La caída natural presenta la cartografía de un conflicto, una herida, una ausencia, pero también la irrupción de una comunión inesperada. Fecundo en imágenes, el poemario crece en torno a una figura, a la que Graciela Yáñez Vicentini dirige una afilada (auto)ironía: la fruta, que es cuerpo, corazón; fruta (¿prohibida?) destinada a una «caída natural», portadora de veneno (¿que ha de morder Blanca Nieves?), de discordia (¿Paris?); manzana, principalmente, pero a la vez arándano, y esa dialéctica desplegada (en sugerente diálogo con la película de Wong Kar-wai) invita a nuevas perplejidades.
Obra de indagación, La caída natural acierta con sus incertidumbres y su franqueza: titubeo, imposibilidad, tedio; belleza e infierno, proximidad y lejanía; fugacidad, también esperanza: «este cielo abierto/entre/mis dedos».
Roberto A. Cabrera
LA CAÍDA NATURAL
El tumulto
en mi cabeza
un tumulto
de pájaros nocturnos
mirándose
en lo abierto
El rigor
Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón.
Antonio Gamoneda. Libro del frío
Siempre fui la de los dientes duros.
Podía tragarme cualquier cosa.
Adicta al hielo, siempre,
podía beberlo sin dolor.
Siempre fui la de la buena vista.
Para mí, era evidente siempre
lo que no veía nadie, nunca.
Encontraba errores por doquier.
Partía la fruta por el medio
de un solo tajo
y sacaba, con todo cuidado,
las imperfecciones que no quería comer.
Creía tanto en mi intuición de bruja
–de bruja santa–
y en mis procesos de disección,
que me tragaba la podredumbre
hasta el fondo
y no sentí el veneno de la fruta agria
hasta que me congeló –completo–
el corazón.
Confié en mis ojos hasta que dejé de ver.
La canasta
Es fácil detectar la fruta podrida.
Uno la ve irradiando podredumbre,
infectando a las demás.
Uno sabe.
Inútil el gesto de dar la voz de alarma.
Inútil querer apartarla, salvar al resto.
Velar por la canasta.
Uno trata.
Y, sin embargo, algo tiene la manzana enferma.
Algo irradia, algo irradia
que procura su permanencia,
y uno no entiende qué pasa.
La peste
se arraiga.
(Caracas, 2021)
El amuleto
Es que yo era tu amuleto
y tú no lo sabías
Clea Rojas. Pobremas de prostíbulo
He tenido tres manzanas de la discordia.
Dos pendían de mi cuello, y la tercera
prefiero no mostrarla a nadie.
Se fueron perdiendo, mis manzanas.
Esas cosas que crees que cuidas mucho
–como un secreto–
y un día descubres que ya no las tienes.
Al principio, duele.
Perder una manzana siempre duele.
Te preguntas a qué manos habrá ido a parar
aquello que signaba tu suerte.
(Seguramente no cayó
en los dedos de la más bella).
Con el tiempo, piensas en los beneficios.
Las muñecas de vudú que ya no te dedican.
Las zancadillas que ya no te tienden.
Las disputas que ya no protagonizas.
Con el tiempo, aunque aún duela,
entiendes.
Sin embargo,
siempre queda una bruja suelta,
ávida de conjuro.
Alguna diosa enferma
incapaz de aceptar el duelo.
Siempre alguna vieja eterna,
propensa a preguntar sandeces
al espejo.
Y, por eso, en mi gaveta más recóndita,
que conservo entre cerrada y abierta,
siempre queda la manzana que no muestro.
El poeta
Tú vives tu vida como la escribes –me dijo–
¿Y si tus poemas fueran más felices?
y me dejó pensando pensando
Y si no requiriésemos de teoría literaria
para explicar la candidez más simple
Y si la profundidad no provocase espanto
y se pudiera amar el mar sin sumergirse
Y si la belleza naciese menos trágica
y la fruta incapaz de corromperse
Y si la marea se meciese menos negra
y la miseria se aceptase miserable
Y si el desalojo no fuera recurrencia
y el todo menos que la resta de sus partes
Y nuestro único poeta feliz no fuese Whitman
y procurásemos un frío más amable
y me quedé temblando
Claro –acepté– el Poeta es un pequeño Dios
El jardín sólo hay que recrearlo
Y si todo fuera arándanos
(para Claudiana)
El jardín (i)
No hay país
No hay familia
No hay nada
sólo esta hierba
creciendo
este cielo abierto
entre
mis dedos
(Caracas, 2016)
El jardín (ii)
Sacudir el árbol
y que caigan manzanas y arándanos
manzanas que son naranjas
que son fresas que son arándanos
Y desde esta sequedad
la fruta prometiendo
Desde esta errancia
el árbol habitando
Y después de la discordia
devorar
la manzana del mundo
Mi manzana de nieve
se ha tragado ella sola
todo el color
que no es menos fruta la fruta por ser blanca
y yo quiero devorar con ella todo
quiero devorar con ella
el ardor
(Caracas, 2021)
La concordia
A veces sólo es preciso
llegar
al corazón de la fruta
Graciela Yáñez Vicentini (Caracas, 1981). Escritora, editora, promotora cultural, traductora. En poesía, firma La caída natural (Caracas-París: Dcir, 2023); su heterónimo Egarim Mirage firma Íntimo, el espejo (OT, 2015) y Espejeos al espejo (El Pez Soluble, 2006; 2007). Ganadora del Concurso Literario Cuentos por los Derechos Humanos Provea 2021 por Una vida incontaminada (Cali: El Taller Blanco, 2022); mención del Concurso Anual Transgenérico Fundación para la Cultura Urbana 2017 por Del último regreso (inédito); 2do lugar de poesía Ateneo de Caracas 1997; entre otros reconocimientos. Coeditora de la Obra completa de Eugenio Montejo (Valencia, España: Pre-Textos, 2021-23) y de Los rostros del futuro (Banesco/ArtesanoGroup). Forma parte del equipo editorial de Letra Muerta Inc. (Caracas-NYC). Ha sido incluida en diversas publicaciones de Venezuela, México, España, EE. UU., Argentina, Chile, Colombia, República Checa. Sus textos han sido traducidos al inglés y al checo.
Instagram @chelayv
Videopoema “La Caída” por el colectivo natural



