David Maradiaga: poeta de culto en Costa Rica

Juan Carlos Olivas nos acerca a la poesía de David Maradiaga (1968-1995), poeta de culto en Costa Rica. Maradiaga fue poeta, ecologista, activista social y cultural. Murió de manera aún no esclarecida. Aquí leemos una selección de sus poemas.

 

 

La música de un animal lluvioso llamado David Maradiaga

 

 

Los casos de genialidad prematura en la poesía no son pertinentes nada más que a épocas remotas y a otros continentes. Si bien es cierto,​​ muchas veces​​ el ambiente donde se desarrolle un poeta llega a interferir con su producto final, ciertamente no es necesario nacer en un lugar específico para escribir gran literatura. Los genios pueden venir de donde sea y en cualquier época; sin embargo, y lamentablemente, no siempre son reconocidos en su tiempo. A veces pasan largos periodos en los cuales no se sabe nada de ellos y son sistemáticamente minimizados por el​​ status quo​​ prevalente, en aras de ensalzar otros productos que a la postre no son sino flor de un día en el pedestal de las modas imperantes. A pesar de​​ dicha premisa, quizás el mismo tiempo se encarga de situar cada cosa en su sitio, y cuando nos enfrentamos a la verdadera poesía, con la distancia necesaria y libre de prejuicios, somos capaces de reconocer su brillo inmarcesible. Sucedió así con Milton, con Baudelaire, con Blake, con Góngora o con Eunice Odio, por citar a algunos autores que fueron redescubiertos algunos hasta siglos después por los lectores y hoy son, a su modo, figuras de un parnaso en el que no todos entran.​​ 

La poesía de David Maradiaga pertenece a este grupo de poetas que prevalecen a pesar de ellos mismos, de su historia personal o del contexto socio cultural en que se desenvolvieron.​​ Nacido en Managua en 1968, vivió y produjo su obra​​ poética en Costa Rica, donde murió en 1995 a la edad de​​ 26​​ años, por motivos que nunca quedaron claros. Fue un activista, ecologista y poeta, integrante de la Asociación Ecologista Costarricense (AECO), la cual,​​ en 1994 había ganado una batalla contra intereses forestales, madereros y narcos en la zona sur. Tres de sus miembros desaparecieron misteriosamente y según​​ allegados del poeta, éste había recibido amenazas de muerte en repetidas ocasiones. Es sabido también, que el poeta luchaba con problemas de alcoholismo; quizás por este motivo, no se encendieron las alarmas cuando lo vieron salir por última vez​​ el 13 de julio de 1995​​ de un bar de​​ San Pedro, en San José de Costa Rica. No fue sino hasta el 4 de agosto de ese año, que el Organismo de Investigación Judicial confirmara que había sido encontrado un día después de su desaparición en un parque de la capital, fallecido de un supuesto “paro cardiorespiratorio debido a los altos niveles de alcohol” que encontraron en su sangre. Sea cierto esto o no, el caso estuvo plagado de anomalías que los mismos amigos, familiares y activistas denunciaron e hicieron públicos, sin dar luz de lo realmente ocurrido y empapando de impunidad, lo que a la postre parecía la crónica de una muerte anunciada.​​ 

Según cuentan sus amigos, David era un poeta que leía mucho, escribía mucho y publicaba poco. Dejó a su haber tres libros de poesía, que en 1999 los escritores Guillermo Fernández y Alfonso Chase publicaron en el Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, bajo el título​​ Música de animal lluvioso y otros poemas, que incluyen sus libros​​ Música de animal lluvioso, Pasos en la madrugada, Canción del extranjero, y Poemas dispersos, que sus amigos y colegas se esmeraron en rescatar. Este libro fue el testamento que nos dejó el poeta que para muchos fue considerado como el Rimbaud centroamericano, pero es muy difícil conseguirlo, ya que dicha edición está prácticamente agotada desde hace años.​​ 

Por ese mismo motivo, traemos a colación esta muestra de algunos de sus más notables poemas, donde la lluvia resuena, como el más furioso de los animales salvajes y nos entrega su música, su piedra luminosa que los arqueólogos recogerán años después para figurarse cómo fue el mundo, cómo lo concebíamos antes de nuestra ausencia final y definitiva.​​ 

 

 

***

 

 

 

 

David Maradiaga​​ (Managua, 1968 – San José, Costa Rica, 1995). Poeta, ecologista, activista social y cultural. Murió de manera aún no esclarecida. Formó y perteneció a varios grupos literarios, entre ellos Taller de Poesía Activa Eunice Odio y Octubre Alfil Cuatro. Dejó tres libros de poesía inéditos,​​ Música de animal lluvioso, Pasos en la Madrugada y​​ Canción del Extranjero.​​ En 1999 el Departamento de Publicaciones de Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes publicó​​ Música de animal lluvioso y otros poemas.​​ Sin embargo, mucha de su poesía continúa dispersa e inédita.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANIMAL LLUVIOSO

 

Soy un andante en el Dédalo del tiempo

animal lluvioso​​ 

que agarra la palabra y la blande frente al hastío

 

Vivo en medio de estos montes​​ 

ni dichoso ni infeliz​​ 

en cruel comercio de gases con mis vecinos de

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / piedra

 

Tengo las manos del jardín​​ 

deshechas por flores muertas​​ 

una estación de trenes en el encierro​​ 

un desordenado cuarto en armonía con el caos

 

Tengo una plantacalamar​​ 

que me abraza y me oscurece y me libera​​ 

 

La hierba azucarada y la cena de las bengalas​​ 

para golondrinas y tortugas​​ 

Tengo​​ 

baúles abiertos​​ 

bocanadas de clarín​​ 

que arrinconan a los belcebúes de la casa

 

Pongo a crecer el vuelo y asesino el muro​​ 

Grito para que me oigan en épocas​​ 

dobladas como bodoques​​ 

y puestas como cuñas en los resquicios del tiempo​​ 

 

Amo a las mujeres pintadas en rotos almagestos​​ 

Idolatro sextantes herrumbrados​​ 

astrolabios y pirámides

 

Busco arcángeles para sembrar sobre baldosas cotidianas

Manos para dejar en ruinas la ruina

Gallos para matar la muerte

 

Animal lluvioso me declaro​​ 

seguro del sol​​ 

que un día nacerá de mis pálidas gotas

 

 

 

 

 

 

 

 

LE PETIT PRINCE

 

 

Desde el primer grado de tu caída​​ 

para siempre en la arena​​ 

fue perdiendo dicha nuestra infancia​​ 

Nos quedamos sin el cordero​​ 

Nos quedamos sin la rosa

Desconcertados y mustios pasamos a la casa​​ 

de los ebrios  ​​ ​​​​ los contadores  ​​ ​​ ​​​​ y los reyes​​ 

Un baobab  ​​ ​​ ​​​​ sopor de caminata sin arribo posible​​ 

nos corroe​​ 

llena el día de mil crepúsculos​​ 

corta esa calle luminosa de amores  ​​​​ de cítara​​ 

de​​ 

abrazo

 

Mucho tiempo hemos esperado bajo la estrella​​ 

en las dunas del Sahara interior​​ 

la fosforescencia redentora de tu pelambre​​ 

 

Noches y noches preguntamos​​ a los astros​​ 

por tu paradero  ​​ ​​​​ inquirimos a esos aviadores​​ 

avergonzados ante ti de sus máquinas absurdas​​ 

Hemos buscado en todas las cosas​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ por pequeñas infinitas

el fin de tu exilio

 

Pero no vienes​​ 

heredero de todas las ternuras​​ 

Es tan inexpugnable la casa de la felicidad​​ 

 

Porque hacia ese lugar partiste​​ 

enhiesta la más profunda y tierna inocencia​​ 

oriflama de tu asteroide

 

 

 

 

 

 

 

 

IRAZÚ

 

Qué bella nos queda​​ 

la veraniega tarde de la provincia​​ 

con este clarísimo gigante de lava​​ 

y sus antenas de hierro​​ 

sobresaliendo de la soledad y el silencio vegetales​​ 

 

Cómo no sé que es sombra​​ 

ni qué es pena  ​​​​ ni qué es anoche

 

Cómo sé sólo que me ha tendido una mano​​ 

y su mirada amable como un puente de flores​​ 

Me ha tendido su confianza​​ 

como un lord cansado de modales

 

 

 

 

 

 

 

LA ESPERANZA DE LOS MIGUELES

 

Corran a las cimas​​ 

que las llanuras acuden a la llamada maternal del abismo​​ 

Celebren el cónclave oportuno​​ 

con creaturas frescas y canoras​​ 

 

El tranvía de los faunos no vuelve por nosotros​​ 

no nacerán más desquiciados​​ 

queriendo ponernos el paraíso en el patio​​ 

Y como se van los coches sin conductor en las pendientes​​ 

los gritos vivificantes de Rodez​​ 

los cantos del gringo loco encadenado​​ 

libélula sutil​​ 

de la luna y los poemas escritos sobre el lago​​ 

se van también​​ 

Se pierden mientras los pólipos de plástico y el ántrax​​ 

nos crecen en las fosas nasales​​ 

o nos solidifican sobre las sillas y escritorios​​ 

y los bares consabidos​​ 

Dense cuenta que los lápices​​ 

ahora pesan quintales y quintales​​ 

y el sol pierde su lucha con la inflación​​ 

y el precio del dólar​​ 

 

Hay un dios​​ 

que se está manifestando vulgarmente​​ 

en los últimos modelos​​ 

Proyectando una sombra perniciosa​​ 

en los cuerpos que desnudos inician la comunión de la transparencia​​ 

dejando caer sobre las mentes​​ 

el veneno de sus luces publicitarias

 

Vayan a las playas​​ 

y sepan de una vez​​ 

que el globo azul que usufructuamos​​ 

aún tiene sus fiestas​​ 

y nos invita a correr desaforados entre sabinas​​ 

y se atavía de luces​​ 

y de seres insondables y alucinantes​​ 

hechos para los bardos y sus mujeres​​ 

 

Suban a los cometas cual polizontes​​ 

y hagan crecer sus mástiles​​ 

para alegrar la esperanza de los migueles​​ 

 

No den tregua a los cercos:

enciendan la tenaza de los actos libres​​ 

Anestesien al amor​​ 

y extírpenle los gajos de pudor y medialuz​​ 

 

Ya tendremos nuestro día​​ 

cuando las voluntades que echemos como fuego sobre la estupidez​​ 

nos visen los pasaportes hacia la plenitud​​ 

Y ahí​​ 

en esa mesa donde conversaremos largo y tendido​​ 

sacaremos nuestras bitácoras embebidas de dioses​​ 

siglos y odiseas​​ 

palabras vueltas a su opalescente origen​​ 

y con la voz tonante la mano de vidente​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / desafiando la oscuridad​​ 

“qué bien” diremos​​ 

“hablábamos exactamente de los mismo”

 

 

 

 

 

 

 

 

WE ARE THE CHAMPIONS, MY FRIENDS

 

Freddy

algunos​​ creen que la oscuridad es el color de la muerte​​ 

Y no sé si será cierto​​ 

pero de ser así lo estarás mirando​​ 

como un intervalo del espectáculo​​ 

que te pagó la noche​​ 

como un ojo que te miró siempre​​ 

desde el fondo de tu pasión

 

Hoy pienso en el tránsfuga que fuiste​​ 

evadiendo ese nefasto y al mismo tiempo​​ 

vital compromiso​​ 

cuando en los primeros años de la década pasada​​ 

te escuchaba con negligencia en la casa de Roberto​​ 

cuando los muchachos no necesitaban digerir tus sombras​​ 

para sentir el temblor de tus vocales​​ 

surgir desde sus propias almas​​ 

Y de repente caigo en la cuenta de ciertas cosas​​ 

en medio de las cervezas y la incertidumbre​​ 

de que soy maldito como tú​​ 

Y comienzo a escucharte​​ 

necesitado del amor de alguien​​ 

que seguramente hallaste como la ruda confirmación​​ 

de que estabas condenado a ello​​ 

y para colmo de males​​ 

a esos sonidos y temblores que en la semidesnudez​​ 

tu corazón te hacía ejecutar en el concierto​​ 

 

Nosotros somos los campeones Freddy​​ 

pero de otros será la vida que nace de​​ 

nuestras bocas

 

 

 

 

 

 

 

DIOS BENDIGA ESTE HOGAR

 

Esta luz proviene de los sueños​​ 

Es el manojo de astillas que queda​​ 

de los hálitos nocturnos​​ 

originando lluvias de piedras contra la negación​​ 

 

El antídoto puede ser​​ 

contra este humo que avasalla los ojos en la mañana​​ 

 

La cancha de básquet y el bus amarillo​​ 

la reciben en medio de las voces​​ 

de algún rock de turno que aún subsiste

 

Esta luz ¿algo tendrá de otra mujer?

Una polvorienta calle de la infancia​​ 

las casitas de la pendiente y Dios bendiga​​ 

este hogar​​ 

 

Esta luz eso sí sé​​ 

quebró algunos puñales​​ 

aplacó el enojo de las sombras​​ 

porque en los matorrales no sólo se gestan las hierbas​​ 

Algo deseara retener el río desbordado del recuerdo​​ 

 

El proceso de fusión​​ 

entre las calles del Edén​​ 

Hatillo  ​​ ​​​​ San Miguel  ​​​​ y  ​​​​ Zapote​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REUNIÓN

 

Oh, no preguntes qué es​​ 

vayámonos a hacer nuestra visita​​ 

T.S. Eliot​​ 

​​ 

Han puesto un ala gigante de mariposa​​ 

sobre el tren como bandera​​ 

y han decidido venir​​ 

Han tomado sus alforjas​​ 

cargadas con la luz vespertina y tranquila​​ 

de las provincias​​ 

y otros la luz opaca de los lunes​​ 

tristes de la urbe​​ 

Han echado tardías prehistorias e infancias​​ 

y animales fantásticos de esas infancias​​ 

por los cuales la fauna​​ 

se hizo invulnerable​​ 

 

Los vagones rebosan​​ 

con las guirnaldas polícromas​​ 

de bellas mujeres insulares​​ 

con el corpulento árbol de Líbano​​ 

los profundos y deliciosos ojos de Alicia​​ 

el sombrerero irreverente de Charlot​​ 

y los fuegos de obús​​ 

cantados por Apollinaire​​ 

 

Ellos tienen sus corazones​​ 

habitados de frutas y palmeras​​ 

y el cabello oculto de amores y nostalgia​​ 

 

Han partido tras el vuelo​​ 

de avecillas gaseosas​​ 

la máquina levantando un polvo transparente​​ 

que hecho canción fue a posarse​​ 

muy quedamente​​ 

sobre las hojas que tupen los cercos​​ 

 

Ellos son más incontables​​ 

que todos los sueños de la Tierra​​ 

su sexo múltiple​​ 

su credo y su color único​​ 

 

En los carros revolotean sus ojos​​ 

ajenos al baile de hoy a las cinco de la tarde​​ 

ajenos al desgarramiento atroz​​ 

que sufríamos corriendo tras un bus​​ 

o soportando todas las hambres​​ 

como mares secos

 

En esos carros en que se ojean diarios amarillos​​ 

que sueltan sangres seculares y batallas​​ 

y se miran negligente pero amorosamente​​ 

los habitantes de Macondo​​ 

arrastrando un halo perdidoso como los muertos​​ 

que nunca se murieron aunque llegaron sin vida​​ 

en otro tren a la playa​​ 

 

Aquí vienen los abuelos​​ 

abanicados por fantasmas y novias postergadas​​ 

Los que dejaron su casa​​ 

para morir por amor y por dolor​​ 

en cruces extranjeras​​ 

Tantos hombres de tristes figuras​​ 

atribulados en entuertos galeotes y bachilleres​​ 

 

El obrero de Lima​​ 

con su reumatismo sacramental​​ 

la vendedora de flores de Bogotá​​ 

el niño ambulante al que San Salvador​​ 

provee de modernas pesadillas​​ 

la carretonera de Managua​​ 

para frente al lago por mucho tiempo​​ 

mirando los muertos del terremoto​​ 

muchos de los cuales tienen su asiento aquí también​​ 

los saqueadores de Sao Pablo​​ 

hablando con un poeta querible y barbado​​ 

que cantó a la Barca de Brooklyn​​ 

y a una rara mujer de una ciudad extraña​​ 

el muchacho mesiánico​​ 

que encendió todos sus fuegos para cambiar la vida​​ 

y en París se dio cuenta de su estación en el infierno​​ 

 

Tantos otros muchachos​​ 

que no tienen nombre sin que eso importe​​ 

 

La sonrisa​​ 

los voladores que salen del alma​​ 

para hacerse sonidos e imágenes​​ 

enloqueciendo la tinta​​ 

el amor precipitado y a deshora​​ 

la calma por la cual el paraíso es intuible​​ 

y pone en los ojos las extraordinarias naves​​ 

del cielo y el mar​​ 

La embriaguez​​ 

y sus desaforados sueños​​ 

sus taxis y sus largas cuentas​​ 

 

Pero más que eso​​ 

colma los carros una savia​​ 

que nos es común

una savia de saber que somos los elegidos​​ 

de esta reunión​​ 

una savia obligada a recorrer estrechas venas​​ 

y que un día revienta y lo inunda todo​​ 

hasta ahogar todos los insectos​​ 

del aire filoso​​ 

 

Y es que para el espacio​​ 

que esta noche destiné a cierta gente​​ 

he dispuesto todas las canteras celestes​​ 

todas las aguas purificadas​​ 

por mis crucifixiones

las mesas largas y​​ 

el tiempo que le quede al universo. ​​ 

 

 

 

 

 

 

 

CANCIÓN DEL EXTRANJERO

 

Cuando sea grande​​ 

a la medida del ocaso​​ 

en las tardes del café sadificante​​ 

y me corresponda crecer con las raíces​​ 

y enroscarme como eterno​​ 

quisiera ser el extranjero profundo​​ 

del otro valle​​ 

 

Que llegue un momento​​ 

impenetrable para los hilos de los lunes​​ 

el taxi desesperado​​ 

y la noche reventada en los bares difusos​​ 

no puedo evitarlo​​ 

 

Otra mujer me invitará a​​ la cama​​ 

y sus labios me amenazarán hasta la madrugada​​ 

Y no podré dejarla​​ 

mientras me haga volar​​ 

entre los cocoteros rojos de un barrio embrujado​​ 

Meterá sus dedos en cada una de mis partes

y me pedirá que olvide todas las playas​​ 

y las frutas y todos los largos viajes en bus​​ 

con una novia adolescente​​ 

Me mostrará un sol equivocado​​ 

una guitarra eternamente virgen​​ 

los premios de todas las resacas​​ 

y las caras burlonas de mi gente​​ 

 

Otra ciudad me alojará​​ 

y no me tendrán temor sus habitantes​​ 

Sin cuidado dejarán abiertos los perros​​ 

y en huesos los candados​​ 

 

En las huertas tendrán a bien que​​ 

haga el amor con las gusanas​​ 

Y en los bares nadie castigará el oprobio​​ 

con los que me entregaré a los venenos más brutales​​ 

 

Habrá desidia por todos mis actos​​ 

por mis carísimos hipocampos​​ 

y mis mentiras antológicas​​ 

Nadie me dirá dónde vives​​ 

ni importará si soy ateo o pandereta​​ 

si mi padre es rumano o panameño​​ 

si mi apariencia ha sido correspondiente​​ 

a lo que entraño​​ 

 

Sabrán que estoy de paso​​ 

que las maletas siempre estarán​​ 

prestas a unas manos torpes​​ 

que el pasaporte lo tendré tatuado​​ 

en todos los gestos​​ 

Sabrán que estaré regresando todo el tiempo​​ 

a los ojos que un día de setiembre​​ 

me revelaron la verdadera identidad de mi patria

​​ 

 

 

 

 

 

(De​​ Música de animal lluvioso y otros poemas; Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes. San José, Costa Rica. 1999)

 

 

 

 

 

 

SOBRE EL COMPILADOR

 

Juan Carlos Olivas​​ (Turrialba, Costa Rica, 1986). Ha publicado los poemarios​​ La Sed que nos Llama​​ (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2009) Premio Lisímaco Chavarría Palma 2007;​​ Bitácora de los hechos consumados​​ (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2011) por el cual obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011 y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012;​​ Mientras arden las cumbres​​ (Editorial Universidad Nacional; 2012), libro que le valió al autor el Premio de Poesía UNA-Palabra 2011,​​ El señor Pound​​ (Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2015; Instituto Nicaragüense de Cultura, Nicaragua, 2015) acreedor del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013, ​​ Los seres desterrados​​ (Uruk Editores; 2014),​​ Autorretrato de un hombre invisible (Antología​​ personal)​​ (Editorial EquiZZero,​​ El Salvador; 2015),​​ El Manuscrito​​ (Editorial Costa Rica; 2016) Premio de Poesía Eunice Odio 2016,​​ En honor del delirio​​ (El Ángel Editor; 2017) Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017 en Ecuador,​​ La Hija del Agua​​ (Amargord; Madrid, 2018),​​ El año de la necesidad​​ (Ediciones Diputación de Salamanca; Salamanca, 2018), Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador,​​ Colección Particular – Antología personal​​ (Nueva York Poetry Press; New York, 2018)​​ y​​ Las verdades del fuego​​ (Ediciones Municipalidad de Lima, Perú, 2020). Su obra ha sido traducida parcialmente a 18 idiomas.

 

 

 

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