Poesía argentina: César Cantoni

Diego Roel Construye un dossier de poesía argentina. Leemos aquí a César Cantoni (La Plata, 1951). Su libro más reciente es El último hombre (2025). Leemos algunos poemas de esta colección. Acompañamos los textos con una nota crítica de Juan Carlos Moisés.

 

 

 

 

César Cantoni nació en La Plata el 23 de febrero de 1951. Publicó doce libros de poesía:​​ Confluencias​​ (1978),​​ Los días habitados​​ (1982),​​ Linaje humano​​ (1984),​​ La experiencia concreta​​ (1990),​​ Continuidad de la noche​​ (1993),​​ Cuaderno de​​ fin de siglo​​ (1996),​​ Triunfo de lo real​​ (2001),​​ La salud de los condenados​​ (2004),​​ Diario de paso​​ (2008),​​ El fin ya tuvo lugar​​ (2012),​​ Un arte invisible​​ (2016) y​​ El último hombre​​ (2025). En 2023, Proyecto Hybris Ediciones dio a conocer​​ Música continua, una antología personal que reúne poemas éditos e inéditos. Su obra publicada incluye, además, el libro de aforismos​​ Pensar no cuesta nada​​ (2020) y dos cuadernillos:​​ Intemperie y otros poemas​​ (2006) y​​ Latencia: poesía y dictadura​​ (crónica literaria, 2013). Figura en numerosas antologías poéticas argentinas e hispanoamericanas.​​ Integró los grupos literarios “Latencia” (1977-1979) y Tuerto Rey (2006-2007), y fue redactor de la revista “El Espiniyo” (2005-2006).​​ Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, catalán, griego, ruso y albanés. Colabora con diarios, revistas y páginas virtuales de Argentina y del exterior.​​ Administra el blog de poesía platense​​ Los poetas no van al cielo.​​ Reside en su ciudad natal.

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

La razón poética de César Cantoni

(Fragmento)

 

Tempranamente Cantoni “encuentra el rumbo exacto de su recorrido”, escribió Luis Benítez. Los temas y el tono de su obra tienen una coherencia y una continuidad asombrosas, con una sola condición para el lirismo: que sea seco, descarnado. No hay final feliz en su poesía. Y no hay lugar para la compasión, porque el mundo no la tiene con sus criaturas desamparadas.

(...) A poco de leer vemos lo que hay para ver bajo las lentes de un microscopio. Ninguno de sus poemas se distrae con el lenguaje, ninguno nombra los hechos o las cosas al pasar, no hay alegorías ni rodeo alguno, todo está en foco. Atrapar la realidad en un poema no es tarea sencilla, es más bien una tarea imposible. No se pone a distancia de lo que nombra, escribe como parte de eso que nombra. Para Cantoni lo real no es sólo materia sino también forma poética. Escribe y se cuestiona en ese límite que no termina de cuajar, o se resquebraja o inflige padecimiento. Es su tema, su gran tema, con todas sus contradicciones y veladuras, que atraviesa y da consistencia a su obra, como si también buscara, dentro de lo real, otra realidad más tangible y valedera en la que se pudiera confiar.​​ 

(...) Consciente de lo que hace, Cantoni escribe con un “yo devaluado”, como definió el poeta Fernando Kofman al modo de escritura que no pone el acento en aspectos autorreferenciales, a diferencia del terreno que ha recuperado el “yo” con las experiencias neorrománticas y sus derivados intimistas. En todo caso, diferencia como entidades independientes su “yo poético” de su propio “yo”, y a éste no lo separa del “yo” de los que pernoctan bajo los puentes. Es la épica del hombre común.

(...) Para Cantoni no hay palabras exclusivamente poéticas; todas lo son, o lo pueden ser en la estructura del poema. Basta leer cualquiera de sus libros para comprobarlo. Es una poesía despellejada, libre de ornamentos, para que las palabras, como flechas, o mejor, como balas que dispara a la página, lleguen directo al blanco. Una bala no se entretiene ni se detiene a bailar ni da volteretas para embellecer su misión primera. En todo caso, no es el tipo de balas/palabras que le son propias.​​ 

 

Juan Carlos Moisés

 

 

 

 

 

 

 

10 poemas de “El último hombre”, de César Cantoni (Proyecto Hybris Ediciones, La Plata, 2025)

 

 

 

 

 

23​​ de febrero​​ 1951

 

Eran las 18,45hs cuando mi madre,​​ 

alojada en una cama de hierro

del Hospital Español de La Plata,​​ 

dio a luz a un niño de cabellos claros

que evidenciaba –primera señal​​ 

de su incomodidad en el mundo–​​ 

un tic facial compulsivo.​​ 

 

Hoy, ese mismo niño,​​ 

tan incómodo como el día que nació,​​ 

escribe estas líneas con manos de viejo.

 

 

 

 

 

 

 

Amanecer de invierno

 

El techo de chapa del galpón

amaneció escarchado​​ 

y la humedad, al condensarse,​​ 

gotea sobre el piso.

Las cañerías se congelaron

y el agua caliente​​ 

no logra circular por ellas.

Mis manos y mis pies helados

me advierten que el invierno

es más cruento de lo que insinuaba.

Mientras enciendo la estufa,

el poema no escrito

aguarda que el corazón,

todavía adormilado,

acelere la sangre en las arterias ​​ 

y empiece a hablar.

 

 

 

 

 

 

Un pequeño insecto

 

Un pequeño insecto con alas

se posa sobre el freezer.

Cuando me acerco a él,

ni siquiera intenta moverse.

Es evidente que no cree en el mal.

Iba a aplastarlo con el diario

que enrollé al efecto,

pero su fe en el mundo

me hace desistir de la acción.

 

 

 

 

 

 

 

Instrucciones de caza

 

Cuando yo era chico, mi padre me llevaba al campo,

me ponía una escopeta en las manos

y me enseñaba a dispararles a las perdices.

 

Durante la conscripción, los militares argentinos

me adjudicaron un fusil de la Segunda Guerra

y me enseñaron a dispararles a las personas.

 

De modo que a los 20 años yo ya estaba adiestrado

para cazar ejemplares de cualquier especie.

 

Afortunadamente, nunca cacé otra cosa

que algunas piezas silvestres y emplumadas.

 

 

 

 

 

 

 

Cinefilia

 

Yo era Mickey Rourke y vos eras Kim Basinger.

Durante​​ “9 semanas y media”​​ fuimos felices.

Después, nos quedamos sin argumento y el guion fracasó.

(Lo de siempre: la vida, el amor, esas cosas...)

Esta mañana, mientras tomaba el desayuno,

volví a recordar nuestra película.

Eras tan linda entonces como una estrella de cine.

 

 

 

 

 

 

Perspectiva

 

La Tierra es un planeta oscuro,

un lugar donde caben el hambre, el dolor,

la crueldad, el espanto, la muerte...

En todas partes hay barro,​​ 

basura acumulada, podredumbre...

Sin embargo, si pudiéramos mirarla desde el espacio

veríamos que brilla como cualquier estrella.

 

 

 

 

 

 

Duración

 

Según estimaciones científicas,

la esperanza de vida humana​​ 

ronda, en la actualidad, las siete décadas.​​ 

Algunos ejemplares de la especie​​ 

consiguen, bien o mal, superar dicho límite.

El más longevo hasta ahora,​​ 

si se excluyen los personajes bíblicos,​​ 

fue un ejemplar de sexo femenino,​​ 

cuyo nombre era Jeanne Calment.

Esta mujer, que nació en la ciudad de Arlés,

vivió exactamente 122 años.

Clara demostración de que la muerte es sabia:

¿quién podría soportar más tiempo el peso de la luz?

 

 

 

 

 

 

 

Una vieja película

 

Anoche, miraba una vieja película por cable.

En un segmento de la misma, la actriz principal

se despojaba completamente de la ropa.

 

Contrapuesto a la luz de una ventana,

su cuerpo parecía esculpido por un artista

e invitaba a jugar los juegos del deseo.

 

La película fue filmada hace más de tres décadas.

Hoy, la actriz es una mujer madura,

con algunos problemas de salud.

 

Duele experimentar, en la confrontación retrospectiva,

cómo los cuerpos se enferman y degradan,

cómo la belleza prescribe, irremediablemente.​​ 

 

No, no quiero ser impiadoso con la actriz,

pero prefiero recordarla ahora

en su icónica perfección de celuloide.

 

 

 

 

 

 

 

Percepción de viejo

 

El tiempo –diría un poeta

de vena metafórica–

es como un tren que no se detiene

en ninguna estación:

 

corre tan velozmente​​ 

que, apenas abrimos la ventanilla

para ver el paisaje,

ya estamos arribando a destino.

 

 

 

 

 

 

 

Libro de poesía

 

Leo el primer poema​​ 

y no hallo una muchacha

dispuesta a seducirme.

 

Leo el segundo poema​​ 

y no hallo un taxi que me lleve

hasta el Paseo del Bosque.

 

Leo el tercer poema​​ 

y no hallo una pistola  ​​ ​​ ​​​​ 

para apuntarle al autor a la cabeza.​​ 

 

De manera que cierro el libro

y me pongo a mirar por la ventana:

afuera, la poesía de la calle

escribe su espléndida página diurna.

 

 

 

 

 

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