Un viaje de invierno
V
Densa, y en todo su dolor tan pura,
y tan leve en la pálida materia de su cuerpo,
esta luz,
la tenaz presencia de su curso,
penetra las oscuras honduras del infierno.
Desciende las escaleras, las profundas,
las que imitan las aguas
las que caen hacia abajo.
Y en el descenso,
los choques se espesan y las sombras
toman cuerpo en el vacío rebosante del espanto.
Se aleja el resplandor de las estrellas, se ensombrece
el cielo. Son cristal oscuro los bosques,
y un erial de piedra el mar.
La luz ligera como el céfiro
se deshace a contraluz
se pierde en la bocanada negra de la noche.
Nada hay de perceptible; sólo
un sonido muy tenue, una cadencia leve,
como el sonido oscuro de la oliva nocturna
que se extiende en las paredes macizas del barranco.
¿Quién, si no hay ni luz ni astro que sostenga,
me guiará por este intrincado laberinto de oscuridad?
¿Quién me mostrará mi rostro,
si ninguna voz puede ya decir mi nombre?
Sólo la oscuridad, secreta y enemiga,
y ese sol que, al rojo vivo, desciende ante mí,
pueden saber el pesar de mi cuerpo y conocer
aquella oscurísima memoria
que, como la luz, se desvanece en la oscuridad.
Recuerdo de mí como llevado por la ola,
como olvidado en un sueño de remoto trayecto,
como caído en un agujero sin fondo ni confín,
y suspendido entre el mar y el aire y la materia.
Sin ninguna concordancia con el orden de las estrellas
que otro tiempo templaron el ritmo de mi corazón,
la sucesión de los días, la lucha de los amantes,
el flujo de las mareas y los cambios de la luz.
¿Quién soy aquí? ¿Soy sólo sombra espesa?
¿Cristal arborescente?
¿Sombra silente dentro de la noche sin término?
¿Sombra que en el recuerdo mismo de mí se reconstruye?
¿Sombra soy? ¿Sólo sombras puedo ver?
¿No puedo, como antes, ver el corazón
de las cosas? ¿Ver el cuerpo danzante
de la forma dormida? ¿El persistir callado
del tiempo y de las rocas?
Sombra soy y sólo sombras puedo ver. Sólo
la humedad del corazón de estas sombras,
la niebla de sus ojos, el desgano
tan lento de sus gestos. Y éste
desvanecerse oscuro que ensombrece la mirada.
Sombras vanas pobladas de añoranza
que van cayendo por el precipicio mudo.
Negros pájaros torpes y tuertos,
cubiertos de luto, de soledad y olvido,
que me aprietan con las alas el espíritu
y huye todo pensamiento, como huye la vida.
X
Y aquella muerte que me prometiste, ¿dónde está?
¿Dónde, el abrazo furtivo? ¿La áspera
cosecha de tus sueños? ¿Y la imagen
que prodigaste, aferra, a mis sentidos?
La grieta fraudulenta en mi frente,
holgura en las estrellas, festín de atardeceres;
que deshago en los barcos si se acercan al bordo
de los delfines para que les guien a buen puerto
y no se pierdan.
Sólo fue apariencia, deleite, tu designio.
Confusión, el cencerro que me mostraste.
Y el eco de tu nombre, engaño,
por la sombra estrecha de mis ojos. Ancla,
por el expectante y extendido mar.
Y ahora, ¿qué son la muerte y el sueño? ¿El trazo
del viajero por encima del agua? ¿El azul mar
que, lentamente, se desliza allá,
hacia un destino de silencio?
Esta voz que derriba la construcción
de las palabras, la razón del saber,
el secreto de la humana sabiduría,
¿es la voz de la muerte, el rumor del olvido?,
¿el recuerdo que el deceso, alcanzado,
ha dejado en la mente del que está muerto?
***
SERIE GRANDES POETAS DEL MUNDO
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