El mundo que queda:
distopía y conciencia en Prosa del pulpo y la calavera, de Francisco Trejo
Una distopía —parafraseando a la Real Academia de la Lengua— consiste en proyectarnos como sociedad en un futuro donde las circunstancias no nos favorecen. De la literatura vino la dys + topos (lugar enfermo/malo/defectuoso/desfavorable) más emblemática hasta ahora: 1984 de George Orwell, una novela escrita alrededor de 1947 en donde el Gran Hermano lo mira y lo controla todo, despojando a los individuos de su libertad para elegir.
En Dystopia: A Natural History, Gregory Claeys explica que muchas distopías clásicas se articulan en torno a la producción estructural del miedo y la ansiedad social, ya sea mediante el totalitarismo, la paranoia colectiva o la amenaza tecnológica. Sin embargo, el mismo autor reconoce que la distopía contemporánea puede adoptar formas ambientales y tecnológicas, no necesariamente ancladas en un régimen político explícito; el enemigo puede ser difuso, de carácter estructural. Las posibilidades son tantas que, admite, cada una requeriría su propio estudio.
Aventurémonos a pensar, ¿qué pasa cuando el enemigo no es un dictador o un sistema de gobierno, porque es una suma de negligencias, tanto de la élite como de árboles genealógicos enteros de ciudadanos que contribuyeron a la destrucción del entorno? Más aún, ¿qué pasa si la irresponsabilidad ecológica en todas las escalas provoca nuestra huida de la Tierra y engendra a un ser residual que tiene conciencia y sufre al ser arrojado en un planeta sin otra vida posible?
Esta es la premisa que nos ofrece Prosa del pulpo y la calavera, poemario de Francisco Trejo, que se vale de la ciencia ficción para hacer un paralelismo entre Emilia, una humana sin una verdadera red de apoyo familiar, y un cefalópodo de escala cósmica; ambos sufren, no como víctimas de control, sino porque, al igual que su entorno, fueron abandonados. Su miedo no viene de afuera, circula por el cuerpo con cada latido. Ella en una situación que la acerca a la muerte; él de frente a una soledad irremediable.
Más allá del poder
Desde las primeras páginas del libro de Trejo se nos presenta un futuro en el siglo XXII en el que, de frente a una emergencia medioambiental, se recurre a la propuesta de un novelista latinoamericano llamado T. Argos, nacido en 1987. Sin que fuese muy leído en su momento, la vigencia se renueva tras descubrirse que planteó una respuesta aparentemente viable a la acumulación de basura y la “muerte del mar”.1
La tarea de expulsar los desechos al espacio exterior es delegada a Minerva, una inteligencia artificial que, de manera inesperada, muestra piedad por la inmundicia humana y le permite existir e incluso integrarse de forma libre, con una velada promesa de reivindicación. A nadie le importó el desvío y, una negligencia tras muchas otras, provocó que los desechos se convirtieran en un pulpo que cayó como meteorito sobre la tierra.
Los humanos que quedaban migraron a una base en la luna. Y un cefalópodo de dimensiones espaciales, monstruosas, se desplazó por la antigua Pangea, dotado de inteligencia y de tres corazones. Acaso tres pulsos distintos para complejizar el dolor.
Todo nacimiento es hacia afuera
pero yo nazco hacia adentro
retorno del éxodo
por mi derrota oxidada
Caigo del útero sideral
hacia la tierra
y lloro porque el llanto es quejarse
de vivir
sin ignorar el absurdo de las cosas
En el universo que construye Trejo, la catástrofe no surge de una voluntad de dominación; viene de una cadena de decisiones a pequeña y gran escala que terminan por vaciar al planeta azul de vida. Ocurren en lo sideral pero también en la vida cotidiana de los pocos seres humanos que persisten. A lo largo del libro se nos alternan las voces del pulpo y de Emilia, quien a raíz de un accidente automovilístico, dialoga con su abuelo en una especie de trance, recabando todas las omisiones familiares que la hicieron sentir abandonada.
[Nunca hablo tanto de Minerva, la mujer que me dio la vida y me abandonó con su padre. Con mis ojos perdió los suyos, de vergüenza. Se fue de casa y regresó cuando ya tenía desarrollado el monstruo en su sustancia. (La esquizofrenia bosteza de súbito, porque no puede estar despierta todo el tiempo. Necesita soñar una urbe inherente, para gritar mañana el calor de sus quimeras come pájaros).
Una y otra voz se diferencian por el tono y la forma: la de ella es prosa poética, en redondas, entre corchetes, mientras que la del pulpo está versificada, en cursivas. Pero ambos son creados y abandonados por una figura materna del mismo nombre. Minerva, diosa romana de la sabiduría, de las artes, pero también de la justicia y la guerra estratégica, permite tanto al pulpo como a la mujer encarnarse para luego dejarlos porque no puede sostener la congruencia de su propia realidad.
Contrario a la distopía clásica descrita por Claeys, aquí no hay vigilancia, ni siquiera manipulación. No hay nada ni nadie que regule la vida colectiva y el miedo proviene de no encontrar un eje, un sentido, una dirección. No hay una maquinaria política que controle el lenguaje y por lo tanto el pensamiento. Así, Emilia se sostiene de la literatura porque esa es su carrera, y particularmente de un poema de José Emilio Pacheco, Prosa de la calavera:
“Actos y obras llevan también su sentencia de muerte, su calavera invisible; único precio de haber sido. Contigo, hermana mía, hermano mío, me formé de tu sustancia en el vientre materno. Volverás a la oscura tierra y yo, que en cierta forma soy tu hija, heredaré tu nada y tu nombre. Seré tus restos, tus despojos, tus residuos, tus sobras: el testimonio de que por haber vivido estás muerto.”
El pulpo, por su parte, no tiene la misma capacidad física para expresarse, es decir, no puede emitir sonidos que nos sean familiares y tampoco puede articular sus pensamientos tomando hoja y lápiz. Sin embargo, esto no evita que su naturaleza lo aproxime a la compasión y a la poesía:
Llámese poesía o llanto
estoy con la canción adentro de mi boca
Una boca que no dice
pero arrastra el amor como una letra
con la que podría reiniciarse la historia de este mundo
Una irresponsabilidad colectiva sostenida en el tiempo convierte a la Tierra en residuo. Lo es, por supuesto, el cefalópodo, pero también la pequeña sociedad humana que radica en un satélite. Lo nuevo, lo que emerge, lo hace a partir de los desechos de una civilización. Ya nadie parece hacerse responsable; a nadie le interesa construir a partir de lo que muchos no quisieron.
El pulpo y Emilia como sujetos distópicos
En muchas distopías tradicionales, los protagonistas son individuos que resisten o sobreviven dentro de un sistema opresivo. En Prosa del pulpo y la calavera, en cambio, el sujeto distópico es una criatura que ni siquiera pertenece al mundo humano. El pulpo, consciente de su propia precariedad, es una figura que observa y experimenta un abandono ontológico. No puede compartir tiempo y espacio con nadie, ni de su especie ni de ninguna otra.
Esta elección de Francisco Trejo no es menor. Al colocar a un organismo no humano en el centro del poema, desplaza la perspectiva antropocéntrica desde la cual solemos pensar la historia y el desastre. La distopía ya no es solo la crisis de la civilización humana; es la condición de existencia de otros seres que emergen de nuestro descuido.
El pulpo se convierte así en una especie de conciencia residual del mundo. Su existencia no es heroica ni redentora; es, más bien, la manifestación de un problema que nadie resolvió. Vive en un planeta abandonado, en un entorno que no fue pensado para él y que, sin embargo, debe habitar. Su existencia encarna una forma radical de extranjería.
¿Pero qué soy de los humanos?
No sólo sus desechos
No sólo su impotencia o su herida arcaica
Soy el pulpo de su aflicción
Soy la imagen detrás de sus párpados
el rostro salvaje de sus alucinaciones
Ahora bien, si el pulpo representa la consecuencia ecológica del abandono, Trejo nos permite acercarnos desde la dimensión humana a través de Emilia, cuya historia está marcada por una serie de fracturas originarias: una madre enferma, incapaz de sostenerla, un padre —cartero— que decide abandonarla al descubrir que no es su hija biológica.
Estas circunstancias configuran una biografía dolorosa y una forma de distopía íntima. Ella crece en un mundo donde las figuras que deberían protegerla se encuentran ausentes o debilitadas. Su experiencia está atravesada por la sensación de no tener un lugar estable en el origen mismo de su vida.
El paralelismo con el pulpo resulta entonces inevitable. Ambos comparten una condición fundamental: son huérfanos. El pulpo es abandonado por la figura que le da origen, la IA Minerva. Emilia es abandonada por una Minerva de carne y hueso y por un hombre que se sintió traicionado. Monstruo y mujer viven la experiencia de haber sido dejados atrás. “Pega tu mejilla en la almohada, mujer. Suelta el cuerpo tensado. Duérmete y contén la respiración. Esta voluntad te llevará al fondo. En el sueño, siempre serás el siamés de un pulpo que te ama.”
La poesía como resistencia
El pulpo reconoce su condición de criatura sin voz. No puede hablar como los humanos, no posee un lenguaje articulado que le permita narrar su historia con claridad. Y sin embargo, en su interior hay algo que insiste en decirse. La poesía emerge así como la única forma posible de expresión. No como un discurso ordenado o explicativo, sino como una vibración mínima que intenta dar forma a aquello que quiere dar, porque se le ve profundamente amoroso e inocente.
En Emilia ocurre algo similar. Su historia está atravesada por silencios, por zonas donde el lenguaje cotidiano no alcanza a nombrar el dolor o la ausencia. La poesía aparece entonces como un espacio de traducción imperfecta, una tentativa de decir lo que queda atrapado entre la experiencia y la palabra.
En ambos casos, el lenguaje es más bien un residuo sensible, una manera precaria de sostener la memoria del abandono. Frente a este escenario, la poesía aparece como resistencia. No en el sentido heroico de las narraciones distópicas tradicionales, donde los personajes luchan contra un sistema opresivo; acaso como un gesto frágil que intenta preservar la sensibilidad.
En este punto, Prosa del pulpo y la calavera desplaza el centro de la distopía hacia una dimensión estética. La pregunta ya no es únicamente cómo sobrevivir al desastre. La pregunta es cómo moverse, experimentarlo y pensar inmersos en él.
La coexistencia entre el pulpo y Emilia revela algo más profundo: la posibilidad de pensar la distopía desde una perspectiva post-antropocéntrica. Esto significa reconocer que la crisis del mundo no afecta únicamente a los humanos, porque todas las formas de vida que habitan, o heredan ese mundo, se ven tocadas por los cataclismos.
El libro sugiere que la humanidad destruye su propio entorno y condiciona la existencia de otros seres que deberán sobrevivir a sus restos. La distopía, en este sentido, no es exclusivamente humana: es una condición ecológica compartida.
El pulpo, como criatura surgida de los residuos, encarna precisamente esa herencia. Su vida se desarrolla en un planeta que ya no pertenece a nadie, pero cuya historia sigue marcada por las decisiones humanas. Es un fenómeno transespecie: un estado del mundo que atraviesa diferentes formas de vida.
La distopía que plantea el autor tiene un núcleo más silencioso que los estudiados por Claeys y, por lo tanto, más inquietante. La poesía se convierte en el espacio donde dos vidas fragmentadas pueden coincidir. No como una solución a la calamidad, pero sí como una manera de reconocer que aquello que dejamos, que no hacemos, también destruye lo que podemos llegar a ser.
Resta mencionar el admirable trabajo editorial que realizaron Fundación Senzala y Agencia Literaria del Sur, en Venezuela, porque esta obra de Trejo, publicada a finales de 2025, se combina con el diseño gráfico y las artes plásticas, en un diálogo coherente y sugestivo; el uso de varias tintas y diversas texturas brindan al lector un objeto tridimensional, con la meta de la experiencia estética que trasciende a lo sensorial. Prosa del pulpo y la calavera no solo es para leerse, sino también para contemplarse y coleccionarse entre los libros objeto más preciados.
Textos de Prosa del pulpo y la calavera
[Emilia, calma el corazón. Descarna el pánico. Oscurece, a medida que el dolor rasga su pupa y asoma sus patas detrás de tus ojos. Respira. No temas. Estos murmullos son simples estridulaciones de insectos. Será mejor que no te quejes, para no despertar a las estatuas. Tu cuerpo se enfría sobre el asfalto, se contrae, se cierra a la intemperie. Cerca, las sirenas anuncian la urgencia de tu sangre. Los árboles de la ciudad lloran contigo sus arcillas. Las estrellas, tan ígneas en tu afasia, son poemas a punto de nacer, como una angustia. —Entre la tiniebla de las cosas, la poesía debe ser los ojos de Argos—. ¿Qué cavilabas al volante? ¿Mirabas la espalda de tu vida por el espejo retrovisor?]
~
[Vas a desmayarte. ¿Sientes dolor? Aquí todos lo sienten. Es porque vives todavía. Apuesto que hasta Dios se duele. Se duele de ser él, en su lenguaje. Está el dolor en ti, como lo están tus labios y sus grietas. No tarda en llegar la ambulancia. Tus clavículas están rotas. Imagina que viajan sus astillas al espacio exterior. Son esquirlas que han sentido todo el peso de la carne. ¿Tienes náuseas? Respira hondo. Resiste. Tu sangre es un pájaro y quiere irse de tu cuerpo. Sí, es un cardenal migratorio. Y canta.]
~
[Abuelo, me duele el torso. Es un centauro saliéndose de su naturaleza híbrida. Debes saber que pensaba en un poema de J. E. Pacheco, mientras conducía tu coche. —Transitar por esta ciudad se parece tanto a la desesperación, cuando no se puede mirar el absoluto en un espejo—. Ocurrió en el alto. Juro que me detuve ante la luz roja. Un camión de basura me impactó, como me ha impactado el transcurso del tiempo, con todo su cardumen. “Prosa de la calavera” es el título del poema. Buscaba en su sed a mis padres. —Terminé mordiendo espuma: todos los años del mar en mi horizonte apagado—.]
~
[Abuelo Julio, ¿en dónde estás ahora? Tú eres el árbol de mi garganta: todos los pájaros de mi voz. Mis heridas no son gritos, son tu melodía suturada. Una vez me dijiste que siempre hay distancia entre el padre y los hijos, mientras con la madre existe una costura discursiva, algo parecido a una relación de siameses. Por eso me diste el nombre de Emilia. Me llamo igual que tu madre. Cuando me llamas, también la buscas a ella. ¿Pero quién soy cuando leo “José Emilio” en las portadas? ¿Qué busco en el Jano de mi nombre? Debe ser a mi huérfano corazón: puerta real del polvo y de la muerte.]
~
[¿Qué es lo real del mundo, cuando decir “mundo” ya es una invención de poetas? Nunca ha estado en la ciencia de Dios lo que nos trajo y lo que nos abruma. Una sed de piedra es el oficio de la poesía. La ciencia de Dios es un crujido en el cosmos. Presta atención, Emilia: ambas cosas podrían ser una palabra.]
***
Ana Corvera (Zacatecas, 1984). Autora de Palabras que el micelio repite en mi cabeza (Espina Dorsal, 2024), No volverse agua (El Ángel Editor, 2022) y de Nocturno corazón de los insectos (Ediciones de Medianoche, 2011), es maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la UdeG y Licenciada en Letras por la UAZ. Obtuvo el Premio Estatal de Ensayo “Mauricio Magdaleno” en 2006 y fue becaria del PECDA en 2007 y 2015. Sus ensayos y poemas aparecen en revistas de Chile, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, España y Colombia como Ærea, Nueva York Poetry Press, Esteros, Campos de plumas, Letralia, Liberoamérica y La raíz invertida. También en los libros Pensamiento Novohispano (Vol. 6, UNAM, 2005), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP, 2014), Ficcionario de Teoría Literaria (Texere, 2015) y Palabras vivas: ensayos de crítica literaria en torno a María Luisa Puga (IZC, 2016). Fue docente de la Academia de Escritores en Venezuela y ha participado en festivales internacionales de poesía en México, Colombia y Ecuador. Desde hace 17 años vive en Guadalajara.
Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987). Poeta, ensayista, investigador y editor. Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la UAM. Autor de Prosa del pulpo y la calavera (2025), Por el mar, con los monstruos de Ovidio a otra parte (2025), Esdrújulo monstruo, animal de lágrima en sus ojos amarillos (2022), Penélope frente al reloj (2019/2021), Canción de la tijera en el ovillo (2017/2020), El tábano canta en los hoteles (2015/2025), entre otros. Una muestra de su obra está incluida en Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días (2014).
Trejo, Francisco. Prosa del pulpo y la calavera. Fundación Senzala. Colectivo Editorial. Miranda, Venezuela, Primera edición, 2025, pág. 9.

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