Samy Manga nació en Camerún y, tras ser iniciado tempranamente como «Niño corteza», manifestó su pasión por los árboles y la creación literaria, escribiendo su primer poemario a los 14 años. Actualmente reside en Lausana, donde se desempeña como escritor activista decolonial, militante ecopoeta y etnomúsico, además de ser promotor de la ecopoesía en defensa de la ecología y la biodiversidad. Es fundador de la «Association Écopoètes International» y director artístico del espacio cultural «ArtViv Projet»; su destacada trayectoria incluye ser laureado con el Premio MILA del libro francófono 2025 y el Gran Premio de Poesía Africana de expresión francesa del FIPA 2021, además de ser finalista de los premios Amadou Kourouma y de los Cinco Continentes en 2023. Su bibliografía cuenta con obras como Choco Trauma (2023), La dent de Lumumba (2024) y la Anthologie Écopoésie - Afrique (2025).
Ya no se oye a los pájaros y los pájaros tampoco
Me llamo Tilabongo, aparte de eso, no sé nada más.
Ni edad, ni cuerpo, ni yo, no sé nada más.
No sucedía muy a menudo, pero recuerdo que cuando era una niña en mi país, cuando tenía gripe, fiebre o cualquier dolor físico, mi abuela se levantaba temprano y subía lentamente a la cima de la colina de los robles, muy cerca de su casa, muy cerca de su pueblo.
Se dirigía a la cima de la colina para recoger las hojas de una hierba que ella llamaba «agrimonia». De vuelta a casa, sumergía las hojas en un cubo de agua, las removía delicadamente una a una para descifrar entre los surcos los oráculos que yo no comprendía, y luego las lavaba con calma, con los ojos cerrados, un ritual que, según me había dicho, realizaba para implorar la bondad vegetal que debía curar mis males con el consentimiento de la Madre Tierra.
Recogía leña, encendía el fuego, agitaba su aliento y cocinaba las hojas con ternura. Una vez alcanzado el punto de ebullición deseado, posaba la vieja olla de barro, en el suelo, para permitir una mejor infusión entre las partículas y el enfriamiento de la poción. A continuación, tamizaba la mezcla para recoger solo el equivalente a una taza tibia, de donde emanaba un aroma mentolado que embalsamaba nuestra cocina. En este elixir dorado y burbujeante, añadía una cucharada de miel que las abejas de mi abuelo fabricaban religiosamente en la ladera de la montaña de los robles.
Casi por milagro, o por magia, mi buen humor resurgía, todos mis dolores se evaporaban hacia otros cuerpos frágiles después de haber ingerido este regalo del universo. La forma en que ella me cuidaba con la benevolencia de la naturaleza verde no me dejaba indiferente, no me había dejado indiferente, nunca más me había dejado indiferente.
Ahora que lo pienso, todo eso era tan hermoso, tan dulce, tan verdadero, tan humano, tan natural. Todavía me siento invadida por la bella atmósfera de los momentos de gloria de esos años de humildad en el país de mi abuela. Aún hoy me gustaría beber la sopa de hojas que ella me habría preparado para curar los tumores del Hombre, para curar mis propias debilidades en estos tiempos de brasas y de locas humanidades.
Me llamo Tilabongo, aparte de eso, no sé nada más.
Gritos de máscara
Carta a Mathilde d’Udekem d’Acoz
Aquí danzan laminados cuerpos esbeltos
que ya no saben qué hacer con vuestros males
ni con vuestros feroces sellos devoradores de almas devotas
aquí crecen espíritus triturados
que ya no saben qué hacer con el presente del tiempo que viene
qué hacer con los restos de nuestros ilustres esqueletos secuestrados
qué hacer con nuestros antepasados colgados en el páncreas embrujado de Leaken.
Encadenados desde el crematorio museo de Tervuren
a medida que África vomita neones de uranio
aquí crecen cementerios indecentes de sangre pisoteada hasta el olvido
aquí danzan apátridas marchitos, aspirados hasta la tiroides del grito
aquí danza el emblema inmolador de un occidentalismo bestial
aquí se escurren las lágrimas de las mujeres escudo
aquí decaen los que ustedes llaman extranjeros
apologías del vicio con excrementos reales
aquí florecen futuros con los tobillos magullados
aquí se incineran nuestras memorias originales del Congo.
Por todas partes la dead
la dead para nosotros, todo para vosotros
dead y sangrías crepusculares
la dead en las paredes de los “te amo” por traicionar
vieja dead cachonda con patas de cadáveres
la dead bruselense, dead de los bosques con plexos saqueados.
A pérdida de dientes
el titánico colono occidental se ancla siempre al Este del río
nación deshuesada desde el iris de un hostil halcón belga
aquí aúlla el desplegado gaznate, la exasperación subterránea
la patriota medida de los Niños solos del Kasai.
Allá, hacia vuestro glacial país del crimen erigido,
hacia el vergonzoso sollozo de vuestros ancestros asesinos,
yace la civilización de nuestras memorias de marfil robadas
Mathilde d'Udekem d'Àcoz
devolved las sepulturas
devolved las obras de arte
devolved a Lumumba
ahora.
´
En el fondo de mí
Siempre he querido estar a tus costados, roto,
para que el monstruo de mi existencia hiciera de mi
un kilo de oxígeno erguido.
Bajo cuerpos de arena amarillenta al resplandor de las islas, a menudo he dejado rastros de mi memoria como dones de albas a la posteridad, como vapores invernales sonados por el tañido fúnebre de los amores. El tañido fúnebre de los trucos de magia que se visten con pieles de soles tardíos.
Vencedores de las noches, danzas animales oscilando en el hueco de los alientos. Remadores de piedras templadas y almas falocráticas, la comadrona de la primera mañana esculpe trozos de hombres, esculpe cabezas de machos, muslos de cebras, esculpe torsos fantasmales a los pies de la Libertad.
Rosaleda de vino con rayos satélites, cual nómada salvador consagrado al gracioso mar hormonal. Quiero ser, contigo, con tu tú, con el trono de tu tú centelleante por el lustre de tu seda. Que la lengua forestal se desate por completo, desnuda de emoción.
Que el canto de tams tams se yerga en la vagina del sueño.
Que la sensualidad de las primeras auroras se despierte con un deseo tropical.
Porque es hora, hay que partir al llamado sincero de los sentidos.
De los sentidos de los defensores que dirán la última y precisa danza de los cuerpos.
Días felinos afilados en vestido de quintaesencia
me despojo por fin de la pequeñez humanoide
para abrazar la extravagante fiera de tu mirada
de tu pupila que tanto me revela
en edad
en fuego
y en beatitud eterna.
El baobab
Esta mañana,
me he levantado muy temprano para captar la belleza de tus palabras de silencios, rítmicas por ese viento salmodiante que proyecta tu aura. En toda tu perfecta suntuosidad, te miré directamente a los ojos, como al final de mi infancia intrínseca.
Llegada la tarde, me he tendido sobre tu base sombreada por tus dibujos solares, he besado tu tierra matriz y me he quedado dormido hasta el fondo. El alma de mi cuerpo ha nacido tres veces y mi espíritu ha transcendido el conocimiento prohibido.
Las grandes longevidades te convierten en el más grande de los seres, el único que tutea
a la sombra de los ancestros, el apogeo de los cielos, en los viajes astrales. Al igual que
el elefante es el más grande de los animales terrestres, la ballena la reina de las aguas,
tú eres el rey de la especie vegetal.
El único conquistador asiduo de los soles cortantes.
El único conquistador asiduo de los soles cortantes.
El único conquistador asiduo de los soles cortantes.
El único conquistador asiduo de los soles cortantes.
Esta mañana, te oigo aún solfear cánticos de elevación orbital, abro mis ojos de par en par hacia tu morada de mil hojas armadas de sol concentrado. Bajo tus inmensas ramas tendidas a escala universal, la imagen de los grandes puentes se lanza hacia cada uno de nosotros. Pero a menudo, cuando te miro con fervor, corazón contra corazón, todavía me ocurre que percibo tus tres mil rostros de serenidad.
¡Oh, Baobab Yémbouni!
Detentador de sílabas secretas, hemos bebido tus sopas de corteza y hemos rejuvenecido, con costumbres inmunizadas. Tu fuente vital es tan mía como tuya, tan mía como la mía que se ama, siendo la misma del hombre pequeño, debes saber más, sobre nuestros orígenes subterráneos.
Y te conviertes en el pulmón del planeta.
el aliento de la palabra
la lengua del oxígeno
entrañas ágiles.
Naturaleza vertebral y Divina Poesía.
Baobab de los primeros firmamentos.
Nuestras cenizas disidentes permanecerán contigo para siempre, consagradas.
***
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