Tillie Olsen: poesía social feminista

Tillie Olsen (1912 - 2007), hija de inmigrantes ucranianos nacida en Nebraska, fue escritora, feminista y activista social. Leemos uno de sus poemas "Quiero que ustedes, las mujeres del lado norte, sepan" en versión de Gustavo Osorio de Ita.

 

 

 

Quiero que ustedes, las mujeres del lado norte, sepan

 

 

 

 

 

(A partir de una carta de Felipe Ibarro en​​ New Masses, enero 6, 1934)

 

 

 

 

Quiero que ustedes, las mujeres del lado norte, sepan

cómo esos delicados vestidos infantiles que compran

en macys, en wannmakers, en gimbels, en​​ marshall fields,​​ 

han sido teñidos en sangre, han sido cosidos con retazos de carne,​​ 

aquí abajo, en San Antonio, “donde el sol pasa los inviernos”.

 

Quiero que ustedes, las mujeres del lado norte, vean

la servil sonrisa, el trino de las vendedoras

“exquisito trabajo, madame, exquisitos pliegues”

desvanecerse en un rostro henchido, ordenando más vestidos,​​ 

forzando el descenso de los salarios,​​ 

disolverse en maría, ambrosa, catalina,​​ 

cosiendo estos vestidos desde el amanecer hasta la noche,​​ 

en sangre, en retazos de carne.​​ 

 

Catalina Rodriquez, 24,​​ 

cuerpo plegado como de una niña de 12,​​ 

catalina rodriguez, últimas etapas de la consunción,​​ 

trabaja por tres dólares a la semana desde el amanecer hasta la medianoche.

Una niebla de dolor se hace espesa sobre su cráneo, el​​ calor abrasador

rompe sobre su cuerpo,​​ 

y el brillante rojo de la sangre borda el piso de su cuarto.​​ 

Lluvia blanca hilando la noche, diría el poeta burgués,​​ 

blancas gaviotas por manos, rápidas, cambiantes,​​ 

blancos relámpagos, cosiendo las nubes

ésta es la exquisita danza de sus mandos sobre la tela,​​ 

y su tos, alegre, rápida, un staccato,​​ 

como huesos de esqueleto en traqueteo,​​ 

son un acompañamiento adecuado para la estética danza

de sus dedos,​​ 

y el trémolo, el trémolo cuando las manos tiemblan con dolor.​​ 

Tres dólares a la semana,​​ 

dos cincuentaicinco,

setenta centavos a la semana,​​ 

no sorprende que dos mil ochocientas damas de la alegría

estén pasando el invierno con el sol cuando ya se ha ocultado—

por cinco centavos (¿quién dijo que este era el mundo de un hombre rico?) puedes

comprarte todo el amor que quieras

“la gono y la sifi no son mucho peores que dedos ardiendo, ojos ciegos y la tb”

 

Maria Vasquesz, solterona,​​ 

por quince centavos la docena cose prendas para niños

que nunca ha tenido,​​ 

Catalina Torres, madre de cuatro,​​ 

para mantener famélico al famélico cuerpo, borda desde el amanecer

hasta la noche.​​ 

Madre de cuatro, ¿en qué piensa

mientras la aguja ensarta los dedos que se mueven sobre la seda—

en el grueso rastrojo de lo retazos de piel que se extienden sobre su propias crías

y hace sobresalir los huesos en los confines que marcan el escenario del hambre,

mientras pequeños y gordos cuerpos de pradera crecen y retozan en la seda

que ella teje?

(No seas envidiosa, Catalina Torres, ¡Mira!

aquí en la ropa de tus propios hijos, diseños

más complejos que lo que podrían hacer miles de manos,​​ 

ahí donde la tela se deshace, o donde se condena, ​​ 

ahí diseños, multitudinarios, complejos y hechos a mano por la mismísima

Pobreza).

Ambrosa Espinoza confía en dios

“Todos es de dios”​​ 

con la menguante noche y la luna creciente, ella hace un remiendo

de sí misma–

pero los peniques para mantener a dios encarnado, de ambrosa,​​ 

y los peniques para mantener al cura en vino, de ambrosa,​​ 

ambrosa arropa a dios y al cura con​​ vestidos de niño hechos a mano.​​ 

 

Su hermano yace en un catre de hierro, mirando todo el día

Yace en un colchón de trapos.​​ 

Por veinticinco años trabajó para el ferrocarril, luego lo despidieron

(días de tormenta, buscando trabajo; desaires; miradas sospechosas de la policía.

adiós ambrosa, `gual en dallas hay trabajo; un giro desesperado, un viaje,​​ 

manos sorprendidas, atrapando el aire, la rueda pasa por sobre una pierna,​​ 

la vía férrea la corta, al igual que corta veinticinco años de su vida).

Ella dice que él reza y sueña con otro mundo, mientras yace ahí, un cielo (que él no sabe fue traído a la tierra en 1917 en Rusia, por obreros como él)

 

 

Mujeres del lado norte, quiero que sepan

cuando manoseen esos exquisitos vestidos hechos a manos

lo que significa, este trabajar del amanecer hasta​​ la​​ media noche,​​ 

y en qué extraños pies el febril mañana debe de llegar​​ 

para maría, catalina, ambrosa

cómo los malignos dedos que se espasman sobre las pálidas caras y las arrastran al trabajo,​​ 

y el sol​​ y la fiebre que montan con el día—

largas y pesadas horas, los ojos ardiendo como carbones,​​ el calor deshaciendo los dedos que vuelan,​​ 

cae la noche como una ceguera.​​ 

largas horas aún más bajo el nublado ojo de la lámpara, la espalda

que se rompe,​​ 

el desgaste que se urde en la piel como gusanos, gitantes como el invierno

en la tierra.​​ 

Y para Catalina Rodriguez llega el sudor nocturno y la sangre​​ 

bordando la oscuridad.​​ 

para Catalina Torres los rostros contraídos de cuatro niños apiñados,​​ 

​​  los cuerpos desnudos de cuatro niños en los huesos,​​ 

el canto coral de su hambre.​​ 

Y para dos mil ochocientas muchachas de la alegría el grotesco acto​​ 

concluyendo –el guiño–la mueca–el “¿tienes ganas, bebé?”

Y para Maria Vasquez, solterona, el vacío, el vacío,​​ 

ardiendo con vestidos para niños que nunca acurrucará

Y para Ambrosa Espinoza– el cuerpo en esqueleto de su hermano​​ 

sobre su colchón de trapos, perforando agujeros idénticos en la oscuridad con sus ojos

a semejanza de cristo, recordando una pierna, y veinticinco años

arrancados de su vida por el ferrocarril.​​ 

 

Mujeres del lado norte, quiero que sepan,​​ 

Les digo que esto no puede durar para siempre.​​ 

 

Les juro que no será así.​​ 

 

 

 

 

 

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