Poesía venezolana: Graciela Yáñez Vicentini

Les presentamos una selección del poemario La caída natural (Dcir Ediciones,2023) de la escritora, editora, promotora cultural y traductora venezolana Graciela Yáñez Vicentini (Caracas, 1981). Acompañamos con un comentario de Roberto A. Cabrera y un videopoema acompañado con música de Diana Montoya López y visual de Karim Dannery. Foto de la autora ©Karim Dannery.

 

 

 

 

 

 

 

 

La caída natural presenta la cartografía de un conflicto, una herida, una ausencia, pero también la irrupción de una comunión inesperada. Fecundo en imágenes, el poemario crece en torno a una figura, a la que Graciela Yáñez Vicentini dirige una afilada (auto)ironía: la fruta, que es cuerpo, corazón; fruta (¿prohibida?) destinada a una «caída natural», portadora de veneno (¿que ha de morder Blanca Nieves?), de discordia (¿Paris?); manzana, principalmente, pero a la vez arándano, y esa dialéctica desplegada (en sugerente diálogo con la película de Wong Kar-wai) invita a nuevas perplejidades.

Obra de indagación, La caída natural acierta con sus incertidumbres y su franqueza: titubeo, imposibilidad, tedio; belleza e infierno, proximidad y lejanía; fugacidad, también esperanza: «este cielo abierto/entre/mis dedos».

 

 

Roberto A. Cabrera

 

 

 

 

 

 

 

LA CAÍDA NATURAL

 

 

 

El tumulto

 

 

 

en mi cabeza

un tumulto

de pájaros nocturnos

 

mirándose

 

en lo abierto

 

 

 

 

 

 

El rigor

 

 

 

Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón.

Antonio Gamoneda. Libro del frío

 

 

 

Siempre fui la de los dientes duros.

Podía tragarme cualquier cosa.

Adicta al hielo, siempre,

podía beberlo sin dolor.

 

Siempre fui la de la buena vista.

Para mí, era evidente siempre

lo que no veía nadie, nunca.

Encontraba errores por doquier.

 

Partía la fruta por el medio

de un solo tajo

y sacaba, con todo cuidado,

las imperfecciones que no quería comer.

 

Creía tanto en mi intuición de bruja

–de bruja santa–

y en mis procesos de disección,

que me tragaba la podredumbre

 

hasta el fondo

 

y no sentí el veneno de la fruta agria

hasta que me congeló –completo–

el corazón.

 

Confié en mis ojos hasta que dejé de ver.

 

 

 

 

 

 

 

La canasta

 

 

 

Es fácil detectar la fruta podrida.

Uno la ve irradiando podredumbre,

 infectando a las demás.

 Uno sabe.

 

Inútil el gesto de dar la voz de alarma.

Inútil querer apartarla, salvar al resto.

 Velar por la canasta.

 Uno trata.

 

Y, sin embargo, algo tiene la manzana enferma.

Algo irradia, algo irradia

 que procura su permanencia,

 y uno no entiende qué pasa.

 

 La peste

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​    se arraiga.

 

(Caracas, 2021)

 

 

 

 

 

 

 

 

El amuleto

 

 

 

Es que yo era tu amuleto

y tú no lo sabías

Clea Rojas. Pobremas de prostíbulo

 

 

 

He tenido tres manzanas de la discordia.

Dos pendían de mi cuello, y la tercera

 prefiero no mostrarla a nadie.

 

Se fueron perdiendo, mis manzanas.

Esas cosas que crees que cuidas mucho

 –como un secreto–

y un día descubres que ya no las tienes.

 

Al principio, duele.

Perder una manzana siempre duele.

 

Te preguntas a qué manos habrá ido a parar

aquello que signaba tu suerte.

(Seguramente no cayó

en los dedos de la más bella).

 ​​​​ 

Con el tiempo, piensas en los beneficios.

Las muñecas de vudú que ya no te dedican.

Las zancadillas que ya no te tienden.

Las disputas que ya no protagonizas.

 

Con el tiempo, aunque aún duela,

entiendes.

 

Sin embargo,

 siempre queda una bruja suelta,

 ávida de conjuro.

 Alguna diosa enferma

  incapaz de aceptar el duelo.

 Siempre alguna vieja eterna,

  propensa a preguntar sandeces

       ​​ ​​ ​​ ​​​​ al espejo.

 

Y, por eso, en mi gaveta más recóndita,

que conservo entre cerrada y abierta,

 

siempre queda la manzana que no muestro.

 

 

 

 

 

 

 

El poeta

 

 

 

Tú vives tu vida como la escribes  ​​​​ –me dijo–

¿Y si tus poemas fueran más felices?

 

    ​​​​ y me dejó pensando pensando

 

Y si no requiriésemos de teoría literaria

para explicar la candidez más simple

 

Y si la profundidad no provocase espanto

y se pudiera amar el mar sin sumergirse

 

Y si la belleza naciese menos trágica

y la fruta incapaz de corromperse

 

Y si la marea se meciese menos negra

y la miseria se aceptase miserable

 

Y si el desalojo no fuera recurrencia

y el todo menos que la resta de sus partes

 

Y nuestro único poeta feliz  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ no fuese Whitman

y procurásemos un frío más amable

 

     ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y me quedé temblando

 

Claro  ​​​​ –acepté–  ​​​​ el Poeta es un pequeño Dios

El jardín sólo hay que recrearlo

 

Y si todo fuera arándanos

 

(para Claudiana)

 

 

 

 

 

 

 

 

El jardín (i)

 

 

 

No hay país

No hay familia

No hay nada

 

 

sólo esta hierba

 

 ​​ ​​ ​​ ​​​​ creciendo

 

 ​​​​ este cielo abierto

 

 

 ​​ ​​ ​​​​ entre

 

 ​​​​    ​​ ​​ ​​ ​​​​ mis dedos

  (Caracas, 2016)

 

 

 

 

 

 

 

 

El jardín (ii)

 

 

 

Sacudir el árbol

y que caigan manzanas y arándanos

 

manzanas que son naranjas

que son fresas que son arándanos

 

 ​​​​ 

Y desde esta sequedad  

la fruta  prometiendo

 

 

Desde esta errancia 

el árbol   habitando    ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 

 

Y después de la discordia

devorar

 

 ​​ ​​ ​​​​ la manzana del mundo

 

 

 ​​ ​​​​ Mi manzana de nieve

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ se ha tragado    ​​ ella sola

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ todo el color

​​ 

 

que no es menos fruta la fruta por ser blanca

 

 

y yo quiero devorar con ella   todo

 

quiero devorar    ​​ ​​ ​​​​ con ella

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el ardor ​​ 

 

(Caracas, 2021)

 

 

 

 

 

 

 

La concordia

 

 

 

A veces sólo es preciso

 

llegar

 

al corazón de la fruta

 

 

 

 

 

 

 

 

Graciela Yáñez Vicentini (Caracas, 1981). Escritora, editora, promotora cultural, traductora. En poesía, firma La caída natural (Caracas-París: Dcir, 2023); su heterónimo Egarim Mirage firma Íntimo, el espejo (OT, 2015) y Espejeos al espejo (El Pez Soluble, 2006; 2007). Ganadora del Concurso Literario Cuentos por los Derechos Humanos Provea 2021 por Una vida incontaminada (Cali: El Taller Blanco, 2022); mención del Concurso Anual Transgenérico Fundación para la Cultura Urbana 2017 por Del último regreso (inédito); 2do lugar de poesía Ateneo de Caracas 1997; entre otros reconocimientos. Coeditora de la Obra completa de Eugenio Montejo (Valencia, España: Pre-Textos, 2021-23) y de Los rostros del futuro (Banesco/ArtesanoGroup). Forma parte del equipo editorial de Letra Muerta Inc. (Caracas-NYC). Ha sido incluida en diversas publicaciones de Venezuela, México, España, EE. UU., Argentina, Chile, Colombia, República Checa. Sus textos han sido traducidos al inglés y al checo.

Instagram @chelayv

 

 

 

Videopoema “La Caída” por el colectivo natural

 

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