Gustavo Caso Rosendi (Esquel, Chubut, 1962). Reside en la ciudad de La Plata.
Es poeta y ex combatiente de Malvinas. Publicó: Bufón fúnebre (Último Reino, 1995),
Soldados (Ministerio de Educación de la Nación, 2009 / Último Recurso, 2016 y Volcán de Agua, 2025), Lucía sin luz (El Mono Armado, 2016), Todos podemos ser Raymond Carver (Pixel, 2017) y Lo más lejano (Volcán de Agua, 2025).
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Reeditar este libro es atrapar mínimamente la espuma de su océano infinito. Es compartir las voces del poema, entre la tempestad del fuego, con quienes vinieron después, y aprendieron a caminar y vivir un país. ¿Acaso leer a Gustavo no es traer la historia al presente, una invitación amorosa a no olvidar?
Daniela Stucan
fragmento del prólogo de la reedición de Soldados
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Palabras sobre islas, palabras sobre palabras
Quizás el más famoso de los poemas que abordan la guerra de Malvinas —y también uno de los primeros— sea Juan López y John Ward, de Jorge Luis Borges, publicado el 26 de agosto de 1982 en el diario Clarín, luego incluido en Los conjurados, de 1985. De ese año es también el libro Radar en la tormenta, de Alfredo Veiravé, en el que aparece Antipanfleto arrojado por los Harriers sobre las islas Malvinas. Ambos textos dan simultáneamente cuenta de los horrores de la guerra y del horror del sujeto poético.
Durante años, el nacionalismo de derecha tildó a Borges de inglés. Un epíteto que la izquierda supo adoptar sin demasiado tino ni matices. En verdad, este conservador puede considerarse a nivel estético, un revolucionario. Como afirma provocadoramente Carlos Gamerro en su ensayo El escritor irlandés y la tradición: “su proyecto de escritura implica (…) una apuesta anticolonialista de máxima (…) absorber toda la cultura del amo, apropiársela y luego arrebatársela, aunque sea en el plano simbólico (…) producir un discurso sobre la cultura dominante que la cultura dominante no pueda ignorar”.
En Juan López y John Ward, el anarquista spenceriano que decía ser Borges resulta menos liberal y más anarquista que nunca: deplora la guerra como si la viera desde un futuro ya sin fronteras, casi un mundo como el que pide imaginar John Lennon en su canción solista más famosa. Vistos desde allí, los años de la guerra de Malvinas resultan una época extraña (…) un tiempo que no podemos comprender. El tiempo en que se matan entre sí dos que sólo se vieron la cara en esas “islas demasiado famosas”. Dos que podrían haber sido amigos: uno que “profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte”; otro que “había estudiado castellano para leer el Quijote”. En algún poema bastante difundido en redes sociales en las primeras décadas de este siglo, Caso Rosendi cuestionaba la posibilidad de la existencia de algún conscripto movilizado a las islas que supiera de la existencia de Conrad. Introducía, con sorna, un matiz de clase: la ley de servicio militar obligatorio no escapaba a las generales de la ley argentina, expresadas tempranamente en el Martín Fierro: La ley es tela de araña / en mi ignorancia lo esplico / no la tema el hombre rico / nunca la tema el que mande / pues la rompe el bicho grande / y sólo enrieda a los chicos".
Pese a lo justo de la discusión, el citado poema de Borges expresa su desgarramiento, compartido con sectores bastante amplios sectores de la sociedad argentina con inclinaciones culturales y simpatías políticas anglófilas que tuvieron su pico durante la lucha contra el nazismo. Pero a la vez puede leerse como un alegato internacionalista y pacifista.
Mario Sampaolesi retoma, hasta cierto punto, la línea ideológica del Borges de Juan López y John Ward en Malvinas (2010), un largo poema construido de fragmentos que alcanza cimas perturbadoras de intensidad. En él se entreveran lo narrativo, lo lírico, una mirada desde afuera de la guerra y otra desde adentro, así como discursos de divulgación científica vueltos absurdos ante la violencia, y cierta preocupación ecologista. Algo que ni Borges ni Sampaolesi consideran es la diferencia irreductible entre los combatientes: unos fueron a la guerra en cumplimiento de la ley de servicio militar obligatorio -espoleados además por una escolaridad que contribuyó en gran parte a hacer de Malvinas causa nacional-, otros eran soldados profesionales, ya sea de la Argentina o del imperio. Escribe Sampaolesi: “las putrefactas nubes apisonantes pesan sobre los kelpers, sobre los ingleses, sobre los argies: todos ellos arrastran su carne inocente a través de la tundra, roídos por el mordisco de la estafa”. El tremendismo de esa retórica puede alcanzar cotas de eficacia indudables. Pero más allá de la inocencia de toda carne ante la muerte, ya en un sentido histórico y político, no metafísico, ¿podemos considerar igual la inocencia de un conscripto y la de un mercenario imperial?
El último Borges, el de la época de Juan López y John Ward vivía una revolución personal. Eran los días junto a María Kodama. Si pocos años antes había aceptado una condecoración de Pinochet afirmando que “Chile tiene la forma de una espada”, y había considerado a Videla “un caballero”, por entonces comenzó a declarar que los militares del Proceso eran matarifes que habían hundido a la Argentina. Ese Borges firmó una solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, asistió a una sesión de los juicios contra las juntas militares y escribió un poema contra la llamada Campaña al Desierto: El infiel. David Viñas —en su ensayo Indios, ejército y frontera—, llamó a este tipo de estremecimientos morales quilitismo, en alusión a Quilito, novela de Carlos María Ocantos en la que miembros de las clases que se beneficiaron con el genocidio contra los pueblos originarios se horrorizaban al ver la entrega de chinas para servidumbre, separadas a la fuerza de sus hijos. Un señalamiento necesario pero que no resta sinceridad a lo sentido por Borges ni mengua el posible valor de Juan López y John Ward.
También expresa un desgarro el poema del autoproclamado provinciano Veiravé, quien se acerca más que Borges al mundo cultural de los conscriptos argentinos enviados al matadero. Él no apela a las sombras augustas de ningún escritor clásico, sino a los Beatles. En su poema, un panfleto arrojado desde aviones conmina a los soldados argentinos a rendirse. Ellos, pese a amar a los fab four, pese a la cobardía y a la traición de sus jefes, no se rinden: “y ahora / algunos sonríen bajo la nieve con John el de Liverpool / cuando ven a Lucy por el cielo con sus trenzas rubias de diamantes / en los mares del Sur”.
Más allá de todo lo que diferencia el poema de Borges con el de Veiravé, se trata de dos visiones de la guerra desde afuera. Todo lo contrario sucede con los escritos de Martín Raninqueo y Gustavo Caso Rosendi, dos ex combatientes que fueron a las islas como soldados del Regimiento 7 de Infantería de La Plata, el que soportó uno de los combates más encarnizados de la guerra: Monte Longdon, al filo del final.
Dice el poema Condecoración, de Gustavo Caso Rosendi: Prendieron en su pecho / una medalla barata / donde alguna vez / estuvo la esperanza / de trabajar para vivir / dignamente por ejemplo // y no ver por la vidriera / cómo cena el senador / como putañea el diputado”.
Ya en aquel invierno de 1982, sobre el metal de un cañón, Raninqueo, un descendiente de indígenas y de inmigrantes italianos, escribía: “saldré a marcar / con baba y veneno / un pedazo de tierra que haré mío / y en el instante crudo del miedo / al polvo le pediré / un río de sangre salvaje en las venas / o hacerme fuego / bajo las alas de Cafulcurá. / No entregar Carhué al huinca”. Un poema sumamente original por la articulación entre el reclamo territorial de Argentina como Estado – nación y la problemática de los pueblos originarios.
Cabe leer Haikus de guerra no como un libro ilustrado. Sino como una obra formada por xilografías de Julieta Warman y versos de Martín Raninqueo. Originariamente, el dibujo del poema tiene una importancia crucial en el haiku dado que se trata de una escritura mediante ideogramas. Y aunque en los poemas en castellano la disposición en la página y la tipografía tienen de por sí un valor plástico, y particularmente en este libro, esas pocas sílabas cargadas de intensidad nunca pueden homologar a lo que son los ideogramas dibujados por el haishin (escritor de haikus). Las xilografías de Julieta Warman vienen a auxiliar al texto castellano para cumplir con ese anhelo plástico del haiku y en muchos casos resultan como letras de un idioma nuevo.
Haikus de guerra no permite el consuelo del regodeo más o menos pasivo. El asunto es Malvinas si bien esas islas no son nombradas por ninguno de los haikus, ya que ese libro, como tanta música, está hecho sobre todo de silencios. Sí se nombran el viento, el frío, la espuma, la nieve, el monte Longdon. De entrada, el epígrafe de Shoa alude a unas islas en la niebla, y ya el primer poema habla de un pozo encima del cual percute la lluvia. No es cualquier pozo, es un pozo de zorro donde guarecerse del fuego enemigo. En esa travesía que proponen Raninqueo y Warman nos entreveramos con temas que atraviesan desde hace siglos la literatura, ya presentes en la Iliada mencionada por Leopoldo Brizuela en el prólogo: el coraje, el miedo, la vida, la muerte, la fraternidad, la enemistad, el amor, la soledad… Y como en La Odisea, cantar y contar es el único regreso posible para el combatiente.
A primera lectura salta a la vista la contigüidad de la palabra haikus -que es decir poesía- y la palabra guerra. Más allá de una poesía previa a la nación, como son los cielitos y diálogos patrióticos, más allá de una poesía celebratoria y oficial, no abundaba en Argentina una poesía de guerra. Y no precisamente porque nos hubieran faltado batallas: la guerra por la independencia, la guerra contra los caudillos de las provincias siniestramente denominada guerra de policía por Sarmiento, la guerra de la Triple Alianza -rebautizada Triple Infamia- contra el Paraguay de Solano López cuyas pretensiones de autonomía económica molestaban a las potencias europeas... El largo enfrentamiento entre unitarios y federales produjo más que nada una poesía de propaganda, con autores férreamente alineados en uno de los bandos: como en el caso de La refalosa, de Hilario Ascasubi, una especie de panfleto antirrosista que gracias al talento de su autor, revela con más potencia que tomos y tomos el carácter criminal de nuestra historia.
El Martín Fierro —que Lugones intentó imponer como poema patrio— es en parte un gran poema de guerra. Un poema de los sufrimientos de los soldados, de los de abajo. O mejor dicho, de algunos de los de abajo: los gauchos reclutados a la fuerza para combatir en la frontera. Indígenas, negros, inmigrantes no contaban. Tal vez por eso Lugones, hacia el primer centenario de la Argentina, cuando el patriciado sintió amenazada su hegemonía, erigió como arquetipo de la nacionalidad al gaucho de ficción Martín Fierro, cuando no muchos años antes Sarmiento había aconsejado no economizar la sangre de los gauchos reales.
Hernández asumió en su poema la voz de uno de esos gauchos enrolados de prepo y caído en desgracia. En 2009, más de cien años después, apareció el poemario Soldados, de Gustavo Caso Rosendi, en el que refulgen como bengalas los sufrimientos de los soldados de otra guerra: la de Malvinas. El historiador Federico Lorenz lo llamó “un Martín Fierro de los 80”. Es un libro hermano de los Haikus de guerra por varias razones. La primera, pero no la principal, es el dato biográfico de que tanto Gustavo Caso Rosendi como Martín Raninqueo hayan sido soldados de esa misma guerra, de esa misma durísima postguerra, y militantes del C.E.C.I.M. La Plata, una de las agrupaciones de ex combatientes más compleja y consecuentemente politizada ya desde la decisión de no admitir en sus filas a cuadros profesionales de las FF.AA., así como por su impugnación a los militares carapintada que muchos veteranos reivindicaron como conductores en el teatro de operaciones, supuestos nacionalistas en oposición a los generales de escritorio aliados menores del anglosionismo. La cercanía fundamental es que ambos libros abordan el tema desde la mirada, desde las percepciones, desde los sufrimientos y los sueños de los soldados. Si Alejandra Pizarnik alegaba “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo” (Árbol de Diana), Raninqueo y Caso Rosendi plantean implícitamente una mirada desde el pozo de zorro.
En el ensayo El escritor argentino y la tradición, Borges planteaba la posibilidad, por nuestra situación periférica, de adueñarnos de cualquier tradición. Tanto Gustavo Caso Rosendi como Martín Raninqueo aprovechan las ventajas de tal marginalidad para construir su voz poética. Caso Rosendi acudió a formas de las cuales se valieron el italiano Giuseppe Ungaretti y el francés Guillaume Apollinaire en sus poemas referidos a la Primera Guerra Mundial. Raninqueo al haiku, una forma que venía trabajando desde años antes, presente en su libro Poemas al flautista (2003). Tanto el libro de Caso Rosendi como el de Raninqueo se oponen al canon de escrituras argentinas en torno a Malvinas, fuertemente marcado por la novela corta Los Pichiciegos –escrita en junio de 1982 por Enrique Fogwill-, y sobre todo por las formas de leerla que se fueron cristalizando. En pos de oponerse a los discursos sociales dominantes en plena guerra –lo que su madre veía a toda hora por televisión-, Fogwill hizo a sus soldados víctimas que sólo pueden aspirar a una picaresca de supervivencia. En esa versión no tienen lugar la lírica ni la épica. Algo que muchas primeras versiones de la historia —las dominantes— pretendieron hacer con los desaparecidos: sujetos políticos no, puras víctimas. Inocentes. Y por eso reivindicables sin mayor compromiso. A esos malabares, Caso Rosendi advierte: “Mercenarios de perfil bajo / (los únicos que los vieron ya no están) // Cuchillos fantasmales cortando los sueños // ¿Pero acaso nosotros / no veníamos del país de / las picanas sobre panzas /embarazadas? // ¿Quién le tenía que tener / miedo a quién?” (Gurkas). Y por si fuera poco, en otro poema, titulado magistralmente En el palomar (alusión a una importante base de la Fuerza Aérea a la que regresaron muchos soldados tras la guerra), refuerza: “Querían que comiéramos /de las miguitas del olvido. / Pero no quedan palomas / después de una guerra. // Pichones de cóndor desgarrando / las tripas de la verdad”.
Si bien los poemas cortos que articulan la contención y la expresividad remiten a Ungaretti (mencionado además en un epígrafe) marcan el tono general. La complejidad del libro admite ecos de Gelman, no sólo en la recurrencia de algunos diminutivos muy bien dispuestos, sino incluso en algún poema completo como es el caso de Cuando cayó el soldado Vojkovic o en Cantata. Hay también lugar para el humor negro, que campea en Una receta para el Gato Dumas: “Primero: robarse un paquete de fideos / del cuartel Moody Brook. / Segundo: ponerlos a hervir en el casco / con agua de una charca cercana (…) comer lentamente como si fuese /el último bocado que se vaya a saborear”. Poema estratégicamente dispuesto justo antes de Por robar comida: “…y si yo fuera / todas las estrellas estaqueadas / constelando el desamparo / de esta noche?”. Hay también lugar para dedicarle irónicamente un poema a la revista Gente, cómplice de la dictadura que afirmó hasta último momento “vamos ganando”: “Cuando decíamos:/ ¡Que se venga El principito! / No queríamos decir: /¡Que se venga el principito! / No era al Andrés que reclamábamos. / Era al que dibujaba boas / tragándose elefantes y sombreros”. Hay lugar para un diálogo explícito con su parcero Martín Raninqueo —autor además de un prólogo para la primera edición de Soldados—: “…el soldado Raninqueo / escribe / inocencias de otros fuegos” (Última carta). Y un diálogo implícito con Veiravé: “Es el atardecer y en la única radio / de las islas están pasando Let it be. / Bebemos y reímos / porque mientras en el continente / lo único que explota es el rock nacional / y Charly pide que no bombardeen Buenos Aires / ¡aquí los milicos pasan The Beatles!” (Momento).
En la señalada complejidad de Soldados, capaz de citar a Joyce y a Wilde (irlandeses, claro) así como de cruzar el Caronte de la mitología griega con la Libertad tocada con gorro frigio, puede leerse también una crónica poética: su linealidad temporal permite recorrer todas las etapas de la guerra y la postguerra como si se tratara de estaciones de una pasión.
El canon de Malvinas suele completarse con Las islas (1998), de Carlos Gamerro, nacido el mismo año que la mayoría de los conscriptos enviados a Malvinas. Las islas es una larga novela visionaria emparentada con William Burroughs, con Philip Dick y con Blade Runner, versión cinematográfica dirigida por Ridley Scott de la novela Sueñan los androides con ovejas eléctricas de Dick. Más allá de la importancia de Los Pichiciegos y Las islas, tal delimitación del corpus literario es tan caprichosa como infructífera. No incluye poemas; no incluye la novela Buenos Aires City (1968), de Marcos Victoria, una ucronía en la cual las invasiones inglesas triunfaron y los criollos se han refugiado en Malvinas desde donde pretenden recuperar el territorio continental; no incluye el inteligente thriller malvinero Kelper (1999), de Raúl Vieytes. A ese canon viene adosado un concepto que hace años se viene repitiendo y al que tanto Soldados como Haikus de guerra bombardean sin piedad: intentar cualquier cosa parecida a una épica sería ponerse del lado de los militares, de los perpetradores del genocidio, contra ella sólo quedarían la picaresca, el sarcasmo, la salida por la tangente más o menos distópica.
Para comenzar, acecha allí una visión bastante ingenua de lo que es la picaresca, a la que puede considerarse una épica baja, una épica de los despreciados y de los vencidos que al menos hasta cierto punto subvierte los valores dominantes. No de manera revolucionaria, con aspiración a durar, pero sí con desparpajo carnavalesco. Y en relación con nuestra historia reciente, desde una perspectiva de derechos humanos, cabe preguntarse: ¿encima de todo lo que sufrieron en la guerra los soldados se pretende que haber tenido el valor de defender a los compañeros, de jugarse por ellos, no vale nada, que no se puede construir con eso experiencia, o sea narración? En esas cristalizaciones, surgidas de medios académicos y repetidas por suplementos literarios y revistas sin matices ni demasiada reflexión, se expresa la imposibilidad de pensar Malvinas para buena parte de los sectores progresistas de nuestra sociedad. La imposibilidad para pensar la autonomía, la soberanía y el tema mismo de la nación, la imposibilidad de aceptar que recibir y abrazar a los soldados no significa abrazarse con Videla, Massera & company sino todo lo contrario. Si en la ESMA se torturaba y se desaparecía, en Malvinas se torturaba y se desaparecía a soldados conscriptos, que aún antes de enfrentarse con las tropas imperialistas debieron sufrir a sus mandos (con muy pocas excepciones, por lo general oficiales muy jóvenes). Algo que planteaba implícitamente Virus, sin dejar de bailar, en El banquete. Last but not least, ese tipo de posturas respecto a Malvinas, como planteó C. E. Feiling en un ensayo luminoso, implica “la desaparición” del concepto imperialismo como categoría de análisis.
Caso Rosendi escribe: “Yo los saludo / soldados que salen / marchando de mí mismo / entre temblores de frío y de resaca / hojas perennes en la rama / florcitas de ceibo incendiadas con la tarde”.
Los ex soldados combatientes —con sus testimonios orales, con sus acciones políticas o con sus poemas, que también resultan en parte acciones políticas- son voces incómodas, tan incómodas como las voces de los sobrevivientes de los campos de concentración que hubo en la Argentina. Unos y otros subvierten determinadas versiones de la historia: nos hablan del coraje, del miedo, del dolor, de la traición, de la derrota. Nos hablan, también, de otro país posible, de proyectos, de sueños, de fraternidades. Nos hablan de violencias hoy fustigadas sobre todo por quienes llaman paz a la guerra que van ganando. No son visiones en blanco y negro, sino con todos los tonos del gris. Esas voces nos traen una verdad insoportable. Por eso resultan bienvenidas.
Juan Bautista Duizeide
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Trinchera
Comenzamos cavando como si
fuera nuestra propia tumba
Pero cuando el cielo escupía fuego
nos dábamos cuenta
que era un buen hogar
después de todo
Gurkas
Mercenarios de perfil bajo
(los únicos que los vieron
ya no están)
Cuchillos fantasmales
cortando los sueños
¿Pero acaso nosotros
no veníamos del país de
las picanas sobre panzas
embarazadas?
¿Quién le tenía que tener
miedo a quién?
Naturaleza muerta
La tierra se abría
y nos iba comiendo
Verdes manzanas machucadas
Verdes manzanas esparcidas
en la turba amarillenta
Nevermore
Ojalá pase el Sea Harrier
de nuevo por aquí
graznando esa palabra
que no entiendo
El muy cuervo viene a
picotearnos los nidos
Prometo que esta vez
lo voy a desplumar de una escupida
Ojalá pase y estemos atentos
y no pueda posarse sobre
los cascos que aún sueñan
entre las piernas del amor
Por robar comida
¿Y si no fuera la atadura
que hizo el cabo y si yo fuera
un bicho verde sostenido por
alfileres y si fuera Gulliver
en el país de los enanos
y si fuera Cristo y si fuera el
costillar al asador del último
cumpleaños y si fuera el cordero
que maté esta mañana
y aún me mira y no me quita
ni un pecado y si fuera el mismo
cielo que se mete por los ojos
con este dolor titilando de tobillos
y muñecas y si yo fuera
todas las estrellas estaqueadas
constelando el desamparo
de esta noche?
Inés French
¿Le hubiese temblado la tiza
a la maestra pionera en
dibujar vocales para los
indiecitos del sur? si viviera
digo ¿le hubiese temblado la tiza
para escribir paz peace love amor?
Menos mal que ya no está pensó
el soldado de uniforme mugriento
Ochentipico tenía cuando nos dejó
¿Qué palabras hubiese escrito
ahora que los indios caemos
pronunciando esas vocales?
¿Le hubiese temblado la tiza a mi
abuela inglesa? si viviera
digo ¿le hubiese temblado la tiza
hoy que la noche parece
un pizarrón borroneado? pensó
el soldado de uniforme mugriento
Poema ornitológico
Casi todas las aves se habían ido
(Eran sabias las aves o casi todas)
No como esas gaviotas que flotaban
enrojeciendo la bahía
No como aquel Pucará que caía en picada
ennegreciendo la mañana
Puerto Madryn
Como una Moby Dick de acero
el Canberra nos derramó en la explanada
Luego el abrazo de la gente el griterío
un hogar un plato de guiso un poco de vino
el ruido del chorro del sifón y los ojos
encendidos de una chica
Partimos al atardecer
Lentas algas se amontonaban en la orilla
En el Palomar
Querían que comiéramos
de las miguitas del olvido
Pero no quedan palomas
después de una guerra
Pichones de cóndor desgarrando
las tripas de la verdad
Himno en la escuela
¿Acaso oímos el llanto sagrado
el sangrado grito de rotas cabezas?
¿O coronados de gloria vivimos
mientras flotan al viento
jirones de pueblo perdido salud?
¿Están resecos los laureles
escarapelas grises que caen
desde las sienes?
¿Y escucharán ellos allá lejos
esta tarde el estribillo
ahora que mi hijo está vestido
de granaderito
ahora que canta la inocencia
ahora que la bandera
se mancha de crepúsculo?
Cuando cayó el soldado Vojkovic
dejó de vivir el papá de Vojkovic
y la mamá de Vojkovic y la hermana
También la novia que tejía
y destejía desolaciones de lana
y los hijos que nunca
llegaron a tener
Los tíos los abuelos los primos
los primos segundos
y el cuñado y los sobrinos
a los que Vojkovic regalaba chocolates
y algunos vecinos y unos pocos
amigos de Vojkovic y Colita el perro
y un compañero de la primaria
que Vojkovic tenía medio olvidado
y hasta el almacenero
a quien Vojkovic
le compraba la yerba
cuando estaba de guardia
Cuando cayó el soldado Vojkovic
cayeron todas las hojas de la cuadra
todos los gorriones todas las persianas
Se asoman cada noche
uniformados de musgo
desde la tierra parturienta
Miran las luces del muelle
y todavía sueñan
con regresar algún día
Oler de nuevo el barrio
y correr hacia la puerta
de la casa más triste
y entrar como entran
los rayos del sol
por la ventana
en la que ya nadie
se detiene a mirar
donde ya nadie
espera la alegría

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Otros autores
Valeria Pariso / Inés Aráoz / Lucas Margarit /



