I
DERRROTA
Entierro las uñas
y los talones de pájaro cuarteados
en lo más profundo del pantano,
vacío el impasible remolino que se infiltró en mí
cual testaferro de mis andares
y rompe pecho ante horas inútiles
que no cauterizan tormentos.
Desamparada me siento
cuando el salitre azaroso gravita en el ambiente,
se pega en los ojos
—cansados de no ver—
las venas se agrietan
y la sangre melancólica estalla.
Aquí, todo me aísla del mundo,
de esta ciudad,
sería distinto si mis pies fueran de acero templado,
si mi cara fuera suave como la cera
y mi sonrisa capaz de rebelarse
ante sollozados designios.
En cambio, soy un parásito escurridizo y fracasado,
busco desde hace años alivio
—tesoro perdido en el cielo—
para mis fantasías e imprecisiones
y para la añoranza coja
que me impide tocar el firmamento.
Hubiera sido mejor no dejar de ser embrión,
o nacer sabiendo cómo deshacerme de tantos peldaños
que como torrente me llevan por los pasajes más ásperos
que sin elección he debido caminar.
Alguien me robó la luz de las esmeraldas,
el color de los paisajes estivales.
Ya no tengo corazón,
ni inocencia, ni olvido,
se amotina en mí una fiebre carmesí.
y estalla el reloj que con precisión
es caída inclemente.
Cuando se trata de existir
sólo puedo hacerlo en el pasado.
El presente es espejismo.
Sí, todo es estéril,
como lagartija con estrías me rindo bajo el sol,
mis pies trincados caminan sobre prímulas,
y soy yo la que se marchita;
la fragilidad es hastío
ante el diluvio lloro,
ante la luz candorosa,
ante la rudeza y la hostilidad
que me asolan desde niña.
Hundida en medio del pantano
ya nada importa,
me convierto en alimento para buitres.
Con cuánta minuciosidad contemplan mis sentidos la muerte.
Mi boca instintivamente
recita sueños que no he soñado
y me miro en el espejo:
pocas reservas quedan,
muchas espinas clavadas en el cuerpo
y la vida sigue torcida durmiendo
como el viejo sauce de la plaza.
RECETARIO
No estaba segura del resultado final,
intuí un triunfo concluyente,
una ráfaga de luz
para tantos años de frustraciones,
de condescendencias toleradas.
Seguí instrucciones del recetario
escrito a lo largo de la vida,
repasé sus apretados renglones
con una desazón
puesta en el centro del estómago.
Con ingredientes a mano,
me dispuse a convertir en filamento
un material tan volátil
e insurrecto
como mi granuloso camino,
para fundirlo en el fuego
de todos los días.
HOY QUIERO SENTIRME TRISTE
Hoy quiero sentirme triste, piensa al amanecer,
se ve a sí misma sepultando las metáforas
que anuncian con esmero los últimos naufragios.
Nada parece nuevo, son las sombras de otras sombras.
Otros arrojos la han sobrecogido hasta el llanto.
¿Cómo no hacerlo, si ha sido bestia, granizo, mujer,
insolencia que atenta contra sí,
contra los retazos de su rostro doblado,
contra el desierto de su impaciencia
que no ha podido desandar?
Suficiente razón para castigarse,
para invocar la tristeza –sentencia–,
para estremecerse mientras ve que llueve,
y en la fría orilla del bosque
el viento mueve la rama temblorosa del olivo
que hiela su sangre.
¿Y qué más ha de sentir,
qué más ha de desear?
Dormida o despierta,
se ha entregado al vaivén de la tristeza,
a la melancolía que lleva ahí adentro,
que la acaricia, la consuela y pacta con ella,
siendo la tarde azulada su profundo testigo.
VERBO DE INFANCIA
Ayer apreté los ojos para saberme niña,
cuando llegó el sueño
me columpié en el sudario de la luna.
Fui mimetizado continuum
con el lila de las orquídeas,
de aquellas que brillan
si las acaricia el sol.
Desdoblé con las palmas la lluvia,
aderecé horas con azahares
de los limoneros,
fui piélago cuando el silencio
penetrante del trueno
rompió mi pulso
con sus destellos.
DESHOJANDO MARGARITAS
Hago serpentear el humo del cigarro
con pequeñas exhalaciones,
se dibujan en el papel de liar
las manchas de mis intrincados pensamientos.
Acepto que no me gusta el regusto ácido de la nicotina,
pero su olor revolotea como alas de paloma blanca,
me hipnotiza y una soga dorada me atrae a ella.
A la distancia puedo verme a mí misma:
los dedos se estorban unos con otros
mientras juegan a escribir en la computadora.
Su carne blanda y amarilla se amaña
por el constante danzar sobre las teclas
y sobre ellas vuela el humo
horizontal y vertical
en círculos concéntricos, caprichoso.
Reconozco ese temblor de los dedos desgastando las teclas,
su sobresalto, es más que aburrimiento
y regreso al sillón a formar espirales de humo,
un buuuu, fzzzz, buuuu, fzzzz
estalla en el tobogán de la garganta,
se pierden en los muros pulmonares.
Me divierto deshojando humeantes margaritas
y espero un me quiere de humo sobre la mesa.
II
Nocturno
Qué me aleja de la hoguera de tus tardes
cuando tu olor tiembla.
Por qué en las noches el viento de mis manos
que a la distancia se esparce por tu memoria,
no penetra tu cuerpo.
Cuándo se juntarán tus labios,
mi lengua, mi sosiego y nuestros lazos partidos.
Cuánto tiempo para tener tus brazos de nadador diestro
cruzando el puerto en el que me quiero enclaustrar.
Cuál es el camino entre tu sol y mi sombra
que no se achica o alarga para impregnarnos.
Por qué los gritos donde no existe más que fruición de ti
no llegan a ningún lado, no llegan a donde tú estás.
Cuál de tus caudales será para mi sed.
Cuántas pieles o tal vez pañuelos nos secaran el sudor.
Cuántos ojos para el llanto de no vernos.
Dónde sentarme a leer las páginas de tu sonrisa
sin que me duelan los huesos.
En qué juramento está la desdicha de nuestra suerte
y por qué la blusa llena de noches solitarias
y el día desabrochándome del mundo.
Aunque huya
En las madrugadas despierto
y puedo verlo detrás de las cortinas,
acechándome debajo de la cama,
dentro del armario.
Le planto cara,
palpitación de mi pecho.
Con el rabillo del ojo, sigilosa
lo veo cincelar en las paredes su rostro
y sus brazos de sauce llorón por la gracia del viento
entran por el balcón.
Con un sólo pensamiento he regresado del sueño:
las tinieblas de sus besos penetrando mi cuerpo.
Intento volver a dormir, debo hacerlo sentada,
habría que huir con facilidad
pero se cierran todos los caminos,
creo que soy un colibrí
y él es el aire que azota mis alas
y las devuelve a la noche.
¿De qué me sirven las alas?
Son el tibio bamboleo
de un mar sin olas,
tormenta sin viento que se posa
sobre su acantilado recuerdo.




