Poesía africana: Samy Manga

Leemos, en el dossier de poesía africana de expresión francesa preparado por Mariela Cordero, algunos textos de Samy Manga (Camerún, 1980). Ha merecido distinciones como el Premio MILA del libro francófono 2025 y el Gran Premio de Poesía Africana de expresión francesa del FIPA 2021.

 

 

 

 

 

Samy Manga nació en Camerún y, tras ser iniciado tempranamente como «Niño corteza», manifestó su pasión por los árboles y la creación literaria, escribiendo su primer poemario a los 14 años. Actualmente reside en Lausana, donde se desempeña como escritor activista decolonial, militante ecopoeta y etnomúsico, además de ser promotor de la ecopoesía en defensa de la ecología y la biodiversidad. Es fundador de la «Association Écopoètes International» y director artístico del espacio cultural «ArtViv Projet»; su destacada trayectoria incluye ser laureado con el Premio MILA del libro francófono 2025 y el Gran Premio de Poesía Africana de expresión francesa del FIPA 2021, además de ser finalista de los premios Amadou Kourouma y de los Cinco Continentes en 2023. Su bibliografía cuenta con obras como​​ Choco Trauma​​ (2023),​​ La dent de Lumumba​​ (2024) y la​​ Anthologie Écopoésie - Afrique​​ (2025).

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya no se oye a los pájaros​​ y los pájaros tampoco

 

Me llamo Tilabongo, aparte de eso, no sé nada más.

Ni edad, ni cuerpo, ni yo, no sé nada más.

 

No sucedía muy a menudo, pero recuerdo que cuando era​​ una​​ niña​​ en mi país, cuando tenía gripe, fiebre o cualquier​​ dolor físico, mi abuela se​​ levantaba temprano y subía​​ lentamente a la cima de la colina de los robles, muy cerca de su casa,​​ muy cerca de su pueblo.

 

Se dirigía​​ a la cima de la colina para recoger las hojas de una​​ hierba que ella llamaba «agrimonia». De vuelta a casa, sumergía las​​ hojas en un cubo de agua, las removía delicadamente una a una para​​ descifrar entre los surcos los oráculos que yo no​​ comprendía, y luego las lavaba con calma, con los ojos cerrados, un ritual que, según me había dicho,​​ realizaba para implorar la bondad vegetal que debía curar mis males con​​ el consentimiento de la Madre Tierra.

 

Recogía leña, encendía el fuego, agitaba su aliento y cocinaba las hojas​​ con ternura. Una vez alcanzado el punto de ebullición deseado,​​ posaba​​ la​​ vieja olla de barro, en el suelo, para permitir una mejor​​ infusión entre las partículas y el enfriamiento de la poción. A continuación, tamizaba​​ la mezcla para recoger solo el equivalente a una taza​​ tibia, de donde​​ emanaba un aroma mentolado que​​ embalsamaba​​ nuestra cocina.​​ En este elixir​​ dorado y burbujeante, añadía una cucharada de miel que las abejas de mi​​ abuelo fabricaban religiosamente en la ladera de la montaña de los robles.

 

Casi por milagro, o por magia, mi buen humor resurgía, todos​​ mis dolores se evaporaban hacia otros cuerpos frágiles después de haber ingerido​​ este regalo del universo. La forma en que​​ ella​​ me cuidaba con la​​ benevolencia de la naturaleza verde no me dejaba indiferente, no me había​​ dejado indiferente, nunca más me había dejado indiferente.

 

Ahora que lo pienso, todo eso era tan hermoso, tan dulce,​​ tan verdadero, tan humano, tan natural. Todavía me siento​​ invadida por la​​ bella​​ atmósfera de los momentos de gloria de esos años​​ de humildad en​​ el país​​ de mi abuela. Aún hoy me gustaría beber la​​ sopa de hojas que ella me habría preparado para curar los tumores del​​ Hombre, para curar mis propias​​ debilidades​​ en estos tiempos de brasas y​​ de​​ locas humanidades.

 

Me llamo Tilabongo, aparte de eso, no sé nada más.

 

 

 

 

 

 

 

Gritos de máscara

Carta a Mathilde d’Udekem d’Acoz

 

Aquí​​ danzan​​ laminados​​ cuerpos esbeltos

que ya no saben qué hacer con vuestros males

ni con vuestros feroces sellos devoradores de almas​​ devotas

aquí crecen espíritus​​ triturados

que ya no saben qué hacer con el presente del tiempo que viene

qué hacer con los restos de nuestros ilustres esqueletos​​ secuestrados

qué hacer con nuestros antepasados colgados en el páncreas embrujado​​ de Leaken.

 

Encadenados desde el crematorio museo de Tervuren

a​​ medida que África vomita​​ neones​​ de uranio

aquí crecen cementerios indecentes de sangre pisoteada hasta el olvido

aquí​​ danzan​​ apátridas marchitos, aspirados hasta la tiroides del grito

aquí​​ danza​​ el emblema inmolador de un occidentalismo bestial

aquí se​​ escurren​​ las​​ lágrimas de las mujeres escudo

aquí​​ decaen​​ los que ustedes llaman extranjeros

apologías del vicio​​ con​​ excrementos reales

aquí florecen futuros con los tobillos magullados

aquí se incineran nuestras memorias originales del Congo.

 

Por todas partes la​​ dead

la​​ dead​​ para nosotros, todo para vosotros

dead​​ y sangrías crepusculares

la​​ dead​​ en las paredes de los​​ “te amo” por traicionar

vieja​​ dead​​ cachonda con patas de cadáveres

la​​ dead​​ bruselense,​​ dead​​ de los bosques con plexos saqueados.

 

A pérdida de dientes

el titánico colono occidental se ancla siempre al Este​​ del río

nación deshuesada​​ desde el iris de un hostil halcón belga

aquí​​ aúlla​​ el​​ desplegado​​ gaznate, la exasperación subterránea

la​​ patriota medida​​ de los Niños solos del Kasai.

 

Allá, hacia vuestro glacial​​ país del crimen​​ erigido,

hacia el vergonzoso sollozo de vuestros ancestros asesinos,

yace la civilización de nuestras memorias de marfil robadas

Mathilde d'Udekem d'Àcoz

devolved las sepulturas

devolved las obras de arte

devolved a Lumumba

ahora.

 

 

 

´

 

 

 

 

En​​ el fondo​​ de mí

 

Siempre he querido estar a tus costados, roto,

para que el monstruo de mi existencia​​ hiciera de mi

un kilo de oxígeno erguido.

 

Bajo cuerpos de arena amarillenta al resplandor​​ de las islas, a menudo he dejado​​ rastros​​ de mi memoria como​​ dones de albas a la posteridad, como vapores​​ invernales sonados por el​​ tañido fúnebre​​ de los amores. El tañido​​ fúnebre​​ de los trucos de magia​​ que se​​ visten con pieles de soles tardíos.

 

Vencedores de las noches, danzas animales​​ oscilando​​ en el hueco de los​​ alientos.​​ Remadores​​ de piedras templadas y​​ almas​​ falocráticas, la comadrona de la​​ primera mañana esculpe trozos de hombres, esculpe cabezas de​​ machos, muslos​​ de​​ cebras, esculpe torsos fantasmales a los pies de la Libertad.

 

Rosaleda de vino con​​ rayos​​ satélites,​​ cual nómada​​ salvador​​ consagrado​​ al​​ gracioso mar hormonal. Quiero ser, contigo, con​​ tu tú, con el trono de​​ tu​​ tú centelleante​​ por el​​ lustre​​ de tu seda. Que la lengua forestal se desate​​ por completo, desnuda de​​ emoción.

 

Que el canto​​ de tams tams​​ se​​ yerga​​ en la vagina del sueño.

Que la sensualidad de las primeras auroras se despierte con un​​ deseo​​ tropical.

Porque es hora, hay que partir al llamado sincero de los sentidos.

De los​​ sentidos de los defensores que dirán la última y precisa danza de los cuerpos.​​ 

 

Días felinos afilados en vestido de quintaesencia

me despojo por fin de la pequeñez humanoide

para abrazar la extravagante fiera de tu mirada

de tu pupila que tanto me revela

en edad

en fuego

y en beatitud eterna.

 

 

 

 

 

 

 

El baobab

 

Esta mañana,

me​​ he levantado​​ muy temprano para captar la belleza de tus palabras​​ de silencios,​​ rítmicas por ese viento salmodiante que proyecta tu aura.​​ En toda tu perfecta​​ suntuosidad,​​ te miré directamente a los ojos, como al final de mi infancia​​ intrínseca.

 

Llegada​​ la tarde, me​​ he tendido​​ sobre tu base sombreada por tus dibujos​​ solares,​​ he besado​​ tu tierra matriz y me​​ he quedado​​ dormido hasta el​​ fondo.​​ El alma​​ de mi cuerpo​​ ha nacido​​ tres veces y mi espíritu​​ ha transcendido​​ el​​ conocimiento prohibido.

 

Las grandes longevidades te convierten en el más grande de los seres, el único que tutea

a la sombra de los ancestros, el apogeo de los cielos, en los viajes astrales.​​ Al igual​​ que

el elefante es el más grande de los animales terrestres, la ballena la reina de las aguas,

tú eres el rey de la especie vegetal.

 

El único conquistador​​ asiduo de​​ los soles cortantes.

El único conquistador​​ asiduo de​​ los soles cortantes.

El único conquistador​​ asiduo de​​ los soles cortantes.

El único conquistador​​ asiduo de​​ los soles cortantes.

 

Esta mañana, te oigo aún​​ solfear cánticos​​ de elevación orbital,​​ abro mis ojos​​ de par en par​​ hacia tu morada de mil hojas armadas de sol​​ concentrado.​​ Bajo tus inmensas ramas​​ tendidas a escala universal,​​ la imagen de los grandes puentes se lanza hacia cada uno de nosotros. Pero a menudo, cuando​​ te miro​​ con fervor, corazón contra corazón, todavía me ocurre​​ que percibo​​ tus​​ tres mil rostros de serenidad.

 

¡Oh, Baobab​​ Yémbouni!

Detentador de sílabas secretas, hemos bebido tus sopas de corteza y​​ hemos rejuvenecido, con costumbres inmunizadas. Tu fuente vital es tan​​ mía como tuya, tan mía como la mía que se ama,​​ siendo la misma del​​ hombre​​ pequeño, debes saber más,​​ sobre nuestros orígenes subterráneos.

 

Y te conviertes en el pulmón del planeta.

el aliento de la palabra

la lengua del oxígeno

entrañas ágiles.

Naturaleza vertebral y Divina Poesía.

Baobab de los primeros firmamentos.

Nuestras cenizas disidentes permanecerán contigo para siempre, consagradas.

 

 

 

 

 

 

***

 

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