Nueva, muy nueva, nueva poesía mexicana

Emma Vamarí (2007) y Brunella Guedea (2007) están en busca de los poetas de su generación. Construyen un dossier de poetas mexicanos nacidos a partir de 2005. Iniciamos esta serie con los poemas de Francisco Javier Diaz Aguilar (2005), Vianey Walleth (2006), José Santiago Macías Cabrera (2006), Hannie Elizabeth Valenzuela Rodea (2005), Fernando Tecocoatzi López (2007), Genaro Emiliano Aguilar Saucillo (2005).

 

 

 

 

 

 

 

Francisco Javier Diaz Aguilar

Tochimilco, Puebla​​ (2005)

 

 

 

 

 

 

Tiempo compartido

 

Hoy que te he visto sin verte,

en cualquier dirección a campo abierto,

algo me ha dicho que allí​​ 
bajo ese cielo

las horas son las mismas

que pude haber escrito palabras y silencios

y en secuencias dispersas

el viento​​ formaría​​ tu cuerpo.

 

Porque sé que hoy has pensado en mí

mira que yo también he pensado en ti.

 

Te he sentido borrando líneas en algún poema

y lo mismo que el cielo,​​ cuando llueve

se ilumina a mitad;​​ así has venido​​ 
a iluminar​​ como un relámpago

las palabras de tinta en el ocaso

que se adhieren a la memoria

de lo que somos y lo que es el mundo.

 

Porque algún día he querido encontrarte en el mundo

sé que tú también algún día has querido encontrarme ya.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cihuatlzintli (mujer que brota)

 

Mujer floral

Piel de alhelí que canta

Ojos de niña​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

Florero

 

Cuando mamá pone flores

pone sus manos

pone una tarde soleada

pone el agua, la misma agua con que acomoda sus cabellos

que también son flores.

Con la misma delicadeza de una madre

el florero guarda flores

y también guarda a mi madre.

 

 

 

 

 

 

 

 

Vianey Walleth

Monterrey, Nuevo León​​ (2006)

 

 

 

 

Perro de pelea

 

Solitario camino voy andando

entre lluvia, tormenta de mi cielo,

lastimando mi lomo con su hielo

a mi leche podrida va limpiando.

 

Yo creí que mi dueño me fue enviado

para hacerme feliz por un momento;

mas ofrece el tormento de su aliento

que me obliga a cederme condenado.

 

Enfrenté a los caninos de las celdas,

me pagó mi señor, con su derrota,

cicatrices que lloran tras las rejas.

 

Salivosa resina de mi boca,

con mis gotas de sangre, por las sendas,

se derrama el aliento que se agota.

 

 

 

 

 

 

 

 

José Santiago Macías Cabrera

Puebla,​​ Puebla (2006)

 

 

 

 

 

 

 

A veces me distraigo observando la alacena

si es que no tengo nada más que hacer.

Con las manos juntas,

como queriendo arrojar un padre nuestro

que apenas desea brotar,

interrogo la disposición doméstica

de las tazas y los platos.

¿Quién será el abuelo de ese vaso?

¿Por qué aquella cuchara ha quedado huérfana?

El timbre del teléfono me contesta.

 

Papá aún no ha llegado del trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Herencia

 

I

 

Llevo conmigo la espalda de mi padre

y sus ojos volteados

convertidos en uvas maduras,

oscuridad oscilatoria en el tiempo;

dulce de caramelo

para fruir la insipidez de la vida adulta.

 

A mi padre lo enmudecieron

tantos partidos de fútbol.

A mi padre lo crucificaron

en el patio de la casa,

a la vista de todos sus hijos.

 

¿Y luego qué vendrá para nosotros?

¿Qué para mis hermanos colocados

en el filo de la noche, como una fiera

que dormita entre los juncos?

 

A mi padre se lo llevaron arrastrando.

 

Mi padre es las ruinas de este mundo,

 

es una lagartija que maté a pedradas

siendo niño, mi padre es una botella vacía;

 

mi padre es un compromiso familiar

que no quiero asumir nunca,

o quizá, dejaré para después.

 

 

 

 

II

 

Busco una cuerda para acudir

en tu auxilio, papá, pero no está cerca.

No puedo rescatarte,

no tengo un flotador a la mano

para salvarte y luego verte expulsar

mucha agua por medio de tu boca.

Ahora te estás ahogando.

Nadie percibe el olor de tu paladar.

Tú estómago se vuelve una ballena,

me dice que pronto

todo estará mejor.

Que voy a crecer

y podré entenderte.

Yo te miro desde aquí

 

como una estatua silenciosa,

papá, porque dijiste

que te esperara en la orilla.

Esta vez puedes hacer algo por mí.

Córtame esta vergüenza,

repara esta carretera mal trazada

y torcida y anormal,

acomoda este ángulo de inclinación,

dime cómo se llama tu padre,

repíteme tu nombre hasta el cansancio

para que así,

también,

yo pueda conocerte.

 

 

 

 

 

 

 

Retrato hablado de una sombra

 

El póster del Che me mira y se sonríe,

tal vez sueña, igual que yo,

con hacer una revolución que sólo existe

en el interior de su cabeza.

Puedo observarlo desde el colchón.

Está allí, sin moverse, pegado al muro,

impreso en una hoja de papel

descolorida​​ 

 

También estará conmigo en la plática

de política

que viene después de la comida, impregnada

con aroma de chiles en vinagre /

 

Y así todos los días.

 

Cuando entro a mi cuarto me saluda,

y yo le respondo desde ahí:

 

con la V de la Victoria

hasta siempre y adelante /

 

Luego le pregunto cómo va el clima,

qué opina de mis calificaciones

o si yo podré ser algún día

un revolucionario auténtico como él.

Pienso que no, porque, aunque quiera

parecerme,

yo he nacido

para ser distinto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hannie Elizabeth Valenzuela Rodea

Atizapán de Zaragoza,​​ Estado de​​ México​​ (2005)

 

 

 

 

 

 

 

Jeremías 17:5

 

III

 

Al Alba le juraste que no hallarías descanso,

hasta erigir un Mañana

en el que Tú y Yo no existiéramos más,

donde, en cambio,

se nombrara un Nosotros

con todas sus letras.

Tus palabras las tragué crudas,

no tenían sazón ni esencia.

 

Llegó la tarde, y saliste a mi encuentro.

Me regalaste la primavera en pleno diciembre,

esplendor de pétalos malva,

que se encajaron en mi pecho,

drenaron mi aliento y mi fuerza.

Tiernos brotes que nunca fueron míos del todo.

 

De tu boca brotó la añoranza

mientras tu anhelo se recostaba en mi hombro

Mi mirada gritaba tu nombre,

Pero tú no escuchaste su llamado.

 

Cuando tus ojos al fin se encontraron con los míos,

me contemplaste por un breve instante,

como se mira una casa ajena,

que no es, ni fue, ni será hogar.

 

Un eco resonó a la distancia,

y te apartaste mientras

el ruido retumbaba en los vacíos.

Era el sonido del juramento

que no supiste sostener.

 

Te marchaste con la tarde,

sin volver la mirada hacia atrás

llevándote contigo

un Nosotros intangible

que no será nombrado jamás.

 

Dejaste un Yo a oscuras,

Sin un Tú que sostuviera sus silencios.

 

Me arrojaste hacia el abismo

del que me juraste proteger.

Y al mirar hacia mi pecho descubrí con ironía

que tu primavera acababa

de marchitarse entre mis brazos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fernando Tecocoatzi López

Zacatelco, Tlaxcala​​ (2007)

 

 

 

 

 

¿Por qué tan lejos?

 

Mientras descansaba sobre la tierra,

mientras veía las calles desérticas,

mientras esa noche absoluta me absorbía

entendí que el lugar de mis amores es la distancia,

la lejanía que me deja ver el mundo,

son las falacias o las mentiras,

los actos ocultos que no digo por el terror que me dan,

la prisión en que vivo cuándo temo

revelar mi hogar

cuando llega la noche con sus luces azules y fugaces,

con la fuerza de mil soles,

astros desperdiciados en un anuncio de cerveza,

en un bar o en un simple recuerdo del exceso.

 

A la par veo calles marchitas,

pueblos desolados y temerosos,

rostros como de muertos,

hombres y mujeres negados a la luz,

absorbidos por el sol y asesinados por la luna,

mirando tan lejos que se gastan los ojos en ello.

 

Y en el viaje de regreso me pregunto

—¿por qué tan lejos?,

recuerdo los ojos de mi madre

y me pregunto; —¿por qué tan lejos?,

me seco las lágrimas y me pregunto

—¿por qué tan lejos?

 

Volteo hacia la ventana y miro,

veo como la tierra se confunde con la línea del asfalto,

la carretera se difumina y me invade un dulce sueño.

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué es llorar?

 

Una respuesta, una huída,

algo así recordaba que decían.

Una solución breve frente a lo eterno,

es decir un hoy frente al infinito.

 

Son las palabras de las ofertas de trabajo,

un llanto incontrolable que se nos cuela,

que surge como voz de los desaparecidos,

es la fuerza de lo que significan 100 varos.

ya hasta matan por eso o menos,

o bueno eso dicen.

 

¿Cómo ves cuándo las palabras lloran?

Es simple, cuando están muertas,

cuando no queda un alma con acento,

cuando no queda el significado de las frases,

cuando los verbos pierden sentido,

cuando solo quedan los antónimos comunes,

cuando ya todos hablan al olvido.

 

Es más ya olvidé que es olvidar

y ahora no sé qué son las lágrimas.

 

 

 

 

 

 

 

Hoy que llueve

 

Estas calles nacieron inundadas,

con una mirada desierta frente a la vida,

nacieron con excrementos entre los adoquines,

con perros callejeros exhaustos

y con gatos envenenados en los patios.

 

Tal vez el olor a drenaje no estaba,

o quizás alguna vez hubo banquetas,

pero estoy seguro de que nunca hubo vida,

no desde que sonaron los primeros balazos,

no desde que nos volvimos sordos.

 

Hoy que llueve somos algo,

algo así como el florecer de una planta muerta,

como los costales de comida en el basurero,

un intento de vivir que ya no vivirá.

 

Y cuando lleguen los fraccionamientos,

los Walmarts, los McDonald's y los Costco,

llegará el progreso de esa lluvia,

y por fin mientras rezamos a la tumba de Sam Walton,

naceremos como carroña a 20 varos el kilo,

seremos flores de plástico en un charco.

 

Esa lluvia podrida entre los llanos

por fin servirá para algo,

por fin seremos libres esclavos.

 

Hoy que llueve

deja de creer en Tláloc.

 

 

 

 

 

 

 

Genaro Emiliano Aguilar Saucillo

Cuautitlán de Romero Rubio, Estado de México​​ (2005)

 

 

 

 

 

 

Narrativa del viento

 

Estos valles son un cúmulo de nudillos bajo el pasto,

 

una lección del cómo una nación aprende a dormir sobre sus muertos.

Estoy parado donde la sombra de un árbol me cose los tobillos

 

a la tierra — un árbol sin hojas, sólo hueso,

 

sólo el recuerdo de la fruta. ¿En qué estás pensando?

 

Estoy pensando en ellas — dos extrañas atravesando la pradera,

sus vestidos aleteando como orquídeas en el viento,

como si ofrecieran

 

sus cuerpos al silencio. En casa, mi madre dobla las tortillas,

ahora lunas — yezana, ofrendas. En el noticiero, un nuevo rostro sin nombre

sale a luz entre yo nujmú.

Lo llamamos duelo, pero aquí

 

apesta a pasto quemado por el viento.

 

Me he convertido en la costura a la que cosen los cerros.

Las montañas que abandoné detrás,

 

los perros ladrándole a yo paa, los días nuestros,

 

el camino empedrado tragando nuestras lengua

 

y regurgitando su alfabeto extranjero.

Pienso en los padres que nunca regresan

 

— por elección,

 

o llevados de la carretera, como hojarasca — el cómo heredamos un silencio

 

y lo pulimos a una gramática enclaustrada.

 

Se nos dice que inclinemos los rostros todos

contra este cielo estéril,

 

aunque nunca susurra nuestros nombres de vuelta.

Una rama apunta hacia este arco pálido

y nos dicen que hemos de llamar a esa puerta hogar.

 

Quiero decir que estoy seguro, lo deseo,

 

que la distancia puede desenredar nuestro paisaje,

 

pero mis huesos crujen bajo el viento

de cada borde que han cruzado,

todos los nombres nuestros bajo la huerta en nuestro patio.

 

Presiono mi oído contra la montaña. Late, está latiendo.

 

¿En qué te has convertido en este brillante, rebanado valle?

 

He tomado forma en las ramas desenvainadas,

 

la sombra, el venado.

 

Pienso en mis dos madres

y sus peregrinajes por las llanuras,

 

volteando los pastos hasta que sus rostros

 

se hallen centelleando en las raíces —

 

otra vez.

 

Notas (en Jñatjo, o mazahua):

Yezana= dos lunas

Yo nujmú= la cosecha

Yo paa= los que van; los días

 

 

 

 

 

 

Carmesí

 

Ahora temo a las alturas, y a las aceras. Temo a saber que hay algo mío

tras la puerta. Temo a otra puerta tras la puerta. Temor a lugares insólitos,

temor al veneno doméstico, temor de venenos insólitos

en cada recoveco del asiento. Temor a sentirme parado,

temor a sentarme en la ausencia. Temor a las alturas de los cielos más angostos,

temor al dorado de ellos en tu cabellera, temor a que el dorado

me deje en la ceguera. Temo aproximarme a la mirilla,

 

observar el pasillo extenderse como la marea, ver tu silueta tocando

en cada una de las puertas. Temo a la silueta que vi de niño,

temo a que haya sido lo último que viera. Tu silueta como el detergente

con el cual fregar el piso. Temor a que borre la necia sombra que permea.

Temor a los finales felices. ¿Sigues aquí? ¿Seguiremos,

sin importar que la historia hierva? Temor al destello en el retrovisor,

temores nocturnos en salas de espera. Temor a estar

en la sala de espera, temor a ser la persona en el cuarto dorado.

Los árboles altos y fugaces tras la ventana del auto,

ese ligero quemar en las yemas

deslizándose tras sus cuerpos delgados. Una historia completa hasta que no lo es,

porque has leído la tapa del libro, porque sabes en qué comienza

y quién escribe el posfacio. Temor a que el VHS

que yace polvoso tras tu cabecera te parezca un bodrio, porque yo creía

en cada escena fugaz montada como un modelo del sistema solar,

tan sólo queriendo palparlo antes de que la luz también desaparezca.

Temor a que, después de pasar estas horas incontables ante el pitido clínico,

nuestro pasto se halle ahogado en las malezas. Temor a levantarte de la cama,

y hacerte de cenar y volver a quemar tu lengua.

Tengo miedo a tener que abrirnos al silencio, a que tu lengua deslice por inercia

¿Seguiremos aquí? ¿Pese al zumbido de la tetera? ¿Hundidos entre la maleza,

ahogados en los matorrales, ignorando que en el pasillo

esta es la única puerta abierta? Si hubiera podido capturar algo,

 

quemaría cada capítulo del libro, enterraría su esencia.

El tocadiscos dejó de funcionar desde aquel día, tus dedos cesaron de ser

la balada que recorría las teclas inhóspitas, que asentaban el compás

a nuestras marchas opuestas… Tenle terror al polvo, repudia de no volver

a oír la música, esa única canción que odias, teme a las alturas

de los árboles que caen solos, rehuye a las aceras

donde yacen historias muertas. Guarda temor a las palabras envueltas,

o revueltas, sofocadas, al bamboleo, al aproximarme al punto final del libro. Si no eso,

¿cómo le llamarías a lo que hemos hecho? ¿Un amor verdadero?

¿Un manchón carmesí en la carretera? Yo le llamo temor

a probar la sangre en tu lengua, temor a saber que es mía. Terror a desear que lo fuera.

Guarda respeto al diluvio

que siempre deslava a lo que se halla certero. Me pedías resguardarte, y te di un castillo.

Me dijiste que dejara de cantar. Pedías salvación, y te di mis manos

para palpar las fracturas en cada candado. Te di las llaves a mi cuerpo,

te di mis costillas, te di la árida brisa de verano, te di el dorado en mis venas.

Te di la funda, y te di la daga. Hazlo tú. Yo ya estoy fuera del cuarto.

 

 

 

 

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