Poeta en patria criolla, nuevo libro de Alí Calderón

En Dogma Editorial, Alí Calderón publica su nuevo libro de ensayos Poeta en patria criolla. Raza y literatura en tiempos de Santa Anna. Sobre el libro, Marco Antonio Campos escribió para la cuarta de forros: "Estructurado como un rompecabezas, o dicho cortazarianamente, como un modelo para armar, con cuidada y puntual prosa, el libro puede tomarse como una novela histórica que se lee con gran deleite. Con este libro, Alí Calderón demuestra una vez más que es tan notable en la prosa como en la poesía". Se trata de un libro que, para pensar la poesía del presente, propone volver los ojos a la poesía del siglo XIX y seguir los pasos de Ignacio Rodríguez Galván, de Ignacio Ramírez, de Ignacio Manuel Altamirano y emprender una lectura de

 

 

 

 

 

 

Muy meticuloso, muy documentado, este libro de ráfagas fragmentarias nos da un panorama, político y literario, de lo ocurrido en México en las décadas de los veinte hasta los sesenta del siglo XIX, cuando los criollos tenían el poder y el dinero, y que racialmente cambiaría con los prohombres de la Reforma.​​ 

El libro es un alegato, que abunda en continuas agudezas irónicas, contra el racismo y el clasismo. No es exagerado decir que en cada página del libro encontramos, simbólica o realmente, la evidencia crítica del clasismo feroz mexicano de esos años, que puede ser también el del siglo XX, y claro, el de nuestro siglo.

   Estructurado como un rompecabezas, o dicho cortazarianamente, como un modelo para armar, con cuidada y puntual prosa, el libro puede tomarse como una novela histórica que se lee con gran deleite.​​ 

   Con este libro, Alí Calderón demuestra una vez más que es tan notable en la prosa como en la poesía.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

Alexander Von Humboldt​​ no lo podía creer. Y aunque era sabido que las colonias de la América española funcionaban según el principio de la distribución racial del trabajo, no vio nada igual ni en Berlín ni en Flandes,​​ ni siquiera en el Alto Orinoco o en los márgenes del Río Magdalena. Estaba sorprendido por el ingenio de la administración colonial en la Nueva España. Primero escribió su diagnóstico: “los habitantes de las colonias, por una refinada vanidad, han enriquecido su lengua dando nombres a las más delicadas variedades de colores, nacidas de la​​ degeneración​​ del color primitivo (…) hay pues un grande interés de vanidad y aprecio público en valuar exactamente las fracciones de sangre europea que han cabido a cada cual de las diversas castas”. ​​ Solange Alberro y Pilar Monsalvo vienen sosteniendo que era, en la Nueva España, más determinante en la vida de una persona la condición económica y el entorno familiar, la calidad, que la pertenencia a una determinada casta o tener tal o cual el color de piel. Sin embargo, deduce Humboldt a partir de sus observaciones que “es claro que en un país gobernado por blancos, las familias que se cree tienen menos porción de sangre negra o mulata, son naturalmente las más honradas”. Sobre esto se fundamenta nuestra noción de “gente decente”, de “gente de bien”. Sonríe con incredulidad el alemán al advertir que en los despachos de la autoridad hispánica “se ven mulatos​​ bien morenos​​ que han tenido la maña de blanquearse. Cuando el color de la piel es demasiado opuesto a la declaración judicial que se solicita, el demandante se contenta con una expresión algo problemática, concibiéndose la sentencia entonces así:​​ que se tenga por blanco”. Magnífica argucia legal que nos recuerda que todo se​​ vende y todo se compra, incluido, en una sociedad racista y podrida por la corrupción, el color de la piel. Ténganos por blancos.

 

 

 

Que Lucas Alamán lo cite​​ en su​​ Historia de Méjico​​ lo hace más paradójico todavía: “El barón de Humboldt regula que había en el año 1804 dieciseis blancos en cada cien habitantes (…) la población blanca ni era ni es en la actualidad más de la quinta parte de la total del país”. Y no hay una palabra sobre la ignominiosa asimetría sino que, con naturalidad, asume que el blanco propietario viva en la punta de la pirámide. Hay tensiones evidentes entre las castas desde el inicio del virreinato, bastaría con recordar los poemas de Mateo Rosas de Oquendo a finales del siglo XVI. Y quizás siguiendo su ejemplo, con el tono del humor tímido que pacta con el orden establecido, en su alegórica “México por dentro, o sea guía de forasteros” de 1811, dice José Joaquín Fernandez de Lizardi echando mano del romance:

 

En​​ la calle del Vinagre

verás valentones varios,

y éstos dicen que han vivido

en​​ la calle de los gallos.

Alcahuetas declaradas

y lenones disfrazados

en​​ la calle del Tompeate

tienen prevenidos cuartos.

En​​ la de los gachupines

hay muchos que han peligrado;

pero en​​ la del Indio Triste

hay criollos en igual caso.

 

 

Pero detrás de las sonrisas late el drama y a las tensiones raciales se suman la pobreza y la falta de caridad. “Se es rico porque se es blanco, se es blanco porque es rico” dice Frantz Fanon. La poética epigramática de Fernández Lizardi le permite cambiar de tono hacia el final del poema y oponer al humor la gravedad sentenciosa. Así reevalúa todo:

 

Hay una​​ Casa de pobres…

¿una dije? Miente el labio;

que hay tantas, amigo, hay tantas,​​ 

que da dolor el pensarlo;

y lo peor es que hay de ricos

innumerables palacios;

pero siempre la miseria

llorosa los ve cerrados.

 

Estas son las dos actitudes visibles y contrapuestas al interior de la Patria Criolla: por un lado, la indiferencia de Lucas Alamán y, por el otro, la angustia cristiana del Pensador Mexicano.​​ 

 

 

 

Asoma el síntoma.​​ Todo transcurre apaciblemente hasta que un detalle detona el momento perturbador. Es la fiesta de San Agustín en San Agustín de las Cuevas. Tlalpan. 1841. La esposa del embajador español, Fanny Erskine Inglis, no se pierde pormenor alguno en la celebración. Instruida su mirada en la Gran Bretaña de los tiempos del​​ beau​​ Brummell, repara en un gesto escandaloso y estridente por espeluznante: “La​​ Señora…​​ de la más alta alcurnia y de una gran dignidad, bailó con un mozo de establo, de chaqueta y sin guantes, muy satisfecho de esta extraordinaria oportunidad que le permitió aprisionar con sus​​ oscuras​​ manazas unas manos enguantadas de blanco”.

 

 

Está por meterse el sol en el Boulevard des Italianes. Dos hombres discuten sobre el vestido y el sombrero que debe llevar, en su papel de doña Sylvia, Jenny Colon. Al doblar por la rue Laffitte, observan la luz última sobre los molinos de Montmartre y algo en voz baja parecen decir sobre la espalda desnuda de la actriz de moda pero pronto vuelven a los detalles de un libreto escrito al alimón. Al llegar al número 41, Labrunie observa al financiero inglés William Hope, su rival de amores, y por no cruzar palabra prefiere desandar los pasos rumbo al río, a las Tullerías o a la Place Vendôme. Su acompañante llama a la puerta y luego sube. Allí están todos:​​ Hugo y Delacroix, Balzac, Eugène Sue, Musset, Émile el esposo y aún el viejo Lamartine. Ellos son el lujo, la coquetería y la elegancia de su tertulia, dice la soberbia anfitriona, Madame Delphine de Girardin, que al momento no ha trabado conversación con los difuntos. El recién llegado se quita el sombrero. Algo tienen sus maneras de solemne y magnífica frivolidad. Podría decirse que es un autor de la casa. Escribió mucho teatro pero ha despuntado ahora como el primer novelista de Francia y estella máxima del folletín… y eso que mémère había sido una esclava negra. Saluda a los convidados de manera afectada. Su nombre es Alexandre Dumas. Ampliamente recomendaron su lectura a don Andrés Quintana-Roo pero a él no le gustaban los autores nuevos. Tenía a sus clásicos, tenía también reparos con los escritores franceses de la última hora. Un día, en casa del expresidente Manuel Gómez Pedraza, Paynito le aseguró que Dumas no era “de los románticos que han causado el menor daño ni a la sociedad ni a la moral” y le dio a conocer​​ Excursions sur les bords du Rhin, que le encantó. Lo leyó tres veces. Al reencontrarse con el muchacho en una de las reuniones de Letrán le dijo que “estaba enamorado de Dumas”. “Es preciso adorarlo como a persona de nuestra familia” le respondió el hijo de don Manuel Payno Bustamante, que supo de él por priemera vez en​​ El año nuevo de 1837​​ y en las notas de​​ El recreo de las familias​​ del año siguiente. En la Academia de Letrán se leían los periódicos europeos que llegaban a las alacenas de México. La tertulia de los jueves, organizada en la biblioteca del colegio de​​ mestizos por los hermanos Lacunza, y el salón de los Girardin son estrictamente contemporáneos. Aquel salón fue todo lujo, fue vitrina del “alto grado de civilización” de lo mejor de la sociedad francesa. Los de Letrán conocieron en​​ La presse​​ de Émile de Girardin el feuilleton con​​ La Comptesse de Salisbury​​ y claramente estaban informados sobre lo último de la literatura europea. Fue un momento de entusiasmo. Tradujeron. Criticaron el teatro de Hugo y debatieron sobre su composición, sobre su puesta en escena. Llegaron al drama, al relato histórico y reflexionaron sobre la filosofía de la historia. Rodríguez es el mejor ejemplo porque lo leyó todo. Solía colocar en sus revistas citas, frases célebres o pequeñas notas sobre poética. Por ejemplo esta de Goethe: “lo mejor que nos puede dar la historia es el entusiasmo que hace nacer en nuestros corazones” o esta otra de Lamartine: “solo el hombre, estendiendo sus miradas detrás de sí, cuenta sus días para llorarlos”. Esto es lo que ha querido hacer en su novela corta​​ La hija del oidor​​ (1836) o en el drama​​ Muñoz, visitador de México​​ (1837). Justamente en el prefacio de este último, Rodríguez dice: “Tengo casi certeza de que el primer drama histórico​​ mexicano​​ escrito por un mexicano es el que ahora doy a luz”. Después de leer “El fin moral de la historia” en​​ El recreo, Rodríguez lo tuvo muy claro.​​ Pertenezco​​ a la escuela fatalista, “escuela sombría, austera, y cuyos oráculos terribles, amenazadores, recuerdan los misteriosos sonidos de la encina de Dódona, o los roncos acentos del Druida que predecía la ruina de la religión de los habitantes de la Armórica”. Y no​​ era para menos. Había que hacerse de la escuela fatalista en un país como el nuestro, en una República Criolla que había perdido Tejas, que había sido humillada en Veracruz por los franceses y que caminaba de espaldas al abismo.

 

 

 

Si el poema es un espacio que moldea​​ la interioridad del ser humano, no el poeta sino su modalidad de conciencia es responsable de tal subjetivación. Pienso en Whitman. Tiene 27 años y escribe en el​​ Brooklyn Eagle​​ mientras ocurre la segunda conquista de México. Ya no se cuece al primer hervor. José Emilio Pacheco cita algunas de sus opiniones respecto a la ocupación norteamericana: “Sí: México debe ser castigado sin consideraciones […] aunque México es despreciable en muchos sentidos se merece una lección vigorosa […] dejemos que nuestras armas se eleven con un espíritu que muestre al mundo que,​​ aunque no buscamos pleito, América sabe tan bien​​ aplastar​​ cuanto expandirse”. Y si la forma poética es todo menos inocente, y si el ritmo es un sentido y como se vive se escribe, ¿no es el​​ verset​​ de Whitman correlato formal o consecuencia de ese impulso expansionista y racista? Para él, México es solamente ineficiente y miserable. Lo era. Pero también sueña con anexionarse California y Santa Fe and, why not, “poblar​​ el Nuevo Mundo con una raza noble”, su raza.​​ O Captain! My captain! Rise up and hear the bells

 

 

At 7:00 A.M.​​ on 14 September 1847, Sergeant James Manly of F Company and Captain Benjamin S. Roberts raised the American Flag over the Mexican National Palace.​​ Roberts pensó en su esposa, Elizabeth Sperry, mientras avanzaba con sigilo por Alcaicería y la 1era de Plateros. Al llegar al Portal de Mercaderes se le abrió la vista de la Plaza y se sintió sobrecogido. Él, que había nacido en un pequeño caserío próximo al monte Equinox, estaba conquistando la primera ciudad del continente. Al fin con alma de geólogo (no por nada había sido nombrado geólogo del estado de Nueva York en 1841), miró el tezontle de las viejas casonas coloniales y le vino a la mente la gran erupción del volcán que se elevaba detrás del Palacio de los mexicanos. Su cima nevada le hizo recordar los días de tormenta a orillas del Moscova y su camino de vuelta al alojamiento en el viejo callejón de Arvat, en el tiempo de la construcción del camino de fierro a San Petersburgo. Eran ya las 6:58 am. Tenía órdenes de Worth para izar la bandera. Qué orgullo. Lo merecía después de su comportamiento en la víspera. Usted no sabe, Captain Roberts, que se aficionará a matar otros indios, apaches y pueblo, sioux y chippewas, durante su servicio en la Guerra Civil. No sabes, capitán,​​ que habrás de morir brigadier y que tu linaje será también de militares y patriotas. En 1968, después de más de cien años de olvido, el general Ignacio Matus y el gordo Comodoro, su ordenanza, cruzaron la frontera de Matamoros con la misión de infiltrarse en las líneas del enemigo y alcanzar la mancha urbana de Manchester en Vermont. Así lo hicieron y se plantaron en el sitio tras dos incómodas jornadas en un destartalado autobús de Greyhound. Esperaron la caída de la noche y se escabuyeron como fantasmas detrás de los arbustos, entre los olmos y los cipreses del Cementerio Delwood. Avanzaron luego por Hildene Road y en la oscuridad de una luna oculta por las nubes se sintieron seguros. No cruzaron palabra. Podían escucharse sus latidos en el denso silencio del camposanto. Al mirar la intersección de Vermont Route giraron a la derecha en un sendero sembrado de tumbas antiguas. Treinta pasos después, allí estaban. Tenían delante la piedra mausoleo de Benjamin Roberts. Comodoro sacó una gubia de metal que vino afilando desde los campos de Arkanzas y al fin escribió sobre la roca:​​ Mexico was here. Matus recordó a Santa Anna y a los generales Valencia y Andrade y al orgulloso y soberbio Winfield Scott y se imaginó al capitán Roberts henchido de sangre y pegando alaridos de adrenalina y furia agitando su bandera en la plancha del zócalo. Matus irritó la garganta tres veces y expectoró, vaya que si expectoró, sobre el mineral innoble.

 

 

 

 

 

CONSIGUE TU EJEMPLAR AQUÍ

 

Librería

También puedes leer