1.- A lo largo de su trayectoria ha obtenido reconocimientos tan relevantes como el XV Premio Águila de Poesía, el Premio de Literatura Complutense y, más recientemente, el Premio Adonáis. ¿Cómo ha evolucionado su concepción de la poesía entre esos tres momentos decisivos de su carrera?
Ha cambiado bastante. Durante la escritura de Un verano en la orilla del teatro, que fue mi primer libro, estaba obcecado en el dominio formal de las formas clásicas de la poesía española; fundamentalmente con el endecasílabo. Después también, pero desde hace algunos años asisto a los talleres de la Fundación Centro de Poesía José Hierro. Con este que ahora termina, han sido tres cursos trabajando con unos compañeros estupendos en los talleres de Azahara Alonso, que no solo me han servido de acicate para seguir escribiendo, sino también –y esto es mucho más importante– para leer de una forma mucho más abierta.
2.- Sus dos primeros libros nacen de vivencias muy distintas: Un verano en la orilla del teatro surge de un proceso de formación y búsqueda literaria, mientras que A pesar de la lluvia está vinculado a una experiencia de voluntariado en Guatemala. ¿Cómo transforman las experiencias vitales su escritura y de qué manera la realidad vivida se convierte en materia poética?
Creo que la única vez que he escrito por necesidad fue con A pesar de la lluvia. Salió un libro al que tengo un enorme cariño, pero también en el que encuentro más errores formales cada vez que me asomo. Qué se le va a hacer.
Las experiencias vitales transforman la escritura en tanto que la lectura y la propia escritura son también experiencias vitales. Creo que no mucho más, porque una cosa son las experiencias y otra muy distinta las herramientas de las que disponga cada quién para convertirlas en literatura. A mí, particularmente, me gustaría que no llegase a notarse cómo la realidad vivida se convierte en materia poética; practicar una suerte de desaparición. Por eso tampoco he escondido nunca que en los libros de poemas que he escrito practico libremente las ficciones. No entiendo muy bien esas entrevistas en las que se pregunta a los autores por su vida o por su trabajo y pienso que la intimidad es algo sagrado. Exponerse es algo rayano en el mal gusto.
3.- El jurado del Premio Adonáis destacó en su obra la capacidad de “vertebrar una lectura del mito desde un ángulo genuino”. ¿Qué le atrae del mito como materia poética y de qué manera busca renovarlo o dialogar con él desde una sensibilidad contemporánea?
El mito es una fuente inagotable para dialogar con lo humano. Si pensamos que el mito surge para explicar aquello para lo que no hay explicación, del mismo modo que la poesía trata de decir lo que no se puede decir, nos encontramos que en el mito y el poema está el genoma de lo que somos. No hay más que mirar la cantidad de artistas que se han acercado a los mitos desde cualquier disciplina. La editorial Blackie Books, en su edición liberada de la Odisea, incluye textos de Margaret Atwood, de Javier Krahe y de un montón autores que han explorado de alguna forma la relación de sus personajes con el presente. Son arquetipos que siguen funcionando hoy. De pensar en todo esto salió Cartografía de Nadie. También en el libro anterior me acerqué a algunos mitos, solo que en lugar de ser los griegos eran centroamericanos.
4.- ¿Cómo vivió la experiencia de ser finalista del Premio Internacional de Poesía José Zorrilla?
Como en cualquier otro concurso. Los premios son una opción como cualquier otra para publicar un libro, al margen de que algunos puedan tener el incentivo de una dotación económica, sea de la cuantía que sea. Yo he publicado mis tres libros con premios porque se ha dado así, pero hay editoriales que realizan un gran trabajo y están abiertas a la valoración de manuscritos. También está la opción de autopublicarse, pero el problema ahí es que, frente a lo que ocurre con un libro premiado, que los miembros del jurado han leído y valorado de forma positiva antes de su publicación, la autopublicación no tiene ningún filtro.
Dicho esto, cuando uno se presenta a premios literarios lo excepcional es ganar alguna vez alguno. Unas pocas veces se es finalista y lo más común es perderlos.
5.- Colabora ocasionalmente con la revista Nayagua, de la Fundación Centro de Poesía José Hierro. ¿Qué valor tienen hoy las revistas de poesía dentro del ecosistema literario contemporáneo?
Más que una u otra revista en concreto, para mí el valor es que es imposible leer todo lo que se publica. En ese sentido, no es tanto una u otra revista como el criterio de las personas que escriben para esos medios lo que puede funcionar como radar a la hora de elegir entre toda esa oferta inabarcable de lecturas. Ahora bien, nunca hay que perder de vista la necesidad de someter a juicio las valoraciones de otros. Es muy raro encontrar una reseña que no sea elogiosa. Y, por cierto, no todas las reseñas pueden considerarse crítica literaria.
6.- En algunos fallos de premios se destaca la “transparencia” o la “cercanía” de ciertos discursos poéticos. ¿Qué opina de estas valoraciones y qué cualidades considera esenciales en un poema?
Me parecen estupendas, pero por sí solas son extraliterarias. La cualidad esencial de un poema es que trate el lenguaje de manera que se ponga en juego un extrañamiento, que puede venir de los sonidos, de asociar palabras que en principio no tengan ninguna relación, de tensar la sintaxis o de donde sea que pueda encontrarse un hallazgo. Chéjov, en “Tareas de un matemático loco”, expone el enunciado de un problema, el de los dos trenes que salen de puntos diferentes, y rompe por completo las expectativas cuando al final la pregunta que se plantea es que quién ama más tiempo. Del mismo modo, hay poemas que se justifican por un solo verso; o libros donde lo poético nos lo da la visión de conjunto.
7.- ¿Cómo dialoga su escritura con corrientes contemporáneas como la poesía de la experiencia, la poesía del pensamiento o las propuestas más experimentales?
Creo que por fin estamos superando ese concepto de corriente o generación. Al final, por poner un ejemplo, la poesía de José Ángel Valente tiene poco o nada que ver con la de Gil de Biedma; o la de Ana María Moix con la de Gimferrer. Soy un lector caprichoso, anárquico, y creo que no hay nada mejor que la curiosidad y el dejarse permear por todo tipo de voces distintas.
8.- ¿Cuál considera que es la mayor responsabilidad de un poeta frente al lenguaje?
Evitar que se encierre sobre sí mismo. El lenguaje no alcanza para decir todo aquello que quisiéramos o para hacerlo como nos gustaría, pero a la vez es la única herramienta que tenemos para hacerlo. Funciona como una especie de techo que la poesía debe intentar rasgar.
9.- Tanto Lola Tórtola como Irene Domínguez han desarrollado universos poéticos muy personales. Como lector y poeta, ¿qué ha encontrado en sus obras que le haya permitido mirar de otro modo el lenguaje, la realidad o la propia tradición poética?
Irene Domínguez y Lola Tórtola son dos poetas excepcionales y muy distintas entre sí. Pureza es un libro que se acerca a una vertiente de la tradición más próxima a la vertiente jonda de Federico García Lorca y donde el recurso de las matrioskas en la estructura hace que el libro se engrandezca. Por su parte, el éxito de Los dioses destruidos fue incontestable, con el premio Miguel Hernández al año siguiente. Es libro es pura juventud atravesada de literatura. Pero no solo Irene y Lola, que fueron accésits del Adonáis en 2022: ese año el premio lo ganó Luis Escavy con Victoria menor; y, si hay alguien que sepa traer al presente la tradición latina en la poesía joven española de hoy, ese es Luis. Adonáis es un premio que publica tres o cuatro libros al año entre ganadores, accésits y finalistas y, aunque en general forman parte de lo que podríamos calificar de una línea clara, todos son muy diferentes entre ellos. Los premiados de este año, y ahí Carmen María López dialoga fantásticamente con varias tradiciones, son espectaculares.
10.- Más allá de los galardones, ¿qué logro considera verdaderamente importante en la vida de un poeta, el reconocimiento, la fidelidad a una voz propia o la capacidad de conmover a los lectores?
La fidelidad a una voz propia es la llave que abre las otras dos. Y lo bonito, precisamente, es que esa voz vaya, si no cambiando, adquiriendo nuevos matices. Pienso en un poeta cubano, Sergio García Zamora, que ha publicado muchísimos libros muy diferentes entre ellos. Eso es lo verdaderamente divertido.
11.- ¿Qué pregunta le gustaría que le hicieran alguna vez sobre su poesía y que todavía nadie le ha formulado?
La poesía tiene más que ver con plantearse preguntas que con responderlas.
***
Verano 1993
Al posarse sobre mí la mano de la duración
se cierra la herida
de la que por primera vez soy consciente
Peter Handke
Vuelves a casa caminando por las hogueras
en que quemabas los cuadernos del instituto.
Respiras fuerte las cenizas
de los rastrojos
y permaneces en las luces de las verbenas
y los encierros. Te detienes
donde te duelen las rodillas con mercromina,
donde contabas las historias de cuando fuimos
los capitanes
que conquistaban palmo a palmo
todas las tardes del verano.
Vuelves a casa
como el azufre que recubre la plata sucia.
Saltas las vallas y acaricias unas retamas
que crecen fuera del camino del primer beso,
donde el Ducados, las cervezas y las revistas
en que salían
chicas desnudas con los pechos descoloridos.
Donde dejamos oxidarse las bicicletas
para que el tiempo no pudiera
contarse nunca con los dedos;
como se cuentan los acentos de los poemas
cuando no queda más agosto,
pero lo intentas.
Vuelves a casa con los puños
llenos de arena,
el tacto lleno de canciones
y te conviertes en estatua
de sal manchada de septiembre.
Argos
Me esperas en el porche igual que siempre,
como si el tiempo solo acariciase
tu pelo y no llegara a envejecernos.
Oigo tus movimientos tras la puerta
y sé que no imaginas
que mis años no crecen con tus años.
Quizá por eso sea ahora más fácil
decir adiós mirándote a los ojos,
esos ojos que siempre me han mirado
sin saber de interés ni de dobleces.
Nunca nos ha hecho falta
la palabra;
no hay códigos, ni existe
necesidad de signos arbitrarios
para decirnos todo.
A nosotros nos sirve la rutina:
pasear en silencio, jugar a la pelota,
cavar un hoyo en medio de la playa
o buscar el calor en un idioma
que solo existe cuando me recibes.
Me basta la bondad como gramática.
Tú me lo has enseñado.
Déjame que te pida una vez más
que sigamos el rastro hacia el principio.
Sé que al dejar los días una puerta entreabierta
después de despedirnos
puede que el mundo sea poco más
que una escala de grises.



