Poesía española: Mónica Picorel

Leemos poesía española. Diego Roel nos acerca a la poesía de Mónica Picores (1970). Su libro más reciente es Fui un árbol en un balcón minúsculo (Baile del sol, 2025), del que leemos una selección.

 

 

 

 

Mónica Picorel​​ (Bilbao en 1970)​​ vive​​ en Barcelona desde el año 2000. Ha publicado los libros de poemas​​ Fui un árbol en un balcón minúsculo​​ (Baile del sol 2025)​​ Vida secreta de nuestros animales​​ (Baile del sol 2023),​​ Las otras geografías​​ (Talón de Aquiles, 2020) y es coautora junto con el poeta Misael Ruiz de​​ Interacciones​​ (Eragin 2025). Sus poemas forman parte de diversas antologías entre las que destaca​​ Poetas en construcción​​ (Animal Sospechoso, 2026) y han sido recogidos en numerosas revistas de literatura: Periódico de poesía de la UNAM, Casapaís, Vallejo&co, revista Mule, Culturamas, Mecanismos, revista 142, Caravansari... Tiene en su haber diferentes premios y menciones. Algunos de sus poemas están recogidos en la fonoteca española de poesía. Es habitual en encuentros y festivales poéticos. Fue poeta invitada en la feria del libro de Caracas del 2022 y 2023.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

Dar a la caza alcance

 

¿Cómo aprehender un mundo? ¿Cómo prestar oído a lo inaudible, a lo que no tiene techo, a la huella de un cuerpo en un cuerpo? Esas preguntas me asaltan después de leer​​ Fui un árbol en un balcón minúsculo, el​​ último libro de Mónica Picorel. Son preguntas que, evidentemente, sólo tienen respuesta en el universo del poema. Sólo dentro de​​ él.​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Será​​ preciso entonces moverse a derecha e izquierda, ir más hacia arriba, más hacia abajo: más largo, más lento, extendiendo, interrumpiendo, siguiendo las indicaciones del oído, de las manos, de la piel, del cuerpo entero. Será​​ preciso oír y sentir.​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ un sol​​ en el centro de un campo de avellanos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ un perro que bañado de ese sol

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ cree en todos sus nombres

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ en lo alto

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el nido que se abandona

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ para defender el peso del aire.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ No hay medios tonos en esta poesía. Por eso animo al lector, en el umbral de esta obra, a no leer correctamente, a dejarse confundir, a perder el rumbo. Que nadie busque en estas páginas coherencia, una percepción ordenada de las cosas. Cuando el yo lírico dice lo que dice, dice siempre otra cosa. La imagen poética aquí​​ es doble. O triple. Para captarla fehacientemente habrá​​ que dar vuelta el poema y observarlo por el otro lado. Habrá​​ que mirarlo no con la lupa de la razón sino, como aconsejaba Paul Celan, con el telescopio de la fantasía.

Es evidente, para quien sabe leer (para quien se atreve a leer) que cada verso de este libro fue limado y templado, pasado por el rasero de la inteligencia y de la emoción. ​​ 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ En algún sitio

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ como un segundo corazón

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ crece un fuego que explica el mundo.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Mónica Picorel fabrica, en las entrañas del poema, una herramienta antilógica, o, dicho con mayor precisión, supralógica. El hablante lírico desea ardientemente algo, tiene un apetito insaciable, expresa la pulsión del alma hacia la verdad. Y ya sabemos, la verdad, como la belleza, es esquiva, se escapa siempre.​​ 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el milagro​​ sucede en la disolución del yo

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ sucede paralelamente al mordisco de la pobreza

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ a los dientitos de ratón de la nostalgia.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Pero, ¿busca esta poesía, realmente, disolver el yo? ¿Pretende fundirlo en la noche, abandonarlo en el peso del aire? ¿Qué​​ significa la recurrente imagen del cordero? ¿Qué​​ significan las escenas de caza?​​ 

Nada sabemos. Nada. Sólo tenemos una certeza: Mónica Picorel habla de lo que ama. Y se da de cuerpo entero, construye el poema desde los bordes de una llaga.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ la mujer​​ futura

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ cose los bordes de una llaga que no cierra

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ despliega un pasaje nocturno

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ un corredor de mercurio

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ en la fiebre

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ perdura el tiempo de las cerezas

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ se desdice el impulso eléctrico

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ se disuelve el hueso.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ No podría, aunque lo intentara, emitir un juicio sobre este libro. Sólo puedo hablar, balbuceando, del lugar que ocupa ahora en mi corazón. Sólo puedo descubrir, exponer mi relación con estos poemas. Y una relación no es nunca un juicio. La relación, como puntualiza Marina Tsvetáieva en su artículo​​ Un poeta a propósito de la crítica, reemplaza el peso de la impasibilidad por la magnificencia de la preferencia. La relación prefiere amar y no juzgar.​​ 

Los poemas de​​ Fui un árbol en un balcón minúsculo​​ cuestionan el lenguaje de uso diario, explotan y exprimen los recursos de cada vocablo.​​ 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Vendrán por mis ojos

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ imitarán el nervio de mi voz

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ la postura de mi cuerpo en su dulzura más​​ negra

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ A Picorel le interesa más la semejanza que la forma (apariencia) de las cosas. Y no me refiero, claro está, a un parecido en la forma exterior, sino más bien a una semejanza espiritual. Es esta inclinación la que le permite intuir el peso de la nube, la pulsión de la piedra.​​ 

Armada de un desapego excepcional, la autora inscribe sobre lo dado el nombre de una segunda tierra, convierte su voz en piedra de afilar. Envuelta en carne y sangre, canta.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [...]

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ esta tierra que cavo con manos de otra

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ será​​ toda la tierra

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ perfecta luz en la antesala de la noche.

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Si bien todo lo que la poeta consigna corresponde a algo objetivo, no hay en esta poesía una pretensión mimética. El poema espejea las apariencias del objeto y nos señala su más acá, su más allá:​​ la carne sólo quiere ser carne.

Estamos ante un verbo que se funda sobre el abismo, que explora las grandes erosiones del lenguaje, sus infinitas capas, sus elusivas profundidades. Que logra darle a la caza alcance.​​ 

 

Diego Roel

(prólogo de​​ Fui un árbol en un balcón minúsculo,​​ Baile del sol​​ en 2025)

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

De las rémoras del viejo mundo

hacer sangre

como un niño ladrón

quedarse a vivir en las cabañas de los​​ árboles.

 

 

 

 

 

 

 

volvías​​ a casa

entre tus manos un majal

la plata del mundo aún palpitante

abrías la puerta y caían plumas

volvías al hogar como el buen padre​​ 

que aprende la hiel del animal sorprendido

después

el desuello de las piezas​​ 

el vaciado de vísceras

plumas piel o escamas​​ 

convertían la cocina en un lugar de incienso.

Si no había nada que cazar

recogías flores castañas piedras

me parecía entonces que era otro el que abría​​ la puerta.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

he traído​​ conmigo

el perfume del alga retirada a golpe de pala

el olor de un hombre

cuyo rostro respira la sed de la tierra antes del agua

olía como huelen algunas habitaciones que se​​ vacían con prisa.

 

Mi don es ser

aunque no sea la misma y sea todas y ninguna

aunque huela como huelen algunas casas que se vacían a escondidas.

 

 

 

 

 

 

 

un sol​​ en el centro de un campo de avellanos

un perro que bañado de ese sol​​ 

cree en todos sus nombres

en lo alto​​ 

el nido que se abandona

para defender el peso del aire.

 

 

 

 

 

 

 

 

te he​​ llamado hasta que la noche

ha dejado a mis pies

la mortaja de tu nombre.

 

 

 

 

 

 

 

TRAS la fina membrana de la noche

estos pies libres de huella

este cuerpo que no precisa materia

vienen a nombrarse en otra piel

mostrada como el canto fresco

de una nueva nada.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

imagina​​ que llueven cuchillas

que no hay resguardo​​ 

que vuelco tu sueño​​ 

y no puedo traerte de vuelta

que toco tu carne​​ 

y la distancia permanece exacta

que no somos

porque nadie nos ha imaginado

que no tengo un nombre para darte.

Imagina que aun así​​ nos elevamos en el grito

que desde el estertor

algo empieza a respirar distinto

que defolias el horror que te mece

y vuelves con el cuerpo amado

y ya no importa si este es el lugar.

 

 

 

 

 

 

 

volver​​ con la flor de la ofrenda entre los dedos

deshacerla lentamente

ser objeto de mi propia oración:

oscura y tibia deidad

considera estos pétalos que te ofrezco

permíteme respirar tu noche más negra

concédeme el calor del otro

su mano en esta mano que ya no reconozco.

 

 

 

 

 

 

 

 

este​​ poema​​ 

es el contraluz de un cuerpo

cuerpo​​ 

que como el pan

podremos tocar y repartirnos

mientras fuera​​ 

el frío se fragmenta en otros fríos

y entramos cada uno con su falla en la noche.

 

 

 

 

 

 

yo te​​ nombro

te nombro y eres la piedra ofrecida para el empeño del agua

te nombro y todo calla

la piedra se apacigua

una piedra no es

el agua se recoge paciente en la espuma

el agua no es

es tu nombre tragándose esta carne​​ 

traduciendo este idioma de sangre

trayendo otra noche

para la oveja que vuelve tibia del sueño.

Yo te nombro

nombro​​ este espacio​​ 

donde tu nombre llora tan blanco.

 

 

 

 

 

 

 

 

este​​ pulmón que ofreces al aire

rareza de la estación que el insecto abandona

resiste en su intemperie

suaviza la mueca del rostro que tejes y destejes

a medida que el tallo intuido

se vuelve flexible

a medida que el silencio avanza​​ 

para que el ciervo entre confiado en la casa.

Este pulmón expuesto

contiene la mácula desde donde brotar

silente animal​​ 

despierto en la espera.

 

 

 

 

 

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