Nueva poesía cubana: Ana Margarita Arada Clavería

Leemos, en el marco del dossier de nueva poesía cubana preparado por Giselle Lucía Navarro, algunos textos de Ana Margarita Arada Clavería (Las Tunas, 1992). Es Licenciada en Historia del Arte. Tiene publicado el libro de poesía Pasillo de manicomio (editorial Sed de Belleza).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dudo si es verso o luz…

 

Toda mujer teme ante el vuelo,​​ 

la posibilidad real de su despegue.

Lo saben Nora Ibsen y Simone de Beauvoir,

Sor Juana, Carlota y María Antonieta.

Juana de Arco que ardió viva.

Lo sé yo, que escribo y tiemblo.​​ 

 

Mi despegue se acerca.​​ 

Ya no sé caminar desde que me nacieron alas.​​ 

Siento los cantos de quienes me esperan:​​ 

las brujas y herejes,

las sádicas y locas,

las que escriben y sueñan.

 

Estoy en la punta lista para despegar.

Me empujan todas las mujeres​​ 

a las que no le han salido las alas.

Dudo

(toda mujer teme ante el vuelo)

Pero debe volar.

 

Mi madre supura mar​​ 

por la herida​​ 

que dejaron los recuerdos

la moja con alcohol,​​ 

arde,​​ 

pero perpetúa al hombre​​ 

que la sumergió en sus vicios​​ 

y la alimentó con sal.

 

Sube una montaña a gatas,​​ 

postrando su pena en el asfalto

jadea,​​ 

siente muros,​​ 

detrás el azul.

 

Se deja caer un instante sobre el gris recio​​ 

ahora dice que es gitana y su barco zarpa a la​​ luna​​ 

cantan los collares,​​ 

escupe caracoles y sonríe

sueña en el agua el futuro

bañado con la espuma de los ojos.

 

Un náufrago suspendido la espera en otra orilla​​ 

sabe que para llegar a él debe hundirse​​ 

y mi madre es la herrumbre que sostiene el muelle.

No la vence el oleaje,​​ 

regurgita el salitre errante mientras

espera que la marea ceda.​​ 

 

Asesina a la medusa.​​ 

 

Sube el ancla y otra vez a sus aguas me arrastra.

A mí​​ 

que, como ella,

nunca aprendí a nadar.

 

 

 

 

 

 

 

Levitas en mi memoria con recurrencia abusiva.

Juego a olvidarte

en la sal de otra piel menos amarga​​ 

y el arrullo de brazos enfermizos. ​​ 

 

A veces​​ 

el foco de la esquina incrustado en la cama​​ 

me recuerda a ti

y el trapecio agrietado vuelve a ser un cuarto.

Entonces

siento el impulso ingenuo de regresar al vino

(nuestro lugar común),

saber a dónde fueron los libros que firmabas

con la gota de cordura salvada del pasado,

de la pantalla que confundíamos con sueños

o la grasa empotrada en el hígado,​​ 

alimentada con ausencias.​​ 

 

Las noches que no se enciende el foco soy feliz.

Endulzo el té de jengibre con palabras,

hago acrobacias sobre el librero

y gano el juego del olvido.

 

Escribo mensajes

perdonándome por haber insistido.

 

Perdonándote el ciclo que no rompiste,​​ 

la herencia de herejías que dejaste atrás,

pero no logran salir:​​ 

el trapecio agrietado es una​​ caja sin puertas

aunque no se encienda el foco.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre todo, ya no me engañe.

Camile Claudel

 

Cuídate del hombre genio.

No oses perturbarlo​​ 

o contrariarlo.

Olvida tus razones y conceptos.

No necesitas más que escuchar,

dedicarle tiempo a las costuras,

la cocina y la cama.

(Nunca descuides la cama).

 

Solo existe el hombre genio.​​ 

Vives para sonreírle,​​ 

cargarlo en la espalda​​ 

y amamantar al niño que promete.

Espera tú tiempo​​ 

(que no llegará).

Acaso permítete una sugerencia​​ 

que pueda ser usada en tu contra.

 

Cuídate del hombre genio.

Suya son las buenas ideas​​ 

​​ y las buenas manos.​​ 

La gloria y la gracia.

Porque el talento le fue dado​​ 

(como a ti).​​ 

Pero tú

mujer, ​​ 

naciste loca.

 

 

 

 

 

 

 

 

Inocencia:​​ 

he llegado a odiar esa palabra.

 

Recuerda mi osteoporosis natural,​​ 

la niña verde que soñó margaritas y despertó espino.​​ 

 

El camino mira y ríe,​​ 

no le creo y ríe.

Sabe que faltan bosques grises por invocar,

que la niña creció​​ 

pero igual la mujer confía.

 

Lloro​​ 

maldigo el soto​​ 

el camino​​ 

la tierra infértil.

 

El caballero rojo se fingió siervo

para imbuirme en su bosque,​​ 

y penetró la cueva

y domó la bestia con su propia bestia

(criatura mítica).

 

Inocencia:​​ 

odio esa palabra.

 

No hay cueva púdica​​ 

ni bosque virgen,​​ 

ni caballero, si no es leal.

 

Soy la niña verde​​ 

trago el silogismo absurdo​​ 

para disipar la maleza.

 

Soy una hembra amarilla​​ 

enroscada en el árbol​​ 

indultando el camino​​ 

(mira y ríe).

 

Me descuelgo y sigo,​​ 

soy una mujer naranja​​ 

(espina y flor)

Avanzo​​ 

devuelvo la armadura​​ 

alimento esta esperanza

la duda es mi certeza.​​ 

 

Inocencia: he llegado a amar esa palabra.

 

 

 

 

 

 

 

Hay una soledad verdugo

(como castigo por ser feliz).

Una soledad profeta

Tritura la esperanza con la verdad ​​ del destino.​​ 

La soledad espejo,

calcada sobre sonrisas falsas.

Una soledad loca​​ 

que ​​ nutre el delirio y exorciza el ánima.

La soledad puta

que ahoga el desierto

masturbándose con deseos intrusos.

 

Soledad silencio

parquedad

alianza.​​ 

 

Mi Soledad está hecha de soledades.

 

Es una dama​​ 

recluida en la mitad de un segundo.

En una mano sostiene la copa roja

y en la otra un péndulo.

Percibe la viudez que entraña.

Sonríe patética​​ 

mientras espera compañía.

 

 

 

 

 

 

 

Renuncio a esta casa vesánica.

Pasillo gris con vanos barrocos.

Eterno.​​ 

Fúnebre.

Atrás quedarán las vasijas con lunares

que aliñaron el germen de mi templanza.

 

En el baño dejo la fe,

colgada a la ducha,​​ 

justo en el puesto donde capituló el padre.


En el cuarto​​ 

(rasgando las paredes)

permanece el librero​​ 

(cómplice de rebeldías)​​ 

el colchón bañado en alcohol

aderezado con fluidos y promesas.

 

Los lirios chillan en el portal,

advierten la sed de la renuncia.

En la sala​​ 

un vidrio habla de esperanzas.

 

Dudo ante la puerta final.

Es mi casa disfrazada de hogar la que me aclama.

 

Guardo una mota de polvo​​ 

por si en el nuevo refugio sobra la cordura.

Empujo la madera con el temblor del futuro entre las manos

y el miedo invariable de entrar a otro pasillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

Poetas cubanos del dossier 

 

Taimi Dieguez Mallo / Luis Enrique Mirambert del Valle

 

 

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