Partiendo de esa construcción casi intuitiva del concepto de “pureza” —que nace como una afirmación de identidad y libertad creadora, pero que luego se ve atravesada por ecos literarios, experiencias vitales paralelas y reflexiones desde lo musical—, ¿cómo entiendes hoy esa “pureza” en tu escritura, como una fidelidad radical a lo que uno es, como un proceso en constante revisión o como una tensión inevitable entre autenticidad y las influencias que nos configuran?
Para mí, la idea de «pureza» no tiene por qué ser estática, puede ser cambiante. Sobre todo, en cuanto a la personalidad: pude actuar desde la pureza —defiendo bastante esos impulsos de hacer «lo que te dé la gana» sin guiarse tanto por lo racional, pienso que es una de las mayores manifestaciones de la pureza— y ahora no actuaría igual porque mis valores y experiencias han seguido configurándose tal vez de una manera distinta. Sí defiendo el ser fiel a lo que uno es, siempre es complicado vivir despojada completamente del juicio del otro, al igual que creo que hay que actuar acorde a los valores que se tienen o se acaba con una identidad perdida y corrupta. La contradicción en valores conlleva un problema de identidad. En cuanto a la escritura, tal vez sea más práctica, pero para mí la pureza es aspirar a que nada sobre ni falte en el poema, a la virtud, a no corregir ni descuidar demasiado, un punto difícil e incluso bastante lucha interna. No concibo mi poesía sin la reivindicación a las influencias, nadie en esta vida aprende sin maestro.
Si partimos de tu escepticismo ante la idea del arte como instancia “salvadora”, pero reconocemos en el flamenco y en la poesía una potencia singular para intensificar la experiencia emocional hasta rozar lo catártico, ¿cómo defines esa “verdad” que ambos lenguajes parecen invocar, y de qué manera dialoga esa búsqueda con la tensión entre sus distintos orígenes sociales —lo popular y lo burgués— sin que esa diferencia termine por diluir o, por el contrario, radicalizar su autenticidad?
A mí el flamenco me ha salvado en ciertos momentos vitales, la poesía también, o mejor dicho, me ha salvado tener ahí a los que llamo cariñosamente «mis autores muertos». La verdad en el flamenco está en lo que popularmente se ha llamado duende, en ese buscar estar «en estado de gracia». Efectivamente lo concibo como algo más puro por sus orígenes y el papel del pueblo gitano dentro de su desarrollo. La poesía, y la literatura en general, puede parecer y ser una cosa más burguesa, pero también tiene un origen popular ligado a la canción. Un artista musical al que admiro, Dellafuente, dice en una canción «me suena fresco todo lo viejo». La verdad de una obra está cuando la lees o escuchas años y siglos después y te sigue hablando de tu vida. Me sorprende que me pase, por ejemplo, con Al-Mutamid de Sevilla.
Si en Pureza confluyen tu obsesión por las primeras y últimas veces, la reconstrucción de una infancia que dialoga con el amor presente, y la creación de una voz que desborda los cánones de identidad para afirmarse en su propia diferencia, ¿hasta qué punto entiendes la escritura como un ejercicio de memoria que busca fijar y dar sentido al pasado —ese que nos constituye— frente a su inevitable fugacidad, y hasta qué punto como una forma de reimaginarte, multiplicarte o incluso cuestionar quién eres?
Para mí, escribir es hasta terapéutico en el sentido de que me sirve para reconciliarme con algunos hechos del pasado y darles otro lugar, tal vez. También lo utilizo como una forma de «confesarme». Cosas de las que antes no me atrevía a hablar mucho, de repente aparecen en un libro y ya son accesibles al mundo. Pero, por otra parte, como dijo Manuel Azaña, en España la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro. Soy una persona que, en general, se reconcilia bastante con lo traumático desde el humor, por eso en Pureza considero que hay también mucha ironía.
En esa estructura de “muñecas rusas” donde la memoria familiar, la precariedad material y la vocación literaria se entrelazan —desde la figura del padre albañil como constructor literal y simbólico hasta el descubrimiento de una tradición poética concreta—, ¿cómo dialoga tu escritura con esa herencia de talento no legitimado y con las condiciones actuales de la cultura, y de qué modo esa tensión entre origen, formación y precariedad redefine tu idea de identidad autoral?
Soy un perfil tal vez raro dentro de la poesía porque me crie en una familia sin vocación cultural, fui la primera en ir a la universidad, elegí una carrera de letras, y a su vez he tenido una vida laboral inestable y precaria con trabajos que no tenían que ver con lo que había estudiado. Sin embargo, de alguna manera siempre llega la cultura a ti, solo tienes que estar atento a esa sensibilidad artística. Al igual que me puedo haber sentido fuera de lugar, siento como una bendición haberme construido de esta manera porque puede ser lo que me haga más «especial» artísticamente. Vivir distintas experiencias y situaciones me ha dado «calle» y me ha obligado a desenvolverme en ámbitos en los que no imaginaba que acabaría.
Si en tu práctica conviven la escritura articulista —más sujeta a la claridad expositiva, al ritmo argumentativo y a la construcción de una mirada pública— con una escritura poética y fragmentaria que nace de la intuición, la música y la observación inmediata del entorno, ¿cómo negocias el paso entre esos dos registros sin que uno diluya al otro, y de qué manera tu propio método —esas notas móviles, la escritura en tránsito y el momento posterior de ordenación frente al ordenador— termina definiendo no solo el estilo, sino también la ética de tu forma de pensar y de intervenir en la realidad a través de la palabra?
No distingo entre escribir poesía y escribir artículos. Para mí, es más sencillo y mecánico escribir artículos porque suelo escribir como hablo, y admiro a los escritores que de manera natural escriben como hablan y lo hacen que parece que está más pensado de lo que está realmente. Para la poesía, sin embargo, debo encontrarme en el momento vital. Es algo más apegado a lo sentimental y tal vez lo tenga más sacralizado. Soy mucho menos productiva en poesía. Continuamente me encuentro generando ideas, pero pospongo mucho el momento de darles forma. Prefiero ser menos productiva, pero tener algo que decir, en vez de tirarme toda la vida escribiendo el mismo poema.
Desde tu formación académica —Filología Hispánica y estudios de posgrado— hasta tu experiencia en el Instituto Cervantes, ¿cómo dialoga ese andamiaje institucional con una escritura que, por momentos, parece buscar justamente desbordar los márgenes de lo académico?
Como ya he dicho, he tenido trabajos distintos, y trabajos también muy precarios. Ahora mismo soy profesora en un instituto de difícil desempeño en uno de los barrios con menos renta de Madrid. Paso mis días con gente en situación de exclusión. Yo respeto y valoro lo institucional y académico, por supuesto, y también formo parte de ello. Lo que no me gusta es la pedantería y el elitismo intelectual. Hay que saber ser humilde aun desde una posición de prestigio.
Partiendo de que tu voz ha sido leída como portadora de un “quejío” que remite a una tradición emocional profunda, casi telúrica, ¿hasta qué punto te reconoces en esa lectura y cómo trabajas conscientemente —o desconfías— de esa etiqueta para evitar que tu poesía quede fijada en una identidad de origen y no en un proceso abierto de transformación?
Mi poesía en la forma no tiene nada de “quejío”, creo, tan solo tiene detalles y referencias del flamenco y la cultura popular porque es algo que me apasiona y que defiendo. Un poeta que sonara a quejío sería quien escribe en octosílabos, adaptable al flamenco, algo parecido a las épocas de poesía neopopular que ha habido aquí y demás. Tal vez en la personalidad sí que sea un poco más folclórica y por eso se me asocie a ello, porque me gusta mucho vivir el flamenco.
En esa convivencia entre la disciplina del cuerpo —boxeo, baile— y la intemperie de la escritura —donde la poesía deja de ser un territorio sagrado para convertirse en un ejercicio de despojamiento y exposición—, ¿cómo se configura para ti esa “pureza” entendida como honestidad radical, y de qué manera el abandono progresivo del pudor redefine no solo tu voz poética, sino también tu relación con los otros, especialmente con ese deseo íntimo de ser reconocida por los tuyos en medio de una contemporaneidad que tensiona constantemente entre autenticidad y supervivencia?
Es difícil abandonar el pudor, sobre todo cuando escribes desde un terreno tan experiencial como el mío. Al sacar a relucir algunas vivencias incómodas, no pienso en el anónimo que puede encontrarse con el poema y que ojalá se sienta identificado. Pienso en cuando lo lean ese familiar o expareja mía implicados en el poema. Aspiro primero a ser reconocida y vista por los míos, y ya vendrá el reconocimiento de otro tipo. Además, pienso que el reconocimiento literario y cultural rara vez permanece, el éxito nunca es lineal y ya no me importa tanto como me importaba antes.
En ese tránsito entre lo académico, lo institucional y una escritura que en ocasiones parece deliberadamente inclinarse hacia lo sensible, lo musical y lo cotidiano, ¿cómo evitas que la formación te encierre en una mirada demasiado normativa de la literatura, y de qué manera conviertes ese “andamiaje” en un punto de apoyo para expandir —y no limitar— tu propia libertad creativa?
Es raro, pero al escribir intento dejar de lado conscientemente todo lo que conozco sobre el lenguaje. Me gustan los escritores que se ve que son muy intuitivos. Pero a su vez sigo formándome continuamente y no me imagino mi vida sin la exploración el estudio, puesto que estudio y leo mucho más que produzco. Me gusta ir formando mi escritura en base a lecturas poco planeadas, voy saltando de una obra a otra a veces sin pensarlo mucho e incluso sin conocer demasiado al autor, me gusta darme lugar a la sorpresa. Me ha pasado últimamente con Helena o el mar del verano de Julián Ayesta.
***
¿Has visto qué desastre?
No tengo padre ni casa.
He perdido de fiesta más pendientes
Que personas me han querido.
Aun así, creo en el amor eterno.
¿Has visto qué desastre?
Desde pequeña quise hacer cosas de niños.
Insistía a mi padre en que me dejase fumar
y jugaba a las cartas, y me apunté a ajedrez
con chicos que terminaron ofreciéndome cigarros.
Arrastré una bici rota hasta casa
porque no quise necesitar la ayuda de nadie.
¿Has visto qué desastre?
Estoy envenenada y ni siquiera me acerqué al árbol.
Mordí a un niño en la guardería porque le quería mucho.
No me reconozco en ninguna de mis fotos.
Todo el que toma un pedazo de mí
acaba cortándose.
¿Has visto qué desastre?
Tengo dos cicatrices en el pecho,
una bandeja de plata con sangre seca
y un cuchillo, y si me corto
tardo un rato en enterarme.
¿Has visto qué desastre?
Como tomates crudos a bocados.
Fui muy pobre y muy feliz en Madrid
y ahora sólo soy pobre en Sonseca,
y aun así estoy segura de que algún día
tendré la colección completa de clásicos Gredos.
Mi padre fue albañil y mi madre costurera.
Si hubiese atendido a sus oficios
sabría cómo arreglar mi vida.
Ahora me veo artesana de mí,
tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.
pero mira tú qué desastre.
Dentro de mí sale una,
y otra,
y otra…
***
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