SOBRE HERIDA DE MUERTE, DE ENRIQUE DIMAS
Por Mijail Lamas
La vida es la mayor herida de muerte, pues nos somete a sentir, presenciar el dolor y la ruina como si fuéramos el ángel del que hablaba Walter Bénjamin en la Tesis IX Sobre el concepto de la historia, del que decía lo siguiente: “Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas (…) Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.
Obligados, entonces a vivir en esta ruina que llamamos «progreso», razón de la modernidad que justifica genocidios y holocaustos ambientales en curso; por eso buscamos refugio en la poesía que es una forma de enfrentar las desdichas de habitar la crisis perpetua del capitalismo. De ello sabe mucho Enrique Dimas Arias, autor del libro que hoy nos convoca, pues en su poesía se revela como un profundo conocedor de los avatares de la experiencia poética.
Su libro Herida de muerte (ITCA, 2026), está dividido en tres secciones que dialogan entre sí por el tono y el tema. En «Desde las cavernas», primera sección del libro, la voz poética se configura como la de un navegante familiarizado con la derrota pues, ha mirado de frente la repetida desdicha de naufragar. Ante ese escenario desolador no le queda más remedio que cantar y convertir la desdicha en relato
Así, la voz lírica que el poeta construye da testimonio frente al abismo de la vida cotidiana, donde la rutina es un catálogo de infamias, de mezquinas violencias impuestas por los horrores modelados por un sistema de producción de subjetividad bastante perverso.
Damnificado de su propia historia, el yo poético de este apartado enlista sus intentos de no volver a naufragar en su cotidiano discurrir, donde abrir los ojos a un nuevo día es como una apuesta a un caballo que, amargamente se sospecha, siempre pierde:
He derramado de antemano las lágrimas
que a otros corresponde lanzar a mi tumba.
Llevo, pues, la muerte heredada de mis padres,
que incapaces del abandono forjaron en mí
las alas de Ícaro para huir del laberinto.
En “Había una vez”, segunda sección del volumen, el poeta imagina una mitología de la ciudad como espacio oneroso, donde el alma de sus habitantes se corrompe en los rituales propios del acontecer urbano. Allí se comercia con productos, con cuerpos e incluso con conciencias; nuestra atención se vuelve mercancía y se vende, junto con la integridad y la muy devaluada fuerza de trabajo.
Su relato es también una forma de memoria que salvaguarda aquello que la usura y el consumo acelerado condenan al olvido:
En esta región tan herida por la muerte
el olvido se apodera de las casas,
de las personas, de las tradiciones,
así que cuento los años y guardo
entre papeles lo que respira todavía,
con la breve esperanza de que vuelva a nosotros del amanecer.
Son estos poemas de orientación social donde el autor aventura una denuncia más directa, con un desarrollo narrativo bien llevado y donde se asoma, por encima de la denuncia, el paisaje natural.
En la tercera parte del libro que lleva el título «Adan y Eva», podemos leer una reescritura del Génesis a manera de advertencia, donde se alterna una vida que se corrompe mientras que de forma paralela el mundo natural que se agota. El autor escribe desde la ética judeocristiana la aventura de los primeros moradores bíblicos, su avance por la tierra, su triste destino de especie que terminará condenándose a si misma. Destaco, de este apartado en particular.
Eva se apresura toda la tarde,
mueve con ansias las manos
y acarrea cubetas de todos lados;
las nubes amenazan con su llanto
y ella implora misericordia,
que al fin el agua divina visite su casa,
su jardín marchito,
Finalmente están «Los poemas de Frank», poemas escritos a manera de monólogo dramático, cuyo enigmático interlocutor guarda silencio mientras la voz poética articula un discurso sobre los mismos temas que se leen en el primer apartado, sin embargo, ahora desde una inquietante segunda persona. Esta elección permite una distancia discursiva entre el drama y el sujeto de la enunciación lírica, dotando de mayor solidez y claridad a la voz poético en el tratamiento temático de la soledad, la tristeza o la derrota. Allí, el otro funciona como un espejo donde el yo poético logra reconocer mejor sus propios odios, sus temores e incluso sus prejuicios, pues compartida, no duele tanto la derrota.
Herida de muerte es un buen libro de poemas, donde Enrique Dimas construye con versificación irregular, una voz que enfatiza la lenta maduración del desengaño; sus constantes asonancias son el eco mismo de la derrota, el ripio de una voz poética de costumbres fatales cuyo canto es el amargo remedio para seguir viviendo, pues es en ese devenir donde fermenta el poema.
Poemas de
HERIDA DE MUERTE
de Enrique Dimas
TRAVESÍA
También la muerte es cuenta regresiva,
la más terrible por certera,
que con abiertos brazos llama al festín eterno;
¿quién le arranca un trozo de su reino?
¡Quién pudiera al fin huir!
Al pasar bajo el arco de la primavera
nos señala el cetro de la reina oscura:
hemos sido elegidos,
venimos al mundo en viaje redondo,
pero siempre amamos la sala de espera.
EXPIACIÓN
Se busca incansable en cada reflejo,
observa los cambios en el rostro y en el cuerpo.
Aunque nadie lo diga,
sabe que está perdiendo el rumbo,
que ha perdido ya la cordura
y no queda más que la terca obsesión de la aventura,
una ciudad engañosa cubierta de polvo.
Extraviado desde siempre
mira los ojos de los transeúntes con ansias
de hallar miradas cómplices,
estrellas que acompañen su desierto cielo
y escapar por fin de la prisión solitaria.
Pero nada sucede, pasan los días sin que asome
la respuesta a las preguntas,
y de a poco se hunde en las tinieblas.
¿Quiénes son estos cuyas huellas desconozco?
Camina hasta el crepúsculo la severa tormenta;
inundado, herido de llanto vuelve al mismo sitio
pero todo parece igual;
las voces suben el volumen mientras procura
ignorar las sombras en los arbustos,
y al fin comprende que primero debe encontrarse consigo mismo.
8
Eva se apresura toda la tarde,
mueve con ansias las manos
y acarrea cubetas de todos lados;
las nubes amenazan con su llanto
y ella implora misericordia,
que al fin el agua divina visite su casa,
su jardín marchito,
y pueda mitigar la cruda necesidad.
Se han cumplido ya siete meses,
el grifo olvida su función sagrada;
seco cual desierto, inútil, inmóvil,
y cada día incrementa el desconsuelo.
Cuánta gloria prometió el gobierno,
la modernidad de la ciudad capital:
limpia, amable, segura; pero las mentiras ahogan,
ni siquiera un poco de agua para beber,
aunque los cobros siempre llegan puntuales.
¿Quién te socorre, Eva?
¿Quién puede al fin de cuentas darte de beber?
Los poemas de Frank
Barco de sueños
Los versos más tristes, Frank, estas moribundas líneas.
Pondremos el barquito en la calle inundada
para que descienda al inframundo
y lleve nuestros anhelos más profundos.
¿Quién nos ha de librar de la tristeza, amigo?
¿A dónde huiremos de nosotros mismos?
CABALLO DE TROYA
Estoy pensando tirado en el suelo
que el agobio viene al querer hacerlo todo a la vez, amigo;
es algo parecido a intentar comerse de un bocado
toda la comida de un año, de un mes,
porque resulta imposible y uno lo sabe,
y entonces piensa que no es capaz de nada
y ni siquiera es digno de intentar cualquier cosa.
Si miro al futuro veo una montaña de cosas por hacer,
todos los días comprometidos para alcanzar algún momento de paz,
todos los pasos pendientes hasta vislumbrar la cima de esta montaña.
Y aun así, uno nunca sabe, uno no sabe, Frank,
qué hay escondido en los amaneceres y en las esquinas,
por eso va el mundo sufriendo los males infinitos,
por eso la mitad de mis amigos se declaran
ansiosos, depresivos o intolerantes,
porque el bocado parece demasiado y no alcanzan a tragarlo.
Pero no todo es verdad, hermano mío,
no todas las saetas se lanzan a la vez,
sino que hay brechas temporales para morir un poco
y luego resucitar hasta que todo logre estar bien,
hasta que uno mismo aprenda a sostenerse
y pueda volver a comenzar, fijar un rumbo y seguirlo,
y aguantar los embates de la vida o del mundo,
para llegar a la noche y dormir el sueño de los benditos.
Mira cuántos van todavía huyendo del pasado
o aferrados a lo que ya no es,
viviendo en gerundios porque no aprendemos,
amigo, no aprendemos a soltar las cuerdas,
dejar que esa barca se hunda y salvarnos a nado de lo marchito.
El fantasma del pasado es un ente engañoso,
promete esperanza y hace que miremos atrás
mientras nos roba la existencia,
nos ciega para mantenernos allí, sumidos,
anclados a las sombras insípidas del cementerio;
y cuán duro es —cuán terrible— asumir las pérdidas,
asumir el adiós y el nunca jamás;
el pasado nos duele por el futuro perdido,
porque requiere cambiar de rumbo y comenzar otra vez.
Por eso el agobio es el abismo insinuante,
el férreo abismo que llama a la puerta para vendernos las mentiras,
para hacernos mirar afuera y temer la soledad,
y luego ofrecer su parco alivio con salidas falsas;
pero no, Frank, no vale la pena, nunca lo valdrá;
mis pasos tropezarán y caeré, y he caído ya,
pero siempre hay un hilo que nos sostiene,
incluso en las noches negras,
en los callejones estrechos donde todo
se escapa y tentamos a la suerte,
en los días donde el suelo nos ata
y lamentamos cada segundo de vida;
algo queda de pie, algún resto de orgullo o voluntad,
la herencia que no muere hasta el último instante.
¿Pero entonces qué haremos, Frank?
¿Cómo detener este carrusel demente rumbo al caos,
al camino roto, a la ruta oscura?
Si tuviera una respuesta certera
no escribiría en las frías madrugadas
ni llevaría las manos manchadas de este arrepentimiento;
mi paso es el intento por sobrevivir,
por alzar la mirada para hallar algún rumbo
y adivinar la siguiente escena.
Intento como todo el mundo la paz del inocente
para dormir sin pesadillas y me alumbre alguna deidad.
Por desgracia jamás faltan obstáculos
y vez tras vez debemos respirar hondo
y saltar con fuerza para no morir,
para atrapar los peces del río y alcanzar otro amanecer.
La vida es entonces el duro laberinto de Minos
y nos acercamos al sol con alas de cera,
nos desplazamos en las tinieblas con alguna antorcha de esperanza,
con algún trozo de fe, y al final del camino
—si realmente hay un final— nos espera el espejo inevitable,
el reflejo de todos aquellos que no fuimos ni seremos ya.
Por eso van sin rumbo tocando las puertas roídas,
mendigando una certeza que les dé alivio,
un bálsamo para aguantar otra partida.
Estoy al fin poniendo en la mesa las cartas que me juego,
la vida futura donde mis amados se agobian
y ruegan por un oasis de calma,
y mi respuesta es apenas una vana promesa,
la llamada ineludible donde caemos en cuenta de la realidad,
y con todas las fuerzas empujamos para llegar más allá,
para comprender el presente, el pasado y el futuro;
empujamos sin reservas como la única alternativa,
porque adelante todo está roto y perdido,
porque apenas nos queda este instante entre las manos,
el humo, la risa, algún poema y los latidos del corazón.


