La espera
Los gatos están como yo
siempre asomando las narices por la ventana
parece que no hicieran nada
pero solo ellos y yo sabemos
lo agotadora que es la espera
a que algo pase.
Cuerpos de agua
La tarde explota en tu puerto
no sé bien desde que península te habitan
amotinados mares.
Somos barcas paralelas que se saben cerca
que se intuyen en la noche sin orilla
con la orfandad no querida que nos habita y que todo lo moja.
Somos,
tal vez
irremediablemente
sólo el mar
sólo un bote
o tal vez,
la brisa corpórea de mi sal desierta
aceptada como tal.
O solo el beso que se sabe beso
y que no se quiso dar al marchar.
Haywarikuy
(La ofrenda)
Para Tito La Rosa
Un sonido emerge como una flor
desde la oscuridad del silencio
desde el cenit del vacío,
abre el poncho y levanta vuelo el sikuri
iniciando el éxodo por los ceques del corazón:
acupuntura holística sin más métrica ni escala
que el purito sonqo
al ritmo de quien cultiva sus raíces
al son de quien remueve sus terrenos más profundos.
Emerge el filamento fibroso de una voz que lo abraza
de una nodriza andina que lo mece en su seno hasta hacerlo canto
hasta hacerlo quena y charango
grito y zampoña
para así ofrecerlo en el altar de la vida
donde sus huesos de chaman adulto van a romperse otra vez
para volver a ser vacío
para volver a ser silencio
para empezar
a ser sonido de nuevo.
*Sikuri: nombre de origen aymara que se les da desde épocas antiguas a los músicos que tocan instrumentos de aire.
*Ceques: líneas imaginarias que partían de la ciudad del Cuzco para organizar y delimitar los santuarios o wakas del Tawantinsuyo, constituyendo un complejo sistema espacial religioso que otorgaba a la capital del Tawantinsuyo un carácter eminentemente sagrado.
*Sonqo: corazón.
Punchay*
Un trepidante azul le sube por las venas y asoma naranja e insomne el calor de la vida, ahí donde creíamos que se había gangrenado casi la noche anterior.
El día gime.
Latido y pulso compiten por ser la banda sonora de un vacío bio-film.
El día avanza y se agita.
Le agotan las pisadas rutinarias y le aplastan los grises de sus horas.
El día nada.
Avanza aleteando
su cuerpo ceñido en un mar de porqués de averiguaciones absurdas.
El día crece.
Arremolina sus horas, sus tiempos, sus despertares
y se encoge dentro de si
como una oruga que sabe que alguna vez va a ser algo más que sólo eso.
El día espera.
* Punchay: el día.



