Poesía mexicana: Karina Lizeth Chávez Rojas

Leemos poesía mexicana. Leemos algunos textos de Karina Lizeth Chávez Rojas incluidos en Incierto Sentir (Buenos Aires Poetry, 2025). Fue ganadora del Encuentro de poetas y narradores “José Rubén Romero 2024”. Es doctora en Arte y Cultura y maestra en Enseñanza de la Historia por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

 

 

 

I

 

DERRROTA

 

Entierro las uñas​​ 

y los talones de pájaro cuarteados

en lo más profundo del pantano,

vacío el impasible remolino que se infiltró en mí​​ 

cual testaferro de mis andares​​ 

y rompe pecho ante horas inútiles

que no cauterizan tormentos.

 

Desamparada me siento

cuando el salitre azaroso gravita en el ambiente,​​ 

se pega en los ojos

—cansados de no ver—

las venas se agrietan

y la sangre melancólica estalla.

 

Aquí, todo me aísla del mundo,

de esta ciudad,

sería distinto si mis pies fueran de acero templado,​​ 

si mi cara fuera suave como la cera

y mi sonrisa capaz de rebelarse

ante sollozados designios.

En cambio, soy un parásito escurridizo y fracasado,​​ 

busco desde hace años alivio

—tesoro perdido en el cielo—

para mis fantasías e imprecisiones

y para la añoranza coja

que me impide tocar el firmamento.​​ 

 

Hubiera sido mejor no dejar de ser embrión,

o nacer sabiendo cómo deshacerme de tantos peldaños​​ 

que como torrente me llevan por los pasajes más ásperos​​ 

que sin elección he debido caminar.

Alguien me robó la luz de las esmeraldas,

el color de los paisajes estivales.

Ya no tengo corazón,​​ 

ni inocencia, ni olvido,

se amotina en mí una fiebre carmesí.

y estalla el reloj que con precisión​​ 

es caída inclemente.​​ 

 

Cuando se trata de existir

sólo puedo hacerlo en el pasado.

El presente es espejismo.

Sí, todo es estéril,

como lagartija con estrías me rindo bajo el sol,​​ 

mis pies trincados caminan sobre prímulas,

y soy yo la que se marchita;

la fragilidad es hastío

ante el diluvio lloro,

ante la luz candorosa,

ante la rudeza y la hostilidad

que me asolan desde niña.

 

Hundida en medio del pantano

ya nada importa,

me convierto en alimento para buitres.​​ 

Con cuánta minuciosidad contemplan mis sentidos la muerte.​​ 

Mi boca instintivamente

recita sueños que no he soñado

y me miro en el espejo:

pocas reservas quedan,

muchas espinas clavadas en el cuerpo​​ 

y la vida sigue torcida durmiendo​​ 

como el viejo sauce de la plaza.

 

 

 

 

 

 

 

 

RECETARIO

 

No estaba segura del resultado final,

intuí un triunfo concluyente,

una ráfaga de luz​​ 

para tantos años de frustraciones,

de condescendencias toleradas.​​ 

 

Seguí instrucciones del recetario​​ 

escrito a lo largo de la vida,

repasé sus apretados renglones​​ 

con una desazón​​ 

puesta en el centro del estómago.

 

Con ingredientes a mano,

me dispuse a convertir en filamento​​ 

un material tan volátil

e insurrecto​​ 

como mi granuloso camino,​​ 

para fundirlo en el fuego​​ 

de todos los días.

 

 

 

 

 

 

 

HOY QUIERO SENTIRME TRISTE

 

Hoy quiero sentirme triste, piensa al amanecer,​​ 

se ve a sí misma sepultando las metáforas​​ 

que anuncian con esmero los últimos naufragios.

 

Nada parece nuevo, son las sombras de otras sombras.

Otros arrojos la han sobrecogido hasta el llanto.​​ 

¿Cómo no hacerlo, si ha sido bestia, granizo, mujer,​​ 

 

insolencia que atenta contra sí,​​ 

contra los retazos de su rostro doblado,

contra el desierto de su impaciencia​​ 

que no ha podido desandar?

 

Suficiente razón para castigarse,​​ 

para​​ invocar la tristeza –sentencia–,
para estremecerse mientras ve que llueve,​​ 

y en la fría orilla del bosque

el viento mueve la rama​​ temblorosa​​ del olivo

que​​ hiela su​​ sangre.​​ 

 

¿Y qué más ha de sentir,

qué más ha de desear?

​​ 

Dormida o despierta,​​ 

se ha entregado al vaivén de la tristeza,​​ 

a la melancolía que lleva ahí adentro,​​ 

que la acaricia, la consuela y pacta con ella,​​ 

siendo la tarde azulada su profundo testigo.

 

 

 

 

 

 

 

VERBO DE INFANCIA

 

Ayer apreté los ojos para saberme niña,

cuando llegó el sueño

me columpié en el sudario de la luna.​​ 

 

Fui mimetizado​​ continuum​​ 

con el lila de las orquídeas,

­de aquellas que brillan​​ 

si las acaricia el sol.

 

Desdoblé con las palmas la lluvia,

aderecé horas con azahares

de los limoneros,

fui piélago cuando el silencio​​ 

penetrante del trueno​​ 

rompió mi pulso​​ 

con sus destellos.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

DESHOJANDO MARGARITAS

 

Hago serpentear​​ el humo del cigarro​​ 

con pequeñas exhalaciones,​​ 

se dibujan en el papel de liar​​ 

las manchas de mis intrincados pensamientos.

Acepto que no me gusta el regusto ácido de la nicotina,​​ 

pero su olor revolotea como alas de paloma blanca,

me hipnotiza y una soga dorada me atrae a ella.​​ 

 

A la distancia puedo verme a mí misma:​​ 

los dedos se estorban unos con otros​​ 

mientras juegan a escribir en la computadora.​​ 

Su carne blanda y amarilla se amaña​​ 

por el constante danzar sobre las teclas

y sobre ellas vuela el humo ​​ 

horizontal y vertical​​ 

en círculos concéntricos, caprichoso. ​​ 

 

Reconozco ese temblor de los dedos desgastando las teclas,​​ 

su sobresalto,​​ es más que aburrimiento​​ 

y regreso al sillón a formar espirales de humo,

un buuuu, fzzzz, buuuu, fzzzz​​ 

estalla​​ en el tobogán de la garganta,

se pierden en los muros pulmonares.

Me divierto deshojando humeantes margaritas​​ 

y espero un me quiere de humo sobre la mesa.

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

 

 

Nocturno

 

Qué me aleja de la hoguera de tus tardes​​ 

cuando tu olor tiembla.​​ 

Por qué en las noches el viento de mis manos​​ 

que a la distancia se esparce por tu memoria,​​ 

no penetra tu cuerpo.

 

Cuándo se juntarán tus labios,​​ 

mi lengua, mi sosiego y nuestros lazos partidos.​​ 

Cuánto tiempo para tener tus brazos de nadador diestro

cruzando el puerto en el que me quiero enclaustrar. ​​ 

Cuál es el camino entre tu sol y mi sombra

que no se achica o alarga para impregnarnos.

 

Por qué los gritos donde no existe más que fruición de ti​​ 

no llegan a ningún lado, no llegan a donde tú estás.

Cuál de tus caudales será para mi sed.

Cuántas pieles o tal vez pañuelos nos secaran el sudor.

Cuántos ojos para el llanto de no vernos.

 

Dónde sentarme a leer las páginas de tu sonrisa

sin que me duelan los huesos.

En qué juramento está la desdicha de nuestra suerte

y por qué la blusa llena de noches solitarias​​ 

y el día desabrochándome del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

Aunque huya

 

En las madrugadas despierto​​ 

y puedo verlo detrás de las cortinas,​​ 

acechándome debajo de la cama,​​ 

dentro del armario.​​ 

 

Le planto cara,​​ 

palpitación de mi pecho.​​ 

 

Con el rabillo del ojo, sigilosa ​​ 

lo veo cincelar en las paredes su rostro​​ 

y sus brazos de sauce llorón por la gracia del viento​​ 

entran por el balcón.​​ 

 

Con un sólo pensamiento he regresado del sueño:​​ 

las tinieblas de sus besos penetrando mi cuerpo.

 

Intento volver a dormir, debo hacerlo sentada,​​ 

habría que huir con facilidad

pero se cierran todos los caminos,​​ 

creo que soy un colibrí​​ 

 

y él es el aire que azota mis alas​​ 

y las devuelve a la noche.

 

¿De qué me sirven las alas?

Son el tibio bamboleo​​ 

de un mar sin olas,​​ 

tormenta sin viento que se posa​​ 

sobre su acantilado recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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