio en donde «se deshacen como sombras / en el agua». Estas dos líneas proceden del poema que abría el libro de Misael Ruiz Todo es real (2017), donde lo real se confunde con una ensoñación que implica «la confluencia / irrepetible del vacío / en el ojo de la lengua. / Allí están las estrellas / y su ausencia…». En Una idea de mundo (2022), en fin, se lee: «todo es huella / de algo que no es». ¿Qué más decir? «El ojo de la lengua» ¿no remite a preguntarnos si el tema es la mirada? Solamente subrayar que versos así no se entienden sin la decisión previa, voluntaria o no, de cuestionar lo que entendemos por entender.
No en vano, la poética de Misael Ruiz ha sido abordada por J. L. Gómez Toré en clave de «voluntad antimetafísica». Es crucial insistir en que esta percepción de lo real como huella, como espectro, hace del emplazamiento del poema un desplazamiento apenas perceptible, apenas seguro: un movimiento espontáneo hacia la otredad, hacia el encuentro con una alteridad, o una extrañeza, que sin embargo participa de la experiencia poética a modo de «prueba común de aliento». En Los sueños y el tiempo, María Zambrano se planteaba si la realidad del Yo no estaba trabajada inevitablemente por el deseo, y, por tanto, hasta qué punto se podría afirmar «que el Yo tenga un lugar que le sea propio, un lugar adecuado». La manera literal que encontró Zambrano de resumirlo fue: «el vacío es el lugar del Yo». En clave de razón poética, ninguna imagen se mantiene fija en un «espejo de aire». Ninguna palabra ni ningún mensaje siguen intactos, igual a como eran, una vez que entran en el pasadizo fantasmal que supone un poema de Misael Ruiz. Cualquier signo, en tanto indicador de certezas, se torna fugaz, «espuma en la corriente». Y la energía de la poesía, como muy pocas veces sucede, se aventura nada menos que a «comprender el vacío, ser vacío, amar ese vacío».
Gracias a los versos de Misael Ruiz se podría decir, como una vez hiciera J. Cage, que «nuestra poesía ahora es la comprensión de que no poseemos nada». Este regalo de impro-piedad, de desposesión, no tiene ni puede tener ningún precio. No tiene tampoco vuelta atrás. No tiene más remedio que estar disponible, aquí y ahora, como fruto en la rama, como rama en el aire.
Antonio Méndez Rubio
***
ESGRIME palabras
–tierra, árbol, ácido, óxido–
construye en su cabeza
una casa y la deshace.
Es el topo de la imaginación.
Veo el milagro en sus ojos,
en sus manos, la savia
corriendo por debajo de la piel.
Extrae la piedra del poema,
cristaliza en el aire.
HA MUERTO una minúscula
mota de vida. Todos sus sentidos
se han disipado, quedan sus
esporas enquistadas en la mente.
Fue sólo un pliegue
fugaz del mundo, el eco
de su cóncava esfera.
No hay modo de salir de ella,
sólo hurgar
en sus fisuras, ser
su humilde embrión.
SE SIENTA, sonríe, mira con ojos
de cazador de sombras. Veo
los calcetines amarillos, el
jersey rojo, estandarte
de confidencias. Le doy la palabra,
dejo que aceche el desliz de la lengua
por el simple placer
del avistamiento. No dice
nada, es el espejo de lo que pienso.
A veces me compadezco de él,
tantas medias verdades, tantos
miedos sin fundamento,
escuchar el desorden de otras vidas
desde el silencio, su discreto púlpito
de luz, de mano que acompaña
y se disipa luego
en su propia tormenta.
VIVO en los parques
como otros en sus sueños.
A la falsa intemperie de los tilos
se oculta el tiempo, rápido
como las alas de una mosca.
Fuera,
lo informe va hacia la forma,
después vuelve a lo informe.
Por eso busco el mirto,
el durillo, el eleagno
con la tenacidad del tábano.
IGUAL que el campo a mitad de febrero
pierde súbitamente
su piel de escarcha
y lo envuelve
un aire cálido que no esperaba,
del mismo modo,
en mitad de su invierno,
la mente.
LA TARABILLA
sobre la rama de un almendro.
El movimiento y el reposo
de sus alas es el movimiento
y el reposo de la materia.
Se dirige
hacia una nueva forma: será huesos
y mantillo para las jaras.
El ojo de la estrella verá apenas
una onda que avanza entre las zarzas.
LA CARPA nada en la pileta
redonda de la fuente.
Recorre el círculo de piedra y musgo
con la certeza de que nunca acaba;
por encima, la bóveda de aire
puro y mortal.
La observo con nostalgia de sus branquias.
Mi círculo es de cielo y de estrellas.
ENERO. El cielo blanco.
Las hojas de los plátanos
resisten frente a la ventana.
El río se detiene,
no vamos a engañarnos.
Sólo una cosa es necesaria,
las formas del que ama y es amado.





