Juan Pablo Roa (Bogotá, Colombia, 1967) es poeta y editor. Autor de varios poemarios, en 2023 se publicó su poesía completa a la fecha bajo el título En la mano que escribe. Poesía reunida (2007–2022). «El suyo es un decir que elude lo estático porque desde el origen parece haber optado con determinación por el signo del cambio, por el movimiento perpetuo», en palabras de Rafael Courtoisie. Participó, asimismo, en el poemario de cocreación Renga (2022) junto con Alberto Silva y Misael Ruiz Albarracín, y ha traducido al español a las poetas italianas Amelia Rosselli, Ana Mª Giancarli y Antonella Anedda. Es fundador y director de las editoriales de poesía Animal Sospechoso Editor, Altrocanto y Abrapalabra Poesía. Reside en Barcelona desde el 2000.
¿ALGUNA vez llegaremos al Sur?
No llevaremos siquiera raíces,
ni recuerdos, nada que se parezca
al pasado, nada que se parezca
a nada.
Quien mil veces lo intenta
lo hará porque al Sur no quiere llegar;
hará bien porque nadie sube al carro
que no le toca
(y aun quien ve claro
a nuestra casa viene).
Muy claro lo dice el carro en su insignia,
en su escritura con aires del Sur:
«pasa, pasa de igual manera
el mundo
y abre las ventanas de nuestra casa».
No hace falta que sea Carnaval;
un carro pasa
y un no sé qué
de incertidumbre
nos dice algo conocido
de su cochero:
lo conocemos, lo hemos visto
pero no lo podemos recordar.
Es la fiesta del fuego,
es una gran hoguera
que celebra los fuegos fatuos.
Y mientras pasa el carro
el aguafiestas nos pregunta:
«¿pero llegaremos alguna vez al Sur?».
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2
LA PALABRA aprendida la primera noche,
en la primera estación del verano,
cuando los primeros colores
eran el mundo y su medida,
ahora es la noche.
Era fácil hallar el fruto del verano
y tocar con la mano la quietud del aire
o llevar ese mundo nuevo
hasta los labios del deseo.
Noche tropical que sigue siendo el verano
con sólo recordar palabras como noche,
verano, horas de la madrugada
en las que el mundo y su medida
eran el mundo entero
aunque inconmensurable.
Por eso decir «el verano»,
es decir verano, noche, venablo,
palabras que eran la carne del deseo,
y decir su nombre, sembrar sus frutos.
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3
TODA escritura en un poema
es una casa vieja
que sacuden los siete vientos;
sus muros pueden ser atroces
o ufanos,
alegres canciones pueden acicalar
sus muros y sus muebles,
pero siempre deja un resquicio
de heredado misterio,
como quien arrastra una carreta
en las páginas de la noche.
El poema deja siempre una puerta abierta
que arrastra entre pedruscos
fuegos fatuos, aullidos,
máscaras cambiantes del fuego
y viejos artilugios de oficina
que nadie usa
pero traen a la memoria
extraños sortilegios
de quien le pone el nombre de los astros
a las herramientas sencillas
de cada día.
En escritura solitaria entre las piedras,
entre los cipreses oscuros
que pueden ver al más allá,
en las espuertas incendiadas
de velas y ciudades
que se consumen como los pabilos
en el atardecer de un verano de siglos,
el poema es una canción que inventa
los acordes y las corcheas del futuro.
Toda escritura de un poema
exige la penumbra
y el tornasol
de la luz al pasar entre los árboles
y la quietud reconcentrada
de los minutos que trazan el tiempo
entre el amanecer
y la caída de la noche.
«Para protegerme de la intemperie
escojo el consejo de los muertos.»
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4
Hemos cerrado el libro de la noche
todavía con páginas en blanco.
GRACIAS al canto
por fin alguien comprende
lo que de nosotros calla la noche.
¿Qué mano teje
la flor nocturna
que durante la noche
transcribe en letras de cristal
la carne herida de nuestro deseo?
Un agua distinta, un agua solitaria
nos abreva como a un mamífero
venido de las sombras,
nos enseña a leer
en la página oscura
del día, y sin embargo
de sus palabras nada permanece.
¿Qué fruto de ámbar y de perfume
cruza a hurtadillas
bajo la hiedra azul
en donde nace la palabra?
Mitad oro, mitad tiniebla
siempre queremos recordar
qué música nos llama
desde la raíz primitiva
que nos enseña a decir la palabra
azul cobalto
materia viva de los sueños.
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5
I
Jardín ardiente en cuyo centro
permanece fugaz
el paso de la flor.
II
La imagen y el espejo,
dos caras, la misma moneda.
III
Soñar y ver
son la misma familia del poema
y sin embargo
nada se cuece fuera del poema;
antifaz que desmiente
cómo la vida y la escritura
son parientes de un mismo sueño.
IV
Al igual que los niños
quiero ver en las nubes
un auspicio dictado por los cielos.
IV
Lo que nos convoca al sueño de la escritura
debe ser calco del deseo:
no se suma realidad sobre realidad
a menos que no se quiera soñar
sin lumbre el sueño ajeno.




