Masterpiece
Mojo el pincel en la pintura roja
para pasar de la mejilla al beso;
de la herida a la rosa, a la granada.
Esta será, sin duda, mi obra maestra.
Lenguas de fuego sacro queman el lienzo.
La diosa, arisca, eleva su mirada:
lleva mi taquicardia tatuada en el cuello.
A sus pies: mi rabia florecida.
A la cabeza: mi dolor hecho espinas.
La túnica no existe: va desnuda,
como desnuda va mi lengua.
Mojo el pincel en la pintura roja.
Soy yo otra vez, no tengo escapatoria.
Yo, la diosa y los ojos arrancados
que esparcí como semillas sobre el lienzo.
Ritmo 0
Invité a mis espectadores a dejar de mirarme,
a quitar la cara de sorpresa.
Los invité cortésmente a andar su ruta, no mis pasos.
Puse sobre un tapete un lápiz y un pincel,
una tijera, un biberón, un palo.
Con gestos elocuentes les prohibí tocarlos,
agredirme, usarlos en mi contra.
Acto seguido, me aplaudí y doblé el tapete.
La gente no sabe qué hacer con un lápiz y un pincel.
Yo los comprendo.
No sé qué hacer con los espectadores.
Porcelana
Un platillo de porcelana, llano,
de los que solo se usan en ocasiones especiales
y se guardan con celo en anaqueles.
Caracoles, algunos viejos, otros más recientes
(de la última visita a una playa cualquiera),
de diversas formas y tamaños, con olor a marisma de verano.
La repisa, pequeña y simple,
dueña de dos o tres libros que se hojean a veces
y de las cenizas del cigarro matutino y el incienso nocturno.
Un platillo lleno de caracoles encima de la repisa no significa nada.
Tal vez ofrenda u ornamento ante los ojos desconocedores.
Pero puede significarlo todo
cuando las distancias físicas son muy grandes.
Un platillo lleno de caracoles encima de la repisa
es capaz de contener las bocanadas de humo denso,
los abrazos húmedos de agua de río,
las confidencias de amor no correspondido
cuando la distancia física no era tan grande todavía.
Pasan los meses y pasan las promesas.
Cambia el clima y cambian los estados de ánimo.
Pero el platillo de caracoles encima de la repisa no cambia,
así como no cambia la distancia física.
Y aunque algún día cambiara esa distancia,
el platillo de caracoles permanecerá inamovible.
Aunque se cuartee el recubrimiento de porcelana.
Aunque ya no se prendan más inciensos.
Seguirá siendo recipiente
de todo lo perdido y encontrado.
Nostálgico significante de lo que fue,
con su olor a marisma de verano.
Gatos
Dicen: los hombres no lloran,
los hombres no orinan sentados,
los hombres no son fieles;
con la misma certeza con que dicen
(o pudieran decir):
los gatos no hablan,
los gatos no opinan,
los gatos no sienten.
Yo he visto enormes plazoletas
llenas de hombres lagrimosos
cargando gatos parlantes.
He visto pasar por mi calle
filas y filas de sentimentales gatos
llevando hombres fieles
atados a una correa color mostaza.
Pero si lo dijera nadie me creería.
Las cosas que dicen de las mujeres son peores.
Bellas artes
Este domingo iremos al museo con los ojos cerrados.
Juntaremos las manos para no caernos.
Nosotros conocemos el camino al museo
y el museo conoce su camino a nosotros.
En el museo, entonces, nos extasiaremos:
tomaremos helado a escondidas del guarda.
Sentiremos los rostros pintar nuestra nuca:
acrílico, pastel, chorreando por la espalda.
Nos sentaremos quietos frente a Klimt o a Monet.
Abriremos los ojos y allí nos dormiremos.
El lunes, el guarda limpiará nuestro marco,
probablemente incluso lo cambie de lugar.
Luego se irá, sin prisa, tras un rastro dudoso
de pisadas, helado, acrílico, pastel…
Podar la madreselva
Es tiempo de podar la madreselva,
según la luna y según mis ovarios,
que saben más de podas y cosechas
que mis propios cabellos (y ya eso es mucho decir).
Las madreselvas se podan
como se podan las cabezas de los hombres:
con las uñas pintadas de rojo
y tacones de aguja.
Las cabezas de los hombres se podan
como se podan las madreselvas:
con tijeras de jardín,
bien afiladas, rectas.
Un día un hombre podó mis ovarios
con rectas y afiladas tijeras de jardín,
porque yo me negué a podar su cabeza
con las uñas pintadas de rojo y tacones de aguja.
Eran otros tiempos y había otra luna,
muy distinta a la que hoy sabe,
igual que mis ovarios,
que ya es tiempo de podar la madreselva.
Venus Flytrap
Tú puedes abonarme con destreza,
comprar fertilizantes importados,
darme sol y darme sombra,
sembrarme en un bonito recipiente.
Pero yo soy extremista,
extremadamente extremista,
extremista al extremo.
Y en tu primer descuido,
me abriré en dos y engulliré a la mosca.
Patrimonio
No conocí a mi tatarabuela.
Soñé que nació en un pueblito apartado
y que parió muy joven una decena de hijos.
Se fue temprano, como las madreselvas
y dejó su nombre, palíndromo y católico,
que ninguna de nosotras ha usado todavía.
Mi bisabuela me llevaba a recoger claveles.
Me hablaba de la abundancia y los gobiernos.
Escuchaba a los espíritus, que se despedían de ella
golpeando la vieja mesa de la casa que ya no existe.
No heredé su amplio pecho, pero llevo tatuadas sus tijeras
y cuando cierro los ojos veo la rama encorvada
con la que encontraba pozos y conjuraba sequías.
Mi abuela fue regenta de cien matas de guayaba
y de no sé cuántas vacas y ovejas.
Cosió la ropa de sus hijos, la de sus nietos,
la de sus nueras y yernos.
Tengo sus postales, sus vestidos
y el relicario de marquesitas con la foto invisible.
Espero el momento de dar a mi prole un nombre simple,
de preferencia palíndromo y católico.
Solo entonces me convertiré en esfinge
y ellos podrán decir que les heredé un acertijo
que parece una tijera o un relicario,
y que no saben cómo usarlo todavía.
Ajuste de cuentas
Tengamos un duelo, Frida.
Tú y yo.
Tú escoges si espada o pistola.
Yo escojo si monte o desierto.
Conociéndote, escogerás pistola.
Conociéndome, escogeré desierto.
Dame la espalda, Frida.
Pégate a mí.
Caminemos doce pasos al frente.
El gatillo a la cuenta de tres.
Conociéndote, dispararás primero.
Conociéndome, dispararé después.
Me heriste en la frente, Frida.
Por aquello del ojo y la bala.
Me recibe la arena caliente.
Los coyotes vienen hacia mí.
Conociéndote, tratarás de salvarme.
Conociéndome, me dejaré morir.
Ideología desechable
El hobby predilecto
de muchas de mi generación
fue jugar a Clara Zetkin.
Anudaron pañuelos verdes en su cuello.
Pugnaron por ganar la habitación propia.
Maldijeron al sexo opuesto
y se besaron unas con otras
(aun cuando otras no gustaban de unas).
Ahí las veo a todas, actualmente,
unas fuera y otras dentro
con los frutos de la renegada fertilidad
prendidos a sus faldas.
Entretienen el tedio vespertino
con una telenovela extranjera
de más de trescientos capítulos.
«¿Feminismo? ¿Qué es eso?».
Exclaman, divertidas,
escondiéndose un mechón tras una oreja;
bajos los ojos hacia la sartén humeante,
rehuyendo, nerviosas, la mirada del tercer esposo.
***
Poetas cubanos del dossier
Taimi Dieguez Mallo / Luis Enrique Mirambert del Valle / Ana Margarita Arada Clavería / Reynaldo Zaldívar / Reineris Betancourt / Lisbeth Lima Hechavarría / Pablo G. Lleonart /



