Sufrimiento fetal
II
He caído en este cuenco de barro frío, una cueva de carne que, poco a poco, se seca. Soy la guardiana de una clepsidra que deja escapar el tiempo. Mis días gotean, se fugan. Y no entiendo la lengua de mi madre. Mi madre canta y no comprendo el golpeteo de sus sílabas. Canción de madera. Canción incendio. Qué oscura es la voz de mi madre. Y sus letras caen como plomo en mis oídos.
Apuntes para la historia clínica de mi madre
I
Madre no lo sabe,
puedo ver las huellas en su sombra,
puedo ver el dolor que le dejó aquel hombre:
una mancha antiquísima
que el cloro no borró de sus calzones.
Madre lava trastes,
limpia baños,
desinfecta la cocina:
en todas las manchas ve su infancia,
intenta borrar la herida.
La mujer se persigna cuando escucha la palabra sexo.
Madre llora frente a la tele
cuando ve las noticias,
o cuando violan a la niña de la película:
de sus ojos caen vocales rotas,
se truena los dedos,
balbucea,
intercala padres nuestros,
no, no, no,
repite,
virgen santísima,
reclama
y otra vez llora
porque no la salva.
Su boca marchita
guarda en la memoria
la saliva que ensució su cuerpo.
Madre suena a gritos,
camina al ritmo de un secreto,
escribe con su dolor los días;
en sus pesadillas
un hombre la penetra
y la noche se repite,
el rostro se repite,
las manos se multiplican
debajo de su falda;
una plaga de ojos
brota de las grietas
y las alimañas se vuelven lenguas,
que reptan
la trepan,
escucha a los grillos reírse
y del polvo nace la sombra.
Sonámbula
se arrastra
¡Pequeña puta!,
grita
¡Ramera!,
llora
¡Perdida!
La mujer reza cuando escucha la palabra vagina.
Madre se levanta a revisar la puerta,
esconde los cuchillos y
envuelve las tijeras;
duerme con un martillo debajo de la almohada.
La mujer se sonroja cuando escucha la palabra orgasmo.
Ella cree que coger duele.
Ella cree que coger es un castigo.
Yo pago su penitencia con cada extraño que me topo en el camino.
Registro de alucinaciones
II
Siento un escalofrío que no empieza en mi piel. Viene de más adentro. Me siento como un hueco por el que pasa un aire frío. Una cascada rompe justo en mi pecho y arremolina el polvo de la tristeza en el centro de lo que soy, justo donde nazco, una tierra que no conozco, a la que nunca he ido. Quizá por eso me siento tan lejos siempre, tan extranjera siempre, tan separada y rota, tan desprendida, como una fruta que cae del árbol y nadie recoge. Estoy a punto del llanto. Mi garganta es una una jícara de barro que se desborda, que se revienta y se rompe. Mi voz se vuelve río y mis palabras, peces que brotan de un pasado que no alcanzo a distinguir.
Y es mi cuerpo una sucesión de días que ya no recuerdo.



