Nueva poesía de Chiapas: Jorge Daniel Gordillo Yáñez

Izhar León construye una imagen de la nueva poesía chiapaneca. Nos propone la lectura de Jorge Daniel Gordillo Yáñez (Tuxtla, 2002). Es egresado de Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la UNACH (2020-2024), en el campo de la cultura colabora como corrector de la revista La Disidente, de crítica y creación literaria. Ha participado en antologías literarias universitarias, como Voces que cuentan, además de escribir poesía de manera independiente en diversas colaboraciones.

 

 

 

 

 

 

 

El bien que vi

 

¿A dónde vas, el bien que vi?

¿A dónde buscaré tu nombre repentino?​​ 

 

Yo no puedo pronunciar tus iniciales,

ni la noche maniatada que deploro​​ 

seguir tu silencio de gacela.​​ 

Las memorias demasiadas te repiten,

y me duermo en el olvido necesario,

me olvido en los pasos que no encuentro,

en los pasos ambarinos de tu lustro.​​ 

 

Ve adonde vas, el bien que vi,​​ 

redoblando tu camino por las frondas

undantes del tiempo venidero,​​ 

y regresa adonde vas, si yo te vi

con los ojos de la noche detenidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Amatoria

 

Tu voz a voz de pronto, mis pestañas

─un segundo cómo late─

todo la misma cosa:

como trenza de giros simultáneos,​​ 

mis horas son tu risa de por medio,

trasdoble corazón.

Se figuran recuerdo que colapsa.​​ 

Mis insomnios, los tactos, las andanzas

son repeticiones de tus insomnios,​​ 

de tu piel semoviente, de tus pasos.​​ 

Lejos los horizontes son de nada,

páramos del allá que son de nada,

son de nada, como siguieron años​​ 

al no, al quizá del mediodía,

trasdoble corazón.

Y son así, aquí los años todos

que las sombras percuten en tus párpados,

palomas inmediatas que regresan

en el tiempo a la fuente del amor.

Aquí se rompen las ventanas bajo tierra,

y salgo desde tus labios a tus ojos

por mis manos sepultas en tu nuca:

nada después la misma cosa.

Como inmanente esta visión del cuerpo,

mis días son tu risa a voz de pronto,

suma de las preguntas amatorias

que se responden a sí mismas.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

Irradiación

 

También en estos espejos​​ 

bocabajo​​ 

deslicé mis manos, amplias,​​ 

en el reflejo de un suspiro.​​ 

Como soplos,​​ 

como las semanas lejos,​​ 

sentí vibrar lo que vuelve​​ 

en sí —lo que me duerme.​​ 

No soy yo​​ 

este polvo que rebota,

el martillo del ambiente,

la suspensión de mi recámara,

allá en el recuerdo. Soy​​ 

como someto mis palabras​​ 

lejos, lejos,

como inhesión,

estas semanas lejos.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

La fuerza

 

llevar un clavo entre los dedos y pensar

esto es la cruz

tomar un hocico entre las palmas y pensar

esta es la fuerza

es haber descortezado las superficies

y desflorar también las apariencias

 

¿quién es capaz de sostener

aquí

como quien ha de regresar un vencejo contra el aire

sus puños

en sus manos?

 

 

 

 

 

 

 

El peso

 

van en agosto mis noches tropiezan las hienas que tiran de enero

tropeles de lobos que ruedan panteras que corren los años

cadenas que caen de bruces el polvo levantan la vista los perros

los perros levantan las horas se pierden al viento qué tarde

se ven los minutos cansados el rastro del odio, la sombra

del trance felino que sopla la niebla; la luna que sopla,

la voz que responde ─esta voz que responde, con sol y mañana,

a las grupas rendidas de mis ratos. La arena sin huellas

que no recuerdo haber dejado al aire nocturnal,

la arena tibia que se escurre pronto para el cielo,

así como sumisos estos lomos y colmillos

sin un ladrido terco, entre mis dedos,

y el mes naciente que tanto, tanto es de día

se aploman, y los busco bajo el suelo

con uñas que yo sé que sangrarían​​ 

si no durmiera el ruido mi tiempo

en las raíces

de la nada

aquí

 ​​ ​​​​ [aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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