GETSEMANÍ: ESPIRITUALIDAD Y BÚSQUEDA INTERIOR. ENTREVISTA A ARTURO DE VICENTE
Arturo de Vicente (Madrid, 1996) estudió Derecho y Economía en la Universidad Pontificia Comillas y ha impartido conferencias sobre poesía y pensamiento en España y Latinoamérica. Es autor de La anestesia del olvido (Valparaíso, 2021) y sus poemas han sido publicados en revistas literarias como Piedra del Molino o Casapaís. Recientemente se ha convertido en el poeta más joven en ganar el prestigioso Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma con Getsemaní (Visor, 2025), un poemario profundamente simbólico y espiritual sobre el que dialogaremos hoy con su autor.
Getsemaní es un libro marcado por la espiritualidad y la búsqueda interior. ¿Cuál fue su origen y cómo viviste su proceso creativo?
Getsemaní recorre un proceso vital de cuatro años que están marcados desde el punto de vista interior por un redescubrimiento espiritual profundo. Este viaje interior va de la mano con varios viajes a distintos lugares de India que influyen de manera relevante en el imaginario y senda que toma el poemario.
El origen fue inesperado, me resulta muy difícil pensar en sentarme a escribir un poemario. Creo que los poemas brotan de manera natural, van apareciendo. En el caso de Getsemaní los poemas se fueron haciendo paso en el silencio y cuando me quise dar cuenta tenía unos cuantos poemas que tenían un hilo conductor claro.
Probablemente lo que más haya disfrutado de Getsemaní haya sido el proceso creativo. Las distintas visitas a India han supuesto descubrimientos continuos que me impulsaban a reflejar en mis poemas ese diálogo entre la cultura oriental y las contradicciones de occidente.
El libro se articula en tres grandes partes: “El monte de los olivos”, “La mirada de Shiva” y “La llamada del silencio”. ¿Qué motivó la estructura del poemario? ¿Fue una decisión deliberada durante su escritura o un hallazgo posterior?
La estructura fue sin duda algo que me vino dado. Si decía antes que los poemas van apareciendo, el poemario acaba imponiendo la estructura de una forma muy natural: mientras ordenaba los poemas, me di cuenta de que había claramente tres etapas en ese periodo de cuatro años en los que nació Getsemaní. La primera parte, “El monte de los olivos”, supone un diálogo con la herida abierta de la pérdida de sentido y el anhelo de trascendencia que vive mi generación. La segunda, “La mirada de Shiva” es la más extensa y relata el viaje interior y exterior que supusieron aquellas temporadas en India, donde se combinan tanto poemas espirituales como de corte reflexiva sobre el mundo que habitamos. Por último, “La llamada del silencio” recoge todas las experiencias y referencias que me interpelaron en ese proceso, actúa como punto de encuentro de todas ellas y me reconcilia con esa herida abierta de la primera parte.
El libro cruza referentes culturales muy distintos: claves bíblicas con el huerto de Getsemaní como telón de fondo o la India como descubrimiento espiritual. ¿De qué manera conjugas estos núcleos temáticos de gran sincretismo?
Getsemaní ha aparecido desde el primer momento como un poemario profundamente sincretista, pero porque así he vivido la etapa vital de su creación. He crecido bebiendo de la tradición bíblica en la cultura occidental y por ello todo el poemario está impregnado de sus imágenes, porque las he integrado en mi imaginario desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la cultura oriental de India, los ritmos, colores, formas y poemas han estado muy presentes en mi vida desde el primero de los viajes y por ello el poemario está salpicado de continuas referencias y guiños a esa tierra.
Ambos mundos y sus culturas han dialogado de manera natural a lo largo del poemario porque considero que al final las expresiones culturares pueden ser diversas, pero el origen y el fondo es el mismo: la propia naturaleza humana.
Tu poesía es enormemente meditativa, de corte simbólico y espiritual. Invita al recogimiento y al silencio. ¿Por qué es esta la sustancia de tu obra, diríase la clave esencial?
Creo que en el mundo actual las personas sufrimos una profunda crisis de identidad y nos encontramos en continua búsqueda de trascendencia. Esto es algo común a mi generación, ese sentimiento de desazón y búsqueda continua.
Las respuestas a esta crisis de identidad son diversas. La mía, y parece que hay una tendencia en los jóvenes en este sentido, es el recogimiento y la espiritualidad. Ante un mundo en calma violenta, el silencio y la meditación – esa vuelta al origen o al primer amor – se abren camino como una fuente del sentido que buscamos. En mi caso, la espiritualidad no es una huida del mundo, como a veces se nos quiere hacer creer, sino una manera de estar y permanecer en él, una forma de trascender.
¿Qué escritores/as y, en particular, poetas han influido más en tu tarea creativa y por qué? ¿Se nota la voz de estos maestros literarios en Getsemaní?
Siempre me cuesta responder a esta pregunta, pero lo haré así: si pudiera, organizaría una cena donde invitaría a César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Julio Martínez Mesanza, Reiner María Rilke y Federico García Lorca, entre otros muchos.
No soy consciente a menudo de la influencia que han tenido en mis poemas, aunque tal vez con el tiempo sea capaz de ver pinceladas de ellas y ellos en mi poesía. Como detalle, el poema de Getsemaní “Poeta en Nueva Delhi”, sí que da alguna pista.
En el poema “El duende” escribes: “Dime, sociedad nueva y del progreso / si fuiste tú quien cubrió mi mirada / si la manzana que mordí / la plantaron tus siervos”. ¿Hay en tu escritura una crítica social al mundo del progreso?
“El duende” es uno de esos poemas donde tal vez se aprecie de manera más literal esa crisis de identidad que nos gobierna. Tomando el concepto estético del duende de Lorca, quise otorgarle a la espiritualidad esa categoría de lucha interior con la que se alcanza su verdad más intensa como expresión artística. La sociedad nueva y del progreso que nos prometieron – ese estado del bienestar donde nos diluimos sin identidad – nos usurpa el duende, la espiritualidad y lo que para muchos constituye nuestra última patria, la fe.
El Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma lo han obtenido poetas consagrados como Juan Carlos Mestre, Clara Janés, Gioconda Belli, Juan Antonio González Iglesias o Luis Alberto de Cuenca. ¿Qué ha supuesto para ti este premio siendo además el más joven en ganarlo?
Todos los que enuncias son poetas que admiro y respeto profundamente. No puedo evitar sentirme un poco impostor al compartir palmarés con nombres tan consolidados.
El premio ha supuesto un respaldo importante a esta pasión por la poesía que a veces manifiesto escribiendo pero que ocupa la mayoría de mi tiempo leyendo.
¿En qué proyecto creativo estás trabajando ahora?
Ahora mismo, si escribo algún poema, es de amor.
Si solo pudieras salvar dos poemas de Getsemaní (al estilo del escrutinio de la biblioteca en el Quijote o de Fahrenheit 451, ¿cuáles elegirías y por qué?
El primero, “Vísperas”, porque pone de manifiesto el camino que he recorrido, es un poema como una cicatriz. Salvaría también “Los travestis de los semáforos de Delhi” para tener siempre presente que el dolor de los otros, los que habitan los márgenes, es el dolor del mundo y el nuestro propio.
Dos poemas de Getsemaní
Vísperas
Si esto fuera verdad.
Si esto fuera la vida
esta calma esta pausa
con que nacen las nubes.
Si esta luna no fuera una mentira.
Si no hubiera lugar para el dolor
en la oquedad del tiempo.
Si los amaneceres consolaran
al niño que solloza.
Si fuera suficiente con vivir
de todos los recuerdos compartidos.
Si todas mis certezas fueran tuyas.
Si estuvieras aquí, acompañándome.
Los travestis de los semáforos de Delhi
Del suelo están lloviendo cucharas amarillas.
Están lloviendo y nadie sale en su triste auxilio.
Las luces de los putis de la A-3 brillan mucho
las noches de verano, pero aquí es diferente.
Todas estas luciérnagas vienen a no morir
y salen a cazar siempre que tienen hambre
siempre que no hay comida que infectar en sus labios.
Del suelo están lloviendo cucharas verdes, rojas
y amarillas y nadie se da por aludido.
La calle tiene el rostro que oculta su vergüenza:
la huella azul de nuestros ojos de cocodrilo
y el camino apagado de las tristes luciérnagas.
La niebla se desnuda sobre un yermo de estrellas
aunque también las putas tienen un corazón
que lucha de rodillas para seguir viviendo.
Entre viejos tuk-tuks de la ciudad del hambre
cuerpos afeminados oscilan ofreciendo
su atributo primario para ser devorados.
Mirando a las luciérnagas, mi corazón descubre
que el suelo sobre el que trabajan estas putas
debe ser lo más cerca que ha estado del cielo.





