La ventana
La mañana inmóvil crece en la ventana. Fija,
en su mirada, la cadencia absoluta del tiempo.
En su reflejo, en la memoria, resplandecen, uno mismo,
los amigos, las peleas, los platos rotos. La luz
se condensa en armonía con esta
enorme ventana que abraza al día y la noche.
El tiempo crece, se aproxima, me contempla.
Yo lo espero y lo observo
como un niño asombrado, que escucha
la música silenciosa de las cosas.
Limones
La luz ácida del limón ilumina
el verano con su voz de fuego.
Brilla su lumbre de agua
sobre las frutas nobles: la sandía,
el mango y el pepino, por ejemplo,
y les devuelve el sabor, el destello
a ciertos hombres antes del día fatal de su muerte:
Salve, poderoso limón, yo te celebro.
Luego, sobre la mesa, una abeja
no encuentra en julio, el dulzor hexagonal
del panal de la primavera de mayo.
El mango
La piel del mango, su fuego interno
y despeinado, capaz de arder
con los últimos días verdes del verano.
Su cuerpo hecho del musgo del calor,
con los dedos más tiernos de mayo
para saciar la dulce sed
del hambre de tu lengua, y dejar
una huella en tus mejillas, besadas
tiernamente por esta esponja,
la fruta más alegre del reino tropical.
La miel
El cristal líquido
de la luz de la infancia
recorre, sabio y alegre,
los sentidos de la tierra.
En su dorado absoluto reblandece
el rostro agrio de los hombres
que no han dormido largas noches,
que sólo beben breves sorbos
de escorbuto en la memoria,
que sólo saben del sabor
acerbo de la mentira y el llanto,
que en su dureza viven
mutilados en silencio.
También la piedra sonríe si la nombra
con su cuerpo espeso, destila una música
que recuerda el zumbido
elegante de la abeja,
vencedora real de los aires
de la primavera, el cristal líquido
con que mira la alegría el calendario.
Papaya
Un día logramos
de la palabra trópico
tomar un fruto.
Tocamos la carne del verano,
el olor de humedad distante,
de tormentas dormidas en el cielo,
sobre el mar.
Tocamos también el color
crepuscular del sol frente a la playa.
Tocamos la imagen de un día cálido
en la garganta del papagayo.
Un aguacero anaranjado,
la memoria en el ojo
como lágrima perdida.
Eso fue para nosotros
la papaya, así su rebanada.
Tocamos con ella el hambre
de un pedazo del trópico, latiendo.
La sal
Desde el fondo mineral,
en el principio del hombre,
en el principio del hambre,
la sal.
El plátano
Para la felicidad del abuelo
el plátano fue una siesta,
una sonrisa como un pedazo
de primavera en la mesa.
Lento y pasmoso fue su cuerpo
para alargar su sabor,
para ofrecer una segunda alegría
al padre de tu padre.
Ahora vive añorando
una tercera felicidad,
el momento de abrir otra vez,
el placer contenido
en un plátano de miel
sobre el frutero.
Lluvia nocturna
Plena, como se dice
la tierra en el verano,
constante de sí
en su caer profundo, la lluvia
llega a ti esta noche,
arrulla el principio del sueño
con su tam tam victorioso.
También la casa celebra su llegada
y te ofrece una lección del aposento.
El hogar es más intenso
cuando la tormenta
se asoma sobre el cielo.




